Crónicas de un chino en La Habana

junioMurió con las botas puestas

Las películas de Erol Flinn se hacían cada vez más populares. El  famoso actor que en una ocasión «murió con las botas puestas», y en otra interpretó al temido Capitán Blood, estaba de moda. Las largas colas en los cines eran  costumbre y la gente disfrutaba de las emocionantes aventuras.

Entretanto, «el Chino» trabajaba como Segundo Secretario del Partido Municipal del Cerro. En aquel momento las reservas de las MTT no eran a nivel provincial,  y se hacía necesario que en las sedes municipales existieran personas responsables de cuidar el armamento.

En el Cerro, uno de los oficiales encargados era un hombre alto, algo viejo, mal parecido pero muy carismático, y con quien el Chino tenía un trato muy especial. Había una cosa que para aquel señor se convirtió en un ritual: todos los días de cobro invitaba a comer a alguna mujer para enamorarla y pasar con ella la noche. Casi siempre recibía una negativa y, en consecuencia, las burlas del Chino:

—Viejo, a ti no te quieren ya ni pa’ leña de fogón.

—Yo las enamoro a todas; la que me dice que no, en el fondo, me lo agradece.

Pero la suerte llega de vez en cuando, y un buen día, después de cobrar su salario, encontró a una jovencita dispuesta a compartir buenos momentos. Rápidamente la llevó para una posada que quedaba frente a su trabajo.

Dentro de la habitación se quitó la camisa, se bajó los pantalones y saltó a la cama. De pronto su rostro palideció y dejó de respirar. Los gritos de aquella mujer asustada hicieron venir a toda una comitiva en su ayuda. La pobre, no podía ni quitárselo de encima. Al parecer, el corazón de aquel hombre no pudo resistir  tanta emoción, ni siquiera se quitó las botas ni los pantalones.

Desde ese día todos comentan la historia de este personaje, que es recordado en la sede municipal como el Capitán Blood, ya que, literalmente, murió con las botas puestas.

ilustracion-de-yaimel_4Chocó con un tren

Antes de partir para Rumania, Roger recibió una preparación previa durante algún tiempo con sus compañeros en la Facultad Preparatoria Máximo Gómez que estaba en 1ra, y 20, en Playa. Este periodo incluía unas semanas en la zafra. Era el año 1969.

El Chino entonces alardeaba el poder cortar caña como los millonarios de la zafra azucarera. Y por ese alarde precisamente conoció al técnico. Reunió un grupo de cañas y como: «el que mucho abarca poco aprieta, el Chino en el brazo se hizo una grieta». Se dio un machetazo cerca del codo izquierdo y tuvo que ir corriendo para la enfermería. Al llegar la enfermera lo empezó a atender, pero tuvo que interrumpir su labor.

—Espérate un momento, que llegó una urgencia.

El Chino asintió con la cabeza y quedó impactado cuando vio entrar a un hombre de mediana estatura, en hombros de sus compañeros, con el rostro todo lleno de sangre. ¡Ojalá se salve!, pensó el Chino. Después supo que le llamaban «el técnico» y que lo habían encontrado inconsciente cerca, en la línea del tren.

Un rato después escuchó al herido contar su accidente: como cada mañana, había ido a merendar a la cafetería de enfrente, donde una diosa trigueña, muy popular entre los muchachos, atendía los pedidos. «El técnico» hace algún tiempo venía coqueteando con ella. Y esa mañana, a la hora de marcharse, ella también salió, pero en otra dirección. «El técnico» entonces caminaba para el Central, pero sus ojos fijamente se ahogaban en el mar de caderas y senos de aquella mujer. Fue entonces que chocó con el tren.

Unos minutos después entró el accidentado en la habitación del Chino, con una heridita en la frente. Roger le dijo:

—Oiga, usted es un suertudo, después de un choque como ese, solo tuvo esa heridita.

—Yo lo que soy es un comemierda, porque el tren estaba para’o.

Chiang

Roger  trabajaba en Emprestur, pero ante el llamado para formar parte de la campaña masiva contra el mosquito Aedes Aegypti, se le encomendó fumigar algunas manzanas de relativa importancia.

Comenzó su trabajo temprano y, cerca del mediodía, llegó a una casa situada frente a la Embajada china. Como único guardián de aquel recinto estaba un chino. Es menester explicar que Roger desconocía que aquel lugar había sido adquirido por la diplomacia asiática. El chino se mantuvo indiferente ante la intención de los fumigadores.

No sabía nada de español, y como los chinos, de por sí, son desconfiados, les negó la entrada. Roger trató de explicarle haciendo mil muecas con las manos, pero su interlocutor no entraba en razones. Haciendo un último esfuerzo, dibujó unos extraños caracteres, que conocía de pequeño, en un pedazo de cartón. El rostro del hombre se transformó hasta mostrar una sonrisa; entonces exclamó: —¡CHIANG!— y abrió la reja lleno de alegría.

Esa tarde Roger, al llegar a la casa, contó a su hermano Fito como el haber dibujado su apellido lo había librado airoso de un momento singular. Además le habló sobre el aparente error de pronunciación. Fito le explicó que un mismo carácter se pronuncia distinto en cantonés que en pekinés, tal es el caso de Pekín y Beijíng respectivamente.

A la mañana siguiente Roger recibió una delegación integrada por algunos empresarios de Pekín que visitaban La Habana. En el momento de la presentación, inconscientemente, dijo: «Mi nombre es Roger Chiang, y estoy aquí para servirles».

La «capatcina»

 Uno de los amigos del Chino se llamaba David y, en la época en que estudiaban en la antigua URSS, enamoraba a cuanta rumana le cruzara por delante. A una de ellas, le llamaban «la capatcina». Era viuda y madre de un niño de siete años. David fue a vivir para su casa y para gozar de plenas libertades sexuales, les mintieron a los padres de ella y les dijeron que él padecía de disfunción eréctil y debería volver a Cuba para atenderse con un especialista. A ellos les dio lástima y lo acogieron como a un hijo, incluso, pese a los tabúes de la época, le permitían dormir junto a la capatcina. Así que mientras la madre cocinaba y el padre podaba el jardín, ellos hacían el amor debajo de la «plaploma».

Un día visitaron al «impotente» David, sus amigos el Chino, el Chopo y Rafael. Comenzaron a beber y fue tal la borrachera colectiva que el Chopo, un blanco de 1.83m, miembro del equipo nacional juvenil de básquet, terminó durmiendo en la cuna del niñito. Rafael se acostó en el piso y el Chino en la cama central junto a David y la rumana. Pero en plena borrachera, David comenzó a tener sexo con la capatcina, sin cubrirse con la plaploma. Fue sorprendido en plena faena por la madre que, insultada, comenzó a dar gritos y a llamar a todos los hermanos. David, percatándose de su error solo supo decir:

—Vieja, este ron es milagroso, al fin «se me paró».

Tuvieron que salir de allí corriendo, con todos los hermanos de la capatcina tras sus pasos. ¿Conclusiones? Parece que los rumanos no creen en milagros.

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Un cuarto en el 2016 y otras metas en el 2017

dsc_7997 dsc_8004Por Rodolfo Romero Reyes

Los cierres de año siempre nos hacen repensar nuestras vidas. Uno se pone medio nostálgico y empieza a sacar cuentas. Antes, listaba un grupo de cosas que haría para las próximas 52 semanas, y después de este periodo, comprobaba, con tristeza, que muchas de mis metas personales seguían posponiéndose. Por suerte, el 2016 fue diferente. Desde el punto de vista emocional ha sido el año más intenso en el que cumplí metas de todo tipo, entre ellas la tan pospuesta licencia de conducción (al menos la de moto), empezar mi proyecto de doctorado y hacer un poquito de ejercicio físico (solo un poquito así que no esperen muchos cambios).

Pero por estos meses tengo una deuda importante con amigas y amigos quienes desde mi cumpleaños del 2015 están a la expectativa de la reparación de mi cuarto, la cual solo fue posible gracias a la ayuda de muchas personas en el 2016. Sin duda alguna, gran parte de mis éxitos de todo tipo dependen de esta red de amistades que he tenido la suerte de poder construir. Creo que fue a finales de noviembre cuando me tropecé con Charly, y se repitió la conversación que semanas atrás había tenido con Claudio y con Roly. ¿Por fin en que quedó lo del cuarto? ¿Lo reparaste? Es verdad que fue algo injusto, después de toda la promoción que en este blog di al proceso previo, no dar ningún detalle del resultado final. Pues sí, el 2016 fue el año en el que finalmente terminé de reparar mi baño y mi cuarto en Guanabacoa. Por eso quiero darle las gracias a todos los que contribuyeron, desde la hija de Itsván que me envió un dibujo en el que aparecía ella, su papá y yo rodeados de ladrillos y arena, hasta Camilo que pintó literalmente la mayor cantidad de las paredes. A todos ustedes muchas gracias.

Con el cuarto terminado les cuento que las metas para el 2017 son bien pocas y sencillas:

  • Celebrar, rodeado de amigas y amigos, mi cumpleaños no. 30 que será en mayo.
  • Llevar una vida más saludable (se resume en más ejercicio físico y menos pan y dulces).
  • Entregarme con más pasión a mi trabajo nuevo y escribir un libro.
  • Terminar junto a cuatro colegas, el manual de buenas prácticas del Proyecto Escaramujo.

Así que, veremos si al menos estas cuatro metas me sirven de guía en este 2017. Adjunto a este post, la foto del cuarto y la lista de todos aquellos que gentilmente “contribuyeron a la causa”. Feliz 2017 a todos y muchas gracias.

  • Claudio
  • Sheila
  • Jessica DD
  • Adela
  • Yadira
  • Dainet
  • Ernesto
  • Anabel
  • Madeline
  • Madelaine
  • Micaela
  • Amarilys
  • Eliurka
  • Charly
  • Bebé de Chary
  • Yahima
  • Alex
  • Fela
  • Lili
  • Carlitos
  • Lupe
  • Roque
  • Julitín
  • César
  • Mailén
  • Yaima
  • Roly
  • Jean
  • Gretell
  • Gabriel
  • Ana Lauren
  • Dany
  • Diana
  • Alina
  • Hanny
  • Gretchen
  • Kenia
  • Yeri
  • Félix
  • Ana María
  • María Eugenia
  • Mariana
  • Baby
  • Rubén
  • Raulito
  • Tunie
  • Kako
  • Yory
  • Kaloian
  • Carlos
  • Chely
  • Lorelis
  • Jessica DF
  • David
  • Magela
  • Beny
  • Charly
  • Yaily
  • Hayat
  • Camilo
  • Lidia
  • Reycel
  • Marta
  • Analay
  • Esteban
  • Rayma
  • Daniel
  • Karla
  • Sixela
  • Luis Carlos
  • Zulema
  • Gabriel D.
  • Gretel M.
  • Nuria
  • Ana Lidia
  • Karen D.
  • Yohana
  • Mónica B.
  • Koka
  • Sama
  • Ely
  • Itsván
  • Niña de Itsván
  • José Gabriel
  • Patricia
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¡Hasta que se seque el Malecón!

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Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de Alma Mater

El reguetón, polémico, criticado, ha llegado para quedarse. Su jerga —o la jerga callejera que se amplifica en sus canciones—, ha invadido los círculos más exclusivos, de élite, de nuestra sociedad. Es posible que algunas personas todavía no conozcan a «Los desiguales» o a «William, el magnífico», pero eso es un dato adicional. Queridos y queridas, los tiempos han cambiado, solo queda resignarse, adaptarse o «suicidarse en defensa propia», como dice uno de esos temas insignes.

El mundo es tan irónico que probablemente quien popularizó la canción —y el baile— El guachineo, no sepa diferenciar entre los grados de un General de Brigada y de uno de División, mientras que yo en una ocasión presencié a un alto jefe militar decir: «¿En qué van a emplear su tiempo hoy? Si no tienen trabajo, me avisan; que hoy amanecí asignando tareas, como el guachineo, “con la punta del pie”».

La invasión reguetonera ha sido tal, que la mayoría de los cubanos puede citar sus textos con espectacular naturalidad. Un ejemplo actual es: «¡Hasta que se seque el Malecón!», frase rescatada de la sabiduría popular que emerge otra vez a la moda gracias a Jacob Forever (si alguno de ustedes no está muy familiarizado con este mundo, les cuento que se pronuncia Yéico Forever). Precisamente comentaré sobre la carrera musical de este personaje, para contribuir modestamente al desarrollo y comprensión del género en la Isla.

Yéico empezó cantando con Alexander «El Monarca», y se apodó: «El Inmortal». Se sospecha que tiene una amplia descendencia, pues en la mayoría de sus conciertos le dice a alguien del público: «Yo soy tu papá, “El inmortal”».

Antes de hacerse famoso, el dúo de Alamar cantaba en lugares insospechados como la fábrica de tabacos Francisco Pérez Germán «Partagás». En aquel momento, uno de sus hits más pegados fue: «No sé por qué, pero me extraña;/ y su familia me está haciendo la campaña,/ no sé por qué, yo no me explico, / le gustan los feos, no le gustan los bonitos». Con esa letra Jacob y Alexander empezaron su camino ascendente a la popularidad como Gente de Zona.

Su identidad dual era sólida. Se unían en la lucha contra otros reguetoneros a quienes retaban desde la tarima: «¿Quién eres tú? / Si a ti nadie te conoce. / No me sofoques más, / mejor evita el roce». A veces cantaban odas a su ego y se preguntaban en pleno concierto: «Yéico, ¿dónde está Alexander» y «Alexander, dime dónde está Yéico».

Un buen día la exitosa fórmula musical se disolvió. Quizás Alexander se dio cuenta de que de los dos, él era «El animal» —ojo, no es insulto, todo lo contrario. Después de la separación, Alexander se quedó con el nombre del grupo y empezó su vida por ahí —la tradición de la ruptura en este género la habían iniciado antes Baby Lores e Insurrecto, quienes involucraron al Chacal, se fajaron, se ofendieron y luego hicieron las «paces» en el tan criticado Concierto del Capri— mientras Yéico seguía en solitario.

Con Gente de Zona sucedió como en la mayoría de los casos: a toda ruptura le sigue la «tiradera». Jacob arremetió contra su antiguo colega con el tema: «Pin pon, muñeco de cartón». Alexander, quien había sumado a su team a Randy Malcom, antiguo cantante de la Charanga Habanera —por cierto, nacido en Guanabacoa—, respondió en un similar registro infanto-musical con la pista «Pin8». Así decía: «Pinocho tiene una lengua tan larga / que se la pisa, / se la pasa comentando / y diciendo cosas que me dan risa, / que si tiene una mansión en Hollywood, / que si anda en un Ferrari por Malibú. / Él quiere ser como Randy Malcom y como el hijo de Marilú» (obviamente, este último, es Alexander, y Marilú no es la misma musa de Pedrito Calvo).

Creyendo que la respuesta musical no era suficiente,  Alexander decidió herirlo donde más le dolía. Se propuso demostrar que él era el alma de Gente de Zona y rompió los récords de audiencia interpretando canciones con Descemer Bueno, Enrique Iglesias, Marc Anthony, Pitbull e incluso con los veteranos que popularizaron hace varias décadas «La Macarena».

Ante los éxitos de Gente de Zona, cualquiera se hubiera sentido humillado y destruido. Yo, por ejemplo, me hubiera repetido hasta el cansancio: «¿Por qué caramelos te fuiste del grupo?». Pero Yéico, sin inmutarse, compuso el tema más repetido del año 2016 en toda Cuba. Creyó así haber vencido a sus rivales. Aunque obviamente no lo logró, su tema: «Hasta que se seque el Malecón», parece que se seguirá escuchando en La Habana «hasta que se muera el reguetón».

Alguien parafraseaba a Silvio Rodríguez diciendo que: «El problema no es que se seque el Malecón, el problema, señores, es que Jacob es inmortal». Temiendo la perpetuidad del género, he decido sumarme. Con mi entrañable amigo Daniel Loynaz he iniciado un nuevo dúo —del que quizás algún día me salga para fajarnos y ser fieles a nuestro legado musical—, pero que por el momento nos ubica en lo más «pega´o». Los invito a que nos sigan por ahí. Somos Rodil y el Dany, lo mejor del reguetón en Cuba.

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El legado de Fidel Castro

baner_fidelPor Rafael Hernández

Tomado de Temas

Uno

Los grandes reformadores no siempre se han caracterizado por reunir detrás de sí el consenso unánime de la humanidad, ni siquiera de su propio pueblo. Su mérito no radica en haber conseguido la aprobación universal, sino en haber construido un proyecto incluyente de progreso y justicia social, liberación y convivencia humana —así como sus patrones de medida— cuyo significado real solo puede asentar el tiempo.

Me pregunto qué hubiera arrojado una encuesta nacional del New York Times acerca de Abraham Lincoln, la mañana del 14 de abril de 1865, en víspera de su muerte, víctima de una conspiración esclavista. Me pregunto si habría sido celebrado como el héroe nacional que preservó a la Unión, y la salvó de la ignominia de la esclavitud (el pecado, decía él), al enorme costo de 700 mil vidas, millones de lisiados de guerra, y la ruina de vastos territorios, especialmente, de grandes propiedades y haciendas en el sur –donde la disidencia de la Confederación representaba nada menos que la tercera parte de los Estados Unidos.

Me pregunto si el pensamiento de Lincoln hubiera convocado entonces el halo de reverencia nacional y mundial que adquirió luego, y que solo se vino a materializar en un monumento a la orilla del Potomac, 57 años después.

Los países de nuestro sur que han conocido grandes reformadores, como Benito Juárez o Mahatma Ghandi, saben que tuvieron enemigos atroces, internos y externos, muy superiores por su fuerza y recursos; y que muchos los consideraron obstinados e inflexibles, por su tenacidad, que algunos calificaban como pura terquedad. Fueron precisamente esos rasgos polémicos los que inscribieron sus nombres, más allá de fronteras nacionales,  en la historia y el legado común.

Aunque a veces ese reconocimiento se puede demorar. Me pregunto si los racistas norteamericanos hoy mismo ya se habrán reconciliado con Lincoln.

Dos

Las lecciones de Fidel Castro —para Cuba y muchos en el mundo—  no son las de la conformidad, el pragmatismo o el fatalismo geográfico. Sucesivas generaciones lo vieron como el rebelde ante el orden establecido; capaz de cantarles las verdades a poderosos de los más diversos signos ideológicos, sin arrodillarse ante ninguno; de ejercer como nadie antes los postulados martianos de “Patria es humanidad” y “Un pensamiento justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército.”

Sus ideas y acciones, incómodas para algunos, no enseñan normas como evitar “buscarse problemas”, callarse la boca ante los intereses creados, esperar que los cambios vengan de otra parte o de afuera.

Como muchos saben, ni en la guerra ni en la paz fue un temerario, sino un estratega minucioso, que evitó siempre riesgos innecesarios; tampoco se comportó en política como un sectario o un extremista, sino como artífice de alianzas que parecían quiméricas,  entre tendencias que a veces llegaban a pedirse la cabeza. Su rol como árbitro entre esas tendencias logró finalmente juntarlas en un mismo partido. Defendió sus ideas con vehemencia, pero no fue dogmático y mucho menos fanático. Utilizaba razones y argumentos extraídos de una vasta cultura (era un lector incesante), donde se reunía el dominio por las principales concepciones políticas de su tiempo, la historia de Cuba y del mundo, junto a ristras de simples datos que podía memorizar con un vistazo, de manera que  lograba dejar pensando incluso a interlocutores con ideologías muy ajenas.

Sus principales errores como dirigente se explican por sus propias virtudes. Estaba convencido, como San Pablo y el Che Guevara, que la educación y la dedicación a la obra, en un medio favorable, lograban transformar a cualquiera, y hacerlo un hombre (o una mujer) nuevo. Que la teoría era imprescindible, pero no había aprendizaje mejor que ponerse a hacer las cosas, incluso si conllevaba darles responsabilidades de estado a veinteañeros. Creía que ganando los corazones y las mentes de muchos se podía incluso quemar etapas. Y que esperar a que las condiciones maduraran era puro inmovilismo. Que no era bueno mantener deudas con una superpotencia aliada, aunque para eso todos tuviéramos que irnos a cortar caña; que la ciencia y la técnica eran la base del desarrollo, y que si los simples ciudadanos aprendían de genética pecuaria, íbamos a producir más leche per cápita que Holanda o Nueva Zelandia. Que el socialismo realmente existente en otras partes no era verdad; y que si se relegaba la meta de una sociedad con igualdad, era probable extraviarse por el camino.

Tres

Se repite hasta la saciedad que Fidel era el doctrinario, el intransigente ideológico, y Raúl el pragmático, el político realista. (Curiosamente, hasta 2006, muchos pensaban lo contrario).

En todo caso, la historia nos revela otras cosas.

Los documentos desclasificados de EE.UU. demuestran que él buscó el diálogo con los diez presidentes norteamericanos que le tocaron. Se olvida a menudo que varios de ellos intentaron liquidarlo (no solo política, sino físicamente) una y otra vez. Y que ante la guerra de aislamiento impuesta a la isla, generó un activismo para contrarrestarla, que se revertió en unas relaciones internacionales y de cooperación globales, con gobiernos y movimientos extremadamente diferentes, desde muy temprano, cuando nadie imaginaba la caída del Muro de Berlín.

Seguramente es cierto que Raúl lo supera como administrador, en el sentido de la organización y el gobierno desde la institucionalidad, el cálculo de costos y el control de gastos, el rigor sobre los presupuestos, la distribución de tareas y su chequeo sistemático, la coherencia y la descentralización de responsabilidades, la preeminencia de la ley y el orden como instrumentos de política. Si bien Raúl ha sorprendido a muchos por sus cualidades como estadista, conductor de la transición, digno relevo de una figura desmesurada como Fidel, y muy especialmente, lúcido intérprete de los nuevos tiempos, incluida la dimensión política de los cambios económicos, es probable que el estilo de dirección de Fidel estuviera mucho más cerca de la cultura guerrillera que la del comandante del Segundo Frente.

La mayoría de los cubanos, incluso algunos de sus críticos, concuerdan que, en el ajedrez con los EE.UU., su categoría de Gran Maestro no ha tenido rival. Y que si estamos aquí todavía como país independiente, se lo debemos a él. Muchos dan por sentado que la última negociación con EE.UU. (desde diciembre, 2014) ha contado con su guía estratégica.

Al margen de enunciados doctrinales a los que aportó como ningún otro dirigente, el lado práctico de su legado en política exterior —ante EEUU y otros—  se levanta sobre dos premisas irreductibles: no doble rasero, no pre-condiciones. Esa herencia suya es la piedra de Rosetta para entender la lógica y los límites de la política cubana, y poder predecirla.

Ahora bien, nadie debería llamarse a engaño sobre la naturaleza de ese realismo. Ni en ausencia de Fidel ni después que se vaya Raúl, se debería esperar que un gobierno que defienda el interés nacional de Cuba transforme el sistema para contentar a los políticos del Norte o por algún beneficio económico. Mirándolo desde abajo, donde arraiga la cultura cívica cubana, una política que negociara el modelo interno con los norteamericanos perdería su legitimidad de fondo. O para decirlo al revés: cualquier gobierno futuro debe saber que la idea de negociar los temas de política interna con EE.UU. amenazaría un consenso imprescindible para mantener la estabilidad política y hacer avanzar el nuevo modelo socialista.

Cuatro

Un tema reconocido en la agenda cubana actual por el propio Raúl es la cuestión de un socialismo democrático.

El argumento típico que algunos asumen sin más, en el escenario de “una Cuba post-Fidel Castro”, es que su ausencia permitiría avanzar rápidamente hacia una cierta “democratización”. Esta idea, tan convincente para algunos como un buen deseo, padece sin embargo, de ambigüedad conceptual y simpleza política, y más bien puede tener un efecto contraproducente para un socialismo democrático.

Las cinco razones que la resumen no son teóricas o ideológicas, sino de realpolitik:

1- Malinterpreta el clima político realmente existente en Cuba, al cifrar la agenda de la democracia en la política de partidos, en vez de hacerlo en el poder ciudadano para influir y controlar las políticas desde abajo. Claro que la calidad del proceso electoral, y la superación de sus principales defectos (la nominación cerrada y el voto negativo) son parte integral de esa democratización. Pero más allá del momento electoral, su eje radica en el funcionamiento de las instituciones representativas del sistema político, según son descritas en la Constitución –incluida la transparencia y la rendición de cuentas (eso que en el norte llaman accountability) de todos los cargos elegidos y también de los organismos de la administración central del Estado.

2- Una “democratización” reducida al multipartidismo implica una lógica “desde arriba”, consistente en que el Partido convierta el orden político actual en un cierto “sistema de partidos” (quizás mediante una negociación inter-elites al estilo post-franquista español), en lugar de promover que el propio PCC adopte un funcionamiento cada vez más democrático, desde sí mismo (como ha planteado el propio Raúl), y en respuesta a sus bases (cerca de un millón de militantes, incluida la UJC), a las actuales demandas y problemas del sistema político y de la sociedad cubana. Se trata de que todos los grupos sociales encuentren su espacio bajo esta institucionalidad, así como que todas las corrientes del pensamiento cubano, ajenas al interés de una potencia extranjera, se puedan expresar y debatir en la esfera pública.

3- Relega a un segundo plano la condición fundamental de una reivindicación democrática, en los términos del propio orden constitucional cubano: asegurar la participación ciudadana en las instituciones existentes, y sobre todo, en el sistema del Poder Popular, desde las circunscripciones hasta la Asamblea Nacional, de manera que este pueda ejercer el poder que se le reconoce, como columna vertebral de la soberanía nacional. Son canales de esta condición ciudadana, y de sus intereses, las organizaciones sindicales y todas las demás, así como el mismo Partido, no solo es sujeto, sino objeto de los cambios. Antes de lanzarse a un cambio estructural del sistema de partidos, o algo igualmente impredecible, se requiere poner a prueba la capacidad para la participación efectiva en el sistema político existente (no solo en el acto de votar), así como la cuota de poder real de las instituciones representativas sobre la administración y las instancias del gobierno.

4- Leer la muerte de Fidel como el “momento democratizador”, según hacen algunos, ignora los últimos diez años, llenos de acontecimientos y desarrollos nuevos, la emergencia de un consenso más heterogéneo y contradictorio, la expansión de la esfera pública cubana dentro y fuera de la isla, la naturalización del disentimiento, el relevo actualmente en curso, y la propia índole del proceso político que transcurre bajo el arco de la Actualización del modelo. Esta lectura distante de la desaparición de Fidel lo identifica con una especie de regulador de voltaje, que hubiera dejado de proteger al sistema. Al hacerlo, por tanto, se refuerza una reacción defensiva típica, en las instituciones del sistema y la propia sociedad civil, que tiende a interpretar en clave conservadora el legado de Fidel, en el sentido de promover el cierre y endurecer, a fin de cuentas, las condiciones políticas propicias para el cambio.

5- Este argumento se salta el papel real de Raúl Castro y el contenido democrático de su plan de reformas, su dimensión política, alcance radical, y convocatoria a la totalidad de la ciudadanía, no solo a los socialistas y a los militantes, en una agenda realmente nacional. Los que no ven contenidos políticos en la agenda real de la Actualización parecen no haber escuchado las instrucciones de Raúl a los dirigentes políticos acerca del diálogo constante con los ciudadanos (más que con “el pueblo”, y nunca con “la masa”), su crítica directa a la ineficacia del sistema de medios de difusión, la toma de decisiones colegiada e institucional, la consulta ciudadana sobre las direcciones principales de la política, la confrontación pública a la mentalidad burocrática resistente al cambio, e incluso algunos temas en el diálogo con EEUU, que no reproducen exclusivamente la existente bajo el mandato del Comandante.

El legado de Fidel para el futuro de Cuba, parafraseando al poeta, es que solo sacando el polvo de las viejas ideas se podrá vencer tanto el sentido común del capitalismo como los malos hábitos del socialismo, hacia una sociedad que solo podrá ser más justa y equitativa si logra ser más próspera y democrática.

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Rutinas en un gimnasio

Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de la Revista Alma Mater

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Nemo y yo compartimos esta sección desde hace unos cuantos años. Como buenos colegas nos alternamos artículos y salarios (aunque estos últimos tengan carácter simbólico). Pocas veces hablamos sobre el otro, por ética y porque realmente no somos tan cercanos. Más bien se podría decir que somos muy diferentes: él es loco, apasionado, aventurero; yo menos arriesgado, más responsable, profesor; Nemo prefiere practicar deportes, mientras que este autor se inclina por la comida y la vida sedentaria; el capitán del Nautilus es enemigo de Sama y yo, por el contrario, su mejor amigo.

Hace poco coincidimos los dos en una reunión de la Redacción de nuestra revista y Nemo contó acerca de sus nuevas aventuras en un gimnasio del Vedado. Aunque casi nunca me río con sus chistes, esta vez quiero narrar sus ocurrencias.

El primer día conoció a quien sería su entrenador. Con solo llevar pocos minutos en las rutinas deportivas aprendió que su sensei, de origen fisiculturista, no tiene una noción real de las matemáticas si de levantamiento de pesas se trata.

—Ponle 20, ponle 30.

O peor.

—Ponle mil.

Veinte repeticiones es una exageración cuando el peso es mucho. Para amortiguar este abuso, reconoce Nemo, su mánager tiene buen sentido del humor. Ante los reclamos de mi colega:

—Profe, ¡esto pesa mucho!

Él responde: —Tú pesas más y yo no te digo nada.

Gracias a esta comunicación, Nemo ha aprendido respuestas automáticas a determinadas preguntas:

—¿Cómo tengo la espalda? (Después de una demostración).

—Recta.

—¿Cuántas hiciste?

—25 (Si dice menos, tiene que hacer las que le falten).

—¿Qué comiste anoche?

—Proteína y vegetales (si no, le da toda la explicación de cuán dañinos son los carbohidratos).

—¿Ya hiciste los abdominales?

—Sí.

Cualquier respuesta que difiera de estas, puede tener una consecuencia fatal para su día. Pero no todo es malo. Según confiesa Nemo, el profe es simpático. Le dice que él es del Bahía y que no come miedo, que un día se aparecerá en su casa a la hora de la comida y se va a llevar lo que sea que esté fuera de la dieta establecida, que la madre de lo perfecto es la repetición, que el reguetón no es música y que no hay nada como hacer ejercicios a las seis de la mañana.

Nemo explicó que además tiene una rutina: un ejercicio, un estiramiento y tomar agua. Es algo así como una regla inviolable. Admite, además, que muchas de las frases de su maestro se prestan para el doble sentido.

—Pártete, pártete, así no, pártete, compadre— eso es mientras hace polea o serrucho para la espalda.

—Abre las piernas, abre las piernas, disfrútalo— ejercicios, obviamente, para las piernas.

—Más rápido, más rápido, dale, dame con el palo, dame con el palo— mientras hace torsiones ayudado por un palo de escoba que siempre guarda en una esquina de la instalación deportiva.

Lo cierto es que, aunque no sea mi ritual preferido, parece que Nemo encontró algo que hacer con su tiempo libre. Él siempre ha sido más popular que yo. Gladys en la FEU, Jessica en el Norte y hasta una bloguera en Matanzas: todas prefieren sus textos antes que los míos. Antes no imaginaba por qué, ahora asumo que se debe a que yo, evidentemente, consumo demasiados carbohidratos.

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La estrella que brilla en la noche más oscura

fidel-castro-ruz«Cuba tiene ahora otra estrella más allá de la montaña,
para cuando la neblina repose,
solo baste mirar al cielo».

Alihuen Nahuel Antileo García

Por Rodolfo Romero Reyes
Publicado en Contexto Latinoamericano

Camino a despedirlo. Paso primero frente a la escalinata universitaria. Desde la calle veo a diez o doce muchachos y muchachas que, alrededor del Alma Mater, sostienen banderas y fotos de Fidel. Están allí desde el sábado en la mañana. Nadie los observa, los medios de prensa no les toman fotos. Ellos, sencillamente, como estacas, están ahí.

La plaza es un mar de gente. Es la manifestación más grande que recuerdo. Son miles. Están ahí desde poco después del mediodía, y estarán también durante las próximas cuatro horas.

Casi son las siete. Caminamos hasta donde vemos un grupo de universitarios, queremos estar donde sepamos que la gente va a gritar consignas, donde nadie vaya a ocultar sus sentimientos.

Todos los que estamos aquí quizás no todos estemos por lo mismo. Hay personas muy mayores, también las había ayer en la cola para rendir un último tributo. Personas que compartieron con él la materialización de algo que parecía imposible aquel primero de enero. Hay «aseres» del barrio que a lo mejor no lloran pero que están aquí también, porque aquí vino todo el mundo y ellos no se iban a quedar atrás. Hay que despedir al padre, al amigo, al abuelo, al presidente, al caballo, al vikingo, al tipo. Hay muchos jóvenes y ellos también lo quieren. ¿Por qué lo idolatran si ni siquiera lo conocieron? Aprendieron a quererlo por sus padres, por sus abuelos. Las dos muchachas que están a mi lado no deben tener más de veinte años. Gritan como si Fidel pudiera escucharlas, las secundo en sus consignas, a veces lloran. Es increíble.

Va a empezar el acto. Las cámaras de televisión toman algunos rostros y la multitud aplaude y grita cuando ven a Ramiro, Eusebio, Mujica, Frei Betto, Gerardo, Ramón, Antonio, René, Fernando. Entra Raúl y la gente lo aplaude como nunca antes. Es como si hubiese entrado Fidel. Aplauden a Cuba, a su invencible Comandante y hermano, y obviamente, también a él. Alguien empieza un coro y la plaza se enaltece: «Raúl, aprieta, que a Cuba se respeta». Porque somos corajudos, y Fidel nos enseñó que a nosotros tenían que respetarnos.

«Fidel es la bandera, Fidel es Cuba entera». Sale Correa y la multitud se enciende. Cita a Silvio y algunos intentamos terminar sus frases. Recuerda el concepto de Revolución de Fidel y la multitud grita con fuerzas: «…todo lo que debe ser cambiado, … modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo, … no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas».

Hablan países que no podían faltar por la historia, por el agradecimiento. Evo se pregunta, con voz rasgada: « ¿quién nos va ayudar? ¿quién nos cuida ahora?». Alguien dice a mis espaldas: «Pobrecito». En Cuba sabemos que Evo está muy triste. «Esta es la Revolución que el mundo sueña», dice y aplaudimos.

Hablan de los tres mil niños de Namibia, sobrevivientes de la masacre de Casinga, que crecieron, vivieron y estudiaron en la Isla de la Juventud. Hablan de los sandinistas, de los muertos en Angola, del golpe de Estado en Chile, de Salvador Allende y del Che Guevara.

El locutor presenta a Maduro y el pueblo sabe que es el penúltimo orador. Hubiese sido Chávez. «Fidel ha sido absuelto por la historia», dice. Aplaudimos. ¿Quién nos enseñó a querer a Correa, e Evo, a Maduro? Fidel. Es como cuando siendo niños, nuestros padres nos enseñan a querer a sus amigos. Así fue que un día nos presentó a quien sería el mejor amigo de Cuba: el Comandante Hugo Chávez —faltaron sus palabras anoche. Muchos corazones no hubieran resistido tanta tristeza: las palabras encendidas de Chávez hablando de la muerte de su padre.

Fidel es un hombre que tiene el rarísimo privilegio de ver sus sueños volverse realidad. Soñó una revolución y tuvo un Moncada, un Granma, un primero de enero. Soñó tierras para los campesinos y firmó la ley de Reforma Agraria. Soñó educación para todos y se multiplicaron los adolescentes, casi niños, alfabetizadores por todo el país. Soñó vencer al imperialismo y fueron derrotados los mercenarios en Playa Girón. Soñó sobrevivir con su pueblo y estamos aquí después del bloqueo y del derrumbe soviético. Soñó su relevo en América Latina y nació Hugo Chávez. Soñó traer a Elián y ahora ese niño ya es ingeniero en Cuba. Soñó el regreso de los cinco y vivió para verlos, en la sala de su casa. Soñó llegar a noventa años —como me recuerda Alejandro que le prometió a Maduro y al Evo—, y lo cumplió. Lo mejor es que Fidel nunca dejó de soñar.

Soñó que, después de su muerte, su pueblo seguiría unido y defendiendo la Revolución. Anoche Fidel, desde lo alto, como una estrella que iluminó la noche más oscura que hemos vivido los cubanos, vio su último sueño hecho realidad. Contempló una multitud triste, enérgica, revolucionaria, fidelista, que se reunió con él por última vez, no para decirle adiós, sino para gritar, con la voz cortada por el llanto y vibrante por su ejemplo: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!

El gigante

Nota: Tuve ganas de llorar y lloré. Pasó delante de mí a la misma distancia que aquella mañana de marzo de 2000 cuando lo vi por vez primera. Ahora es la última vez. Cuando se rompió el cordón salí caminando por todo 23, desde Paseo. Me crucé con hombres y mujeres que también lloraban. Mis ojos siguieron húmedos hasta 23 y 12. Caminé con prisa. No quería pensar. Si pienso, vuelven las ganas y no, no quiero llorar más. A los héroes, se les recuerda sin llanto.

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La noticia

Fidel Castro by Korda

Por Rodolfo Romero Reyes

— ¿Tú me estás llamando porque estabas viendo la televisión?

— No, ¿qué pasó?— le dije preocupado.

— Yo no lo vi, pero me llamaron. Salió Raúl. Dice que murió Fidel. ¿Puedes confirmarlo?

Con el teléfono en una mano, encendí el televisor. Nada. Tomé el celular y marqué a la misma persona que tres años atrás me llamó para informarme la muerte de Chávez.

— ¿Estás en el periódico? ¿Es cierto?

— Raúl salió en la televisión. Aquí me dijeron que sí, que es verdad—, estaba llorando.

— Pero, ¿tú lo escuchaste? ¿Lo oíste de boca de Raúl?

— Yo no lo vi, Rodo… Pero es verdad.

Colgué. Confirmé la triste noticia a la persona que tenía al teléfono. Entonces empezó a sonar el celular, mi hermano, amigos, amigas… Todos pedían confirmación, la mayoría estaban en la calle. Cuba entera dormía. Entonces, Raúl otra vez en el televisor. Lo escuché. Era verdad. Lloré por apenas 50 segundos. El teléfono seguía sonando. No tuve tiempo para más intimidad. Debí hacer una pausa en las llamadas. Mi mamá aún dormía. Y yo, periodista, tenía la difícil tarea de darle a ella también la noticia.

Hace poco le decía a una amiga: «Hace tres años cuando me propusiste irme a estudiar el Doctorado a otro país, te dije cuatro razones fuertes para no hacerlo. Hoy me queda solo una, y tú quizás pienses que es una bobería, que es la menor de las razones: no quisiera, bajo ningún concepto, que se muera el Comandante y yo no estuviese en Cuba».

Otra vez pensé, en voz alta: «Si Fidel se va a morir, ojalá sea después que mi abuela. Porque si no, se van a morir los dos juntos. Mi abuela no aguantará la noticia. En Cuba yo no conozco a nadie más fidelista que ella. Imagínate que en Cuba para que los niños aplaudan se les dice: «La palmita de manteca». Y mi abuela me decía: Fidel, Fidel, Fidel… Con ella yo y mi hermano, y por supuesto, mis tíos, mi mamá, nos hicimos revolucionarios». Mami falleció el 17 de octubre de 2013.

Quizás en tercero o cuarto año en la universidad, hablamos de la muerte de Fidel. ¿Qué hacer cuando nos enterásemos? Opciones: llamar al trabajo a esperar orientaciones, encender el televisor, salir a la calle para que nadie se vaya a hacer el gracioso de gritar algo en contra de la Revolución, ir para la escalinata universitaria. Esa fue la que nos pareció más prudente. Allí la gente se agruparía de forma espontánea, dijimos, allí siempre se respirará revolución, esa es una plaza de lucha que nadie podrá quitarnos.

Y así fue.

Amanece. Es 26 de noviembre de 2016. Voy para la Universidad buscando consuelo revolucionario. Me alegra ver unos 100 jóvenes vestidos de negro. Así no me siento solo. Aparece mi hermano entre una multitud de muchachos y muchachas del ISRI. Abrazo a Lisandra, que aparece con colegas del Sistema Informativo. Su abrazo es lloroso, intenso, sentimental. Después llega otra amiga de luchas, Laura, desconsolada. Llegan más, en pocos minutos somos unos quinientos. Llueven las consignas: ¡Fidel es la bandera! ¡Fidel es Cuba entera! ¡Yo soy Fidel! ¡Tu pueblo, unido, jamás será vencido!

Fidel no ha muerto. Compartió con nosotros 90 años intensos en los que renunció a su vida personal por trabajar las 24 horas del día. Durante 50 años nos dirigió como mejor supo hacerlo. Y hoy, a 60 años de haber zarpado en el yate Granma, con la promesa de ser libres o mártires, se lanza al mar otra vez.

Allá, en algún lugar, lo espera José Martí, con una nueva misión. Debe ocupar nuevamente su puesto de Comandante en Jefe, al frente de sus mejores combatientes: el Che, Camilo, Celia, Almeida, su mejor discípulo, Hugo Chávez.

Desde la inmortalidad de la historia esa tropa debe seguir siendo ejemplo y guía de quienes en Cuba quedamos e insistimos, contra viento y marea, en defender el socialismo. Fidel vive, vivirá siempre, porque los cubanos y cubanas nunca lo dejaremos morir.

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