Un amigo que estaba preso

Ramón

Tomado de la revista Pensar en Cuba

La primera vez que escuché su voz fue por teléfono. No nos conocíamos personalmente pero ya éramos amigos. Conversamos unos minutos pues la comunicación se entrecortaba por la distancia. Cuando pasé el celular para que saludara al resto de la familia presente, sentía una gran alegría por haber conversado con él. Estaba orgulloso y quería compartir aquella emoción con mis personas más allegadas. ¿Por qué yo estaba tan feliz? ¿Acaso se puede estar orgulloso de un amigo que esté preso?

En este caso sí. La condena fue injusta. Él y los demás se portaron dignamente y asumieron el precio de defender a la Patria desde las trincheras más difíciles. Por eso siempre los admiré. De todos, me resultaba el más cercano por mi relación con Elizabeth, Laura y Lisbeth, también por ser contemporáneo con Aylín. Una vez lo entrevisté vía correo electrónico y habló conmigo sobre el Che Guevara. En otra ocasión me mandó a decir que leía sistemáticamente mi blog, Letra Joven, y que le gustaba mi sentido del humor.

Cuando saliste de Cuba, ¿valorabas la posibilidad de caer preso? ¿Qué sentiste cuándo cerraron la celda por primera vez?

Cuando aceptas esta misión, la aceptas con todos los riesgos. Entre ellos no solo caer preso, sino morir. Porque cuando estás penetrando redes terroristas, si te descubren, pueden ponerte un día una bomba en el carro o en la casa. El solo hecho de estar vivo es una victoria, esa es la verdad.

Caer preso, sí, era una posibilidad, pero en el fondo yo creía que era muy improbable. Es como dijo el Che Guevara cuando estaba en México y pasaron preguntando a quien avisar en caso de muerte. Es ahí cuando te das cuenta que sí te puedes morir, pero no importa porque tú estás defendiendo una causa justa.

Aquel momento inicial del arresto fue aplastante. Fue el instante más difícil, te cae toda la realidad arriba de los hombros y uno piensa: ¿y ahora, mi familia? ¿Cuándo la vuelvo a ver? ¿La volveré a ver? Todas esas preocupaciones se te vienen encima.

Pero pasan los días y sientes la tranquilidad de que la familia está en Cuba, protegida, que nadie le va a ir a hacer daño, que el gobierno cubano no las va a abandonar y que nuestros compañeros de combate en Cuba nunca van a abandonarla. Eso da mucha tranquilidad. Sin embargo, duele mucho la lejanía y, más en el caso nuestro, que era un caso tan político y complicado.

Empezaron a decir muchas mentiras, tergiversaciones, y encima de eso, a los 8 meses inventaron el cargo de «conspiración para cometer asesinato» contra Gerardo. Sin embargo, vivíamos con el convencimiento de que íbamos a regresar.

Nunca lo dudé. Ni ninguno de los Cinco lo dudó tampoco. Uno se dice: «yo estoy preso por defender a mi país, yo no estoy preso porque decidí un día robar un banco. No, yo lo que hice, lo hice porque hacía falta esa tarea para Cuba y la Revolución». Y ese hecho en sí mismo te da mucha fortaleza, porque sabes que estás defendiendo una causa justa y no hay justificación ninguna para que se te ataque de esa manera.

¿Hubo momentos de pesimismo?

Siempre fui muy optimista. Yo soy, y mis hermanos me los han dicho, el más optimista de los Cinco, quizás el más soñador. Cuando la situación estaba más negra, yo siempre pensaba: mañana se puede acabar, esa es la verdad.

También hay momentos en que tú te retraes y meditas: bueno, hasta cuándo va a ser esto, en qué momento saldré. Pero nunca tuve dudas de que iba a pasar, de que íbamos a regresar a Cuba. Incluso, en el peor de los momentos, cuando nosotros fuimos a resentencia y a Gerardo todavía le quedaban las 2 cadenas perpetúas más 15 años, aun en esas circunstancias, nosotros sabíamos que habría alguna solución.

Se dice que en la prisión te respetaban porque sabían que dominabas artes marciales…

Te voy a hacer una anécdota que simboliza mucho lo que es Cuba y lo que es Fidel en cualquier lugar de mundo.

Cuando a nosotros nos mandan para las prisiones, después de ser sentenciados –yo tenía una cadena perpetua más 18 años, Tony una cadena más 10 años, René 15 años, Fernando 19 y Gerardo 2 cadenas perpetuas– a mí me toco ir para Bonham. A Gerardo lo mandaron para California, que era una prisión malísima y a Tony para Florence, Colorado. Los tres que teníamos al menos una cadena perpetua fuimos para prisiones de máxima seguridad, lo peor del sistema. Después de esas solo están las que salen en las películas y son bajo tierra. Fernando y René estaban en prisiones de mediana seguridad, pero también en muy malas condiciones.

A la mía le decían «tierra sangrienta». Nosotros siempre fuimos conscientes que obviamente no permitiríamos faltas de respeto de ningún tipo. Se lo dije incluso a los compañeros de la Embajada: «yo no voy a permitir faltas de respeto, a quien me falte al respeto le meto un trancazo. Con esa idea llegué a la prisión».

Cuando llegué me estaba esperando un capitán. Eso le pasaba a todo el mundo. Hay un team del personal de la prisión que hace una entrevista preliminar para ver dónde te van a ubicar. Eran el capitán y tres oficiales más. Me dicen: «así que tú eres el preso político, o sea, que odias a mi presidente Bush». Yo me di cuenta que me estaba provocando para que yo respondiera y mandarme para el hueco. Opté por reírme. Me dice: «Ahhh, te crees que eres un tipo duro». Tú vas a ver lo que es duro, te voy a mandar para el hueco una semana y después te voy a poner con el cubano más malo que haya en la prisión esta, el más malo de todos.

Me manda una semana para el hueco y cuando salgo, voy caminando por el pasillo y veo a un flaco alto, recostado en una silla con un pañuelo en la boca, tipo el guapo de los años ochenta en Cuba. Desde que lo vi dije: «este es el cubano malo». Ya yo estaba tenso y sentía la adrenalina, que es la premonición del combate.

Me dice: «oye tú, ven acá; sí, tú mismo». Pensé: ahhhhh, ya me fajé. Me detengo como a dos metros de él, para no acercarme mucho. Andaba con dos más que eran como sus guardaespaldas. Guardé distancia para tener tiempo de reaccionar, al menos coger a uno y darle un «estrallón». En la mente iba maquinando la escena.

–          Ven acá, chico, ¿tú eres uno de los cinco espías esos de Fidel que dice la prensa por ahí?

–          Mira, compadre, sí, yo soy uno de los hombres de Fidel y qué tú vas a hacer, a ver, vamos a resolver esto…

Entonces el tipo me grita:

–          ¡Mi hermano, pero si ustedes son unos guapos! Ustedes son los hombres de Fidel.

O sea, el hecho de ser de Fidel, aun en una cárcel norteamericana de las peores, nos daba un rango de distinción; eso… y saber artes marciales. A mí después entre los cubanos y a modo de broma me decían el samurái.

Cuando los presos de allí se enteraron que no traicionamos a Cuba, que fuimos a un juicio que duró casi siete meses, que leímos un alegato en la corte en contra del gobierno de los Estados Unidos… Todo eso nos hizo ganar prestigio.

¿Cómo era un día promedio en la prisión?

Un «día promedio» era bastante aburrido. Una de las cosas más malas que tiene estar preso es la monotonía, por eso yo buscaba una forma constante de romperla. Cambiaba hasta la hora de hacer deportes, unas veces por la mañana, otras por la noche. Uno se levanta a las 5:45 a.m. o 6:00 a.m.; a esa hora se abren las puertas, que fueron cerradas a las 9:30 p.m. o las 10:00 p.m. de la noche anterior. Lo primero es salir a desayunar. De regreso, tienes que ir a trabajar. Todos los presos tienen que realizar un trabajo. Yo casi siempre hacía lo mismo: limpiar el piso, organizar los cuartos o laborar en la lavandería. También impartí clases de español a las personas que hablaban inglés. Las clases las daba en inglés, pero para enseñar. Y aquello de aprender un español básico le gustó mucho a la gente; incluso, después querían que yo les enseñara español de mayor nivel, gramática y estructuras más complicadas del verbo.

En la mañana trabajaba de 8:00 a.m. a 12:00 m. generalmente. Almorzaba de doce a una. Después trabajaba desde la 1.00 p.m. hasta las 3:30 p.m. Yo lo que hacía, por lo regular, era buscarme un trabajo que me ocupara poco tiempo y en el horario opuesto hacía deporte. Jugaba mucho handball, en parte por eso fue que me afecté un poco la rodilla. También hacía pesas, planchas, abdominales.

A las 3:30 p.m. tienes que regresar a la unidad y te cierran en los cuartos para el conteo de las 4:00 p.m. Ese es un conteo que se hace a nivel nacional. En todas las prisiones estadounidenses cuentan a esa hora. A las 5:00 p.m. abren nuevamente la celda para realizar la comida hasta las 6:00 p.m. Después se puede salir para la recreación o hacer deporte.

Las unidades cierran a las 8:00 p.m., pero puedes estar fuera de la celda hasta las 9:30 p.m. o 10:00 p.m. En ese horario puedes ver películas, televisión o las noticias. Allí se acostumbraba ver muchas novelas mexicanas, yo prefería las noticias.

En todo el tiempo que estuviste en prisión, ¿cuáles fueron las noticias más duras que recibiste, las más difíciles de asumir? ¿Cuáles fueron las buenas?

Recibía malas noticias cada vez que fallecía alguien en la familia, por ejemplo, cuando murió mi abuelita Leonila que era como una segunda madre. Ella era la esencia de la familia, y de los Salazar. Ese momento fue impactante. También cuando las niñas se enfermaban, o mi esposa, mi papá. Esas son las noticias más duras porque sientes mucha impotencia. Quieres hacer mucho y no puedes hacer nada, solo llamar por teléfono y dar aliento.

Nosotros teníamos la suerte de que muchos compañeros hacían lo indecible porque nuestra familia estuviera bien y eso nos daba mucha tranquilidad. Pero, sin duda, esos fueron los momentos más difíciles. Cada vez que había una noticia familiar de gravedad, una operación, eso era devastador.

Uno de los momentos más felices fue la victoria en el 2005 cuando ganamos la apelación en Atlanta. Aquello fue descomunal. Todo el mundo pensaba, hasta los mismos abogados, que nosotros habíamos ganado el caso y nos iríamos para Cuba. Cuando eso sucede, generalmente te dejan libre o los fiscales vuelven a hacer otro juicio en un lugar diferente. Después vino el contragolpe y en un mes lo viraron todo para atrás, incluso en violación de la lógica y las propias leyes de los Estados Unidos.

También fueron lindos momentos las graduaciones de las niñas, del Pre, de la universidad. Los cumpleaños, en cambio, tenían un doble filo: alegría y tristeza porque yo no estaba allí. Otro momento feliz: cuando el Comandante dijo que volveríamos. Eso nos dio mucha fortaleza, mucha alegría.

¿Qué pensaste cuando te dijeron que venías para Cuba?

El primer pensamiento fue para la familia, mi esposa, las niñas, mi papá porque mi mamá murió en 1998. Pensé en Cuba, en el pueblo cubano. ¿Cómo me irían a recibir? ¿Qué iba a pasar?

Todas esas interrogantes las tienes. Sabes que va a ser algo grande. No tienes idea de la dimensión de lo que va a suceder, pero la alegría de poder caminar libre por las calles y de poder abrazar a quien quieras, es inmensa. En la prisión uno se restringe mucho, incluso en el contacto físico, porque debido a las propias características de la prisión no tiendes a estarte abrazando con la gente. La tendencia es a estar distante. Y cuando uno es libre, es lo contrario. A mí que me encanta abrazar y demostrar afecto.

A veces pensamos que los héroes salen de la nada. Me gustaría saber cómo eras cuando joven, cómo era tu vida en la Cuba de esa época.

Mi juventud fue feliz. Lo que más me enorgullece de esa época es que no teníamos nada. No era como ahora que los muchachos tienen computadoras y videojuegos. En la época nuestra era todo muy simple. Me acuerdo de los juegos con los aros metálicos y las bolas. Recuerdo mi juventud muy tranquila, feliz y realizada. A mí me encantaba hacer deporte y me gustaba mucho estudiar. Desde pequeño siempre estuve involucrado en todo tipo de actividades deportivas y de estudio.

¿Qué deportes en particular?

El primero de todos los deportes que practiqué fue boxeo, en La Lisa. Yo estudiaba en la secundaria y abrieron un gimnasio allí y me apunté. Entonces estuve un tiempo practicando boxeo hasta que me noquearon la primera vez y mi mamá me dijo que ya no habría más. A mí me gustaba el boxeo, pero mi mamá siempre hizo mucho énfasis en que estudiáramos. También jugaba ajedrez desde pequeño. Hubo otro momento en que me embullé con un amigo y tratamos de entrar a la escuela de ciclismo, pero no había bicicletas y lo único que hacíamos era correr por Quinta Avenida.

Después estuve un tiempo en la Escuela Nacional de Remo, porque me gustaba, pero nunca llegué a hacerlo, pues se me complicaba con los estudios en la Secundaria y en el Pre. Igualmente traté de apuntarme en pesas, pero los pesistas deben tener el codo inclinado para adentro y yo desconocía ese detalle.

Después comencé a practicar artes marciales. Karate fue lo primero. Lo practicaba en la calle y casi medio secreto, porque cuando aquello solo lo podían practicar los compañeros del Ministerio del Interior. Empecé practicando con un muchacho que era de Los Camilitos y él me enseñó algunas técnicas de golpear y patear hasta que empecé en una escuela que se hizo más o menos oficial, también en La Lisa.

Al entrar en la Universidad de La Habana practiqué con más seriedad el deporte y las técnicas. Estuve en Judo un tiempo y participé en los juegos Manicatos y Caribe. Lo mismo participaba en artes marciales, tiraba la jabalina y la bala. Eso lo hacían los muchachos para coger puntos para la carrera de la facultad. Recuerdo mucho el deporte; siempre me ha gustado y siento que lo necesito.

¿Cómo era la vida universitaria de esa época? ¿Qué hacían? ¿Adónde iban? ¿Qué música escuchaban?

¡Imagínate, la época de la universidad! Yo empecé en la universidad en 1981. Estudié Economía hasta 1986. En aquella época estudiaba mucho y hacía deporte. Sonaban mucho los Beatles y nos gustaba su música, porque significaba rebeldía; muchas cosas que con el tiempo se han entendido mejor. También el grupo Abba. Disfrutábamos de los románticos de todos los tiempos: Roberto Carlos, Nelson Ned, y todas esas canciones nos tocaban mucho, al igual que todo lo que venía de Silvio y Pablo.

Pero, de aquella época lo que más me impactó fueron los programas de la serie En silencio ha tenido que ser y Julito, el pescador. Creo que por eso me enamoré tanto de esa idea, del trabajo operativo.

Era una época muy bonita, porque incluso eran los años ochenta donde nosotros cogíamos una guagua por 10 centavos. Yo iba a la universidad con 25 centavos en el bolsillo y pasaba un hambre tremenda, pero una pizza valía 1 peso con 20 centavos. Con poco dinero podías alimentarte. Así hice la universidad, con mucha satisfacción propia, mucho apoyo de mi familia, sobre todo de mi mamá que siempre estuvo ahí empujando para que estudiáramos, y también de mi primera esposa que me ayudó mucho. Fue un periodo de mucho aprendizaje desde todos los puntos de vista.

¿Y tú formación política también es de la universidad?

Eso pasa naturalmente y no te das cuenta. No te das cuenta porque estás recibiendo educación política desde la primaria, desde el mismo preescolar. Recuerdo que en los matutinos, nosotros siempre decíamos «pioneros por el comunismo, seremos como el Che». Esos elementos que decías y repetías, no te percatabas hasta qué punto se convertían de verdad en algo íntegro de tu personalidad. Y ese proceso es importantísimo porque a la hora de definirte como un hombre, vas a esa esencia y te das cuenta que de verdad tú quieres ser como el Che.

Cuando estás en una situación como la que pasamos nosotros, recurres a esos recuerdos y te mantienes firme porque tú admiras al Che, a Camilo, a la historia de Cuba. Ese aprendizaje patriótico lo estás recibiendo desde las clases de Historia, de los libros o de la misma música revolucionaria. Sin darte cuenta, porque pienso que es un proceso del que no te percatas, eso se va integrando a tu personalidad y a tu forma de pensar.

En la etapa del preuniversitario participé en muchos actos y casi siempre tuve alguna responsabilidad como dirigente estudiantil. En la universidad debatíamos mucho, dentro y fuera del aula. Allí, sin querer o con doble intención, uno profundizaba mucho más en los estudios del marxismo-leninismo. En Economía, lo típico era estudiar la economía de la Unión Soviética y la planificación de la economía nacional. Todo eso te va formando políticamente.

¿Qué es lo más difícil que se deja atrás cuando uno decide cumplir una misión como la que cumplieron ustedes?

La familia es lo más difícil, no poder decirle nada a nadie, por principios elementales de la labor que realizas. Y no es por falta de confianza, es que no se puede decir, son las reglas del trabajo operativo. El decirlo conlleva a que puedes poner en riesgo la actividad y las misiones secretas que estás desarrollando, no solamente tu identidad, sino la de otros compañeros también.

En ese sentido no a todo el mundo le gusta guardar secretos, esa es la verdad, y menos secretos de tal magnitud. Entonces son secretos con tu familia y con tu esposa. Mi esposa se quejaba de que yo no tenía compañeros de trabajo. Y eso es algo elemental, ¿quién no tiene compañeros de trabajo y los invita a su casa?, pero es que mis compañeros de trabajo todos eran secretos y yo no podía presentarle a ninguno. Entonces a veces invitaba a los oficiales públicos que me atendían para que fueran un día y se tomaran una cerveza en la casa.

¿Cuán difícil fue perderte la infancia y la adolescencia de tus hijas?

En el caso de los hijos es mucho más complicado, porque los hijos son tus jueces, los jueces más implacables que todo ser humano tiene. A ellos no les interesa si eres patriota, héroe, militante o si estás cumpliendo una misión. A ellos les interesas como padre y si cumpliste con ese rol.

Mis niñas entienden que es por mi trabajo, pues ya son adultas y tienen una preparación política-ideológica muy alta. También son muy revolucionarias, pero por esas cosas normales de la vida te sacan las cuentas. En sus graduaciones nunca he podido estar, y eso a ellas no se les va a olvidar.

Su llegada a Cuba fue el gran suceso. Alegría, llantos, emociones, patriotismo, una inyección de energía revolucionaria. ¿Cómo lo vivieron ustedes?

Muy afectivo y hasta hoy no ha cambiado. Nosotros desde que nos bajamos del avión el 17 de diciembre hasta hoy, todo ha sido alegría y júbilo, abrazos, besos y hasta fotos.

A veces suceden cosas cómicas, por ejemplo, a mí me confundieron con Gerardo. Y unos días después, saliendo de una actividad, los vecinos le preguntan a Gerardo que cuál de los Cinco es él, que si es Gerardo, y les dice: No, yo soy Ramón Labañino.

Nos han sucedido cosas muy bonitas. Recientemente me invitaron a una primaria, porque había una niña que cumplía años, y yo fui pensando en un aula con unos muchachitos. Cuando llegué habían paralizado a toda la cuadra. Fue una emoción tremenda, vecinos y los niños formados en la calle para recibirnos.

Hay lugares por donde no podemos caminar. A mí me da pena a veces porque hay actividades políticas serias, en la que hay compañeros de la dirección del lugar o de la dirección del país, y los muchachones se acercan, nos rodean y nos abrazan a todos.

Más que todo, nosotros, los Cinco, lo que sentimos es la necesidad de dar gracias, abrazar a la gente y demostrar ese afecto, porque la verdad es que gracias a toda esa gente es que estamos libres.

¿Cuánto cambió Cuba en el tiempo que no estuvieron aquí?

Cuba ha cambiado muchísimo y yo no lo veo como algo negativo. Algunas personas se inquietan y yo no tengo esa preocupación. Hay mucho negocio en todos lados y a mí eso me impactó, pero me impactó positivamente porque quería ver eso en Cuba. Yo soy economista y pienso que en Cuba se puede hacer eso para el beneficio de nuestro socialismo, no va en detrimento de él en lo absoluto.

Los pequeñísimos negocios y las cosas que el gobierno no tiene que echarse encima de los hombros pueden hacerlo los pequeños propietarios personales. Antes caminábamos largas distancias y no podíamos tomarnos un vaso de agua o encontrar algo para comer, ahora eso cambió.

Es bueno ver que Cuba ha cambiado y para bien; y tiene que seguir cambiando para bien. Pienso que obviamente tenemos las preocupaciones de todos y es que no queremos que esto se convierta en un capitalismo salvaje, ni queremos regresar al capitalismo, pero tenemos que avanzar hacia un socialismo más sustentable.

Después se tendrá que corregir alguna que otra línea y lo haremos en el camino, porque algo positivo que tiene nuestro socialismo es que es mejorable. Nosotros no necesitamos regresar al capitalismo para mejorar lo nuestro como hizo la Unión Soviética. Nosotros, dentro de nuestro propio sistema social, podemos mejorar. Además, veo una juventud mucho más emprendedora. Una juventud a la que le gustan esos cambios.

Como parte de los cambios aparece una nueva relación entre Estados Unidos y Cuba. ¿Cómo ves ese acercamiento? ¿Tienes preocupaciones, esperanzas?

Es un acercamiento para ocupar Cuba. No es que somos amigos ahora. No. Incluso, ellos lo definieron como vecinos. Somos vecinos. Ahora depende más que todo de Estados Unidos, no tanto de Cuba, porque Cuba siempre ha actuado de manera honesta y transparente. Nosotros somos así y no hemos cambiado un ápice. Nosotros seguimos siendo internacionalistas, proletarios, y seguimos pensando que el socialismo es la mejor opción. Depende mucho de Estados Unidos, si vamos a ser buenos vecinos o malos vecinos. Pienso que la administración de Obama tiene buenas intenciones para que seamos los vecinos más aceptablemente positivos. Lo primero es quitar el Bloqueo, eso es una política de guerra fría que hace muchísimo tiempo debió haber sido destruida.

¿Cómo llevas esta vida tan dinámica ahora?

A veces tengo ganas de sentarme en el malecón y no puedo. Lo que más quiero es sentarme un día en el Malecón, a las tres de la madrugada. Siempre termino el día muy cansado, son muchas actividades. Hemos tenido que ajustarnos. Hace un año atrás nosotros estábamos presos y la vida de la prisión es muy monótona, lenta. Aquí no, obviamente la vida en la calle es rápida. Entonces, estas aquí y ahora mismo te dicen que tienes una actividad en media hora, tienes una fiesta o una comida con tu familia, el cumpleaños de una niña, algún aniversario. Son las cosas normales de la libertad, pero al principio nos chocaba porque teníamos un ritmo diferente de vida, pero poco a poco uno se acostumbra.

Ya en libertad, ¿cuáles han sido los momentos más importantes?

El momento más importante de todos fue el encuentro con el Comandante. Eso fue un sueño hecho realidad. Después de eso nosotros cinco nos sentimos más completos. Seres humanos más felices en ese sentido, porque cumplimos esa parte bonita de la historia.

Antes había visto de cerca a Fidel, pero conversar con él, eso nunca. Uno siempre tiene el sueño de que eso pase, en algún momento, reunirte con él, verlo de cerca, hablarle.

Lo que más me impresionó es la humildad y la forma afable de tratarnos. Él estaba loco por hacernos sentir bien, todo el tiempo, y nos trató como a sus hijos. Y así nos sentimos nosotros, hijos de Fidel. De él fue de quien recibimos todas las enseñanzas, quizás hasta el verbo, la forma de pensar, incluso si algún día llegara el momento de dirigir, es de él de quien tenemos que seguir aprendiendo.

La primera pregunta que nos hizo fue que si en la cárcel había mosquitos. Él empezó a hacernos la historia de cuando cayó preso en Isla de Pinos, en el Presidio Modelo, y que aquello estaba en malas condiciones. Después compartió con nosotros sus ideas de cómo mejorar la economía del país, cómo mejorar nuestro socialismo. Habló de política internacional, de todo lo que estaba pasando con la Unión Soviética, del deshielo y los cambios climáticos, cómo alimentar a la población que dentro de unos años será una población inmensa.

Hubo un momento en que Gerardo quería entregarle un sellito de los Cinco al Comandante y quería tener la oportunidad de ponérselo en el pecho. Le pidió permiso a la esposa, Dalia, pero cuando fue a ponérselo, no sabemos en qué momento, Tony se lo quita y se lo pone él. Eso gesto impulsivo de Tony le valió luego una broma cuando, ya de regreso René dice: «Bueno, caballeros, mañana el titular del periódico Granma será Comandante en Jefe se reúne con Antonio Guerrero y sus cuatro hermanos».

Broma y aparte, los Cinco tuvimos un momento para compartir con él y dialogar. Estuvimos como cinco horas con él. Nos pusimos de acuerdo para irnos y nos levantamos a la misma vez. Le dijimos que debía descansar. Fidel nos miró y nos dijo: «¿Y ustedes por qué se van? No se vayan tan pronto». Pero nos daba pena porque él debía descansar.

Después que nos despedimos, viré para atrás y le pregunté: «¿en qué usted cree que nosotros cinco podemos ser más útiles?» Me respondió: «sean científicos». Aquella tarde también recalcó lo importante de utilizar todo el reconocimiento político que nosotros teníamos en bien de nuestro pueblo. Nos dijo: «hablen, conversen, lo que hemos estado haciendo, vayan a los lugares a hablar de Cuba, expliquen las cosas, trasladen nuestras ideas y experiencias».

Otra experiencia fue escalar el Pico Turquino, por el reto y por el simbolismo de encontrarnos con Martí en las nubes. Ya yo había subido el Pico en 1988 cuando estaba trabajando como oficial legal en Cuba. Subí por Santiago. Esta vez nunca dudé que iba a subirlo. Hubo un grupo de compañeros muy buenos que me ayudaron mucho. Subí con el alma, pero nunca dudé y siempre echaba para adelante.

Tenía esa deuda con mis hermanos. Cuando estábamos en el hueco, en Miami, en medio de todo el desastre de acusaciones, pensamos en subir el Turquino. El optimismo nunca lo perdimos. Ser optimista es un arma de combate en esas circunstancias. Y cuando yo lo dije, aquello se convirtió en una meta para nosotros.

Dijimos que cuando regresáramos subiríamos y después, nuestras hijas también insistieron en la idea. Para mí fue duro, fue un esfuerzo físico extraordinario, pero cuando uno tiene la voluntad de hacer las cosas las hace.

Una última pero inevitable pregunta tendría que ver con la humildad que caracteriza a cada uno de los Cinco…

Sí. Nosotros somos cinco naturales. Somos como somos. Y somos así porque tenemos un origen humilde y somos hijos de este pueblo, de un pueblo humilde, honesto, trabajador y sacrificado. En esta historia los héroes no somos nosotros, el héroe es nuestro pueblo. Nosotros, si acaso, somos una parte de ese pueblo. La Revolución cubana nos dio la oportunidad de estar ahí y cumplir con ella. Ahora, con independencia del reconocimiento y el cariño que el pueblo nos da, tenemos un acuerdo interno entre los Cinco, y es llamarnos a contar. Es un acuerdo entre revolucionarios. Si por alguna razón nos vemos fallando en algo, inmediatamente entre nosotros nos llamamos la atención. Eso forma parte de la filosofía nuestra, de los Cinco. Nunca podemos fallar, ni a esta Revolución, ni a su gente.

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Evocación

Aleida MarchPor Karen Alonso

Evocación es un capítulo perdido en la vida del Che Guevara. Quienes tenemos la suerte de conocerlo, desde nuestros primeros pasos como pioneros y pioneras, sabemos que al gritar firmemente ¡seremos como el Che!, nos referimos al luchador, al guerrillero, al internacionalista, al comunista. Adjetivos son los que le sobran a una figura que no puede ser encadenada a ninguno. Sin embargo, la curiosidad por el héroe despierta interrogantes de su vida personal que no por privada deja de pertenecer a un pueblo latinoamericano que aún lo extraña.

Pienso que por esa misma razón Aleida March “desgrana sus recuerdos” en un libro que debió costarle mucho esfuerzo escribir. Como ella misma reconoce, no tiene ninguna vocación de escritora con lo que se deduce el acto supremo que significó compartir recuerdos muy preciados de mujer y de esposa.

Siempre he pensado que para hablar o escribir de algo: un suceso, una persona, un libro; resulta esencial pensar en la emoción de la sensación primera. Entonces, es imposible no recordar el efecto de las remembranzas de Aleida cuando, hace varios años, leí Evocación.

Esta singular mujer cuenta, de manera sencilla, la formación de su personalidad como base para el entendimiento de un camino que la llevó a involucrarse de lleno en la lucha revolucionaria de la Cuba de mediados de siglo. El surgimiento de la combatiente tiene lugar con el ingreso al Movimiento 26 de Julio. De esta manera en el libro se describen sucesos históricos que marcaron el devenir de un país y varias generaciones. Contados por boca de una luchadora clandestina primero y guerrillera después los relatos se sienten en carne propia: el fallido alzamiento del 5 de septiembre, la huelga del 9 de abril.

Esos primeros pasajes del libro son un preludio necesario para contar acerca del primer encuentro con el Che. Al llegar a este punto, Evocación parece una novela cargada de romanticismo, sincero y militante. Un relato de amor y de combate que comenzó con la frase “vamos a tirar unos tiritos conmigo” y la invitación a subir a un jeep de donde, como bien dijera la autora, no volvería a bajar. El inicio de una historia en común…

El médico argentino, comunista, Comandante del Ejército Rebelde Che Guevara poseía un aura especial. Dotado de inteligencia, don de mando y seguridad inspiraba un profundo respeto entre una tropa de la que también formó parte Aleida. Según cuenta, tales capacidades hicieron crecer una admiración que trascendió las incipientes relaciones afectivas que surgían en medio de reflexiones táctico-estratégicas.

Encontrar al Che, más hombre que héroe, irremediablemente nos cautiva. Sentirlo, siempre a través de los ojos, recuerdos y palabras de Aleida, no deja de ser un precioso regalo. Particulares sensaciones produce saber a un Ernesto Guevara lleno de poesía pues para él era “una de las formas más hermosas de expresarse”.

evocacionEl libro nos deja deseando más, podemos descubrirnos queriendo conocer y apropiarnos de los silenciosos pasos del Che ante la “fortaleza tomada”. Es entonces cuando se cae en la cuenta, por lo menos así me sucedió, que el libro no puede sino sugerir ciertos pasajes que justamente por esa sutil insinuación se vuelven tan preciados y una y mil veces imaginados.

A pesar de que Evocación es un libro sobre el Che, es Aleida March la protagonista. Su decisión de compartir detalles no descubre solo a Ernesto Guevara, sino también a ella. Este es otro obsequio recogido en doscientas páginas que permite una lectura crítica de momentos cotidianos no exentos de incomprensiones.

Vivir con un hombre de la talla del guerrillero heroico debió significar, y así se entiende en el texto, un profundo crecimiento personal. Unido a ello estaba la creciente responsabilidad con un proyecto socio-político de dimensiones nacionales, que rozaba las continentales, en el cual muchas veces la participación como pareja podía ser interpretada como favoritismo. Fue por ello que Aleida aprendió desde los inicios de su matrimonio a no acompañar a su esposo en cada viaje de trabajo, a pesar de ser su secretaria personal.

Las lecciones de la vida conyugal en ocasiones fueron fuertes, como la vez que debió enfrentarse a un legrado sola porque la popularidad del Che le impedía aparecer en lugares públicos sin ser abordado por multitudes; o los celos que tuvo que enfrentar para seguir compartiendo una vida juntos.

Debo decir que me identifico muchísimo con Aleida. Puedo entender casi todos sus conflictos, sus celos, sus inseguridades. Admiro la forma en que actuó luego de la muerte de su esposo, la forma en la que aún actúa. Entiendo que tuvo que pasar por momentos muy difíciles y creo que, a pesar de ello, supo estar a la altura.

La respeto, no solo por tener el valor de enamorarse de un símbolo; sino además por la entereza para salir adelante. Si bien es cierto que hizo falta arrojo para luchar en el Congo y en Bolivia, también fue necesario para criar cuatro hijos, para quedarse, para esperar. Yo en su lugar no hubiera sido tan valiente.

Publicado en de Karen Alonso Zayas | Etiquetado , | Deja un comentario

Flores… ¿para quién?

mariposa-cubana-e1427461032242Por Rodolfo Romero Reyes

Camino por las calles de Miramar buscando su dirección. Justo cuando doy con la calle, me tropiezo con un vendedor de flores. Asombrado por mi hallazgo, pues ya no se ven flores en La Habana, al menos en moneda nacional, decido aprovechar y comprar algunas para mi novia.

-Por favor, deme un ramo de mariposas.

Sí, descubrí hace unos años que la flor nacional podía ser un regalo tan lindo como una rosa. Y, teniendo en cuenta que a mi novia la vería unos minutos después, pensé que serían una buena inversión.

Compré mi ramo de mariposas y toqué en casa de mi amigo, donde estaría a lo sumo unos 20 minutos. En ese tiempo ninguna de ellas se marchitaría. Así que no había ningún problema.

Mi amigo abrió la puerta y después del saludo entusiasta y cariñoso de siempre, le aclaré:

-Cada día eres mejor y te admiro más, pero te advierto que estas flores no son para ti.

-Jajaja, tú como siempre tan jodedor- mi dice y cierra la puerta.

Camino delante de él por el pasillo y escucho que dice:

-Mi amor, mira las flores que te trajo el Rodo.

De la última puerta sale su novia. Se alegra de verme y creyendo que las flores eran para ella, después de su efusivo abrazo me da las gracias por el detalle.

Yo, sin decir una palabra, observaba como mi regalo se escabullía sin poder hacer nada. A estas alturas todos creían que las flores eran para ella.

Entonces, ella me pregunta:

-Ahora, hablando en serio: ¿las flores son para mí o para tu novia?

Y en ese instante perdí la oportunidad de echar todo para atrás y solucionar el conflicto. Pudo más la pena que tenía, que la necesidad imperiosa de sorprender a mi chica.

-Sí, son para ti.

-Tú como siempre, tan detallista. Ojalá todos tus amigos fueran así- le dijo al novio y puso las flores en un bucaro.

-Rodolfo nunca ha sido detallista. Esas flores seguro que eran para la novia y ahora, con toda la alegría que te han dado, le da pena decirte la verdad. Tú verás que por tu culpa, alguien hoy se queda sin regalo- dijo mi amigo, creyendo que todas sus palabras era broma.

«Si supieras», pensé.

Ella fue hasta la cocina para hacernos un poquito de café.

-Oye, mi hermano, en serio, lindo detalle. Más hoy que está feliz porque ayer nos confirmaron que está embarazada. Tiene pocas semanas, pero llevábamos meses intentándolo.

Lo felicité y lo abracé. Después de su confesión no tenía duda alguna de que ese era el mejor lugar al que podían ir a parar aquellas mariposas.

Después del café me fui. Ellos me despidieron y ella otra vez, me dio las gracias.

Media hora después llegué a mi cita. Era un 24 de octubre, nunca se me olvidará porque cumplíamos nuestro primer mes ese día. Ella con ese vestido tan lindo parada en la esquina y yo… con mis manos vacías. La miré fijamente y le dije:

-Te tengo un regalo pero tienes que escoger entre un ramo de mariposas y un cuento que te hará morirte de la risa.

Por suerte, escogió el cuento y afortunamente pasó toda la tarde riéndose a mi lado.

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El 2016

Por Eduardo Antonio Estrada (colaboración)

El 2015 fue nuestro año, sin discusión alguna. Tú, rompiste tus rutinas, saltaste algunas cercas y tocaste el sol; tanto fue así que te quemaste los dedos. Yo, descubrí tu mirada, me aferré a tus labios y alteré todos mis tiempos; por tu culpa mi reloj ahora no entiende qué es amar.

El año 2016 iba a ser mejor: planes, ahorros, casa nueva, vacaciones, tú y yo, bien lejos de la gente, de las incomprensiones, de la dura y aplastante realidad. Sin embargo, te retiras, con tus razones que no comparto pero entiendo. Ahora te alejas y te sumerges en tus proyectos, en tu no_soledad, en tus nuevos amores. Te vas y lloras. Yo me quedo aquí, sin poder llorar. Entonces este año que prometía intensidades, se convierte en la suma de doce meses fríos y tranquilos que pasarán y, quizás con suerte, omitirán septiembre, para no tener que derramar más lágrimas.

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Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 31.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 11 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

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Previously… al servicio militar en Cuba

La-emboscadaPor Nemo

El primer día nunca cuenta porque es el de las presentaciones. Todos son extraños que compartirán juntos por más de un mes experiencias de todo tipo. En horas de la tarde recibirán el uniforme ancho y las inmensas botas; ninguna talla quedará a la medida. Esa primera noche siempre habrá quien se acueste pasadas las doce, tratando de ajustar lo inajustable con el hilo y la aguja que los precavidos papás y mamás aconsejaron llevar.

Por fin un silencio reina y pasadas unas horas, los «jóvenes rebeldes» asumirán «grandes responsabilidades» tras el primer DE-PIE. Desde ese día una única voz estará imantada a sus uniformes, y cuando aquella voz diga: «Ciiiiiiiiiincuuuuuueeeennnnta y dos!!!!!», deberán ir corriendo a formar un cuadro casi perfecto. Sí, ese es el número de la compañía: 52. Aún cuando pasen 10 años, ninguno de los entonces reclutas podrá olvidarlo.

La respuesta ante la voz líder funcionará como el silencio en la formación. Es algo perfecto, limado con 20 cuclillas y 30 planchas. Comenzarán las marchas, las clases teóricas y los jóvenes cambiarán sus nombres para convertirse en apellidos. Pronto tendrán jefe de compañía, uno de ellos mismos, pero más alto y más fuerte que la mayoría. Quizás le apoden: Pechote.

Llegarán al comedor y no se sentarán o tomarán la cuchara entre sus manos hasta que la voz no indique: ¡Efectúen!

Los coritos en las marchas serán uno de los rituales, así como los «pases de revista». Todos tendrán lemas, consignas que repetirán hasta que escuchen la frase más importante del día: ¡Rompan filas!

De vez en cuando habrá recreación. ¡Tiempo divino! Sólo similar a los recesos después de almuerzo y de comida. Es el momento de compartir ideas, chistes y meriendas (más chistes que meriendas).

Comenzarán entonces las preguntas tontas y las justificaciones por problemas de salud. Los dolores en el «coseno del pie» y las «contracciones trigonométricas» en la espalda, se sumarán a las alergias a la tierra, al aire, al agua y hasta a la tela verde.

Pero todos los rostros se volverán expresiones de incertidumbre cuando les anuncien el destino de las próximas jornadas. Se irán a dormir con preocupación, cuando sepan que mañana se irán al monte, a emboscarse entre matorrales, a caminar kilómetros bajo la noche o a imaginarse que están en la guerra. Llegarán al campamento y con el AK-M al hombro comenzarán a marchar. En breves minutos empezará el mayor aguacero del mes de mayo. El agua invadirá cada uno de los territorios más íntimos de sus cuerpos. Pobres carnés y billeteras, pobres medias y cigarros.

De regreso al campamento descubrirán que desaparecieron los pozos de tiradores; en su lugar pequeños lagos color naranja los invitarán a un chapuzón. El suboficial los detendrá justo enfrente de los huecos anaranjados y pronunciará una frase a la que los jóvenes desde hace mucho responden de manera automática: ¡Tenderse!

Entonces si no habrá salvación, lo que no se había mojado, se empapará sin avisar… Así terminará la primera «misión combativa».

Con el transcurso de los días conocerán nuevas formas de imponer disciplina militar. «El canguro», «la pantera», «el cangrejo» y un sin número de animales se sumarán al más temido de los ejercicios: «el llamado del Diablo». Ninguno antes lo habrá oído mentar, pero ese nombre nunca se les olvidará. En el «llamado del Diablo», el castigado deberá ponerse en posición de planchas, pero usando los codos en vez de las manos, estará varios minutos mientras supuestamente y en alta voz conversa con el tal Diablo y le cuenta por qué lo castigaron y le promete que nunca más lo volverá hacer.

Bienaventurados aquellos pocos que nunca se toparán con tan peculiar castigo.

En las noches se interrumpirán los sueños de estar en casa almorzando lo que cocinan las abuelas, por la pesadilla de una campana que indicará la Alarma de Combate. Pronto nadie criticará a los que prefieren dormir con el uniforme y serán más frecuentes las llegadas tarde a la formación.

También disfrutarán las jornadas de tiro, -¡con balas de verdad!-, como exclamará el más incrédulo de los muchachos. Los cuentos de aquellos militares que estuvieron en Angola y Etiopía, que integraron batallones y comandos antiterroristas, los acompañarán en cada receso. Se volverán cómplices de sus anécdotas, de sueños nunca antes confesados y de sus silencios sin interpretación. Se sentirán parte de esa gran familia de militares que odian y admiran al mismo tiempo, sin poder explicarlo.

Por fin llegará el último día. ¡Sobrevivimos!, dirán sin creerlo del todo. Las cuclillas, las marchas y los castigos solo serán la materia prima de los heroicos cuentos que les narrarán a sus novias durante los años de universidad. Al final, es verdad que la «previa» no mata a nadie, pero es una tortura de la que casi nadie logrará escapar.

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Hogar

Pos de KmiloPor Kmilo Santiesteban

He decidido que voy a regresar, la carretera me va dejando sólo.

Mi sombrero está hecho tiras y ya no me guarece, además hace rato que camino sin alimento alguno.

A lo lejos se ve un giro, pero ya mis pasos son muy cortos. Llevo dándome bríos más tiempo de lo que puedo solventarlos. Ahora sudo de nuevo.

No sé a quién le hablo. A mi derecha nada más hay hierba rala, a mi izquierda la belleza y mortalidad. Atrás, lo que dejé por voluntad propia. Delante no sé.

¿Alucino? Igual creo que si lo hago mi locura podría hacerme compañía. No es que se sienta bien uno como demente, es que no sientes, ni siquiera estás. El tiempo y la distancia se han quedado antes, quizás escritos en los papelitos que boté hace muchas lunas.

Voy a intentar regresar, pero si no logro verte, cuando tú lo hagas, revisa el bolsillo de mi camisa y te cuento.

PD: Vive.

Publicado en Cuentos, de Camilo Santiesteban Torres | Etiquetado | 2 comentarios