La increíble final de los 800 metros

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Hablemos de comida

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Personas cursis en peligro de extinción

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Panadero amateur

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Apellidos de periodistas

Por Nemo

Por estos días de celebraciones gremiales he reparado en la singularidad de nombres y apellidos de algunos periodistas cubanos. Detrás de su voz, de sus letras, se esconde un crédito, una firma que queda registrada en la mente de los públicos. Lo peculiar es que, a diferencia de otros escenarios donde basta un apodo o un nombre; en esta profesión resulta vital, al parecer, una buena combinación.

Algunas son tan efectivas que la mayoría podría percibir que no llevan ningún otro complemento en su carné de identidad: Talía González, Julio Acanda, Diana Valido, Rolando Segura, Cristina Escobar. Otros, por el contrario, han sido partidarios de combinaciones más largas: Fritz Suárez Silva, Wilmer Rodríguez Fernández. Y hay quienes han decido intencionalmente hacer omisiones y, por ejemplo, se quitan un Paulino (Darío Alejandro Escobar) o un Aymara (Yohana Lezcano).

Cuando el apellido es atípico también genera conflictos. Anisley Torres en más de una ocasión ha debido aclarar que a su Santesteban no le falta ninguna i. Una difícil pronunciación no obliga a su poseedor a desecharlo, al revés, se le puede sacar el provecho de ser único: Diana Rosa Schlachter, por ejemplo. Y si de autenticidad se trata, István Ojeda merece más de un lauro, aunque en este caso es por el nombre.

Incluso, con apellidos comunes las personas se trastocan. Leí del inolvidable Enrique Núñez Rodríguez la anécdota de cómo, en una ocasión, lo confundieron, y no solo de nombre, con Antonio Núñez Jiménez. Y comprobé como, aun cuando Guillermo Cabrera siempre aparecía con el Álvarez detrás, varios entretenidos lo confundían con cierto «infante».

Hay quien es inmune a esas confusiones y, por el contrario, tiene el privilegio de solo portar nombres propios, como el admiradísimo profesor Roger Santiago Ricardo Luis.

Cuando el asunto va de apodos, la cosa es más compleja. Personas allegadas que conocen de mi hermandad con El Licen, ignoran que José Gabriel Martínez es la misma persona. Recientemente mi amigo Charly Morales me solicitaba que él debía aparecer así, tal cual, en la cubierta de un libro porque a Carlos Morales lo conocían en realidad poquísimas personas.

Si se trata de un nombre de moda en el gremio, tiene que ir obligatoriamente acompañado. Y no solo pasa con las Claudia —que es un nombre popular— también con las Karina: del Valle, Marrón, Rodríguez, Sotomayor; o las Lisandra: Chaveco, Durán, Fariñas, Gómez, Sexto.

En cambio, otros colegas pasan a la historia casi anónimos. Recientemente en una entrevista en el programa humorístico «El motor de arranque» muchas personas escucharon por primera vez el nombre del conocidísimo comentarista deportivo Hernández Luján.

Si tu apellido tiene «competencia» puede acarrear malentendidos. Hace unas semanas, en Facebook, un usuario aseguraba que el director de Alma Mater era Omar Franco, a lo que otro intrépido, queriendo corregir el error asignado al conocido humorista, aparentemente lo rectificaba: «No, no, ese es Luis Franco». Y mientras, nuestro jefe Armando veía como ninguno de los dos daba pie con bola con su nombre real.

Esto de los apellidos también permite identificar si estamos en presencia de una familia de periodistas, aunque la técnica tiene cierto margen de error. Obviamente Ania Terrero es hija de Ariel Terrero y Lisandra Ronquillo, de nuestro presidente de la UPEC. Sin embargo, ¿no es similar el parentesco entre Alejandra García y Rosa Miriam Elizalde?

Nada, que hay que pensárselo dos veces antes de andar por ahí poniendo el nombre de uno. Recientemente supe que Abdiel firma con sus dos redundantes apellidos por una exigencia de tipo familiar-comunitaria, cuando algunos desentendidos pensaban que solo firmaba con uno de los Bermúdez porque deliberadamente quería eliminar de su registro el apellido de uno de sus dos padres.

En mi caso, debo confesar que firmo con el nombre completo, y no precisamente para presumir de las tres erres —que han derivado en seudos como Triple R o R al cubo—, sino para ser consecuente con el reclamo de mi tío. Hermano de mi mamá y fanático de sus sobrinos, la primera vez que publiqué una nota —en primer año de la carrera—, en vez de una felicitación, recibí un llamado «a lo cortico», casi en tono de regaño:

—Mire, compay, yo necesito que para la próxima usted exija en Granma que le pongan su segundo apellido, porque la gente aquí en Jaruco, cuando les enseño el periódico, y ven Rodolfo Romero, así, sin más nada, no tienen cómo saber que usted es mi sobrino, ¿me oyó?

Y desde entonces lo pongo en todo lo que escribo, para que mi tío, agricultor mayabequense por adopción, de vez en cuando, vea su apellido Reyes en la prensa cubana.

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Top ten de los despistes en Cuba

Por Nemo

Recién tuve en mis manos el manuscrito del libro Top ten de los despistes en Cuba, propuesta historiográfica que próximamente saldrá a la luz.

El volumen es resultado de una rigurosa investigación que aborda distintas distracciones de cubanas y cubanos a lo largo de todo el país. Cuenta con dos acápites, el primero de ellos relata los resultados de un grupo de discusión en el que participaron distintos especialistas de las ciencias sociales, en su mayoría psicólogos, donde caracterizaron a las personas despistadas. Los investigadores, incluso, enunciaron las causas probables de dicho mal, las cuales nada tienen que ver con traumas de la infancia o mediaciones escolares; «el despiste, en la mayoría de los casos —sentenciaron— tiene causas congénitas».

Esto último no resultó novedoso para mí. Muy de cerca tengo ejemplos. Mi amigo Yuset puede almorzar un filete de pechuga de pollo y, solo porque se lo sirvieron empanizado, asegurar, horas más tarde, que ha comido pescado frito. También es capaz de atravesar media ciudad en busca de su moto eléctrica que pernoctaba en un taller y, justo al llegar, descubrir que ha dejado la llave en la casa.

Yo mismo debo haber nacido con el mecanismo de la atención medio descompuesto. Dicen que mi padre, en sus tiempos mozos, era entretenido a más no poder; tal vez lo mío sea hereditario. Si salgo del comedor a la cocina a buscar una cuchara, basta con que alguien de la mesa me pida otra cosa, por ejemplo, un vaso con agua, para que olvide una de las dos, probablemente, la cuchara, por haber sido la primera. De personas como yo, alega la ciencia, somos incapaces de hacer dos cosas a la vez.

Pero volvamos al libro. En el segundo y último capítulo, sus autores enumeran los despistes más grandes de los que se conserva evidencia gráfica (de ahí que no figuren la «concretera» que supuestamente quedó encerrada en un cine pinareño o la barredora de nieve que algún entusiasta compró para usar en nuestro país hace ya varias décadas).

Para no adelantarles todo el libro, solo haré spoiler de dos sucesos que me resultan cercanos: uno, porque ocurrió en Puerto Padre, un municipio de Las Tunas al que me atan vínculos familiares, y el otro, porque clasifica como el colmo de los despistes.

En una moto un hombre llevaba como copiloto a su yerno. Al llegar al cruce de la línea del ferrocarril, el yerno, valorando lo irregular del trayecto y aprovechando la reducción de la velocidad, se apea de la moto, para facilitar el paso. Una vez rebasados los rieles, el hombre, creyendo que su yerno sigue con él, acelera y se pierde ante la vista del joven y de otro transeúnte, testigo del suceso. El muchacho, pensando que se trataba de una broma de su suegro, ni siquiera atinó a gritarle; empezó a preocuparse cuando vio que René —así se llamaba el motorista— se perdía en el horizonte. Cerca de un kilómetro y medio anduvo el despistado, hasta percatarse que iba solo. Al instante regresó en la búsqueda de su copiloto. Según le dijo a este, se dio cuenta de lo sucedido cuando notó que su yerno iba demasiado callado.

El otro despiste, con el que por cierto concluye el libro, tuvo lugar el día que un colega, egresado de nuestros centros universitarios, salía de una tienda con su esposa y sus dos hijas. Al llegar al auto, la mujer, antes de ocupar su puesto en el asiento delantero, monta a las niñas detrás y, cuando cierra la puerta, observa como su marido pisa el acelerador y abandona el lugar. Sorprendida primero, e indignada después al notar que ni él ni las pequeñas se han dado cuenta de lo ocurrido, toma su celular y lo llama enfurecida.

Pero, ¿qué ocurría dentro del vehículo? El chófer pensaba que su esposa había montado detrás con las niñas. Las pequeñas, entretenidas en sus juegos, estaban convencidas de que su mamá iba delante. El colmo es que, una vez que suena el celular, y nuestro amigo ve que es ella quien lo está llamando, sin ni siquiera mirar por el retrovisor, estira la mano, mostrando el teléfono, y sin quitar la vista del camino, dice:

—Mi vida, mira a ver que parece que, por equivocación, me estás timbrando.

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Para solteros

Por Nemo

«Pues sí, las mujeres seducen y tienen sus propias estrategias», así afirmó una de las especialistas que colaboran con nuestra revista cuando, en el pasado febrero, Alma Mater publicó el texto «Para solteras»; en el que se clasificaban a algunos hombres según sus maniobras para enamorar.

Ese primer texto, se pensó a modo de alerta para que ellas no se dejaran engatusar fácilmente y supieran identificar a sus diestros pretendientes. A partir de aquellas líneas, un grupo de investigadores integrado por seis mujeres y dos hombres, han indagado en las clasificaciones de ellas: las féminas con experiencia en el arte de la seducción.

Si en la entrega anterior alertamos a las solteras para que pudieran reconocer a hombres «soroa», «búhos» o «irremediablemente cursis»; es prudente alerta a los solteros para que no caigan ante determinados ardides de la seducción femenina.

La Shakira tropical: solo se deja ver, su cuerpo escultural hace que, sin bailarte el «waka waka», caigas tendido a sus pies.

La Magaly: se hace la dura.

La emoji: se la pasa todo el tiempo enviándote emoticones: corazones rojos, diablillos sonrientes, cachetes sonrojados, todo lo que en materia semiótica indicaría que está decidida a cualquier cosa por ti. Ojo, un paso en falso, y todo termina. Si decide echarte a un lado, se hace la ingenua: «yo solo los ponía porque me parecían muñequitos divertidos».

La directa: te desarma cuando ante un piropo o frase lisonjera suele ir directo al grano. Por ejemplo, ante la típica frase: «¡Ay!, ¿quién pudiera besar esos labios?»; te responde: «No lo has hecho porque no has querido».

La diabla puritana: aparenta ser un ángel caído del cielo, atrae a los hombres con su dulce apariencia, haciéndoles creer que están conociendo a la futura madre de sus hijos.

La increíblemente soltera: es aquella cuya belleza, inteligencia, entre otros atributos, hacen que nadie se explique por qué esta soltera. Generalmente, no lo está, pero prefiere las cosas discretas, y es diestra en el arte de la compartimentación.

La cafetera: presume de su facilidad para seducir a los hombres, afirma que los tiene «comiendo de su mano», supuestamente les propone a sus víctimas desafíos candentes, sin embargo, a la hora de la verdad: calienta, pero no cuela.

La plagiosexual social media: pasa su vida posteando fotos retocadas, empinando lo que tiene y lo que no, subiendo historias, exhibiendo su cuerpo semidesnudo en las redes sociales para recibir respuesta de cuanto macho alfa pecho-peludo-espalda-plateada deambule por esos ciber-lares. Sus publicaciones vienen acompañadas de una frase motivacional, psicológica, filosófica, astrológica o estrambótica, todo depende de la pose en la foto. Siempre se muestra atrevida, intrépida, pirimpimpética; es la Indiana Jones del chateo intenso.

La stalkeadora: se conecta a Facebook, busca tu perfil y le da «Me gusta» a 40 fotos tuyas en cuestión de unos minutos, es consciente de que las notificaciones te avisarán de que, evidentemente, ella está «puesta pa´ tu cartón». Espera un par de días y, si no muerdes el anzuelo y le mandas una solicitud, ella lo hace. Si la aceptas, verás que, en unos minutos, aparece por tu chat en modo: «Hola, ¿estás?».

La forense: te investiga previamente, por eso, cuando se lanza, ya sabe todo de ti. Si notas que te escucha con atención y te hace las preguntas más inteligentes que te han hecho, es porque conoce cada una de las respuestas. Suele ser muy metódica, y su average en estas lides es de los más altos. También son solidarias y altruistas, si una amiga está conociendo a alguien, ellas averiguan todo acerca del pretendiente en cuestión, y lo hacen gratis.

La compartida aparentemente indecisa: (toma parte de su nombre de una canción de Pablo Milanés). Tiene pareja, no obstante, te seduce, incluso se esfuerza por hacerte creer que eres tú quien la ha seducido. Parte de su estrategia es complejizar el panorama: de ahí que te repita hasta el cansancio: «esto está mal, no podemos hacerlo más», «me siento culpable», «bueno, está bien, pero que sea la última vez».

La «stand up comedy»: te hace reír hasta que olvidas todo; un chiste en vivo, un meme por WhatsApp, una buena dosis de sarcasmo, una dosis de ironía, una intertextualidad simpática y ya crees que nacieron el uno para el otro.

La mecánica-carpintera: sabe arreglar el chucho de ventiladores y radios (aunque los llame así: chuchos), abrir huecos en la pared con un taladro, usar un martillo. Aunque tiene un efecto positivo en algunos hombres, otros salen corriendo ante tales evidentes muestras de superioridad y empoderamiento.

La novelista: no se muestra de un inicio tal y como es; en cambio, en cada conversación desliza minicrónicas de vida en la que te cuenta su historia y deja en claro sus formas de pensar.

La contratendencias: aunque tiene un cuerpo muy atractivo, no se vale de un short o un vestido apretadito. Prefiere vestidos largos y anchos, los que por el efecto del aire, o al sentarse, dejan entrever un poco más. Lo denomina: el efecto «ultra mega plus».

La repartera retro: Ni aunque le confieses que tú estás «como guanábana para champola», ella no te enseñará su pudín si antes no ve y evalúa la calidad de tu guaripola.

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Para solteras

Por Nemo

Febrero suele ser un mes en el que el amor se vuelve el centro de las cosas. Escudados en el día de San Valentín, las cercanías al día 14 provocan reflexiones personales, metas y detalles compartidos entre dos, entre tres, y hasta teorizaciones grupales. Fruto de esto último, llegó a mis manos un manuscrito titulado «Catálogo de casanovas». El texto, aunque se confeccionó en un grupo donde las voces estaban divididas entre mujeres y hombres, se centra específicamente en dilucidar disímiles estrategias que usamos los varones para enamorar.

Al parecer sus autores y autoras, conscientes que podían ser acusados por manifestar actitudes sexistas, decidieron explicar en dos párrafos introductorios por qué este primer acercamiento se centra solo en representantes del mal llamado «sexo fuerte», y anunciaron un próximo título dedicado a describir este comportamiento en algunas mujeres.

Por el momento, y mediante un análisis historiográfico, explican que ha sido el patriarcado el principal responsable de que los hombres deban protagonizar la acción de enamorar, y que las mujeres han sido situadas por la sociedad en un rol más pasivo. Menciona que han existido y existen mujeres que se lanzan, que conquistan (ojo, este es un verbo colonizador también), que enamoran o —más coloquial— que «echan pila». Sin embargo, este primer acercamiento es, y así lo dice en su dedicatoria, «para mujeres solteras», pues describe rutinas y metodologías que, si bien aplican para cualquier persona, quienes firman el texto las han apreciado fundamentalmente en hombres.

Compartimos acá, el acápite 2, en el que se describen las distintas estrategias de estos pretendientes; así ellas pueden reconocerlos fácilmente y atenerse a las consecuencias.

El Soroa: no se inventa una primera cita si no dispone de dos copas, unas velas y una botella de vino. Se cree que esa es la clave del éxito.

El rebelde: chico contestatario, vive contra las normas de todos —incluyendo sus propias normas—. Te propone una vida libre, sin ataduras, donde se prepondera el placer y todo es permitido. Siempre viste a la moda, aunque para algunos su atuendo pudiera resultar un tanto transgresor.

El Cristiano Ronaldo: clásico figurín, aunque no por ello deja de ser talentoso. Considera que sus bíceps, tríceps y cuadritos del abdomen son las «armas letales». De ahí que su estrategia consiste en dejarse mostrar, de ser posible sin camisa en unas de sus rutinas deportivas.

El bohemio: no tiene que saber tocar guitarra, pero, si sabe, lleva papeletas extras de triunfo. Su filosofía de vida se parece un tanto al rebelde, pero vive en un tono más pausado. Suele ser descuidado en la forma de vestirse y de peinarse.

El Flipper: no necesariamente es lindo como los delfines, aunque sí se la pasa riéndose. Todo el tiempo hace chistes, colecciona «memes», por sus poros literalmente transpira alegría. No garantiza ser un buen amante, pero sí una persona divertida. Con él nunca te aburrirás, ni siquiera un domingo por la tarde.

El telegrama: muchacho de pocas palabras. Para conocer si realmente está interesado en ti, tienes que leer entre líneas e intentar descifrar todo lo que encierra su mundo interior.

El Especialista B en transporte público: seduce mientras coincide contigo en la cola de la guagua o ya subidos en ella. Confiado en las largas esperas, es un enamorado que se toma su tiempo; a diferencia del Especialista A, a quien le basta dos o tres paradas para lograr su propósito, y le da igual que sea a bordo de un taxi rutero o de un almendrón. 

El calculador: todo lo planifica, sin dejar nada al destino. Suele aparecer en momentos en que, por algún motivo, te sabe vulnerable. De ahí que te ofrezca, siempre de una forma muy subliminar, todo lo que en ese momento necesitas. Es en extremo peligroso.

El feminista aprovechado: para nada es un auténtico defensor de la equidad de género. Solo se aprovecha del rechazo generalizado hacia el machismo para venderse como el hombre que hace de todo en la casa y que cree en la justicia plena. Si lo eliges tu vida cambiará, dice.

El búho: amante a la nocturnidad. Tiene diversos temas de conversación. Su campo de acción nunca serán las fiestas ruidosas; prefiere una locación tranquila para actuar. Si se te ocurre pasar toda una noche conversando con él, es probable que logre «atraparte» justo antes del amanecer.

El «DTI»: basta con que le digas tu nombre para que te encuentre en Facebook, averigüe tu número de teléfono, te escriba por WhatsApp, te envíe un mensaje socarrón el día de tu cumpleaños, descubra tu dirección particular y te mande rosas el 14 de febrero.

El irremediablemente cursi: domina todo un repertorio musical: Noelia, Álvaro Torres, el inigualable Ricardo Arjona. Tiene un arsenal de frases pasadas de moda. Y, aunque ya no los usa, pues datan de sus conquistas adolescentes, recuerda muchos versos de José Ángel Buesa.   

El V.I.P.: su lugar de acecho son los bares modernos. Intenta nunca lanzarse; de hecho espera que sean ellas las que «seducidas por su glamour» avancen hacia lo que el mismo denomina: «la trampa mortal». Usualmente tiene algún medio de transporte que ofrece garantías para lo que será una noche cómoda y placentera.

El «sapiensudo»: abruma con tanta inteligencia. Tiene la habilidad de, en apenas dos oraciones, mencionar tres libros que ha leído, hacer referencia a algún científico o músico famoso, y dejar caer alguna frasecilla en latín. Generalmente también son buenos «infladores», de ahí que aparentan saber más de lo que ya saben.

El 2.0: personalmente es aburrido, pero cuando lo abordas por el chat es creativo, intenso, atrevido. Te propone retos. En caso de que te pida que le envíes fotos sexys, asegura que las borrará inmediatamente, algo que muy rara vez sucede.

El Covid-19: llega a tu vida porque es contacto, de un contacto, de un contacto de alguien a quien conociste en una fiesta. Va por la vida propagando su amor a diestra y siniestra. Se cree un conquistador y presume de sus víctimas. Mujer soberana que se respete, lo mantiene a raya para siempre.

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Réquiem por Magaly

Por Nemo

Enero. Cuba. Año 2121

Estamos inmersos en las celebraciones con motivo del centenario de un suceso histórico ocurrido a inicios de la década de los años veinte — del pasado siglo XXI — ,el momento trascendental en que Magaly pasó a ocupar un lugar imborrable en el imaginario popular cubano.

Si Mariana, la de Silvio, quiso ser canción, la Maga en realidad no aspiraba a tanto. Fueron la rueda de la vida, las vicisitudes del destino y los planes previos al suceso de reordenamiento económico los que conspiraron para que esta mujer trascendiera de la forma en que lo hizo.

Según narran los libros de historia moderna, los orígenes del fenómeno Magaly estuvieron en el ambiente urbano gracias al «esfuerzo creativo» de DJ Unic y WowPopy. Sin embargo, sería la impronta de Yomil la que, con su incursión en el remix, volvería viral a la susodicha muchacha, que devino en símbolo de la «mujer duraka».

Su principal y único estribillo (por no decir que prácticamente representa el 80% de la letra de la canción) decía: «Si una puerta se me cierra, otra puerta se me abre. ¡Dura Magaly! ¡Ay, por tu madre!».

Cuentan que por aquellos días en esta isla caribeña, Magaly logró propagarse más que la COVID-19. Algunos investigadores subrayan que la mítica mujer llegó a estar más dura que Durán, lo cual es mucho decir.

El éxito de la Maga estuvo asociado también al auge de las narrativas transmedia. Por eso, aunque su historia inicial transcurría en los marcos estrechísimos de la mencionada canción, otras historias complementarias aparecieron en formatos impresos, audiovisuales e incluso, hipermediales.

La revista Somos Jóvenes publicó un comentario que indagaba en el origen del hit. En tanto, otras publicaciones más faranduleras intentaron, infructuosamente, descubrir la verdadera identidad de la enigmática mujer que había inspirado a los reguetoneros.

Por aquellas semanas en los circuitos de cine, se estrenó la película Retrato de Magaly que, al ser una versión libre del tema musical, narraba las peripecias de una joven campesina que emigraba a la ciudad en busca de mejoras económicas. Su llegada a la capital la llevaba a transitar de alquiler en alquiler, sortear ofertas laborales lo mismo en el ámbito estatal presupuestado que en el sector cuentapropista, y conocer a pintorescos personajes del entorno urbano.

En las redes sociales de Internet fue donde la muchacha alcanzó la cúspide de su ascenso popular. La frase, descontextualizada, servía lo mismo para calificar la postura de determinada funcionaria pública que para cronicar algún suceso del entorno familiar.

Vale aclarar que la dureza de Magaly podía estar relacionada con conceptos diversos: un físico tonificado, una foto con swing, una frase contundente, una persona intransigente o alguien que impone respeto. ¡Dura Magaly! servía lo mismo para elogiar que para insultar (algo similar a lo que ocurrió con la palabra «final», que en ese mismo periodo histórico gozó de múltiples significados).

La Maga condicionó un punto de desencuentro generacional. Una joven de la época dejaba constancia de ello en su perfil de Facebook: «Yo (cantando): Dura Magaly. Mi mamá: ¿quién es Magaly? Yo: No estás lista para esta conversación».

Su estribillo, además, resultó versionado en más de una ocasión en sintonía con la situación epidemiológica del momento: «Cuando una fase se te cierra, otra fase se te abre. ¡Ay, fase 1! ¡Ay, por tu fase!». Además, logró formar parte del argot callejero. Un «Dura, Magaly» en plena avenida servía para resaltar la belleza de una persona, o para opinar sobre determinada situación (como los precios iniciales que, una vez iniciado el reordenamiento, tuvo la heladería Coppelia). También como piropo callejero tuvo gran popularidad; incluso, en su versión reducida; bastaba con decir: ¡Magaly!

Testimonios recogidos en la prensa del momento, afirman que su trascendencia alcanzó incluso matices políticos de tipo contestatario, cuando en una de las vallas de la ciudad en la que se alzaba el mensaje: «La historia será dura con quienes…», alguien dibujó en grafiti: «Perdón, dura es Magaly».

Sin embargo, la fama de Magaly un buen día se esfumó, como le suele suceder a los mitos urbanos. Las nuevas generaciones desconocen que existió una Oficina Secreta; casi nadie recuerda «El palón divino», y son muy pocos los que saben, a ciencia cierta, lo que significaba en aquella época que te acusaran de ser «una canchanfleta».

Por eso hoy develamos esta tarja como digno homenaje a una de las mujeres más durakas de esos tiempos. Y lo hacemos dejando, en mármol impreso, las palabras de otro de sus contemporáneos, capaz de resumir en unos versos, el sentir de toda una nación: «Aunque vivas donde vivas, / en Moscú, en Quito o en Cali, / quien no conoció a Magaly, / no sabe lo que es la vida».

Tomado de revista Alma Mater.

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El abuelo de Marlen

Los finales e inicios de año evocan recuerdos de personas queridas, cercanas, algunas que ya no están en esta tierra. Estas remembranzas traen consigo tristezas, pero también alegrías; como el caso de personas muy singulares, como el abuelo de Marlen.

A pesar de sus años conservaba el mismo espíritu ocurrente de cuando era un niño. Cuentan que en la primaria, en la clase de Matemáticas, escribió en la pizarra como resultado de una resta numérica: tres menos dos igual a… «El Cangri». Por supuesto, el dislate le valió que sus padres se reunieran con la maestra y un consecuente castigo.

Siempre fue más de la calle, del barrio, que de la escuela o de la casa. Montaba chivichana, bailaba el trompo y era el mejor de todos jugando bolas, de hecho, una frase suya en aquellas lides gozó de gran popularidad en la barriada capitalina: «kimba, pa´ que suene».

En su etapa adolescente mataperreaba asiduamente en compañía de otros tres chamacos del barrio, por eso les apodaban: «Los cuatro». Este fue un periodo problemático de su vida, pues la pequeña banda citadina se dedicaba a pintar grafitis en muros y paredes con mensajes estridentes: «Pidiendo el último y pa´ trá» o «Con nosotros no se baila en pulla».

Cuando cumplió 18 años, vino el Servicio Militar a interrumpir, por dos años, aquella vida callejera. Ese tiempo le bastó para que se forjara su carácter y empezara a asumir la vida con mucha más responsabilidad, convencido de que no podía seguir por la vida «a la my love».

De esos tiempos en que había hecho guardia con un fusil AKM colgado del brazo, le quedó la costumbre de leer. Devoraba volúmenes enteros con mucha sagacidad. Así, con el tiempo, se volvió un hombre sabio, tal como yo lo conocí, cuando ya era el abuelo de Marlen.

Narran de su amor con Adelaida, la abuela de mi amiga, que fue algo épico. Él, que le llevaba uno años, la vio por primera vez en una fiesta de esas que hacían en los bajos de su edificio. Desde que se cruzaron las miradas, el deslumbramiento fue mutuo. No hubo necesidad de excesivos flirteos. Se le acercó con aires galantes y le preguntó con voz de locutor: «Menorcita, dime cuál es tu vuelta»; y ella le correspondió con elevada zalamería: «A mí me gustan mayores». Puro romanticismo.

El viejo no caía en los clichés de acusarnos bajo la eterna letanía de que «la juventud estaba perdida». A modo de moraleja, a partir de sus propios aprendizajes, nos restregaba en la cara: «Yo nunca me perdí, ahora fue que me encontré». Además, combatía enérgicamente las superficialidades, y nos alertaba: «En la farándula no hay amor, en la farándula hay maltrato».

Cuando su nieta llegaba de la universidad con notas sobresalientes, no había nadie ese día más feliz en todo el vecindario. Todavía me parece estarlo escuchando cuando, repleto de orgullo, sentenciaba: «la calidad es la calidad».

El día que Marlen publicó su primer artículo periodístico en un medio nacional, a todos les enseñaba el periódico: «Miren, miren, esto es un palo por la cara»; y exclamaba, para que todos lo escucharan: «Ave María, ¡qué riquera!».

Quizás ese entusiasmo, mezclado con el cariño que le profesaba a su familia, era lo que hacía que nunca perdiera los estribos. Por mala que estuviera la situación, se mantenía muy ecuánime: «Total, el cuartico está igualito». Nunca se le escuchó un «bajanda» fuera de todo, ni poner fin a una discusión diciendo: «No me da mi gana americana». Por el contrario, con nosotros siempre fue de trato amable, a pesar de que a mi amiga le gustaba cuquearlo. Cuando lo molestaba, y él quería que lo dejara tranquilo, levantaba la vista del libro que estuviera leyendo y le decía en tono de abuelito comprensivo: «Suéltame, la mía». Y ella se reí, y el abuelo reía, y todos reíamos a carcajada.

Ahora que empieza otro año, y que es inevitable pensar en las personas queridas, pienso en el abuelo de Marlen, tan chévere, tan sabio, tan contemporáneo, lo que se dice un hombre «adelantado» a su tiempo.

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