Diego, un niño gratis

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El tormento de Mariana

Ilustración: Brady Izquierdo

Por Nemo

Este septiembre la mayor preocupación de Mariana era muy distinta a la de cursos anteriores. Llevaba días trancada en su casa, sin salir — bueno, como la mayoría de nosotros — , con una idea fija en la cabeza. «¿Qué haré?», se preguntaba. Aunque realmente Mariana sabía; lo que aún no lograba discernir no era el qué, sino el cómo.

Ella siempre ha sido de esas personas que se preocupan por cualquier cosa. En primer año sus mayores inseguridades giraban en torno a si podría o no matricular en un deporte — como ajedrez — que le permitiera escapar de las tortuosas rutinas de la Educación Física. En segundo, sus noches sin dormir respondían a aquel terrible semestre de Cálculo — bien podría haber sido Cognitivo, Gramática, Estadística, pero en su carrera era esa la asignatura insondable — . En tercero, cuando se sumó por mero embullo a uno de los deportes de combate de los juegos universitarios, solo pensaba en no salir lesionada, como en efecto sucedió. Al curso siguiente, le atormentaba la incertidumbre de si el trabajo nocturno en la cafetería de su primo le permitiría terminar con buenas notas.

Por eso, para su quinto y último año en la universidad había vislumbrado preocupaciones predecibles: el tema de tesis, la búsqueda y captura de una tutora dedicada, su lugar en el escalafón de la integralidad o la ubicación laboral. Pero no. Vendría el 2020 a cambiarlo todo. La COVID-19 no solo impactó a nivel mundial, sino en su estructurado y metódico sistema anual de preocupaciones personales.

El tema de tesis fue lo suficientemente atractivo para captar la atención de una de las profes «vacas sagradas» de su facultad; en su grupo fueron bien justos a la hora de definir integralidades; y, pese a los meses de aislamiento físico, mantuvo comunicación digital con su futuro centro de trabajo.

A estas alturas ya supondrán ustedes el motivo de sus preocupaciones. ¿Cómo terminar las optativas que quedaron inconclusas en su quinto año? ¿Podrían los que venían detrás fusionar los contenidos de tal manera que un curso regular quedara simplificado en pocos meses? ¿De qué manera se organizarían los cuartos en la residencia estudiantil para evitar el confinamiento? ¿Quién organizaría las colas en el comedor el día del pollo para lograr la difícilmente alcanzable proporción de dos estudiantes por mesa? ¿Cuál sería la rutina ideal en la beca para el lavado y planchado del nasobuco?

Cualquiera de las anteriores podría ser, pero no. Mariana, experta en preocuparse por cosas en verdad importantes, solo tenía espacio en su cabeza para el día de la exposición de su tesis.

Fue tortuoso elegir entre su mamá, su papá, sus dos tías, el abuelo, el novio, sus dos mejores amigas del pre y el piquetico inseparable de la universidad.

Ahora está frente a su novio. Sabe que tiene que decirle la verdad, que él no podrá acompañarla en la defensa de su tesis, inevitablemente se ha quedado fuera. No sabe cómo explicárselo. Se siente culpable, pero no, ella es inocente. Seca sus espontáneas lágrimas, antecedentes de su inmediato discurso. Se llena de fuerzas. En un final, piensa, la culpa no ha sido de ella, sino de quien dictaminó la regulación que impone solo 5 acompañantes en el acto de defensa por culpa del coronavirus. Esa persona la obligó a tener que elegir entre sus seres allegados, y la empujó a escoger — entre tantas técnicas y métodos de investigación que podrían solucionar su problema — uno ancestral, de amplia validación en sectores no académicos y que dejó a su novio invalidado para asistir: el «Piti piti fú».

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¿Qué bolá con Rapunzel?

Por Ariana García y Rodolfo Romero

Ilustración: Haydée Fornaris

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«Paquetes vacacionales» pos-Covid

Por Nemo

Llega el verano; esta vez después de transitar por varios meses en los que el aislamiento físico o la obligada cuarentena ha sido para muchos el orden del día. Si casi siempre los meses de julio y agosto suelen ser muy esperados, en este 2020, serán la cúspide del entretenimiento. No nos engañemos, aunque algunos hemos tenido que estar dos meses sin salir de casa, esas no han sido vacaciones. El estudio o trabajo a distancia, las colas y el estrés que estas generan, y los a veces tan absurdos debates en Facebook, no han dejado disfrutar como merecemos después de un curso escolar. Por tanto, este verano lo vamos a disfrutar a lo grande, eso sí, cumpliendo con las consecuentes medidas sanitarias y de distanciamiento. Acá comentamos algunas de las opciones por las que puedes optar:

Excursiones en bici: en vistas de que no será tan sencillo viajar en guaguas que solamente lleven la mitad de su capacidad, regresan estos añorados vehículos de dos ruedas para llevarnos a lugares insospechados. Así podrás disfrutar desde el paisaje de un parque zoológico o un jardín botánico, hasta la merienda que te puede preparar tu suegra si te ve llegar entripado de sudor luego de recorrer kilómetros de distancia. Horario recomendado: nunca al mediodía; el sol puede ser más peligroso que el padre de tu novia estresado por la cuarentena.

Pasadías acuáticas: producto de los horarios establecidos, disímiles regulaciones, y en aras de no fomentar las aglomeraciones, se propone sustituir el lema de años anteriores — ¡Playa, playa! ¡Piscina, piscina! — por uno que se refiera solamente al último de los entornos. Ahora, habrá que mantener la distancia adecuada, nada de hacer pirámides o jugar a la «guerra de los caballitos»; más de un salvavidas agradecerá esta nueva forma de recreación. Fuentes oficiales confirman que este año el cloro estará garantizado; se investiga si esto último no se trata de una fakenews.

Jornadas olímpicas: a falta de las pospuestas olimpiadas, las autoridades recreativas del país organizarán tres veces a la semana eventos deportivos especiales en cada municipio del país. No se realizarán las competencias habituales, sino se medirán destrezas individuales o colectivas relacionadas con la rapidez para lavarse las manos, el mínimo de tela necesario para elaborar mascarillas protectoras, entre otras modalidades. También se premiarán a aquellos que inventen la forma más creativa para saludarse con el mínimo indispensable de contacto físico.

La disco eterna: discotecas, bares y cabarets han trabajado intensamente para que, dentro de sus instalaciones, parezca que es de noche las 24 horas del día, de esta manera, el público que antes repletaba los lugares en las noches, ahora se redistribuirá en los nuevos horarios. Se dice que el turno más concurrido será el de la disco-temba de los custodios, prevista para los horarios matutinos.

Tu romance de verano: este quinto y último paquete vacacional solo se ofrecerá para personas solteras. Se propiciarán encuentros en lugares públicos, debidamente higienizados. Las personas podrán intercambiar todo el tiempo que deseen. Los administradores de los establecimientos garantizarán una sistemática oferta de nasobucos afrodisíacos que contribuyan a catalizar la mística entre los asistentes. Una vez que dos convengan en formalizar su relación se les realizará un PCR en tiempo real para descartar la presencia de la enfermedad; luego deberán retirarse a sus respectivas casas y pasar 14 días en aislamiento total. Después de eso, podrán reencontrarse para iniciar la relación, dándose el primer beso y todo lo demás que decidan darse. Si bien este nuevo procedimiento le imprime cierta lentitud a la forma en que se relacionan los jóvenes en la actualidad, piensen que en tiempos de nuestros abuelos había que esperar mucho más. Otra cosa importante, continúa la obligatoriedad del uso de preservativos como medio de protección, no vaya a ser que algún listillo piense que, por usar nasobuco, tiene su problema resuelto.

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Adelita, Bella ciao y una botella de ron

Las canciones suelen contar historias. Algunas de ellas esconden relatos místicos de cómo fueron creadas o en qué circunstancias surgieron. Otras, a partir de que se escuchan por primera vez, empiezan a generar nuevas narraciones.

Por Rodolfo Romero Reyes

Una canción de Joaquín Sabina es mi preferida: «La canción más hermosa del mundo». De los tantos guiños que hace el cantautor español, uno de sus versos significa para mí algo especial: «¿qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?». La referencia hace alusión a la melodía que cuando niño me cantaba mi mamá. Así como les cuento, Adela Reyes Peña, mi madre, colaba entre las serenatas infantiles que improvisaba para sus pequeños lactantes, canciones «de adultos» de su preferencia. Esta que recuerdo, decía:

«Si Adelita se fuera con otro
la seguiría por tierras y por mar,
si por mar, en un buque de guerra;
si por tierra, en un tren militar».

Según cuentan, fue la enfermera oriunda de Ciudad Juárez, Adela Velarde Pérez, la mujer que inspiró el corrido popular «Adelita». Ella era nieta de Rafael Velarde, amigo de Benito Juárez, quien dio alojamiento al Benemérito de las Américas en su exilio en Paso del Norte.

«En lo alto de una abrupta serranía,
acampado se encontraba un regimiento,
y una moza que valiente lo seguía
locamente enamorada de un sargento.

Popular entre la tropa era Adelita,
la mujer que el sargento idolatraba,
que además de ser valiente era bonita,
que hasta el mismo coronel la respetaba».

Dicen que fue el soldado Antonio del Río Armenta, herido y atendido por Adelita en 1914, quien compuso el famoso corrido.

«Y si acaso yo muero en la guerra,
y mi cadáver lo van a sepultar,
Adelita, por Dios, te lo ruego,
que por mí no vayas a llorar».

Soldado, sargento o comisario, lo cierto es que su letra quedó inmortalizada y se convirtió en símbolo de la Revolución Mexicana.

Bella ciao en cuarentena

Apasionados del cine y la televisión hemos aprovechado estos meses de cuarentena para «barrer» con películas y series que la agitación de las jornadas cotidianas no nos dio tiempo a ver en su momento. Populares en Cuba son las series españolas. Una de ellas, Casa de papel, ha ocupado el tiempo libre después de las jornadas de trabajo desde casa. Todas las noches, al menos un capítulo; y ya estoy terminando la cuarta temporada.

Seducido ante el drama, tarareo la canción que el abuelo de El profesor y de Berlín, enseñó a sus nietos.

Una mañana, me he despertado,
O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.
Una mañana, me he despertado,
y he descubierto al invasor.
¡Oh! Partisano, me voy contigo,
O bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.
¡Oh! Partisano, me voy contigo,
porque me siento aquí morir.

Esta canción que El profesor enseña a la banda que asaltará el lugar donde se imprime el papel moneda en España —en singular atraco que persigue el objetivo de imprimir su propio dinero durante el tiempo que logran mantener como rehenes a trabajadores y visitantes del lugar—, fue adoptada como himno por la resistencia partisana italiana durante la Segunda Guerra Mundial.

E se io muoio da partigiano,
o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!
E se io moio da partigiano,
tu mi devi seppellir.
E seppellire lassù in montagna,
o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!
E seppellire lassù in montagna,
sotto l’ombra di un bel fior.

En opinión de Andrea Imaginario, especialista en Artes, Literatura Comparada e Historia: «es un himno libertario que evoca la resistencia y la dignidad de quienes luchan contra la opresión». A los cubanos, su letra puede remitirnos a «Abdala», el poema épico de José Martí; «Ay, Carmela», de Antoine Ciosi, cercana por nuestros lazos afectivos e identitarios con la Guerra Civil Española; o «La Lupe», compuesta por el entrañable Juan Almeida Bosque.

No se sabe quién es el autor de la letra de «Bella ciao». En el artículo «Bella ciao: detrás de la escena», explica Federico Larsen:

Socialistas, anarquistas, liberales y —especialmente— comunistas, dieron vida a una guerra de resistencia con connotaciones ya legendarias. Se convirtieron en «partisanos» —partigiani en italiano—, así llamados por tomar partido en lo que en Italia se dio en llamar la «guerra de parte», es decir, la del más débil contra el más fuerte. Escritores (como Italo Calvino), intelectuales, artistas, pero especialmente campesinos y obreros formaron grupos clandestinos, organizados en brigadas por afinidad ideológica, y lucharon hasta 1945 contra la ocupación nazi-fascista.

Aunque entre La Resistencia tuvo mucha acogida el himno de la Internacional Comunista, «Bella ciao» —que se conocía solo en algunos focos de Italia y era interpretada en los festivales de música revolucionaria— se convirtió, después de la caída del fascismo italiano en abril de 1945, en el símbolo de la resistencia victoriosa gracias a su texto inclusivo y emotivo.

Tutte le genti che passeranno,
o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!
e le genti che passeranno,
Mi diranno: «Che bel fior!»
E questo è il fiore del partigiano,
o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!
E questo è il fiore del partigiano,
morto per la libertà!.

Y por esa magia de las historias con nuevos significados, en lo que algunos recuerdan la escena de El profesor y Berlín, cantando el himno partisano, con la que termina el último capítulo de la primera temporada, yo me quedo con el momento en que los asaltantes protagonizan uno de los instantes más felices, tras terminar de cavar la primera parte del túnel que los llevaría a la libertad.

Por un momento, olvidados del estrés, de los imprevistos, de la tensión producida por el asedio policial, mis queridos Helsinki, Denver, Moscú, Berlín, Tokio y Nairobi corean, emocionados: «E questo è il fiore del partigiano, / morto per la libertà!».

Una botella de ron

La novela La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, es el primer libro que recuerdo haber leído íntegramente. Lo entregó en mis manos la bibliotecaria de mi escuela primario Raúl Marcuello. Los que hemos leído ese libro, recordamos con aires místicos, la temible canción de los piratas.

15 hombres en el cofre del muerto.
¡Ho, ho, ho! ¡Y una botella de ron!
El ron y el diablo se llevaron el resto.
¡Ho, ho, ho! ¡Y una botella de ron!

En el texto original se titula: «Dead man chest» y dice:

Fifteen men on the dead man’s chest,
Yo, ho, ho, and a bottle of rum!
Drink and the devil had done for the rest,
Yo, ho, ho, and a bottle of rum.

Siguiéndole la pista a la canción, encontramos como primeras referencias el poema «Derelict», del estadounidense Young Allison, y la adaptación que del mismo se hiciera en Broadway para un musical en 1900. Décadas después, reaparece en las versiones cinematográficas La isla del tesoro, de 1934, o la versión de Disney, con igual nombre, de 1950. En la serie australiana Las aventuras de Long John Silver, se incluyeron los acordes de David Buttolph en la versión que presuntamente rescata el «Derelict» original. En la actualidad se conoce de distintas maneras: «Fifteen Men», «Dead Man’s Chest» o «Bottle of Rum».

Según el investigador Emilio de Gorgot, cuando Stevenson publicó La isla del tesoro no aclaró públicamente el significado del estribillo. Durante todo el siglo XX el asunto pareció un misterio irresoluble, hasta que un análisis de la correspondencia del escritor dio en la diana, revelando un dato importante.

En una carta que Stevenson había enviado a un conocido suyo, el galerista Sidney Colvin, explicaba de dónde habían surgido el estribillo y, con él, la idea para su novela. La isla del tesoro nació cuando Stevenson estaba leyendo un libro de viajes At Last: A Christmas in the West Indies, de Charles Kingsley. En uno de sus pasajes se mencionaba el sonoro nombre de una isla Dead Chest; ¿bastó solo ese nombre para echar a volar la imaginación de Stevenson?

Según el explorador Quentin van Marle, la isla está relacionada con el famoso pirata Barbanegra, quien debió enfrentar y vencer a un grupo de sus propios hombres que intentaron amotinarse. Tras sofocar la revuelta, abandonó a los marineros rebeldes en Dead Chest sin comida ni agua. Les dejó una botella de ron y un cuchillo por cabeza, pretendiendo que se matasen entre sí. Cuando regresó, 30 días después para comprobar el estado de los amotinados, 15 de ellos habían muerto. Catorce sobre la propia isla, y otro ahogado cuando, movido por la desesperación, intentó salir nadando. Su cadáver había sido arrastrado hasta una playa en otra isla.

De esta manera, explica Gorgot, esta leyenda inspiró en Stevenson el singular estribillo. La melodía más conocida es a raíz de la versión de Broadway; la cual ha tenido diversas adaptaciones. Entre estas versiones libres, comparto una realizada por un grupo de jóvenes españoles, en la que recrean el argumento de la novela. Sin duda, su ritmo se adapta, perfectamente, a los tiempos que corren.

Aquí les dejo la letra de esta versión…

 

Cuenta la historia de un joven llamado Jim,
un valiente y leal mesonero
al cual un moribundo pirata
le dio el adjetivo de aventurero.
En su poder guardaba el mapa,
de la famosa Isla del Tesoro,
codiciado por lobos de mar,
sedientos de gloria, ambición y oro.

15 hombres en el cofre del muerto.
Y una botella de ron.
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
Y una botella de ron.

Jim, con la ayuda del doctor Livesay
y de un prestigioso caballero,
consiguieron barco y tripulación
para hallar el tesoro del bucanero.
Avistaron tierra sin dificultad
y el motín empezó al pisar el suelo.
Sangre en la isla se derramó
gracias al miserable cocinero.

15 hombres en el cofre del muerto.
Y una botella de ron.
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
Y una botella de ron.

No sabía el tremendo rufián
que sus enemigos iban con ventaja.
Abandonado por el dueño del botín
encontraron a Ben Gunn y les dio esperanza.
Los amotinados raptaron a Jim
para conseguir el preciado mapa.
Como el doctor tenía un plan
se lo entregó sin mediar palabra.

15 hombres en el cofre del muerto.
Y una botella de ron.
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
Y una botella de ron.

Tras buscar el cofre con tesón
no encontraron más que arena mojada.
En ese momento apareció el doctor
que espantó con su arma a las malas ratas.
Ben Gunn que tenía el control
había escondido todo el dinero;
lo llevaron hasta el galeón
y amarraron a Silver, el cocinero.
Esta historia ya llega a su fin,
los traidores nunca consiguen premio.

15 hombres en el cofre del muerto.
Y una botella de ron.
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
Y una botella de ron.

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Hemos venido a…

Por Nemo

A mediados de mi carrera universitaria Raúl Garcés-entonces profesor de la Facultad de Comunicación- nos propuso a tres estudiantes armar un equipo de investigación que participaría en la preparación del guion — entiéndase, las entrevistas — del programa televisivo Privadamente Público, un espacio que él conducía y que, si mal no recuerdo, salía por el Canal Educativo.

Oficialmente, eran dos guionistas. Nuestro trío — Yanet, La Flaca; Pedro y yo — armaría equipo con Jesús Arencibia. Nos asignaban un entrevistado y en ese momento comenzaba la tarea. El primero, y quizás por eso el que más recordamos, fue Guillermo Rodríguez Rivera. Debíamos reconstruir su vida, encontrar momentos cruciales, diseñar preguntas interesantes. Para eso entrevistamos a sus amigos intelectuales, mujeres que habían compartido con él amistad y relaciones amorosas, sus vecinos; parecíamos espías en vez de jóvenes periodistas. Leímos entrevistas anteriores que le habían publicado otros medios. En tres semanas nos volvimos especialistas en la vida del Guille.

Después, teníamos una reunión con Arencibia para escribir las preguntas, ordenarlas, etcétera. Por último, tocaba un encuentro con Garcés donde le presentábamos la propuesta completa. Por nada de aquello recibíamos un peso, la mejor remuneración y a la vez mayor motivación era aprender en la práctica a hacer verdaderas investigaciones periodísticas. También era una muestra de confianza, pues luego el profe saldría en cámara haciendo preguntas, arriesgándose con informaciones y datos ofrecidos por nosotros, imberbes estudiantes.

De aquellos tiempos aprendí mucho del trabajo en equipo, del género entrevista, de cómo se hace un programa de televisión,de lo útil que resulta que los profesores pongan a sus estudiantes a trabajar en proyectos profesionales; y, una de las cosas más importantes, aprendí que siempre debemos tener mucho cuidado con las palabras que utilizamos.

Esta enseñanza emergió a partir de una de aquellas investigaciones, cuando concebíamos la entrevista a Laurita de la Uz. Esa vez dividimos esfuerzos y mientras Pedro revisaba entrevistas anteriores, Yanet y yo debíamos entrevistar a un prestigioso director de teatro y excelente amigo de la actriz.

Llegamos a su apartamento y después de los saludos habituales, La Flaca, emocionada, empezó una larguísima introducción. Una de sus frases provocó una reacción en mi rostro, que no pude disimular. El director, que también entendió el inevitable doble sentido de sus palabras, sonrió, entendiendo que aquello debía ser fruto de nuestra inexperiencia o nerviosismo estudiantil.

Una vez concluido el diálogo, al salir del apartamento, con esa ingenuidad que siempre la ha caracterizado — consecuencia directa de una infancia en la zona industrializada del municipio San Andrés, en La Palma, Pinar del Río — , Yanet me preguntó:

— Chico, ¿dije algo cómico o fuera de lugar? Es que noté las expresiones de ustedes.

— Flaca, todo te quedó excelente pero la próxima vez no le digas a los entrevistados que «hemos venido a chuparle todo lo que podamos».

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Osiel, con O

Por Rodolfo Romero Reyes featuring Manuel Combarro

Osiel tiene 33 años y vive en Cancún. Da gusto ver que no ha perdido ni perderá su estilo jodedor y creativo de siempre. Cuando Danaisi, en nuestro grupo de WhatsApp, le preguntó cómo le iba, no dudó en explicar que había transitado por varias etapas: la de trancarse en su habitación con miedo a salir por la violencia, la de ir de fiesta en fiesta a buscar una muchacha diferente cada vez, la del gimnasio, la de salir con alguna mujer seria que lo hiciera sentar cabeza, la del trabajador enfocado en su negocio —capitán de meseros en un restaurante, primero, y al frente de un negocio de pizzas, después—; y cuando ella, con curiosidad típica de una fanmy[1] cualquiera, preguntó por la etapa actual, la respuesta, no por obvia, dejó de provocar reacciones de risa: «la etapa de la cuarentena».

Esa manera, tan propia de él para aplicar la lógica, lo hizo destacar desde los primeros instantes de la vocacional, en aquel legendario grupo 5 de la unidad 5 de la graduación 31. Lo primero que advirtió, a modo de presentación repartera, era que él venía de Ho Chi Min. Quizás en su ambiente barriotero de Alamar decir el nombre de aquella secundaria becada en el campo era símbolo de guapería, valentía o aguaje, en cambio, para aquel grupo de aprendices de matemáticos solo significaba un dato más.

Con esa forma tan peculiar de asumir la vida, lo mismo daba el paso al frente cuando no aparecían culpables de cierta tomadera de ron en una guardia de fin de semana y así salvaba al resto, que decidía —después de suspender un trabajo de control parcial de Física— entregar en blanco los otros dos restantes y solo estudiar para la prueba final porque, matemáticamente, la que valía era la mayor nota, es decir, la de la prueba final.

Con esa lógica aplastante, un diálogo de presentación con La Fiera, enigmático profesor que daba computación en un salón lleno de computadoras viejas y defectuosas, le valió una frase que ninguno de los presentes aquella tarde hemos olvidado. En el momento de apuntar su nombre en la lista, La Fiera dudó en la ortografía, presumiblemente porque no sabía si se escribía con s, con c, o incluso, si llevaba o no h al inicio. Preguntó:

— ¿Y eso cómo se escribe?

—Así mismo, Osiel, con O.

Pero el mejor de sus cuentos transcurrió en el laboratorio de Física, el lugar de los grandes acontecimientos. Allí donde alguien borró de la pizarra una moto que el profe Pancho había dibujado durante una hora para poder explicar un experimento; o donde El Chiqui —que ahora no es tan chiqui y mide 1.76—, dijo una palabrota que motivó la ira de aquel veterano profesor que lo expulsó inmediatamente del aula y sabe Dios qué reprimenda le habrá echado en el pasillo.

Pues allí mismo, en el laboratorio de Física, y ante el mismo profesor, tuvo lugar la singular anécdota protagonizada por Osiel. Pancho trataba de explicar la cantidad de movimiento (entiéndase masa por velocidad) y le preguntó a nuestro protagonista, quizás porque lo vio entretenido:

—Vas a cruzar una calle y ves que, a 5 metros de distancia, viene un carro a 80 km/h, ¿cruzas o te detienes y esperas a que este pase?

Osiel dijo:

—Yo cruzo.

Pancho se alteró: « ¡¿Cómo que cruzas?!¡¿Estás loco?! Te aplasta, te lanza, te mata…».

Aquel profe, que era muy bueno, siempre daba segundas oportunidades:

—A ver, Osiel, si en cambio, a 5 metros de distancia, viene un mosquito a 80 km/h…

Estuvo unos segundos pensativo, y creyendo esta vez haber acertado, Osiel no dudó en responder:

—Según lo que usted me acaba de explicar, me paro y espero a que cruce.

 

 

 

[1] Dícese de una persona muy ingenua y despistada.

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Fa… de Fanmy

Hace pocos días Danaisi comentaba —a partir del reencuentro virtual del grupo que estudiamos juntos en la Lenin— que de ese chat yo sería el único beneficiario pues saldría con materia prima para un próximo libro, mientras que a otros ese intercambio constante los dejaría sin trabajo, sin mujer o marido, y a la mayoría sin megas.

Y aunque no tanto como un libro, es cierto que el chat me ha permitido rescatar anécdotas que bien merecerían engrosar las páginas de la segunda entrega de ¿Quién le pone el cascabel al látigo? Mi graduación 31, quizás como cualquier otra de una vocacional, pre en el campo o tecnológico, acumula cuentos cómicos y personajes singulares. Por eso, recientemente, escribí de Betty, Claudia, Ariana, Tania, Osiel, aunque debo confesar que nadie de aquel grupo 5 mostró tanto entusiasmo como una de mis antiguas compañeras que quería, ella sola, protagonizar esta sección.

En el grupo ahora le dicen Fa, en diminutivo de Fanmy, su verdadero nombre. Creo que nos conocimos en la secundaria, en algo relacionado con un congreso provincial de pioneros. Después nos encontramos en aquella aula de alto rendimiento en Matemáticas, a la cual de cierta manera traicionamos pues, lejos de inclinarnos por las ciencias exactas, yo elegí Periodismo y ella Psicología.

Siempre fue, y sigue siendo, noble, muy noble, lo que en Cuba decimos: buena gente. Además alegre, cariñosa… y recientemente se declara aficionada a todo lo que sea vintage, en otras palabras, si le fuéramos a dedicar una canción de José José, sería la clásica «40 y 20»[1] o, si se prefiere algo más actual, el estribillo «a mí me gustan mayores». Pero bueno, no nos vamos a centrar en sus gustos, más bien en sus características.

Sin miedo al ridículo. Es de esas personas que si no entienden un chiste o no saben qué es una pistola de calamina, preguntan, así, delante de todos. Hubiese sido mejor, antes de lanzar la interrogante, pensar primero: ¿qué es una pistola?, ¿qué es la calamina?, o reparar en el hecho de que en las clases de preparación militar (PMI) se utilizaban fusiles AKM del mismo material.

Cualidades intrínsicas para la propagación de pandemias. Siempre sus pañuelos llenos de mocos andaban rodando por toda el aula. Incluso, en estado gripal, tocaba el hombro de Gustavo y cuando este se volteaba le estornudaba directo a la cara. En tiempos actuales, El Gosti hubiera podido denunciarla a la policía. También debe decirse que toda su moquera no era consecuencia del catarro. Cuando se leyó su primer libro, estuvo llorando todo el tiempo y soplándose la nariz. Era El tábano. Las muchachas de su cubículo al llegar del autoestudio y verla en ese estado, pensaron que alguien había ido al albergue y le había hecho daño. Cuando supieron que era producto del libro, enseguida se volvió viral, media aula lo leyó, aunque en honor a la verdad, nadie más lloró.

Sus contralógicas. Una vez preguntó, así de carretilla: «¿No me acuerdo qué era un pan con huevo?, ¿ponerlo como una croqueta en la cama?».

Habilidades para refutar. Arley trató de avisarle que la clase iba a comenzar: «Apúrate que el turno empieza a las 10 menos cuarto». Ella contestó: «Todavía tengo tiempo, son las 9:45 a.m.».

Por último, su honestidad. En una ocasión una de las muchachitas de su cubículo llegó emocionada porque descubrió que había química entre ella y un muchacho. Después de contar sus sentimientos adolescentes, y que el grupo cayera en cuentas de quién se hablaba, Fanmy reaccionó de manera espontánea: «Ay no, ese niño es feo, está flaco cantidad, se ríe que parece que está tosiendo, además, esos pelos, y lo mal que le queda el uniforme, vaya, ni siquiera es un flaco con estilo», y justo cuando la pobre víctima pensaba que aquello no podía empeorar,  Fa le espantó en pleno rostro: «Aunque mira, pensándolo bien, pa´ ti está bueno».

 

 

Nota:

[1] Alguien muy exquisito me criticaría, alegando que ella ya no tiene 20 años; aclaro, lo importante aquí y en la canción es multiplicar por dos.

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El viejo Corona

Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de revista Alma Mater

En tiempos de coronavirus mis amigos de la Lenin crearon un grupo de WhatsApp  —específicamente Ariana García— para mantenernos alejados del estrés adicional que produce la cuarentena.

Con esa fobia al «corona», alguien recordó a nuestro profesor de Química, famoso luego porque daba las teleclases, y quien fuera el profe guía de mi grupo. Particularmente no presté mucha atención a sus clases, de ahí mi desconocimiento en su materia; eso sí, recuerdo que, a la hora del De pie, desde el pasillo áereo mencionaba los nombres de todos nosotros, con frases yuxtapuestas como: «abre los ojos», «destápate», «no sigas sentado en la litera», entre otras; tal pareciera que nos vigilaba por una cámara de seguridad.

Una que sí lo recuerda, e incluso, se encabrona cuando lo hace, es Betty, quien asegura que «todo lo malvado se llama Corona». Su peor historia con él tuvo lugar al empezar un turno de Química después de una clase de Preparación Militar (PMI).

Betty, Claudia, Ariana y Tania llegaron al turno vistiendo diferente a los demás, que estábamos sucios y con ropa de trabajo. Ellas, bañaditas, en uniforme y olorosas, hicieron saltar el detector de reportes. Su único pecado, según Claudia, había sido bañarse rápidamente en el breve lapsus de tiempo entre ambos turnos.

«Había tocado práctica de arrastre —tipo de desplazamiento militar— y, como fuimos las primeras, calculamos que nos daba tiempo a bañarnos. Esperamos a las 11:30 a.m., que abrieron los albergues, y nos dimos una ducha rápida», narra Betty.

El profe no las dejó entrar al aula porque lucían diferente. «Por aquel “acto indecible de egoismo” nos dijeron hasta del mal que íbamos a morir», recuerda Claudia, quien aludió como atenuante que tenía picazón; el profe ripostó: «¿Sus compañeros no estarían sintiendo picazón también?». Y ella: «Pues parece que no».

«Entonces nos dijo que buscáramos un papelito de Maritza o Marifí —jefa de internado y directora de la unidad, respectivamente— en el que “las autoricen a entrar vestidas así, como a ustedes les da la gana”. Como ninguna de las dos estaban en sus respectivas oficinas, nosotras nos fuimos a almorzar —al parecer idea de Claudia—. Y justo cuando llegamos al comedor estaba Maritza controlando la entrada, y todas habíamos dejado la tarjeta de pase en el aula cuando nos combiamos de ropa para ir a PMI. Nada, que una cosa llevó a la otra», recuerda Betty.

Además, estaban sin monograma que, como era solo uno, lo tenían en la blusa que se habían quitado en el aula. Reportes múltiples: sin monograma y sin tarjeta de pase. Para colmos, después Maritza se encontró con Corona y le dijo: «Cogí a unas niñas tuyas incumpliendo con el reglamento». Entonces él la puso al tanto de que ellas debían buscar un justificante, no irse a almorzar.

Con este último dato quedó la bandeja servida para un consejo disciplinario por faltar a clases de manera injustificada.  «Durante el análisis, primero nos amenazaron con darnos cero en el próximo examen de Química; después, recapacitaron, y nos dijeron que 60 puntos, porque, de ser la primera opción, no daría el promedio de ninguna manera. Nuestras madres se quejaron, la cosa no terminó ahí, llegó hasta el Ministerio de Educación», agrega Betty.

Por suerte, al final, les permitieron hacer el examen.

Ariana interrumpe el relato colectivo: «Al final la única que saqué 60 puntos fui yo porque como pensé que, en efecto, no iban a hacer la prueba, no estudié, y al final, la hicieron, y yo sin estudiar. Las otras, cerebritos, sacaron más de 90».

Años después Corona se encontró con Betty en la Facultad de Química. Pues sí, aquella muchacha decidió estudiar la misma carrera:

—Profe, ¿qué tal?, ¿cómo está?

Respuesta de Corona: ¿Te conozco?

Y, como bien dice Danaisi, el odio de Betty creció hasta el día de hoy; no obstante, desarrolló amor por esta ciencia, y recientemente defendió su doctorado en Alemania. No obstante, asegura que ni la más férrea de las cuarentenas podrá hacerla olvidar los daños que, en su adolecencia, le causó el viejo Corona.

Pasados ya 17 años, un momento singular, entre tanta angustia colectiva, viene ahora a la mente de Ariana. Mientras las lágrimas de Tania, Betty y Claudia, inundaban el albergue, las de ella no salían. Cuando aún pensaban que todas estaban suspensas, Tania le preguntó a Ariana:

—Yo no sé por qué tú no lloras.

—Solo lloro por cosas que afectan mi sensibilidad—, y entonces Tania ripostó, con cierto tono de furia.

—A mí tampoco me afecta la sensibilidad, lo que sí me afecta es el promedio.

 

Nota del autor: Las anécdotas que se cuentan aquí, se escriben desde el recuerdo colectivo de un grupo de estudiantes. Para nada pretenden atentar contra el prestigio de la escuela o los profesores mencionados. Todo lo contrario, a ellos, a quienes criticamos desde el cariño, le debemos en gran medida lo profesionales que somos hoy.

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Entre libros

Por Nemo

Desde tercer grado, cuando la bibliotecaria de mi escuela primaria Raúl Marcuello puso en mis manos un ejemplar de La isla del tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson, empecé a coleccionar libros y lecturas; se volvió hábito pedir prestado y devolver a la semana siguiente cada novela de aventuras. Ya en la secundaria, por iniciativa de mi mamá, estuve inscrito en la biblioteca nacional. Y también por ese tiempo, cuando empecé a decidir sobre mis adolescentes ingresos monetarios, compraba libros en la librería Guamá de Guanabacoa y en cada feria del libro en La Cabaña.

En la universidad, después de ingresar en la Facultad de Comunicación, el Periodismo me acercó al mundo editorial. Empecé a verle cierto encanto a los procesos de edición y redacción —no así a los ejercicios de gramática, vale aclarar—. Recientemente, asistí con un grupo de amigos a un curso de edición. Una de las diapositivas presentadas por el conferencista principal intentaba enumerar tipos de libros: impresos, electrónicos, interactivos (según su formato); líricos, épicos, dramáticos (según su género); de consulta, biografías, monografías, de bolsillo, sagas, científicos, de autoayuda, en fin, un sinnúmero de clasificaciones.

En vista de que nos sentíamos creativos por esos días, pasamos una lista, sin que los profesores se dieran cuenta, en la que reinventamos nuevas etiquetas para estos geniales productos comunicativos. Ahora les comparto el resultado de aquella tormenta de ideas y/o construcción colectiva.

Otras maneras de clasificar los libros:

  • Museables: aquellos que por su antigüedad, deterioro, gran tamaño, peso, portada mal diseñada o altos precios, pasan años y años en las vidrieras de las librerías sin que nadie los compre.
  • Clones: dícese de un libro que se parece mucho a otro, misma temática, estilo similar, párrafos incluso que se repiten y, lo peor, a veces se trata del mismo autor.
  • Para albañiles: con un número de páginas superior a las 400, generalmente con un puntaje bajo de letra y casi siempre sin imágenes, suelen ser rechazados por los lectores debido a lo incómodo que resulta pasar página o su traslado de un lugar para otro; en el argot popular son conocidos como: «bloques».
  • Para carpinteros: difieren de los anteriores, estos son rechazados por su lenguaje rebuscado, poca claridad en las ideas o temáticas muy específicas, ajenas a las mayorías; también se les dice «clavos».
  • Interminables: empiezas a leerlos y te interrumpen, te quedas dormido, lo dejas en casa de tus suegros, alguien te lo pide prestado y al final nunca terminas de leerlos.
  • Reliquias: son tan caros que demoras una eternidad en decidir comprarlos y, una vez que lo haces, lo colocas en algún lugar seguro y ni siquiera te animas a hojearlos.
  • Gremlins: tienen tantas pero tantas reimpresiones que nunca se agotan, se parecen a estos seres que, de mojarse, se multiplicaban una y otra vez.
  • Influencers: todos aseguran haberlos leído, en Cuba, en determinados gremios, uno de los que se ajusta a esta clasificación es Cien años de soledad.
  • Vacas sagradas: aquellos que son considerados de referencia obligatoria en determinadas temáticas: Los diálogos de Platón, Metodología de la investigación —más conocido como «el Sampieri»— o El capital, de nuestro siempre recordado y querido Carlos Marx.
  • Celebrity: constituyen el ejemplo más fehaciente de las sociedades de consumo, en síntesis, son portada nada más.
  • Libros «David Calzado»: son antihegemónicos, enemigos de las superficialidades; se convirtieron en la respuesta de la izquierda a los libros Celebrity; destacan por el contenido, de ahí que su slogan, devenido hashtags sea: #NoMiresLaCarátulaMami.
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