Sobredosis

Por Nemo

(Tomado de la revista Alma Mater)

Efectivamente esta es la historia de dos pájaros que un día se instalaron en los predios de la sede del secretariado nacional de la Federación Estudiantil Universitaria (Feu) de Cuba, ubicada en la avenida 23 del capitalino reparto El Vedado. Allí llegaron con sus plumas, sus colores, contagiando a todos su alegría.
La feliz pareja de tortolitos no fue la primera de aquel curso universitario. A su arribo le había antecedido un fugaz noviazgo entre dos dirigentes estudiantiles: él, presidente nacional; ella, miembro del secretariado. La relación inició de modo similar a esas
que tienen lugar en contextos laborales, bajo la más absoluta discreción.
Muy pocos sabían del noviazgo. Sin embargo, en la medida que se puso sólida —la relación—, ambas familias fueron estrechando lazos. Por eso se volvió natural pasar un fin de semana en casa de la madre de él o las fiestas de fin de año en casa de los
abuelos de ella.
En fechas señaladas los novios recibían regalos. Uno de ellos, resultó ser el más singular: una pareja de ¿loros? ¿cotorras? ¿cacatillos? ¿periquitos?, en fin, dos pájaros, en su jaula,
que fueron a parar directo al único lugar donde pasaban más tiempo juntos la pareja de estudiantes: la Feu Nacional. La casona verde auguraba ser el recinto ideal para la jaula y sus inquilinos.
Los pájaros llegaron para irrumpir en la cotidianidad de la casa estudiantil. En pocos días se convirtieron en las mascotas de todos los integrantes del secretariado y atraparon el cariño espontáneo de los frecuentes visitantes. No solo mejoraron el colorido del lugar, sino que con sus trinos alegraban las tardes.
Cuando empezaron los recorridos por las provincias, ella y él se turnaban para alimentar y cuidar a «la cría». Las veces en que los viajes de ambos coincidían, una entusiasta y desprendida custodio se brindó para darle agua y comida, y atender cualquier necesidad que tuvieran los pajaritos. Todo transcurrió bien hasta que un día la «compañera» se enfermó y los dos jóvenes tuvieron que salir con urgencia para Guantánamo.
En vista de que nadie podía quedarse con los animales, a aquel joven talentoso en estudios, de buena oratoria y, curiosamente, pinareño, se le ocurrió la «genial» idea de pensar en ellos como si se tratase de personas racionales. Les sirvió una olla de agua y un pozuelo gigantesco de alpiste, allí tendrían como cinco raciones para los siguientes tres días de soledad. «Si lo saben administrar…», pensó el muchacho y viajó mucho más tranquilo.
A su regreso, ya estaban varios de sus colegas sentados en el lobby. Sus apesadumbrados rostros anunciaban la fatal noticia, que finalmente dio un valiente santiaguero: «oiga, compay, se murieron los pajaritos». La tristeza envolvió a todos por unos días.
Los despidieron con honores y los enterraron, solemnemente, en uno de los jardines de la Feu.
Días después, algunos muchachos de la Feem pasaron por el local y supieron la triste noticia. Uno de ellos, imprudente, preguntó la causa de la pérdida. La respuesta rápida de uno de los integrantes del equipo de la Feu, caprichosamente técnico medio en Veterinaria, arrancó la carcajada de los presentes: «La hembra murió ahogada, y el varón… de una sobredosis de alpiste».
La responsable de la comisión de Cultura, inspirada en los sucesos, decidió inmortalizarlos en estos versos:

«Si a la Feu llegas un día,
como alegre pajarito,
aunque sea por un ratico,
contagia con tu alegría.
Pero si llegara el día,
en que estás muy solo y triste,
y la nostalgia te asiste,
un consejo yo te doy:
aunque sientas hambre hoy,
no te metas tanto alpiste».

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Una guagua en Nuevo Vedado

Por Rodolfo Romero Reyes

La noticia se propagó de boca en boca y sí, realmente el hecho clasificaba como noticioso. Aunque el reparto es céntrico y por sus márgenes confluyen infinidad de rutas principales (de ahí su abreviatura con P de principales: P-4, P-9) y otras rutas alimentadoras (69, 27, 179), nunca en la historia de aquella opulenta barriada del famoso municipio capitalino Plaza de la Revolución, había existido una ruta de ómnibus que atravesara parte de sus calles interiores. El anuncio de la A44 merecía titular en primera plana.

Desacostumbrados los vecinos del lugar —y también imagino que las autoridades provinciales— a estas rutinas, la señalética para indicar las paradas resultó de las peores del país. Quizás se agotaron las señaléticas azules que tradicionalmente se utilizan, o tal vez, el indicar las paradas en cartones viejos escritos con plumón negro, fue un intento por mostrar una cuota de humildad ante semejante conglomerado de mansiones y casas enormes, que no es lo mismo, pero es igual.

Como aquellos famosos periodistas que desenmascararon «Watergate» dando una cobertura, nota tras nota, de los resultados de su investigación en curso, deduje que ese hecho aparentemente intrascendente, desembocaría en nuevos sucesos de interés público. La primicia no se hizo esperar, por primera vez en la historia de Cuba, los vecinos de un barrio escribieron una carta protestando por el paso de la guagua por sus calles.

Para los lectores foráneos, es útil aclarar que, con los problemas que históricamente ha presentado el transporte público en la Isla —consecuencia directa del férreo bloqueo económico impuesto injustamente por el gobierno de Estados Unidos contra Cuba—, lo común es que las cartas de la población sean para solicitar que las guaguas pasen por los vecindarios, nunca lo contrario. Por tanto, la actitud de aquellos vecinos resultaba inverosímil.

La carta en cuestión movilizó a las autoridades locales del Poder Popular. Un joven delegado, recién electo, convocó a vecinos y autoridades para atender la demanda colectiva. Antes de la reunión, mi investigación periodística había arrojado dos resultados preliminares. El primero era que «todo el vecindario» era en realidad seis o siete vecinos inconformes. Segundo, el reclamo de un firmante no representaba obligatoriamente a toda la familia. «Papá, se puede saber por qué tu firmaste esa carta, qué bien se ve que tú te vas en el carro temprano para el trabajo, pero la que va al tecnológico y vira en la guagua soy yo, procura que no la quiten porque me vas a tener que comprar una moto eléctrica», reclamó en altercado familiar una de las adolescentes del barrio.

Con estos dos elementos, tuve la certeza de que la demanda no tendría lugar. Sin poder presentarme a la cita nocturna, pues obviamente al vivir en Guanabacoa mi presencia allí resultaría sospechosa, decidí auxiliarme de una «Garganta Profunda» que sí residía en el lugar en cuestión.

En el cónclave se expusieron dos criterios. Quienes defendían el paso de la guagua argumentaban que los demás eran unos egoístas que tenían carros y por eso no necesitaban el medio de transporte colectivo. Los demandantes, en cambio, aludían otras cuestiones. En primer lugar estaban «preocupados» porque el paso de la guagua todos los días afectara el asfalto y produjera baches innecesarios —lo cual a juicio de GP afectaba directamente a sus carros—; en segundo, el ruido provocado por el motor y el claxon atentaría contra la tranquilidad que se respira en la vecindad —a juicio de este periodista, muchas de estas casas no se afectan por los ruidos, por sus gruesas paredes, aires acondicionados, equipos de música y largos pasillos—; y, como tercer aspecto, defendían la seguridad vial de niñas y niños que transitan para las escuelas —me pregunto si solo en Nuevo Vedado conviven escuelas, niños y guaguas.

Por fin se impuso el sentido común, la democracia, el consenso ciudadano y el poder del pueblo: «la guagua se queda», anunció el «apuesto» delegado —según adjetivo utilizado por Garganta—. Los demandantes no se fueron derrotados: la guagua que antes entraba y salía al reparto por una misma calle, modificó levemente su ruta para no producir tantos baches. Hasta yo salí beneficiado: encontré un nuevo tema de investigación, el transporte público en La Habana, fuente inagotable de conflictos que seguramente me dará trigo para múltiples trabajos periodísticos.

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La leyenda de Mata Siete

Él empezó como artista aficionado en los festivales de cultura que se hacían en la CUJAE hace ya un par de décadas (quizás tres). Armado de una guitarra rústica, componía canciones trovadorescas inspirado por musas de diferentes latitudes, aunque, confiesa, tenía predilección por aquellas que vivían en nuevo Vedado.

La Princesa fue, de todas, las que más caló en su corazón, o al menos la que, según historiadores cercanos, motivó los versos: «pero el beso que te di, lleva siglos habitando tu garganta». Ella fue causa y azar de desvelos, citas románticas, situaciones embarazosas y la fiel testigo de la mayor hazaña de nuestro protagonista.

Desde las primeras citas sucedieron situaciones graciosas. Para que la hija de la Princesa no sospechara de los amoríos de su madre con… digámosle Albertico, para no revelar su identidad, el impetuoso enamorado se quedaba en la sala conversando hasta bien entrada la noche. Cuando la pequeña se acostaba, subía a la alcoba de su amada, hacía su mejor desempeño, se daba un baño, se cambiaba de ropa, y a las siete, cuando la niña despertaba, estaba otra vez allí, sentado en la sala, bañado y perfumado, como si acabara de llegar.

Siempre fue muy ocurrente, por eso culpó al choque del yate contra el muelle, cuando en la primera cita pública se le fue un pedo gigantesco mientras bajaba de uno de los botes de la Marina Hemingway. Ella, en cambio, no era tan ágil. Esa misma noche, después del paseo en yate, el grupo de amigos pernoctó en un lugar con varios dormitorios. Con varios tragos de más, uno de ellos entró al cuarto donde estaban los amantes buscando una fosforera que Albertico debía tener en uno de sus bolsillos. Al ver a la princesa despierta y vestida, a su amigo roncando como una piedra y tapado con una sábana, y asumiendo que en aquella cita no habían tenido tiempo para nada relacionado con el sexo, levantó la sábana de un golpe y en vez de fosforera descubrió el paquete desnudo de Albertico.

—¿Y esto que cosa es?

La respuesta de la Princesa, rápida, pero obviamente no muy bien pensada fue:

—Ah, no sé.

Vaya «ingenuidad». Solo de una pareja tan singular se puede esperar la teoría, dos décadas después, sobre la veracidad de la leyenda de Mata Siete, como a partir de ahora nos referiremos a Albertico, quien en un día de mucha euforia sexual tuvo un total de «siete palos», como decimos en buen cubano.

En el momento que escribo estas líneas nunca he podido producir tanta cantidad de esperma. En el caso femenino sí he vivenciado multiplicidad de orgasmos. La cifra máxima, de la que puedo dar fe, es 17 (aunque pocas personas lo crean posible). En el ámbito masculino tengo un amigo que acumula 6 como récord personal; yo creo que, con mucho esfuerzo, disímiles motivaciones y mucho guarapo, podría intentar a lo sumo cinco. Pero siete, obviamente es una exageración.

Por eso, recientemente, en casa de la Princesa hubo un debate grupal con amigos actuales, testigos de aquel momento, quienes contrarrestaron la versión de Mata Siete. Él alegaba algunos elementos a su favor: fue un récord personal, solo fue una vez, durante todo un día, descansó en varias ocasiones, tenía 32 años. El mayor punto a su favor, era que ella decía que sí, que fue cierto.

Pero el grupo estaba convencido de que la hazaña había sido fruto de la imaginación de ambos.

—En serio, fueron siete— decía ella.

—Pero, ¿qué ustedes entienden por orgasmos? — arremetía el grupo.

—Tenía 32 años— decía él.

—Entonces en un par de años será que yo pueda igualar tu récord— bromeé yo, que con 30 era el hombre más joven de aquel grupo.

—Lo peor es que Alain murió sin creerlo— dijo él.

—Lo peor es que todos vamos a morir sin creerte— dijo Manolito.

—Por favor, hablen bajito, que van a pensar los vecinos, me da pena— alegó la Princesa.

—No importa que hablamos alto —aclaró Mata Siete— los vecinos pueden pensar que estamos hablando de siete… ¿tú no estás permutando?… pues de siete cuartos que tiene la casa.

—Seguramente— gritó una vecina desde la ventana de al lado —yo, que llevo viviendo en este barrio hace años, me creo primero que tu casa tiene siete cuartos ante que semejante cuento de Albertico.

Mata Siete se dio un trago, dio por terminado al debate, miró a su Princesa. Ella sonrió, cómplice, aseverando la leyenda. Aunque soy un defensor de los horizontes pasionales, creo que existen límites. Evidentemente Albertico, el trovador, es un poco exagerado en sus afirmaciones, solo así se justifican los SIETE PALOS y que el beso lleve SIGLOS habitando en su garganta.

Nota:
Días después, le llevo el texto al mismísimo Mata Siete. Quise que lo leyera para ver si encontraba alguna inexactitud. No se imaginan cuál fue su único señalamiento: «Caballo, no exageres, ¡diecisiete orgasmos tuvo la jevita esa!, ¡eso tiene que ser mentira!».

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El humor bajo el látigo

Por Cristina Lanuza Marrer,
e
studiante de Filología.

En los tiempos actuales la prensa cubana exige muchos desafíos. Se ha reparado en la urgencia de producir cambios en la manera de hacer precedentes, con los cuales lograremos medios de difusión capaces de parecerse más a la Cuba de hoy. Debemos intentar mostrar tantas Cubas como habitantes existen, de ahí que la prensa debe sugerir y polemizar siempre desde la veracidad.

Hacer periodismo en nuestro país es bastante complejo, sobre todo para los temerarios que intentan reflejar la realidad nacional. Su principal reto es lograr sobrepasar la epidermis de los temas que merecen ser analizados hasta la raíz, para que sintamos los medios de prensa más cercanos a nuestras vidas. El realizar Periodismo para jóvenes es aún más complicado, como necesario, en tanto la actualidad de fluctuación mediática y tecnológica es tal que, la juventud manifiesta una consulta extremadamente pobre de los órganos de información. Por ello ha sido una muy buena alternativa empezar por hacer una suerte de periodismo digital que sea interesante, llamativo y cercano a su realidad.

En palabras de Mario Benedetti: “¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco? ¿solo grafiti? ¿rock? ¿escepticismo? También les queda no dejar que les maten el amor, recuperar el habla y la utopía, ser jóvenes sin prisa y con memoria, situarse en una historia que es suya, no convertirse en viejos prematuros, tender manos que ayudan a abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno, sobre todo les queda hacer futuro”. Los jóvenes son el futuro de todo país; el periodismo joven debe atenderse y explotarse siempre que sea serio y profesional. Debe ser expuesta la cotidianidad de nuestros universitarios, sus problemas y necesidades.

Esto se ve reflejado muy fuertemente en el periodismo de Rodolfo Romero Reyes (La Habana, 1987). Publica actualmente en la sección de humor, ¿Quién le pone el cascabel al látigo? de la revista Alma Máter, en la que colabora desde 2006.

Podemos apreciar que su trayectoria ha sido muy variada y no solo se ha dedicado a publicaciones de tipo humorísticas, aunque sí es importante recalcar que es una de las que más ha disfrutado hacer y que sus lectores agradecemos inmensamente. RRR o Nemo como muchas veces firmó sus publicaciones, identificándose con el capitán Nemo del Nautilius de la famosa novela de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino; se ha dedicado a través de su libro ¿Quién le pone el cascabel al látigo? (2017), a mostrarnos con humor y sin herir sensibilidades, o al menos intentándolo, una gama de situaciones de la cotidianidad que son necesarias comenzar a registrar, o más bien rescatar este tipo de narraciones costumbristas que ya casi no consiguen espacios en nuestra prensa, como lo hicieron alguna vez los textos de Enrique Nuñez Rodríguez; sobre el cual Abel Prieto, conocedor de su obra, prologuista de su libro El vecino de los bajos (Ediciones Unión), dijo: “nos enseñó a reirnos de nuestras dificultades”. Siendo esta cita tan veraz, Rodolfo Romero considera a Enrique, una de sus fuentes de inspiración para realizar este tipo de escritura.

Nuestro escritor nos presenta una compilación de cuarenta y cinco crónicas publicadas anteriormente en la revista Alma Máter que, ridiculizan, censuran, comparan y critican nuestro día a día. El libro está compuesto por nueve capítulos, lo cuales contienen alrededor de cuatro o cinco crónicas cada uno, organizadas bajo un tema general, no cronológicamente. Cada capítulo nos muestra diversas etapas de la vida de nuestro escritor, tanto adolescente como adulta, no necesariamente en este orden temporal. Son vivencias en las que el autor es protagonista de muchas de ellas junto a familiares, amigos y conocidos, pero, en ocasiones nos parece que han podido o podrán ser experimentadas por nosotros mismos o algunos amigos.

Nemo utiliza un lenguaje desenfadado, cercano, cómico e incluso osado. No pretende lograr solo lo cómico, lo que produce simplemente risa, sino también lo humorístico, a la manera que alguna vez fue descrito en el teatro de Luigi Pirandello y que este último explica en su artículo El Humorismo: “Lo cómico es precisamente un advertimiento de lo contrario. Pero si ahora actúa en mí la reflexión (…) Desde aquel primer advertimiento de lo contrario la reflexión me ha hecho pasar a este sentimiento de lo contrario. Y aquí está, íntegra, la diferencia entre lo cómico y lo humorístico”. Tiene esta obra este mismo objetivo, aunque moderno, y responde en su intencionalidad final a sumirnos en continuas reflexiones de toda índole, desde nuestras relaciones personales y sociales, estatus social, los comportamientos y hasta la música que oímos. La riqueza léxica que posee nuestro escritor del lenguaje popular es envidiable, se ha documentado, sobre todo en el reguetón cubano, para adquirir este tipo de conocimientos.

De igual manera ofrece su propia versión de los tipos de relaciones existentes basados en experiencias comunes, también de la guerra de Troya reflejada en la Ilíada; del viaje de Odiseo descrito en la Odisea; así como similitudes e intertextualidades con la famosa saga Harry Potter. Referido a estos temas en el libro encontramos títulos como: “Tipos de relaciones”, “La guerra de las tribus urbanas I y II”, “Harry Potter se enfrenta al ministro de Magia” y “Harry botado en la autopista”, respectivamente. En estos dos últimos muy a propósito de su intertextualidad, aprovecha para sugerir una serie de términos de “origen latino” para describir estados de ánimo de participantes u otros términos que, introduce en función de la comicidad de la crónica.

La obra, así como la sección en la que trabaja, está inspirada en la máxima martiana: el humor será a la humanidad como “un látigo con cascabeles en la punta”.

Por ello debemos entender que en nuestro periodismo literario necesitamos más genios creadores como Enrique Núñez Rodríguez y su aprendiz, sin ningún matiz despectivo aplicable al término, Rodolfo Romero Reyes; en los cuales aflora con muchísima naturalidad su vocación de estilo, su saber definirse y mostrarse a la hora de escribir, de manera tal que, en cualquier sitio que leamos algún escrito de sus autorías sepamos reconocerlos. Ambos sin quererlo, son cazadores, cazadores de momentos insignificantes que necesitan ser inmortalizados porque forman parte de nuestra realidad e identidad como cubanos. La lectura de este libro, podría asegurar, marca un antes y un después en la prensa humorística cubana.

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Hay cada nombres, qué pa ́qué…

Meses atrás debí escribir un artículo sobres la costumbre que tenemos en Cuba —quizás también en otras partes del mundo—, de ponernos creativos a la hora de dar nombres propios. ¿Mileidy o Maivi? ¿Ernesto o Camilo? También pueden ser opciones Yosmara, Yosbel, Leidan, Franmar, Julimar, Legna… Una vez, durante el Tercer Congreso Pioneril, conocí a un señor que se llamaba Centurión Custodio.

Lo cierto es que en Cuba los nombres tradicionales nos vienen de herencia española mayoritariamente. Son hartamente conocidos los Antonio, María, Esperanza, Carmen, Manuel o Pedro; sin embargo, han sido desplazados, por considerarse pasados de moda o relativos a personas de la tercera edad.

En el siglo XX distintos sucesos históricos marcaron al país. La Revolución Cubana, que impulsó innumerables cambios sociales, también impactó en la manera de nombrar. Por eso después de 1959 aumentaron los Fideles, Raules, Ernestos y Camilos; nombres que respondían a sentimientos de admiración y respeto. Algunos preferían los seudónimos de guerra de estas figuras históricas —Alejandro, Deborah, Daniel— y otros en cambio su combinación: Raúl Ernesto o Celia Haydée.

Determinados por las relaciones políticas y socioeconómicas con la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), fueron muy populares Alexei, Yuri, Boris, Tatiana, Katia, Katiuska o Karina. El nivel de admiración a la obra socialista rusa y la plena identificación con el marxismo, son causas probables de que en la actualidad una de las profesoras de la Universidad de La Habana se llame Marxlenin.

El gusto de ambos padres y la moda juegan un papel importante; así se explica el boom de Claudias y Lauras durante los años noventa del siglo XX. Pero existen otros fenómenos que guardan relación con la elección de nombres propios. Tal es el caso de los préstamos lingüísticos, muchos de ellos del inglés: Leydi por lady (dama), Mileidy por my lady (mi dama), Maivi por maybe (tal vez), Olnavy por Old Navy (marca de confecciones), Usnavi por U.S. Navy (marina de los Estados Unidos) y Danyer por danger (peligro).

La literatura ha influido, y la historia universal también. Conozco dos hermanas, Ana Paula y Eva Luna, por los libros de Isabel Allende que leyó su mamá. Un amigo muy querido estuvo a punto de llamarse Rabindranath, por culpa de la afición de su padre por Tagore. En más de una ocasión he compartido cervezas con Atila. ¿Y la música? Shakira de la Caridad es real, la conozco.

A las telenovelas de turno les debemos más que un nombre. Las brasileñas como «La esclava Isaura», «Mujeres de Arena», «Señora del destino», «La Favorita» o «Avenida Brasil» han propiciado el crecimiento de Isaura, Malú, Ruth, Raquel, Lindalba, Lara o Salet.

Frente a costumbres tradicionales como la de poner al hijo el nombre del padre —mi abuelo, mi padre y yo somos Rodolfo Romero—, surgieron otras muy creativas como la combinación de tres pronombres personales del español para crear Yotuel (yo, tú, él) —nombre que lleva uno de los integrantes de la agrupación Los Orishas— o la unión del término «sí», o mejor, de su pronunciación en varios idiomas: Dayesí (da, en ruso; yes, en inglés; sí, en español).

Pululan también los nombres con «Y» que han marcado a toda una generación: Yanisey, Yumilsis, Yumara, Yosbel, Yadel, Yulieski, Yolaide, Yamisel, Yoerkis, Yuset, Yohendry, Yander, Yunier o Yorliet.

En cambio, hay tradiciones que no pasan de moda, como aquellos que son fruto de combinación de nombres como Sariman (Sara y Manuel), Reycel (de Rey y Celia), Leidan (Leida y Daniel), Franmar (Francisco y Marina) y Julimar (Julio y María). Tampoco faltan quienes, en afán de ser más originales, han puesto a sus hijos el nombre al revés de uno de los progenitores: Legna (Ángel), Anele (Elena), Sixela (Alexis) o Anaeli (Ileana).

Otros nombres sui géneris pertenecen a la familia Alfonso, compuesta por L Valdés, cantante del grupo Síntesis, y su hija e hijo, también reconocidos músicos: M y X Alfonso.

Termino con uno de los ejemplos más graciosos: el papá de un amigo se libró de llamarse Segismundo, pues la familia no estuvo de acuerdo. Ahora no imagino como le dirán de cariño, pero su nombre real, el que aparece en su carné de identidad es: Onésimo Santiesteban.

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Crítica, cultura, Cuba y su futuro inmediato

Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de Alma Mater

El debate sobre cultura, crítica e intelectualidad nos trasladó a los pasillos míticos del Instituto Superior de Arte (ISA). Allí conversamos con dos de sus jóvenes profesores: Isabel Cristina López Hamze y Yosvany Montano Garrido. Nacida en la Isla de la Juventud y oriundo de Pinar del Río, ambos coinciden desde hace poco tiempo como profesores del Instituto.

Ella, con 29 años, es licenciada en Arte Teatral, perfil Teatrología, y Máster en Ciencias en Procesos Formativos; él es licenciado en la carrera Marxismo-Leninismo e Historia y está próximo a discutir su maestría. Más allá del mundo académico, como jóvenes de su tiempo, muestran inquietudes, polemizan con su entorno cultural y comparten ahora, con los lectores de Alma Mater esta suerte de diálogo entre tres.

Periodista: Arte y crítica. ¿Rol protagónico, decisivo, en la Cuba de hoy?

Isabel: «Creo que el arte, y en particular el teatro, tiene un importante papel en la lectura de nuestros contextos. Sobre todo en los últimos años, el teatro ha entrado a proponer temas, conflictos y modos de gestión que problematizan los modelos tradicionales. Muchas obras estrenadas recientemente en varios lugares de Cuba, son una especie de alegato personal, íntimo, que nos conmueve y nos mueve también desde lo colectivo. La relación entre lo real, la historia y la memoria como enlace entre lo afectivo y lo político genera en cada experiencia una manera distinta de atravesar la realidad desde los contextos particulares de cada creador. Si de algo tiene que enorgullecerse lo mejor del teatro cubano actual es de la conexión real y profunda con el acontecer político y social del país».

Yosvany: «Los procesos culturales, ligamentos para las nuevas relaciones sociales adquieren, en su conjunto, ritmos que sofocan a las fórmulas desgastadas que miran al terreno de “lo colectivo”. La realidad muestra evidentes signos de agotamiento. El arte, la crítica, la academia, los sujetos no escapan a esa perspectiva. Ello supone necesariamente reconsiderar métodos y aproximaciones a los problemas que nos circundan y las contradicciones que derivan de ellos y que animan a la participación. La profunda relación del arte con el entorno ideológico que lo condiciona hace siempre del hecho artístico —cuando es legítimo— una invitación a pensar el contexto y una provocación al pensamiento. Las tesis las propone el creador. A veces puede romperse el equilibrio y el tan acusado “realismo” vuelve a hacerse presente en una suerte de “panfleto” que jerarquiza una posición y limita las visitas a otras perspectivas. Lejos de consolidar la expresión, el camino criticista deforma la función de este recurso que ha de ser consustancial a nuestro socialismo».

Periodista: Coincido con ustedes en que la función crítica no es patrimonio de un sector particular de la sociedad. Sin embargo, hacia los intelectuales se dirigen muchas miradas cuando se enfocan estos temas. ¿Se asumen ustedes como jóvenes intelectuales?, ¿Se forman intelectuales en nuestras universidades?, ¿En el ISA?

Yosvany: «Entiendo por intelectuales —si se trata de aportes a nuestra sociedad— las personas que desde diferentes aristas expresan un genuino compromiso con su realidad, que emergen de ella, que no pueden relegarla por el simple hecho de que poseen una intensa conexión con los saberes populares, con los enfoques de la academia, porque escuchan el latido del pueblo. Lo otro, lo contrario a esto, no es más que un diálogo sordo que atrapa en la confusión hasta a su propio emisor. Hoy las definiciones no radican solo en situarnos en uno u otro espacio de la polarización intelectual. Creo que como nunca antes la sociedad en su conjunto, las instituciones responsabilizadas, han de hacer más por jerarquizar los mensajes de eso que al decir del italiano Antonio Gramsci, son intelectuales orgánicos.

«Es muy difícil pretender que solo las universidades formen personas críticas. Debe ser una responsabilidad compartida. Eliminar amarras que esterilizan la capacidad social de abandonar la mera reproducción de valores culturales y apostar a la constante revolución en el pensamiento. Ahora, ello no aminora la responsabilidad mayúscula de la educación en este sentido. Hay que desarrollar estructuras mentales para el análisis, la decodificación de signos, para una comunicación ampliada con enfoque multicultural, para el respeto a la individualidad y el comprometimiento colectivo. La educación debe y puede abrir un horizonte que medularmente aspire a un modelo diferente, que partiendo de la organización escolar, las mayas curriculares, los aspectos técnicos-metodológicos y el rol facilitador de los maestros, modificara un escenario que muchas veces sigue rozando con el tradicionalismo y la escolástica. Como alguna vez ya he dicho, Cuba debe aspirar, como siempre lo hizo, a revolucionar su educación y para ello debe comprometerse con una pedagogía de la verdad».

Isabel: «El ISA forma especialistas, egresados que cumplen con un perfil del profesional y salen al panorama teatral con determinados conocimientos teóricos que luego deben confrontar con la práctica. En el perfil de Teatrología se forman críticos, porque además de la investigación, la crítica resulta la actividad fundamental de esa especialidad. Sin embargo, creo que un intelectual se forma en el centro de la vida cultural, social y política de su país, que es más grande y más complejo que un aula. También depende, a mi modo de ver, del nivel de compromiso con una época y un momento determinado, del nivel de participación.

«Desde hace diez años me dedico a la crítica teatral. He publicado en numerosas revistas especializadas y he estado presente en los momentos más importantes del teatro cubano en ese período de tiempo. Sin embargo, eso no me convierte en una intelectual. Comencé a verme como una intelectual hace muy poco, cuando me interesé realmente en otras esferas ajenas a mis estudios de teatro. Cuando leí ensayos sobre ciencias sociales, política, economía, o participé en algunos debates en las redes sociales. Creo que se trata de despertar, de entender y mirar con atención. Se trata de comprender que desde nuestros pequeños espacios de influencia, ya sea un aula o un escenario, se puede incidir en los otros y se puede ser útil desde esa incidencia que debe generar nuevas maneras de pensar, nuevos análisis y nuevas preguntas a la realidad».

Periodista: Me gustaría compartirles otras interrogantes. ¿Quiénes son los intelectuales de este tiempo? ¿Cuáles de los temas «fundacionales» siguen presentes? ¿Cuál puede ser el rol de la crítica en el proyecto social cubano?

Yosvany: «Nosotros vivimos en un país que ha demostrado ser más que una isla en el terreno cultural. Martí la definió alguna vez como la “Isla Intelectual”; no era chovinismo.

«Ser un creador, incluso en el más amplio sentido de la palabra, no nos hace merecedores de esa consideración social que entendemos como “intelectual”. Son otros atributos los que agiganta la vida, la obra y el pensamiento, para terminar moldeando lo primero en lo segundo. Los de hoy intentamos ser iguales y a la vez diferentes a los de ayer. Encontrar rumbo propio es quizás el reto mayor para esta nueva hornada de jóvenes que ansiamos descifrar las complejas realidades y arrojar luces ante las dificultades que envuelven el retroceso en múltiples esferas de la realidad nacional. Ello implica ante todo seguridad, autoestima, compromiso permanente con la rebeldía, pero sobre todas las cosas, estudio creciente y maduración en contacto con la práctica. ¡Trasformar implica ante todo comprender!

«No estoy seguro de que siempre lo enfoquemos así. A riesgo mayor, la premura y la urgencia hace que soslayemos lo que ante todo es importante conocer, profundizar, siempre con compromiso de clase y con fines claros de lo que representa esa implicación para el futuro del proyecto común que compartimos. Lo fundacional puede vivir en lo presente, no implica una negación absoluta. Hacer lo nuevo no tiene que advertir una renuncia o lucha antagónica con lo pasado, no es así como funciona la dinámica de ese cuerpo mayor que entendemos como sociedad. Ahora bien, no debemos confundirnos, ello nunca puede implicar asfixiar lo que genuinamente debe expresar lo nuevo.

Isabel: «Creo que la política cultural sigue siendo un tema álgido en el presente. Los trazos iniciales de esa política, expuestos en Palabras a los intelectuales, siguen marcando las pautas. Sin embargo, no hay que olvidar que aquellas palabras responden a un contexto específico y que estos son otros tiempos. Entre los temas que tienen que ver con la política cultural me preocupan puntualmente tres: uno es el tratamiento de los públicos y las jerarquías que establecen los medios de comunicación masiva, que debería sustentarse en la calidad artística más allá de los éxitos de la industria. En nuestro país existen zonas del quehacer artístico que no generan grandes ingresos, sin embargo son subvencionadas y protegidas por el Estado, pero muchas veces no están debidamente visibilizadas. Si por una parte se privilegian estas experiencias artísticas, también es cierto que se difunde y se promueve lo barato, lo más repetitivo, lo que produce más dinero y menos inteligencia. Eso me preocupa sobremanera, porque estamos formando un público para el futuro».

Periodista: ¿Nos sentimos libres para ejercer la crítica?

Yosvany: «En la Cuba del presente ese es un tema fundamental. Las discusiones terminan enfocándose hacia el tema recurrente de la libertad de expresión y su par dialéctica: la censura. Indiscutiblemente una zona sensible para todo el que porta el deseo de PENSAR. Más no ha de menospreciarse que en el terreno de la cultura lo más legítimo sería aproximarnos a la obra en sí misma, a las cualidades estéticas, a los valores que porta, a los conceptos que promueve. La capacidad para trascender su espacio y su tiempo debería estar generándose por eso.

«Es indispensable para ello garantizar que nuestras escuelas —desde las primeras edades hasta las universidades—, nuestros medios de comunicación, el resto de los mecanismos sociales, expresen una disposición abierta hacia lo que recientemente la doctora Graziella Pogolotti calificara como una crítica participativa. A riesgo de inmovilismo, resultan insuficientes los espacios y programas intencionados en la educación hacia la recepción crítica de los fenómenos sociales en su conjunto. Hay que derribar una creciente muralla de estigmas y prejuicios que impiden que seamos más los involucrados en el intento de la trasformación cotidiana de la sociedad, partiendo inevitablemente de una crítica que, comprometida con el proyecto, permita acercarnos por aproximaciones sucesivas a lo que mediante el consenso asumamos como verdad».

Isabel: «A mí me preocupa mucho la censura. Algo de lo cual no hemos podido despojarnos aún. Me parece muy triste que una obra pase a la historia por haber sido censurada y no por sus valores artísticos. También puede ocurrir que, ante la censura de cualquier obra, ya sea un espectáculo teatral, un libro o una película, algunos especialistas se nieguen a hacer señalamientos críticos de tipo estético asumiendo que lo de mayor importancia es defender el derecho a que esa obra sea exhibida. Considero que lo más importante es el rigor y la calidad artística, la incidencia en los públicos, eso debe marcar las valoraciones.

«El arte, a mi modo de ver, no explica los procesos, revoluciones, momentos históricos, hechos. Más que explicarlos los trasfigura, los metaforiza, los devuelve de forma subjetiva, íntima y personal. Tanto así, que el artista puede tener un punto de vista y su obra transmitir otros cientos de puntos de vista, en dependencia de quien la admire, ya sea una canción, una escultura, un poema o una película. Para explicar y analizar los sucesos en cualquier época, sea cual sea su naturaleza, están la historia, la filosofía, la antropología, la filología y las innumerables ciencias, que tributan al entendimiento de los complejos procesos de la vida. Por eso creo que la censura en el arte no tiene razón de ser, y está demostrado en la Historia que los efectos son inversos y en vez de proteger una ideología, el acto mismo de la censura se vuelve contra ella».

Periodista: Entonces, ¿abogamos por un genuino y responsable ejercicio de la crítica? ¿Cuáles son los retos para los próximos años?

Isabel: «Debemos resolver el tema de los nuevos modos de gestión y producción y las perspectivas económicas para algunos sectores de la cultura. Creo que hay que proponer otras maneras de autogestión que permitan a los artistas, sobre todo del teatro, ingresos más decorosos. El estudio conjunto de esos nuevos modos de gestión pudiera generar beneficios tanto para los creadores como para los públicos y sobre todo trazar nuevos lazos con la institución. Por ejemplo, los teatristas de toda Cuba cobran un mismo salario mensual, no hay distinciones entre el que estrena con éxito dos puestas al año y el que lleva dos años sin estrenar. Considero que revisar estos aspectos es vital para mantener la cultura como una de las más grandes conquistas de la Revolución, para que sus artistas quieran seguir creando en esta Isla y para que lo hagan con el amor y las ganas que los públicos del presente y del fututo se merecen.

«Pienso en la crítica como discurso que analiza la realidad y la cuestiona. Creo que, en nuestra prensa, no existen los espacios suficientes para el registro crítico de la realidad. En cambio se ejercita con frecuencia en la blogosfera y en la cola del pan. A veces en nuestros medios oficiales nos sorprende un reportaje o un artículo que abordan, de manera inteligente y profunda, algunas de las problemáticas que nos aquejan en la Cuba de hoy. Me pregunto si con la crítica será suficiente. Me pregunto si ese discurso crítico no se convierte en una especie de retórica de la que, aún con las mejores intenciones, no escapamos. Pocas veces la crítica viene acompañada por una propuesta, una iniciativa, una experiencia modélica que pueda tomarse como referencia. Resulta complicado encontrar y proponer iniciativas cuando los males son de “conciencia”, la crítica se le hace a “la institución” y la solución está en el “cambio de mentalidad”. Yo creo que cada uno, desde nuestros pequeños o grandes espacios de incidencia, podemos contribuir con acciones concretas; con una canción, un poema, un ladrillo colocado sobre el otro, un cuño puesto en tiempo y forma, un ensayo histórico, o una croqueta bien frita. Lo que intento decir es que la responsabilidad no es del “otro” o de la “institución” que se ha convertido en una especie de culpable sin rostro. La responsabilidad es nuestra, porque tributamos a la institución y viceversa, porque somos nosotros mismos los que debemos generar ese cambio tan anhelado. Somos parte del pueblo trabajador y somos parte también de esos males que criticamos».

Yosvany: «Si la crítica participativa logra abrirse paso, tendremos una cultura mejor, un socialismo mejor, una nación refundada constantemente en la dialéctica de lo que llega y lo que se ha enraizado. Si logramos que este pueblo legitime sus vanguardias por la capacidad de aportar a sus desafíos y que él mismo se implique con la resanación de su tejido espiritual podremos continuar hacia adelante. No puede pensarse en una sociedad mejor sin el antibiótico imprescindible de la crítica. Sería como enfermar degenerativamente de espejismos continuados».

 

Nota:

Isabel colabora con las emisoras CMBF y Radio Rebelde con una sección semanal de crítica teatral. Es parte del equipo de Traspasos Escénicos, Núcleo de Prácticas Creativas. Se desempeña como asesora teatral del grupo La Isla Secreta y de Teatro del Viento, en Camagüey. Trabaja como guionista del programa de promoción literaria Para Leer Mañana de la Televisión Cubana y es miembro de la UNEAC. Por su parte, Yosvany fue presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba (FEU) en el período 2013-2015. En la actualidad es columnista de la revista cultural La Jiribilla, y publica asiduamente en otros medios nacionales como Juventud Rebelde y Cubadebate. Ambos son miembros de la Asociación Hermanos Saíz.

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Látigos de Rodolfo, ¿aún sin cascabeles?

Por Gabriela Sánchez

(Tomado de Cubaperiodistas)

¿Texto saturado de formalidades y verbos rebuscados? ¿Simplicidades o vacilaciones? Ante tales preguntas Rodolfo Romero Reyes trasciende las respuestas clásicas y nos lanza una interrogante capaz de negar, con su
ingenio, las trivialidades y convencionalismos.

Así, ¿Quién le pone el cascabel al látigo? es la propuesta con la que el joven periodista pretende cautivar a los amantes de la literatura y del buen humor, en el aniversario 95 de la revista Alma Mater, y que estará a disposición del público en la venidera XXVII Feria Internacional de Libro.

Fruto de su trabajo en la sección El Látigo de esta revista, y bajo el sello Abril, el libro rescata cuarenta y cinco crónicas de su autoría, publicadas entre 2008 y 2016, que versan sobre temas muy cercanos a la realidad cubana y el ámbito universitario.

En las páginas de ¿Quién le pone el cascabel al látigo? se dan cita la agudeza y la ironía, tan característica de los textos de Reyes, para reflejar acertadas críticas a situaciones cotidianas y temas recurrentes en las épocas modernas como el cuentapropismo, la popularidad del reggaetón, la vida en las aulas de la vocacional Lenin o de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, entretejidos con la terminología propia de un joven contemporáneo.

Con prólogo del periodista Jesús Arencibia Lorenzo, la compilación fusiona, además, con tino y un perspicaz lirismo, otras temáticas de actualidad un tanto controversiales, como los tríos y los nuevos tipos de relaciones
amorosas, al estilo más poético y humorístico. Nomenclaturas como ositos de peluche, novios Nestlé o chicles se configuran como las clasificaciones que propone Reyes ante esta avalancha de novedades.

En consecuencia, tampoco resultará descabellado toparse entre sus líneas, a un Apolo reguetonero, que combate contra las tribus mikis en una mítica pelea, o un poema romántico que conjuga la lírica de Neruda con las letras
de Daddy Yankee.

Mientras, trae a icónicos personajes como Harry Potter a las calles de La Habana, e incluso, a participar de los debates universitarios, todo un juego de recursos y roles que desentraña las problemáticas diarias de los estudiantes y de la sociedad cubana en general.

Por otra parte, la influencia de las nuevas tecnologías en las tradicionales formas de comunicación, intercambio, y hasta el enamoramiento no queda exenta de la pluma o más bien del látigo de Reyes en esta ocasión. Al universo de Zuckerberg también le reserva un apartado, en el que salen a relucir las virtudes y desventajas de Facebook en el amor.

Pero si de Lógicas –capítulo que agrupa estas crónicas– se trata, es imposible soslayar la singularidad con que el autor demuestra su teoría sobre las celebraciones cubanas, o el título que merecen los tan útiles pomos plásticos.

Con Los “hijos de papá”, Rodolfo Rodríguez Reyes cierra su libro. Y es que ¿Quién le pone el cascabel al látigo? no podría finalizar de otra manera. Esta crónica breve y simpática, mención en el género crónica de la VI edición del concurso ramal de periodismo Ricardo Sáenz in memoriam, critica las desigualdades que surgen en la sociedad cubana a raíz de las diferencias económicas que acarrea el trabajo por cuenta propia y otras ocupaciones laborales.

De esta forma, Reyes hace estallar reflexiones en torno a su contexto en todas sus dimensiones, atrapados en una lectura sagaz y atrevida, que, por supuesto, no duda en poner en las manos del lector los cascabeles de su Látigo.

 

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