Inglés ¿fácil para quién?

Por Nemo

Sí, claro, eso es lo que todos dicen, pero es muy diferente cuando estás en un aula, frente a un profesor, con una habilidad inherente a su persona para saber quiénes son lo que no tienen ni idea de lo que él está diciendo, y te pregunta con el dedo inquisidor: What’s your opinion about this? La tensión del momento te hace mirar a tu alrededor con ojos suplicantes, hasta que un alma caritativa desde atrás te susurra: ¡¡que le digas qué piensas de eso!! Pero tú, que lo que piensas de eso solo lo sabes decir en español, prefieres responder con aquella frase que pronuncias a la perfección «I don’t know, teacher, I don’t know».

Estas palabras jamás las habrías dicho en ninguna otra asignatura, tu orgullo no lo hubiese permitido. Aún sin estar seguro hubieras dado la muela que muchas veces confunde o da en el blanco. Pero en inglés la cosa es diferente; si no sabes, puedes pasar los momentos más humillantes de tu vida universitaria.

En mi caso particular desde primer año estudiar idiomas fue un dolor de cabeza. El inglés del preuniversitario era muy sencillo comparado con estas clases en las que el profesor no usaba el idioma español ni para dar los cinco minutos. Aquellos eran sin dudas los 45 minutos más largos, tediosos y aburridos de toda la carrera, de los que no me atrevía a fugarme por el miedo aterrador que inspiraba aquella profesora que aparecía siempre en mis peores pesadillas.

Después de tres revalorizaciones, una amenaza de mundial y varias horas dedicadas a una guataconería justificada, logré terminar todos los semestres. Ahora, sacando bien la cuenta, no todo fue tan malo. Mis experiencias en la clase de inglés también fueron a veces motivo de risas y anécdotas simpáticas.

Mi primera profesora hablaba un espanglish perfecto y llegó a comentar en una clase, refiriéndose a su dermatitis, «Mis ronchis disappeared» (por suerte dejó la facultad en segundo año). Después llegó la Diva, la Reina, la Mulatísima, la singular profesora que llevaba en su cartera una bolsa de caramelos y los lanzaba desde la pizarra a quienes respondían correctamente. Tenía muchas ocurrencias y un día convalidó a 10 estudiantes: los ocho más integrales e inteligentes, y a los dos que, según ella, si hacíamos la prueba suspenderíamos irremediablemente.

En sus turnos se escucharon los más disímiles disparates. La flaca creía que si «mucho» era «very much», «poco» debía pronunciarse «very poc» y uno de los recién declarados habaneros afirmaba en pronunciación dudosa que él había nacido «In Cámagüey», con tilde en la A.

Las pruebas a veces se hacían con diccionarios y el día que no tuve uno a mano para decir que «estudiar implicaba sacrificio» utilicé el verbo «implic» haciendo mi decimotercer aporte a la lengua inglesa.

Fue muy simpático el día que asistimos a una conferencia de una periodista americana. Los más audaces hicieron preguntas al final, y la profesora nunca entendió por qué la mayoría no reímos cuando la invitada hacía algún chiste.

Aquello era como ver Friends sin subtítulos. Pero en fin, el mejor de los cuentos, lo protagonizó un amigo que me tiene prohibido usar su nombre en textos que serán publicados.

En una clase, la profesora le preguntó a mi amigo la edad de su novia. How old is she? Y él, seguro de su respuesta y de modo convincente argumentó. She is pretty. La profesora lo rectificó en inglés y le volvió a hacer la pregunta.

Ante tanta insistencia, mi amigo ofendido y en un perfecto español le ripostó: Profe, cómo usted me va a decir que no es bonita, si usted no la conoce.

Y así fue hasta el final de cuarto año; entre risas y anécdotas terminó mi aprendizaje del idioma de Shakespeare. Para justificarme ante las críticas de mis amigos, les decía que no me quería dejar dominar por el «idioma del enemigo». Y cuando estaba prácticamente convencido que estas lamentables situaciones ocurrían solo aprendiendo inglés, supe de lo que le pasó a una muchacha en su año de preparatoria en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana. En un turno de francés la preguntaron: «Tu est française?»; ella entendió que si sabía algo de francés («Tu sais français?») y respondió con absoluta seguridad «oui, oui»; todos en el aula rieron porque definitivamente Yosmara, no era francesa bajo ninguna circunstancia.

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Leyes de lo probable y lo improbable

Por Nemo

Cuando culmina un año y otro empieza, además de las actividades festivas, se impone una mirada a los meses pasados. Entonces reflexionas, y haces un recuento. Recientemente realicé este «ejercicio intelectual» y llegué a un grupo de conclusiones que quisiera compartir. Todas están relacionadas con cosas que resultan probables y otras, muy poco.

Por ejemplo, en cualquier universidad es poco probable que los profesores recuerden que hay que dar los cinco minutos, o que en la sede de Economía paguen en tiempo el estipendio estudiantil, que las clases de Metodología no sean aburridas, que los turnos en la tarde no te «tumben» de sueño, y si vas en guagua a la escuela, llegues a tiempo al primero.

Dentro de la improbabilidad también está que nadie cometa fraude en un aula, o que no sean «mixtos» los albergues de los campamentos agrícolas. También, que tu decano te dé botella en su carro si se cruza contigo camino de la escuela o que la merienda que dan en las facultades… (perdón, perdón, estamos exagerando).

No ponemos como ejemplo improbable el regreso de los FEU-TUR porque nos parece un tema muy sensible y no queremos jugar con los sentimientos universitarios. Por suerte, no todo es tan malo.

También hay cosas que son muy probables, por ejemplo, que obtengas al menos un 2 en algún momento de primer año. También es casi seguro que si estudias matemática pura, mecánica o automática, el 90 por ciento de tus compañeros de clases sean de sexo masculino. Si eres de otra provincia y estudias en la capital es probable que transites por varios estatus: de estudiante becado a joven alquilado, de soltero a casado o, en el peor de los casos, de habanero entrecomillado a estudiante «agallegado» (adjetivo utilizado para los que tienen que regresar a sus provincias después de graduarse).

Por otra parte, es muy probable que si estudias en la UCI tengas buena conexión a Internet, en cambio, si eres estudiante de Medicina… Hay otros hechos que también son muy probables: que los muchachos de la FEU interrumpan los turnos de clases, que los profesores se molesten y los alumnos se alegren cuando esto ocurre, que el profe recién graduado convalide a la muchacha más bonita y que el joven atleta intente enamorar a la profesora de Psicología.

Pero entre probabilidad e improbabilidad, existen serias contradicciones. Por ejemplo, si llegas 15 minutos tarde a un turno de clases probablemente los profesores no te dejen entrar; sin embargo, si ellos llegan tarde 15 minutos, tú no puedes dejarlos afuera. Si de casualidad, y como algo extraño, atípico y raro, se te presenta un viaje al exterior (algún evento académico, causas familiares, etc.) tienes que tener cuidado porque por inasistencia puedes perder el año; sin embargo, si tus profes viajan…

En fin, que el estudio de las probabilidades no es solo para los matemáticos. Hay que conocer sus leyes para conocer la magnitud del asunto. Pero no te desanimes, hay que romper estas leyes, desafiarlas y hacer probable lo improbable. De hecho, ya tú lo estás haciendo. ¿Cuán probable era que Alma Mater saliera a color?, ¿O que cambiara de formato? ¿O mejor, que llegara en tiempo a tus manos?

Esta es la mejor manera de comenzar el 2011: desafiando la ley de la improbabilidad. ¿Viste los colores y el cambio de look? ¿Qué…? A ti te llegó la revista en febrero, bueno, bueno, con calma, que con esto de las probabilidades lo único seguro es que en la próxima línea pondremos el punto final, de lo demás, no nos podemos hacer responsables.

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Frases que te marcan… o te embarcan

Por Rodolfo Romero Reyes

A veces, víctimas del nerviosismo, el apuro, la carga de estudio, el estrés o el clásico despiste, la mente nos juega una mala pasada y como diría una respetada profesora: le damos play a la lengua sin verificar si está conectada al cerebro. Es así que decimos infinidad de disparates, algunos incluso nos sorprenden por ser tan creativos.

Motivados por este fenómeno, un grupo de universitarios se han dado a la tarea de resumir en la sección de una revista «La Papilla», una muestra de las frases más originales que han escuchado decir en cinco años de universidad. Ellos nos enviaron la selección y nosotros hemos decidido publicarlas:

 

Usain Bolt es un niño de teta. Dijo uno que ganó los 100 metros en los juegos universitarios. 

Tenía los ojos azules como esmeraldas.

Yo voy a hacer  una lista para que nadie se me cuele el día del cobro.

En un turno de psicología dijo un muchacho: “Eso tiene función lúdica”, y una de su aula le respondió: Ay, chico, tú siempre tan asqueroso.

Un profesor de filosofía hablando de rupturas dialécticas: Ni te vas, ni te vienes, sencillamente te quedas parado.

¿Por qué los personajes históricos no tiene nombres comunes?

Una muchacha a un muchacho hablando de cómo servir una cerveza en una copa: ¿Quieres que te la eche adentro?

Los soporte teóricos que soportan la teoría son… dijo una profesora de Psicología Social.

Miren eso, una pinareña respondiéndole a otra pinareña; es algo inhóspito. Una habanera.

El radio y la radio son diferentes, el radio es el radio, y la radio bueno… es… la radio.

Alguien dijo: Debería haber una película de “Once Minutos” de Paulo Cohelo. Y enseguida fue rectificado por un “inteligente” compañero de aula: Eso sería un corto, ¿no?

No queremos temas mongos, que la investigación sea vendible e integradora. Un profesor de metodología de la investigación.

Profe, tengo una pregunta, no, más bien es una interrogante. Un estudiante de Periodismo.

Si los niños no crecen no hay jóvenes. Profesor de PPD.

Esos son Leidy Boren y el Cachal. Una reguetonera frustrada.

Un estudiante preguntó: Profe, ¿podríamos atrasar la prueba? Y la profe le respondió: Sí, ¿en agosto te conviene?

Profe, ¿la primera pregunta de la prueba tiene que ver con la segunda? Y la profe respondió: Bueno sí, las dos son de mi asignatura.

Eso queda por la Calzada de Funeraria y K.

Ahora no recuerdo si entregué el trabajo en versión digital o analógica (¿?)

En Guanacoa viven guanacoenses. Una estudiante de Derecho.

Yo soy “fanatisma” de la pelota. Una muchacha de Villa Clara.

La vista porque se ve, el tacto porque se toca y el olfato … bueno, porque … ustedes saben. Profesora derecho penal.

Los veo, como dicen por ahí, “al dorso del madero”. Profesor de historia contemporánea.

Mi hermano es chófer de avión. Una muchacha santiaguera.

En un viaje de la capital hasta el Turquino, alguien se asoma por la ventanilla y pregunta: ¿Ya habremos pasamos Pinar del Río?

Indiscutiblemente Fulano es un hombre de segundas oportunidades. Dijo una vicedecana refiriéndose a un repitente. 

Las cabillas son importantes. Otra profesora de Psicología.

Se escuchó al fondo “Entre candilejas yo te amé…” y alguien preguntó: ¿Esa no es la voz de Charlie Chaplin?

Ayer fui a una fiesta donde comí langones y camarosta.

Un profesor cuando le pidieron los cinco minutos. La clase no es un chorizo que se puede picar a la mitad.

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Bolek y Lolek

Por Nemo

Esta no es precisamente la historia de dos superhéroes como puede alguien imaginar con solo leer el título. Es un breve relato sobre dos amigos que se conocieron de modo casual en un aula de la universidad. Bolek no se llamaba Bolek, era un seudónimo. Por su parte, Lolek sí se llamaba Lolek, algo muy entendible si sabemos que su padre era árabe y su madre nacida y criada en Centro Habana, ambos fans a los rusos. De los países del Medio Oriente sacó el anhelo de tener un harén -sueño que aún no ha cumplido-, y de su espíritu “repartero”, la manía de no quitarse las gafas incluso dentro de una discoteca nocturna. Pero bueno, volvamos a la historia. Así fue, como un día, gracias a las casualidades de esta vida Bolek y Lolek se hicieron amigos.

El primero vivía en la Lisa y se pasaba el día haciendo chistes y bromas. Uno de sus pasatiempos preferidos eran los “test mentales” y las adivinanzas. Un día cayó en sus manos un libro lleno de acertijos y semana tras semana comenzó la tortura psicológica para el pobre Lolek. “Mientras más hay menos se ve. ¿Qué es?”, le decía y aún cuando Lolek se rompía la cabeza sin imaginar que era la oscuridad, Bolek tardaba toda una semana para darle la respuesta. Así estuvieron por varios meses. “Si dices su nombre se rompe. ¿Qué es?” o “¿Alguien se puede casar con la hermana de su viuda?, las preguntas iban y venían, algunas con más lógica que otras. Después cuando por fin se acabaron las preguntas, Bolek recolectaba acertijos nuevos entre sus amigos del barrio.

“¿Para qué los cementerios tienen cercas, si los que están afuera no quieren entrar y los que están adentro no pueden salir?”, con esa pregunta estuvo Lolek 15 días rompiéndose la cabeza y cuando Bolek le dijo que era para diferenciar a quienes estaban adentro de los que estaban afuera, lo quiso coger por el cuello.

A veces el chico de la Lisa inventaba sus propios acertijos como cuando se dio cuenta que el nombre de un cantante de los Orichas estaba compuesto por pronombres personales: Yotuel; o cuando descubrió una acción que hacen todos los seres vivos, los objetos materiales y los planetas a las vez: envejecer.

De cada situación inventaba algún acertijo o algo que implicara la agilidad mental. Lolek le seguía el ritmo porque disfrutaba ejercitar la mente pero le molestaba no  poder seguirle el juego con la misma agilidad.

Durante un tiempo el chico árabe estuvo navegando en Internet para encontrar acertijos que valieran la pena, pero todos los esfuerzos resultaban imposibles. Encontraba preguntas muy simples y otras que eran chistes de mal gusto. Estuvo cerca de seleccionar aquel que decía: “En un cuarto hay varios gatos, en cada esquina hay un gato, cada gato ve cuatro gatos, ¿cuántos gatos hay?”; pero desistió pues sentía cierto aprecio por los gatos que le impedía usarlos en su juego.

Pero un día descubrió el acertijo rey, el que nadie podría descifrar, era una trampa de palabras en la que su amigo Bolek caería inevitablemente. En su sencillez está lo complejo, le había dicho el profe de Teoría Sociopolítica cuando lo escuchó. La próxima vez que se encontró con su amigo, Lolek hizo como siete preguntas:

-¿De qué color son las nubes?

-Blancas

-¿De qué color es el techo del aula?

-Blanco

-Mis zapatos… -Blancos  -Margarita… -Es blanca   -La flor mariposa… -Blanca

-Blanco…   -Blancos

Y cuando yo, que los observaba, pensé que aquello era una burla de Lolek, el árabe preguntó: -¿Qué toma la vaca?- Y Bolek respondió con total seguridad:

-Leche, leche.

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Clulares codifik2

Por Rodolfo Romero Reyes

Mi linda amiga Helen me aconsejó que disminuyera el número de líneas de esta sección con la finalidad de hacerla más humorística y también para dejar más espacio a la caricatura de Sama. En fin, que por este mes al menos le voy a hacer caso y dejaré la muela para entrar en el pollo de este arroz.

El uso de las nuevas tecnologías tiene sus particularidades y muchas dependen del lugar donde se usen. Entre las tecnologías más singulares está el celular y si hablamos de lugares singulares, las universidades cubanas son las ideales para este análisis.

Cuando dos amigos tienen celular las contraseñas son infinitas. Una llamada perdida (dígase de las llamadas que no se contestan, es decir, casi todas) significa: te mando saludos, te quiero, etc. Si la llamada es correspondida, significa lo mismo a la inversa. Dos llamadas es que lo llames desde un fijo para poder responderte. Tres llamadas que te apures y cuatro es que descuelgues que es algo extremadamente urgente. De hecho este último código solo se tiene con amigos de confianza que saben clasificar las cosas en extremas y las comparan con los centavos que cuesta descolgar.

Si quedan en verse en un lugar, un timbre significa que ya llegué. Si todos lo días yo te llamo para saber si me recoges mañana para ir a la escuela, un timbre a la hora habitual sustituye la tradicional pregunta y las respuestas son sencillas: una perdida es Sí, y dos, es No. Este código (de Sí y de No) es el más popularizado. Sobre todo para responder mensajes. Incluso cuando las preguntas tienen respuestas más complicadas, la persona que manda el mensaje se solidariza y le propone a su receptor diferentes soluciones. Por ejemplo, el mensaje puede decir: “¿Por fin la fiesta cuando es? Si es el viernes dame una perdida, si el sábado, dos, si el domingo tres. Si se suspendió, no me llames”.

Como siempre la necesidad de ahorrar nos despierta la creatividad de una forma impredecible.

Pero no solo se ahorra dinero con el código de llamadas perdidas. En el lenguaje escrito también se ahorra tiempo. Es por eso que para escribir mensajes de textos se han inventado reducciones bastante enigmáticas.

“No fui a KY13, abía 3men2 ambient. Al2 fue dspues y me contó. TKM. L”. Este es el mensaje que mandó Elena a una amiga el día del concierto de Calle 13 en la Tribuna. ¿Les fue difícil?

No se preocupen, cuando tengan móvil se irán acostumbrando. Mientras se entienda, todo está bien, diría mi amigo Urbino. Pero hay algunos que se pasan. Por ejemplo, una profesora de mi Facultad citó, mediante un mensaje, a un alumno del ISDI para una consulta. “stoy n l VCDKNTDCT”. Si el muchacho no pregunta a la entrada de la Facultad a un estudiante con mucha creatividad él nunca hubiera sabido que tla cita sería en el Vicedecanato Docente.

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El séptimo sentido

Por Nemo

Todos saben que el ser humano tiene cinco sentidos. Algunos teóricos, poetas y enamorados hablan del sexto sentido que desarrollan las mujeres: ese que les permite darse cuenta cuando los hombres mentimos y les desarrolla cierta intuición que sin dudas las hace especiales. Pero en Cuba todos, mujeres y hombres, hemos desarrollado a lo largo de nuestra vida en sociedad un séptimo sentido: el del transporte público.

Este sentido es compartido por la mayoría de los cubanos y tiene innumerables ventajas. Gracias a él usted puede memorizar el rostro de algunos choferes de las rutas habituales, incluso conocer sus nombres y hasta crear amistad con ellos para que lo recojan fuera de parada. Entre otras habilidades se desarrolla un lenguaje simbólico que va desde un silbido para que el chofer detenga la guagua, hasta mostrar un billete de cinco pesos que sustituye el carné de empleados.

También está estrechamente relacionado con los otros sentidos. Por ejemplo, tu olfato se acostumbra a convivir con pésimos olores, eres capaz de visualizar los números de las rutas incluso a seis cuadras de distancia, puedes diferenciar a través del oído una guagua del resto de vehículos rodantes que circulan por nuestras calles, acostumbras el tacto a esa sensación que queda en tus manos cuando agarras los tubos de un ómnibus después de las doce del día y por último, también ejercitas el sentido del gusto, porque al final, le terminas cogiendo el gusto a la dinámica de las guaguas.

Pero entre los cubanos hay un grupo –casi siempre mayoría–que diariamente viven de dos a cuatro horas dentro de una guagua o en una parada. Ellos desarrollan cierta intuición que les permite saber: 1) si la guagua se va o no a llevar la parada, 2) de qué forma se le ofrece al chofer cinco pesos para montar sentado en las primeras paradas, 3) los lugares donde es menos probable que te empujen y 4) cómo evitar discusiones y/o enfrentamientos violentos encima de la guagua.

Para esto último se recomienda evitar pisar, empujar o rozar al menor número de personas posibles y pedir disculpas cuando alguien te pise, te empuje o te roce. De ser posible, usar un mp3 para escuchar música y mantenerse alejado de cualquier conflicto. La mejor solución es pedir botella, pero no todos somos capaces de semejante hazaña comunicativa.

Algunos textos científicos han confirmado que el transporte proporciona uno de los ejercicios más completos. Se practica de todo: el atletismo a alta velocidad pero a cortas distancias, los agarres y las piruetas en las puertas de la guagua, el equilibrio sujetado a un tubo mientras el chofer intenta desafiar la inercia y el salto con obstáculos en el momento de bajarse del ómnibus.

Ahora, hay que tener cuidado porque el desarrollo excesivo de este sentido puede desarrollar ciertos desajustes mentales. ¿No han conocido acaso a esos locos-psiquiátricos que pudieran ser logotipos de algunas rutas capitalinas? Para evitar esos trastornos los médicos han recomendado montar bicicleta, conseguirse un carro o “pedir botella”. Siguiendo estos consejos son muchos los hombres que con su “cara a prueba de negaciones”, se paran en semáforos y esquinas esperando la buena voluntad de algunos choferes.

Pero independientemente de algunos efectos negativos, el séptimo sentido contribuye además a cierta formación vocacional relacionada al transporte público. Motivados por la dinámica generada en las guaguas hay quienes recogen el menudo, mandan personas a subir por la puerta de atrás e incluso son seguidores de frases como: pidan permiso que el pasillo está vacío o pégate y camina que con ropa no hace daño.

Por otra parte fomenta la solidaridad, porque entre tanta matazón siempre hay quien le brinda su brazo a la muchacha que no llega al tubo, quien te ofrece el asiento, te lleva la mochila, incluso, hay quien sin tu consentimiento se lleva tu cartera; nada, que somos cubanos y ese séptimo sentido también nos hace especiales y diferentes.

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Matrimonio mal llevado

La Cucaracha Martina,
ya se quiere divorciar,
porque el ratoncito Pérez
nunca quiere trabajar.

Ella limpia que te limpia;
así pasa el día entero,
él ni friega y si sacude,
solo arma buen reguero.

“Cuando yo me encuentre un peso,
seguro dejo al ratón”,
piensa la Cucarachita,
mientras sube su presión.

El ratoncito, risueño,
a ella trata de calmar:
“Yo te lo dije, Martina,
lo mío es dormir y callar”.

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