Niño de 11 años habla de la historia en Puerto Padre

Hoy en la web se comparte este video en el que un niño de apenas 11 años narra algunos detalles históricos de su municipio Puerto Padre, ubicado en la provincia Las Tunas. Camilo, estudiante de sexto grado, le habla a dos periodistas que, de visita en el municipio, graban la espontanea conversación.

En el video, de apenas 2 minutos de duración, el niño explica cuales son aquellos lugares relacionados con la historia que a él le resultan más atractivos, lo que más le gusta de la historia de Cuba y a la vez satisface la curiosidad de sus entrevistadores acerca de si su nombre tiene o no relación con el «Héroe de Yaguajay».

Niños como Camilo son el resultado de familias y escuelas que, en la Cuba de hoy, continúan sembrando en los más pequeños el interés por conocer la historia local y también la historia nacional. Afortunadamente no se trata de un caso aislado, en muchos lugares de esta Isla diferentes pioneros comparten ese amor por el estudio y por ampliar sus conocimientos desde edades muy tempranas.

Sin embargo, hay para los que la Historia de Cuba se ha convertido en una asignatura tediosa más. La culpa es compartida entre maestros, padres y medios de difusión masiva. El resultado: niñas y niños que juegan todos los días en el mismo parque e ignoran a quien está dedicada una tarja o a quien rinde honor la imagen perpetuada en el bronce de una estatua. O peor, profesionales, atletas, artistas… que en un momento determinado no saben qué responder o qué decir ante las preguntas de sus propios hijos.

El ejemplo de este pequeño debiera multiplicarse en toda la Isla. No sería exagerado decir que en ello nos va la vida de una nación que no sería nada, si las personas que caminan por sus calles no conocen sus raíces, su legado o su historia.

PD. Un video dedicado a Camilo Cienfuegos porque sí, este niño se llama así, en homenaje directo al Héroe de Jaguajay.

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El mártir diecinueve

Por Rodolfo Romero Reyes

Entre enero y abril de 1961, la contrarrevolución interna que existía en Cuba intentó desestabilizar el país. Fueron asesinados el maestro voluntario Conrado Benítez García y el campesino Eliodoro Rodríguez Linares. Explotó un auto en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana. Fueron asesinados los milicianos Pedro Morejón y Lázaro García Granados. Un avión lanzó proclamas sobre Matanzas y también fósforo vivo sobre los campos de caña de esa región. Estallaron en la capital cuatro bombas; una de ellas en el parqueo del hotel “Habana Libre”. Un comando de la CIA, en una embarcación armada con alto calibre, atacó la refinería “Hermanos Díaz” en Santiago de Cuba y asesinó al marinero René Rodríguez Hernández, de 27 años. Quemaron la tienda “El Encanto”…

La ola de atentados exigió el actuar inmediato de los Órganos de la Seguridad del Estado (OSE). Todos los movimientos de la CIA y de las organizaciones contrarrevolucionarias que operaban en Cuba se pusieron en función de apoyar la invasión, pero sus planes fueron desarticulados.

Unas semanas antes de la invasión, el 18 de marzo, la seguridad cubana propició uno de los golpes más duros, al detener a importantes agentes de la CIA. En la calle 11 del reparto Miramar cayeron prisioneros 11 contrarrevolucionarios. También fue apresado el coordinador nacional del Frente Unido Revolucionario. Si bien en los días previos tuvo lugar un fuerte trabajo de los OSE, la labor desempeñada no tenía precedentes.

Los primeros detenidos llegaron a la sede de Operaciones del G-2 en 5ta y 14. En poco tiempo los colaboradores y conspiradores capturados arribaron a unos mil. El 15 de abril, después de los bombardeos, las fichas fueron entregadas a los agentes encargados de su apresamiento. Primero en el teatro Blanquita y luego en la Ciudad Deportiva, la cantidad aproximada de detenidos en la capital llegó a unas 20 mil personas. Por parte de los detenidos no hubo muertos o heridos. De esta forma la seguridad cubana neutralizó la conocida “quinta columna” que pretendía apoyar el desembarco.

Enfrentando directamente a los invasores en Girón, cayeron 18 combatientes del Batallón de la Policía, por eso son 18 los nombres que aparecen en el monumento de la Unidad Provincial de Patrulla de La Habana. Pero muy lejos de las arenas de Bahía de Cochinos, en una de las casas de la barriada de Miramar, otro joven entregaba su vida, cumpliendo una de las más importantes misiones que desarrolla el Minint por esa fecha.

La neutralización de la llamada “quinta columna” le cuesta la vida a Ernesto Flores Ríos, quien pasa a engrosar la lista de los 104 mártires de los Órganos de la Seguridad del Estado, como el mártir 19 del Minint que cae en acciones de enfrentamiento a la invasión mercenaria.

Ernesto se había incorporado al movimiento estudiantil cubano desde su ingresa en la Escuela de Artes y Oficios. También había integrado al Partido Socialista Popular y el Movimiento “26 de julio”.

Fue primero de las Milicias Nacionales Revolucionarias y después, uno de los fundadores del Departamento de Seguridad del Estado.

El 21 de abril de 1961, Ernesto tiene 25 años. Se presenta junto a otros dos miembros del Departamento de Seguridad del Estado, en el apartamento 5 del edificio No.1305, ubicado en Miramar, con la misión de detener al contrarrevolucionario Bernardo Corrales.

Al llegar a la casa los jóvenes registran cada rincón. Ernesto es el primero en entrar a una de las habitaciones. Abre las puertas de un closet y se escucha un disparo. La bala se le incrusta en la región toráxica izquierda. Se forma un pequeño tiroteo en el que también es herido uno de los que acompañan a Ernesto. Finalmente el bandido es atrapado; pero Ernesto yace tendido en el suelo. Muere lejos de Girón, dos días después, al menos con la certeza de que la invasión había sido derrotada.

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Heroicidades anónimas

Por Rodolfo Romero Reyes

“Cuando llegaron los tanques, reforzamos el armamento. Nosotros llevábamos un fusil FAL con 180 tiros y allí nos dieron un pico, una pala y una caja con 100 tiros más. Avanzamos detrás de los tanques, eran cuatro o cinco”, cuenta Félix.

“Nuestra tropa se dividió a ambos lados de la carretera. Delante iba la Ligera del 116, al frente de ella y por el lado de la costa, iba el capitán Carbó”, dice Marcelino.

Mi compañía se incorporó delante, en la cuneta de la izquierda. Entonces vimos unos paracaídas que caían en Girón. La gente apuró el paso: Vamos a cogerlos, a cogerlos. Entonces los morterazos aumentaron. Marchamos detrás de los tanques. El capitán Carbó iba a la derecha, a la orilla de la playa y comienzó a gritar: Arriba, a incorporarse, detrás de los tanques, vamos, a cogerlos… Ya estábamos casi frente a los mercenarios”, narra Gine.

Eran alrededor de las diez de la mañana del 19 de abril cuando los combatientes del Batallón de la Policía llegan a la curvita en la que el enemigo hace fuego de una manera fortísima. Inmediatamente, Félix con su escuadra se tiende en el suelo y abre fuego… solo salen dos disparos.

“Ahí mismo pensé que me había puesto nervioso, entonces quité el depósito, puse otro, tiré y nada.

-Oye, qué te pasa- me gritó uno.

-Que esto se me trabó.

-Gradúa el cilindro de gases.

Efectivamente, estaba como a siete y medio, y lo puse como a tres y medio. Apreté el gatillo y me salió una ráfaga que me devolvió el alma al cuerpo”, cuenta Félix.

La balacera es tremenda. La escuadra cambia de posición Dioscórides decide quedarse allí. Dioscórides era granadero. Le explotó un obús de mortero y entonces quedó abierto completo, no se le veía la cara ni nada. “Digo: Coño, ¿quién será? Lo veo vestido de verdeolivo y pienso: Este es policía también. Saco el carné del bolsillo y cuando veo el carné, óigame, yo me eché a llorar compadre, a mí no me da pena decirlo”, dice José.

Eusebio y Tomás Palmero eran amigos desde que ambos coincidieron en la Novena Unidad, en La Habana. Eusebio es ocho años más joven que Palmero pero el tiempo compartido los vuelve hermanos. Ahora están en medio del combate, la “curvita endemoniada” apenas los deja avanzar. Ellos son de la cuarta compañía y avanzan tanto como los primeros. Palmero va delante con su fusil en la mano. La ráfaga calibre 50 lo atraviesa por el estómago. Eusebio que está detrás escucha el grito corajudo de su amigo herido de muerte. Rápidamente lo sujeta por la espalda, no quiere que caiga al piso, trata de agarrarlo, de socorrerlo pero… mientras lo sujeta por la cintura para que no caiga al suelo, las mismas balas enemigas acaban con su corta vida.

Recuerdo que un miliciano huyendo del fuego enemigo se pegó demasiado al agua y fue arrastrado por las olas. El hombre se empezó a ahogar y otro compañero suyo de la Ligera del 116, resguardó su fusil en la orilla y se lanzó al agua para salvarlo. En ese momento no importó la lluvia de balas, fueron cosas heroicas que uno a veces las cuenta así, pero que había que estar allí para comprender la magnitud de tanta valentía”, explica Félix.

Félix, Marcelino, Gine, José, Carbó, Dioscórides, Eusebio y Palmero integraban el batallón de la policía que tan heroicamente enfrentó a la invasión mercenaria. Cuatro de ellos no sobrevivieron para contar sus hazañas. Su sangre tiñó el suelo de Girón cuando todavía el reloj no anunciaba el mediodía de aquel 19 de abril.

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Cerca de la explosión (+ video)

Por Rodolfo Romero Reyes

El Batallón de la Policía pasa por el central Australia y continúa rumbo a Pálpite, en dirección a Playa Larga. En ese momento se cruzan con unas cuantas ambulancias. Por la magnitud de los vendajes se ve que son heridas muy serías. La tropa sigue cantando: “Somos socialistas, pa´lante y pa´lante, vamos pa´ la playa, a acabar con los yanquis”.

Durante el traslado del Batallón a Playa Girón los combatientes cantan, hablan de sus familias y hacen bromas. Pedro Antonio Quintana, a quien siempre le ha escaseado el pelo, hace uno de sus chistes: “en el combate me voy a quitar la gorra para que vean la frente de Martí”.

A la entrada de Playa Larga encuentran un tanque destruido a la derecha, un camión y varias guaguas incendiadas que habían sido bombardeadas con napalm por la aviación enemiga. El comandante Rodiles da la orden al Batallón de avanzar hacia Playa Girón. Catorce kilómetros después, se reúnen con el capitán Carbó quien les indica que esa noche deben pernoctar en la carretera para, a la mañana siguiente, marchar al encuentro con el enemigo que estaba atrincherado en la entrada de Girón, después de abandonar Playa Larga.

Pedro apenas puede conciliar el sueño. Piensa en su hija, Ada María, fruto de su primer matrimonio en 1955. Por aquel tiempo él era mensajero en un almacén en la barriada de Marianao y no sería hasta agosto del 59 que, a solicitud propia y avalado por su trayectoria de combatiente clandestino, ingresara a la Policía Nacional Revolucionaria.

Su segunda esposa, Iraida López Peña, recuerda: “Pedro Antonio era muy bueno. Su mayor ilusión era tener un hijo varón. En muchas ocasiones decía que cuando nuestro hijo caminara, le iba a comprar un trajecito verde olivo y una pistola de juguete para que desde temprano fuera un soldado rebelde y siguiera sus pasos. Mi dolor más grande es que no haya podido conocer a nuestra hija”.

A la mañana siguiente se reanuda la marcha. En las inmediaciones de la curva próxima a Playa Girón estalla un mortero enemigo. Al disiparse la polvareda levantada por el proyectil, sus compañeros ven a Pedro tendido sobre la tierra amada, gravemente herido en la cabeza y en diferentes partes del cuerpo. Al percatarse de que la ambulancia no puede llegar hasta ellos, deciden trasladarlo, aún consciente, en una improvisada hamaca formada por dos fusiles entrelazados, pero es inútil; no han avanzado más de 20 metros cuando muere irremediablemente.

“El día 20 llegó el telegrama que anunciaba su muerte y decía que había sido enterrado en Jagüey Grande. El 16 de mayo lo trajeron para La Habana”, recuerda su esposa Iraida. Meses más tarde, el 30 de septiembre, nace su segunda hija Maricel Caridad Quintana de López, a la que nunca pudo conocer.

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Un “italianito” que muere en Girón (+ video)

Por Rodolfo Romero Reyes

Después de los bombardeos del día 15, un grupo de policías salió rumbo al Vedado para participar, en los funerales de los caídos. La mayoría asistió al sepelio de las víctimas en 23 y 12 el día 16, pero algunos tuvieron que retirarse a mediados del acto porque debían reincorporarse a su Batallón.

El discurso de Fidel lo escucharon por la radio, camino a la unidad:

“Lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es que estemos aquí, lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica, el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo de Cuba… y que hayamos hecho una revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos… y que esa revolución socialista la defendemos con esos fusiles, y que esa revolución socialista la defendemos con el valor con que ayer nuestros artilleros antiaéreos acribillaron a balazos a los aviones agresores. Y esa revolución no la defendemos con mercenarios, la defendemos con los hombres y las mujeres del pueblo”.

El Batallón sale desde el Esperón hacia la Motorizada, actual Unidad Provincial de Patrulla. Carini, quien desde el día 15 estaba acuartelado en espera de la inminente invasión, sale a todo correr hacia la Motorizada.

Llega en el momento exacto en que uno de los camiones se dispone a salir. A pesar de su destacada trayectoria, no aparece entre los compañeros seleccionados para integrar el batallón de combate. La mayoría de los escogidos tienen la experiencia acumulada del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra o fueron miembros del Batallón durante las acciones del Escambray.

Carini sube de un salto mientras los combatientes se acomodan para el largo viaje. El jefe del vehículo le ordena que baje. El joven soldado es irreverente, no acata la orden y como no hay tiempo para discusiones, lo dejan continuar.

Su nombre completo es Rafael Ángel Carini Millán, pero todos lo conocen como “El italianito” o “Garibaldi”. Había nacido el 14 de diciembre de 1940 y estudiado, primero en el colegio “San Agustín”, y después en el “Hermanos Maristas”, en la Víbora.

Luego de dos cursos tuvo que abandonar las aulas por las actividades clandestinas que realizaba como parte del Movimiento “26 de julio”, en contra de la dictadura batistiana.

El 20 de septiembre de 1957, aproximadamente a las nueve de la noche, 18 policías armados con ametralladoras irrumpen en su domicilio con la intención de detenerlo y registrar su casa. Al no encontrarlo, los esbirros destrozan todo lo que pueden, a la vez que amenazan e insultan a sus padres Rolando y Liliam, quienes se mantienen firmes y serenos a pesar del miedo que sienten por el peligro que corre su hijo.

Los policías no encuentran nada sospechoso, ni siquiera un revólver que Carini guardaba en una caja dentro del escaparate. Antes de retirarse y como un acto de impotencia y cobardía, torturan y asesinan al joven Ramón Valdivia, en la escalera que conduce al domicilio de Carini. Después de estos sucesos, un grupo de agentes del Buró Represivo de Actividades Comunistas (BRAC) mantiene una constante vigilancia sobre la casa de Carini, situación que lo obliga a permanecer en la clandestinidad por algún tiempo.

En las primeras horas del 1ro de enero de 1959 Carini formó parte del grupo de combatientes que tomó la Primera Estación de Policía en Zulueta y Dragones, en la Habana Vieja para, con las armas ocupadas, atacar las Oficinas del Buró de Investigaciones en la intercepción de las calles 23 y 30, en El Vedado.

Después del triunfo revolucionario se vinculó de inmediato al sector bancario y forma parte de las milicias obreras desde su fundación. También ingresó en la Cruz Roja Cubana como parte de la brigada No.18 de Guanabacoa. Un tiempo después trabajó en el DTI hasta abril de 1961.

Aseguran quienes lo vieron antes de partir para la Unidad de Patrulla que dijo en tono acalorado: “Me voy a pelear como lo están haciendo mis compañeros…”.

En la mañana del 19, una bala calibre 50 atraviesa la hebilla de su cinto y le destroza el estómago. A su lado, Perucho trata de socorrerlo pero la muerte se apura. “No te preocupes… Me… siento mal… Quítame esta cadena y llévasela a mi vieja… el reloj… al viejo”.

Carini, el guapo “italianito”, solo tenía 20 años.

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Luna de miel pospuesta

Por Rodolfo Romero Reyes

Febrero de 1958. Fidel ordenó a los comandantes Raúl Castro y Juan Almeida Bosques crear dos nuevos frentes combativos para llevar la guerra a otras regiones de la provincia de Oriente. El 11 de marzo llegaron Raúl y sus hombres, integrantes de la Columna No.6 “Frank País”, a la zona en la que se crearía el Segundo Frente. Esta columna estaba integrada por varias compañías. Una de ellas, la Compañía B, dirigida por Efigenio Ameijeiras, llevaba el nombre de su hermano Juan Manuel, mártir del asalto al Cuartel Moncada.

Esta fuerza combativa, constituida tiempo después como la Columna No.6 “Juan Manuel Ameijeiras” del Ejército Rebelde, llegó a contar con quinientos combatientes y operaba en la región norte de la provincia de Guantánamo. Luego del triunfo de la Revolución, el 5 de enero de 1959, el Comandante Efigenio cumplió la misión de organizar la naciente Policía Nacional Revolucionaria.

A finales de 1960, por orden de Fidel Castro, una de las tareas de la Policía Nacional Revolucionaria fue conformar un batallón para participar en el enfrentamiento contra los bandidos que empezaban a organizarse en las lomas del Escambray.

En noviembre y diciembre de 1960 se crea el Batallón y después de estar unos meses en las lomas regresan a La Habana y se ubican en la zona de Caimito Guayabal, específicamente en la Loma del Esperón para pasar una escuela.

El día 15 de abril cuando aviones mercenarios bombardean los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba, muchos de estos compañeros estaban en el Esperón, otros de pase con sus familias, pero Sofiel Riverón López contrajo matrimonio precisamente ese día de 1961.

Sofiel era hijo de campesinos, había empezado a trabajar con solo 13 años, le gustaba el beisbol, el baile, la lectura y el cine. En 1958 se había sumado al Movimiento “26 de julio” y en 1959, a la Policía Nacional Revolucionaria. El número 1186 lo identifica desde ese momento como miembro de la Sexta Unidad, en la que trabaja hasta su traslado para la sección de tránsito provincial, ubicada en Castillejo y Soledad.

En su tiempo libre, el joven policía visitaba con frecuencia una casa ubicada en la Víbora. Allí vivía una muchacha que poco a poco se volvería imprescindible en la vida de Sofiel.

El matrimonio se había planificado para su regreso del Escambray. Por fin, el 15 de abril Sofiel se casó con la que, en menos de nueve meses, sería la madre de su hija.

Ante la noticia del ataque aéreo, Sofiel regresa y se incorpora al Batallón de la Policía que en unas horas partiría para Girón. Se despide de la novia con un beso que los labios femeninos trataron de no olvidar jamás.

La luna de miel queda pospuesta. Cuatro días después, mientras policías y milicianos protagonizan una de las últimas acciones combativas en las inmediaciones de Girón, el estallido de un mortero troncharía los veinte años de Sofiel, el amor por su joven esposa y el sueño de conocer a la hija que estaba por nacer.

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Los coritos de las «previas»

Tomado de Alma Mater

Por Rodolfo Romero Reyes

«Mijito, tú por Oriente… ¿y mi látigo? ¿Cómo hacemos? La necesito». Así decía el mensaje que enviaba la directora de esta revista a mi celular al percatarse de que, por mi culpa, estaba incompleto este número de Alma Mater. Más allá del doble y hasta triple sentido que le encontré al SMS –de hecho tuve la idea de continuar la saga de los tríos con otra que aborde el tema del sadomasoquismo– decidí escribir estas líneas desde Holguín. Pero la conexión y la agenda apretada de mis colegas holguineros (Johnny, Elizabeth, Chely, Abdiel, Liudmila, Karel, Yuniel y Armandito) hizo que se terminaran de escribir en Las Tunas, en casa de Itsván. ¿El tema? Los coritos de las «previas». ¿A razón de qué? Ninguna en particular, tenía ganas de escribir sobre eso hace ya un tiempo.

En las etapas previas al servicio militar, la mayoría de nosotros tuvo que pasar 45 días movilizados en alguna que otra unidad militar. Durante este periodo se hacen ejercicios de infantería, guardias, prácticas de tiro, ejercicios físicos, gimnasias matutinas… en fin, es una síntesis de lo que nos esperará luego en el servicio militar.

De todas estas cosas lo que más disfruté era la posibilidad de cantar «coritos» durante las marchas. Estos supuestos cantos de guerra, que tanto escuchamos en las películas norteamericanas que tratan de la guerra o de las tropas especiales, son peculiares y diferentes en Cuba. Y aun cuando podemos estar de acuerdo o no con sus contenidos, te ayudan a aliviar tensiones. Uno grita y repite lo que dice el superior, y así descarga toda la ira que produce el peso del AKM, las largas marchas, el ancho uniforme y el aguacero casual que alguna vez te sorprende.

Los primeros coros que recuerdo tenían relación con temas patrióticos y revolucionarios: «En la loma del Jobito/, donde el roble se forjó/, Antonio Maceo gritó/: ¡machete, que son poquitos!». Y aquello funcionaba porque nos creíamos mambises y rebeldes, armados y corajudos, prestos a cualquier emboscada. Otros temas, no eran muy ideológicos que digamos, pero también nos entretenían: «La manzana se pasea/, de la sala al comedor/, no la pinches con cuchillo/, pínchala con tenedor». Y en las provincias más alejadas de la capital, tiempo después, descubrí otros que nos tocaría criticar desde nuestra perspectiva feminista: «La mujer, como la flor/, se riega de mil maneras/, si tú quieres que te quieran/, manguera la noche entera».

Debo admitir que yo fui un afortunado, cuando aquella tarde de mayo le propuse al entonces Teniente Corrales, que me autorizara a improvisar los coros que repetiría mi compañía. Empecé con dos o tres coros patrióticos, pues íbamos marchando hasta el Cacahual, pero enseguida inserté algunas innovaciones: «El Teniente Corrales/, tiene flojas las rodillas/, por eso a sus soldados/, los castiga con cuclillas». La consigna, repetida a coro por mi compañía –la inolvidable 52 dirigida por Pechote–, causó la risa de todo el Batallón y, por suerte, también la de Corrales.

Después que gané un poquito de confianza, empecé con otras: «Hoy cuando me desperté/, yo sudaba a raudales/, es que por culpa del PETTI/, hasta sueño con Corrales». A veces, nos burlábamos, incluso, de cadetes como nosotros, pero que eran de otras compañías: «El político de la tres,/ es tremendo “chivatiente”/, y cuando le damos chucho/: “Capitán, mira a esta gente”».

El coro más arriesgado fue aquel que improvisé cuando el Tte., de una patada, mató a un gato que se había colado a dormir en una de nuestras camas recién tendidas, justo en el instante que empezaba la inspección. La indignación que sintió «la tropa» hizo que de mi garganta brotaran los versos que mi compañía repitió: «El Teniente Corrales/, es injusto a cada rato/, él maltrata a los soldados/, y pa´ colmos, mata gatos».

Inmediatamente me llamó y me indicó con señas que debía hacer 100 planchas como castigo al terminar la marcha. Aproveché que aún nos quedaban 200 metros de la polivalente a los dormitorios e improvisé mi contrarréplica que, como siempre, fue coreada por mis amigos. «Por hacerme el gracioso/, con lo del gato también/, ahora Corrales me dijo/: “Ven y tírate con cien”. / Pero seguiré cantando, / no porque yo sea un guapo/, pero no le tengo miedo/, y tampoco mato gatos».

Entonces, el castigo fue el doble, pero la «previa» terminó y hoy el Capitán Corrales –o Mayor, en dependencia del atraso con salga esta revista– es hoy un gran amigo, al que respeto, quiero y admiro.

Para terminar estas líneas, cuento lo que le ocurrió a un grupito de muchachos habaneros que pasaban el servicio en Guantánamo. En una de aquellas unidades tenían un coro: «–¿Quién tiene miedo aquí? –Nadie. –Y el que tenga miedo –Que se llene de valor y defienda las conquistas de la Patria Socialista». Los pobres infelices habaneros, respondieron al llamado de aquel capitán, de la forma en que habían aprendido aquí en la Habana, donde el lema es un tanto diferente. Empieza igual pero termina: «–Y el que tenga miedo –Que se compre un perro». Obviamente, también fueron castigados. La moraleja de estos últimos coritos es que los gatos y los perros, parecen que no son muy queridos entre los oficiales que dirigen el Servicio Militar.

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