El congreso de los precios

Por Nemo

Tomado de revista Alma Mater

Los precios decidieron efectuar su 10mo. Congreso. La historia de estos cónclaves inició en 1902. La nueva «República» creó un clima propicio para que se reunieran de vez en vez; era también la forma de protegerse ante normas que pretendían dictarse desde afuera.

Cada década, celebraban su cita gremial. Allí discutían los problemas de su organización, analizaban los años transcurridos y se proponían metas para el próximo periodo. Ellos, entre los distintos integrantes de la sociedad, debían comportarse con mesura, ya que su inestabilidad afectaba seriamente la vida de hombres y mujeres.

Desde el 9no. encuentro, celebrado en 1994, la agrupación parecía haberse desintegrado. Muchos culparon de aquella fragmentación al precio del ron y del cigarro. Este último, en un ataque de rabia, había decidido subir a 120 pesos sin previa consulta con la hermandad, y fue sancionado por tal indisciplina. Desde aquel momento desagradable, el clima de tensión reinante pospuso indefinidamente la celebración de estas reuniones.

La magna asamblea se celebró este 2019 en la capital habanera —ciudad escogida como sede del evento por sus 500 años y por ser el lugar de todo el país con las tasaciones más dispares—. Para integrar la comisión organizadora, fueron seleccionados los precios de la bodega, teniendo en cuenta su modestia, sencillez, humanismo y, sobre todo, por la estabilidad mostrada al menos en los últimos tiempos.

«Es un privilegio reunirnos después de un cuarto de siglo sin vernos las caras, más allá de coincidir en algunas tablillas informales», dijo el precio del pan de la bodega en las palabras inaugurales del evento.

Quizás por el tiempo que llevaban sin congregarse, el análisis fue bastante intenso y sin paternalismos. Las cotizaciones de las casas y los autos recibieron fuertes críticas de todos los asistentes, y aunque en su defensa salió el precio de los hoteles —alegando que la culpa no era de ellos, sino de procesos especulativos, normas burocráticas, el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos y el impacto de la economía extranjera en el país—, la inmensa mayoría de los asistentes se mantuvo firme en sus pronunciamientos.

El análisis con las tarifas de los «boteros» y el importe de los turnos para acceder a las solicitudes de visa en algunas embajadas tuvo un matiz diferente. En un ambiente bien acalorado, se valoró incluso la expulsión de la organización, por considerarlos inhumanos y sin fundamento alguno.

La cuantía del granizado quedó disponible de la responsabilidad que ocupaba al frente de la comisión de líquidos, en tanto se consideró incorrecta su actitud de, aun sabiendo de toda la vida que equivalía a un peso en cup, decidió sin consultar con nadie establecerse dos pesos más por encima de su valor real. Este hecho hizo reflexionar el saldo del cucurucho de maní, quien dijo: «esta lamentable situación debe servirnos de experiencia a todos».

Sospechosamente no asistió a la cita el coste de los juguetes infantiles. Tampoco lo hicieron el de la langosta, los camarones, y otros codiciados productos del mar.

No todos fueron momentos incómodos. Recibió un diploma el precio de las guaguas —de 40 centavos— porque aún cuando en el sector de transporte otros vehículos similares han subido indistintamente, este ha mantenido un comportamiento estable durante años.

La junta culminó con la convocatoria al 11no. cónclave, a celebrarse en abril de 2029, y con la elección del nuevo presidente de la organización. Para este puesto fue seleccionado el precio del cuc quien, a pesar de las debacles de la economía nacional, su precaria salud, incluso, la certeza de su pronta desaparición, se ha mantenido estable, dando el paso al frente, manteniendo a raya al precio de monedas extranjeras, y manifestando buenas relaciones con sus otros compañeros, al punto de considerarse indispensable para el establecimiento de otros valores en nuestra sociedad.

 

 

PD. Al cierre de esta nota supimos que el precio de la carne de puerco ha sido expulsado de la organización. Por sus recientes inestabilidades, el compañero fue depuesto de su cargo y en estos momentos es sometido a investigación por parte de las autoridades correspondientes.

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La bandera «asesina»

Por Nemo

Los más jóvenes teníamos 25 años y los otros no pasaban de los 36. Estábamos en aquel teatro, por haber sido escogidos entre muchos dispuestos para cumplir la tarea.

Por esos días las llamas del patriotismo se habían avivado en muchos de nuestros corazones, aunque la frase parezca cursi o un tanto épica.  Se cumplía un aniversario de uno de los hechos más trascendentales de la historia reciente: la victoria de cubanas y cubanos contra la invasión mercenaria por Playa Girón.

Se organizaba un desfile y habíamos sido seleccionados para una acción que no requería tanto esfuerzo personal, o al menos eso pensábamos.

Cerca de donde se desarrollarían los acontecimientos, tres altos edificios desafiaban el paisaje. En los minutos finales del acto, debíamos subir casi 15 pisos hasta la azotea. Allí ondearíamos unas banderas de unos 2 metros de largo, sujetadas por unas varas de madera de unos 2,5 metros de alto.

Éramos alrededor de 100 muchachos. Desde abajo sería todo un espectáculo: un mar de banderas. «Es algo sencillo», decíamos mientras esperábamos en aquellas butacas rojas. Fue entonces que apareció un «político» a explicarnos nuestras funciones.

Antes de continuar la narración, debo aclarar que respeto mucho a los «políticos»; incluso yo, en mis tiempos del pre, desempeñé dicha función. Aunque a veces en el servicio militar son víctimas de burlas y acusados de «solamente dar muela»; su rol es determinante. En una guerra —como también en tiempos de paz— no se trata solo de cumplir misiones; alguien debe explicar, motivar, argumentar el trasfondo ideológico de lo que hacemos; conmover a las personas; ocuparse de aspectos más subjetivos que a veces los jefes pasan por alto; animar a la vanguardia; pensar en quienes conviven con él y ser un puente necesario para satisfacer las necesidades de la gente.

Ahora bien, al desempeñar esa función uno debe tener siempre presente las palabras que utiliza, porque una frase mal hilvana puede ser contraproducente o desencadenar la carcajada en el auditorio. Aquel día entró el «político» al teatro, y luego de destacar lo importante de la actividad político-cultural, hizo énfasis en detalles estratégicos: no podíamos usar los elevadores pues las varas de madera eran muy altas, debíamos subir en silencio por las escaleras y ondear las banderas con fuerza.

«Pero ojo —alertó—, deben tener cuidado. Siempre en los desfiles se cuelga una bandera gigante de cada uno de los edificios que es amarrada con unas sogas muy fuertes. Durante varias décadas, estos amarres solo se han zafado en una ocasión. Aquella vez el viento hizo que la bandera subiera hasta la azotea, tumbando todo lo que encontraba a su paso»; el político hizo una pausa y notó que la premonición del peligro había captado la atención del auditorio.

«Si esto pasara, en el instante en que ustedes están arriba, tienen que tirarse al suelo. Y esperar a que el viento o los compañeros de seguridad bajen la bandera. Tienen que estar muy atentos; no puede suceder que la bandera enrede a uno de ustedes, sople fuerte el viento y los lance para abajo. Eso desluciría la actividad…» —y dándose cuenta inmediatamente de lo mal que se escucharon sus últimas palabras, enfatizó: «…y pondría en peligro sus vidas, que para nosotros sería lo más lamentable».

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Romance público y telefónico

Después de forzar mis neuronas, el papel en blanco me agobia. Las musas se esconden; mi única esperanza es hablar con ella. Me pongo el pulóver que descansa en la silla del cuarto y salgo para la calle.

Desde la esquina observo que, para mi sorpresa, no hay nadie usando el teléfono público de mi barrio. Apresuro el paso, con la única motivación de escuchar la voz de Patricia. Me invade la frustración cuando una pelirroja se adelanta y descuelga, cuando apenas me faltaban tres metros.

Cuento hasta diez. Si en vez de ella hubiese sido Fela, tendría que haber renunciado a mis aspiraciones, porque sus llamadas a oriente son legendarias; si te atreves a decir algo, arma un escándalo y no suelta el cable ni aunque le den candela. Por suerte, la pelirroja habla rápido. No vale la pena ser pesimista. “Hace falta que el teléfono no se llene de medios”; “¿entrará en su estado de llamadas de emergencia?”. Pienso positivo, pero tampoco, la muchacha no termina, tampoco habla, espera.

Preguntó por Raúl. Es bombero. “Quizás le dicen que no fue a trabajar”. Habla la pelirroja. Sí, Raúl está. Es él quien conversa del otro lado de la línea. ¡Sorpresa! Se cae la llamada. “¿Repetirá?”. Desiste. Tomo el auricular y marco rápidamente con la esperanza de que no esté ocupado. Timbre.

—Por favor, me pudiera poner con Patricia.

—Oigo—, voz angelical.

—¿Eres el ultimo para el teléfono?

—Sí, señora, soy yo. Soy yo, Patri… Te llamé para decirte…

“Para decirte que necesitaba oír su voz, planear irnos juntos para la playa, conversar de sueños, del Periodismo. En fin, no se puede decir todo eso por teléfono. Justo detrás tengo a la persona más chismosa de Guanabacoa, y esas cosas, cuando son honestas, hay que decirlas con cierta privacidad. Además, no es una, ya son tres personas.

—Patri…

—¡Ño, le zumba! La gente cree que el teléfono es privado.

—Todavía se va Carlitos y no puedo llamarlo.

“A veces quisiera llamarla a las 3.00 a.m. Yo lo haría, pero Patricia a esa hora duerme, como la gente normal”.

—Asere, termina, que lo mío es urgente—, dice el tercero en la cola, con leve dosis de aguaje.

En contra de mi voluntad tengo que despedirme. Antes, cuando usaba pesetas, un tono cómico anunciaba el fin de la llamada y eso me servía de justificación perfecta. “Patri, se va a caer la llamada, te quiero mucho, chao”. Y la última frase jamás llegaba a su destino, solo servía para desahogar mi corazón, sin que ella se diese por enterado. Ahora, con las tarjetas propias, la frase de despedida es otra.

—Bueno, te dejo porque hay cola en el teléfono.

Así, sin más, sin poesías, sin sueños.

Camino a mi casa, insatisfecho. Su voz ha sido suficiente inspiración para un par de cuentos. ¿Llegaré a ser escritor? Quizás. El día en que en lo más oscuro de estos lugares marginados, aquí “donde las aguas son más salobres”, alguien se apiade de nosotros y, por fin, en mi casa, instalen un teléfono.

 

Nota. En febrero de 2013 en mi casa pusieron el teléfono fijo. Tenía yo 25 años.

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Humberto

Por Rodolfo Romero Reyes

Tomado de Alma Mater.

Controlador siempre: te llamaba al celular y aun cuando fuese para saludarte, utilizaba la frase: «¿Y tú, dónde estás?». Trabajador insaciable: no respetaba su horario laboral, llegaba a las 8:00 a.m., se iba a las 10:00 p.m. y, a veces, a las 2:00 a.m. sonaba su celular con alguna inmediata tarea que debía cumplir. Culto y versátil: lo mismo podía ejercer como subdirector de una editorial que dirigir un grupo de talentosos jóvenes diseñadores e informáticos.

Amigo de sus amigos: tomaba ron con Sergio Vitier, pasaba horas hablando de diseño con Kiko, con Caro o con Masvidal, y se iba a casa de Ernesto, el artesano, en su cumpleaños, y ponía 15 veces seguidas, desde una vieja grabadora, a la una de la mañana y cuando ya no quedábamos casi nadie en la fiesta, la misma canción que se sabía de memoria: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón».

Conquistó, con su forma tan peculiar de ser, el amor de Dulce —su comprensiva y sacrificada esposa—, de sus tres hijos Gabriel, Silvita y Humbertico, y de dos o tres más vástagos adoptivos a quienes nos acogió desde su puesto de trabajo.

Aunque era exigente y peleaba como solo él sabía hacerlo, lo recuerdo como «un tipo jodedor y audaz». Por eso he querido escribir, en esta sección, algunos de los momentos más simpáticos que viví junto a él.

Humbe se oponía a las cosas ilógicas: «¿Cómo vas a nombrar algo por lo que no es? —me decía—: cooperativa no agropecuaria, eso es un disparate»; y protestaba por el tan obvio cartel que desde la esquina de su casa identificaba: «Farmacia, turno normal».

Un día, durante una fiesta del trabajo, me jugó una mala pasada, nunca sabré si a propósito o no. Me brindó unos pastelitos de coco que habían en una jaba de nylon. Estaban tan ricos que les ofrecí al resto de los asistentes, incluyendo a un mulatón fuerte que llevaba a su hijo cargado. Recuerdo que me dijo con cara de pocos amigos: «No, gracias, dale uno al niño». Después de la primera ronda, volví por los pasteles y ya no estaban. Le pregunté a Humberto y me explicó que los pasteles no eran para la fiesta, sino que los había comprado el mulato para su casa y yo, de fresco, los estaba repartiendo.

Pero el cuento que más nos hacía reír a ambos, transcurrió en una reunión mientras se aprobaba la próxima edición de la revista en la que los dos trabajábamos. Uno de los artículos versaba sobre el control interno, y en portadilla aparecía entrevistada una gerente, cuya foto había tomado el propio Humberto, quien además era un apasionado de la fotografía.

El debate no giró en torno a la foto —no muy buena, en verdad—, sino al dibujo de un avestruz que el diseñador había colocado al lado de una frase martiana en la que se decía algo relacionado con enfrentar los problemas y no agachar la cabeza.

Un miembro del consejo editorial le hizo la guerra al pobre animal, alegando la poca seriedad que implicaba colocarlo al lado de las palabras del Apóstol. La persona que dirigía la reunión trató de hacerle entender que aquel era un recurso gráfico distinto, le habló de los públicos jóvenes y de los «nuevos códigos» en materia de comunicación.

Casi al finalizar la reunión el hombre insistió en el tema. El dirigente, que ya había perdido la paciencia, le dio una respuesta que arrancó la carcajada de todos los presentes. Tomó la revista en su mano, mostró la portadilla con el artículo de control interno y mirando cómplicemente a Humberto, ripostó:

—Fulano, ¿tú no has visto la cara que tiene la gerente? Dale un chance al avestruz.

 

 

Posdata: A la memoria de Humberto Rodríguez, jefe padre y amigo que ganó muchas batallas, excepto las heridas en sus pulmones que durante años le propinó su incontenible hábito de fumar. Esta es una crónica postergada desde el 23 de agosto de 2018.

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Consignas y frases revolucionarias

Cuba ha sido un país de consignas legendarias. «El 23 se rompe el corojo»; «es un asno con garras»; o «aquí no se rinde nadie, coj…», bastan para que cualquier lector nacido en Cuba o simpatizante de nuestra historia Patria pueda ubicar las frases en contexto histórico y fácilmente colocarlas en las guerras de independencia, la lucha contra Machado o el combate en Alegría de Pío entre los expedicionarios del Granma y el ejército del dictador Fulgencio Batista.

Muchos de nuestros dirigentes políticos han dejado citas imborrables en la memoria colectiva. Fidel, por ejemplo, cuando le preguntó al Héroe de Yaguajay: «¿Voy bien, Camilo?».

El propio Camilo, cuando inmortalizó los versos de Bonifacio Byrne hasta convertirlos en consigna de las multitudes: «…nuestros muertos, alzando los brazos, la sabrán defender todavía».

Y el Che Guevara, quien nos legó la sentencia de que: «no se puede confiar en el imperialismo pero, ni tantico así», o frases muy populares como «Camilo, aquí está el Che» y «esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar».

El pueblo las ha hecho suyas y, además, con esa sabiduría popular ha incorporado otras consignas y coros que se han traspasado de generación en generación. Algunos evidencian la reafirmación revolucionaria: «Si Fidel es comunista, que me apunten en la lista» o «Somos socialistas pa´lante y pa´lante, y al que no le gusta, que tome purgante».

Algunos se ajustaron a un contexto específico, muchas veces criticables, pero que también fueron parte de la historia: «¡La embajada de Perú, se parece a Cayo Cruz!».

Cuando el III Congreso de los Pioneros, teníamos una que decía: «Maestra, los pioneros te queremos, así de grande», y abríamos los brazos simulando, con el gesto, la magnitud de nuestro cariño; pero un día sorprendimos a uno de nuestros colegas más mediáticos durante aquellos días de Batalla de Ideas cuando a modo de broma, le dijimos: «¡Fulanito, tus amigos te queremos, así de lejos!».

Siempre la música ha sido un ingrediente esencial: «Ae, ae, ae, la chambelona, el yanqui no tiene madre porque lo parió una mona».

En el 2003, desfilamos frente a la entonces Oficina de Intereses un grupo de estudiantes de la FEEM y la FEU cantando a ritmo de conga: «¡Bush, fascista! No hay agresión que nuestra Cuba no resista, ¡fascista!».

Durante el Servicio Militar el más popular era: «¿Quién tiene miedo aquí? Nadie. Y el que tenga miedo, que se compre un perro».

Cuando aquello, muchos no podíamos desprendernos de las lógicas patriarcales y machistas: «Solo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie». Y también el doble sentido, ha hecho de las suyas.

En la época que los profes Laura Domínguez y Manuel Calviño estudiaban Psicología, durante una de las jornadas de la Campaña de Frío, cuando se iban a la recogida de tubérculos, una de las consignas estudiantiles arrebató la carcajada del colectivo y la ira de los jefes del campamento, cuando empezaron a corear: «¡La Papa ayuda!»; «¡La Papa ayuda!».

Dice el profe Calviño que incluso propusieron ese nombre para un boletín de la facultad y la iniciativa fue rotundamente denegada. Por eso, a nadie debe extrañar que, hace unos meses atrás, cuando toda Cuba y parte del mundo realizaban la campaña comunicativa en contra del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos contra Cuba, uno de los carteles publicados en Facebook, alcanzara las 14 576 personas, tuviese 3 261 interacciones y fuese compartido 158 veces: «Pa´los que imponen el bloqueo y pa´toda su banda: ¡Bajanda!»

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La Papilla

Por Rodolfo Romero Reyes

Plena campaña de frío en un campamento de Güines de cuyo nombre no puedo acordarme. Cumplíamos la tarea más difícil de aquel primer año orientada por la FEU: ir al campo. Para algunos supuso una Odisea. Universitarios al fin, hubo derroche de creatividad para justificar a los ausentes: granos en lugares insospechados, alergias recién descubiertas, cordales que esperaron para salir dos días antes de la recogida y un perro que no podía quedarse solo en casa.

En cambio, los que sí asistimos optamos por pasar el tiempo lo mejor posible. Eran los tiempos memorables en que la selección nacional beisbolera asistían al primer clásico mundial y el dúo de Baby Lores e Insurrecto pegaban el hit Caperucita. Los juegos de voleibol en las tardes y los juegos de dominó en el comedor, no nos parecían suficiente entretenimiento. Nos faltaba algo para sentirnos plenos: más risas y más comunicación.

Se nos ocurrió crear una revista, sin muchas pretensiones: dejar nuestras memorias de esos «históricos» quince días. En una lluvia de ideas surgió el nombre: La Papilla, en honor al cotidiano tubérculo.

Aquel primer número incluyó frases disparadas dichas al calor del sol: «Tengo ganas de comer langones y camarosta» o «mi papá es chofer de avión». También publicamos una reseña de lo que alguien bautizó como récord-papa; tiempo que una persona demora en tomar una papa del surco, quitarle la tierra con las manos y echarla al saco; movimiento que pudiera hacerse en segundos, de no existir personas remolonas y que «echa con la cara». Para sorpresa de todos, el récord impuesto por Marianela —un minuto y 32 segundos— fue batido por uno de los dirigentes de la FEU, de nuestra propia facultad, que fue el sábado en visita de «apoyo».

Editamos distintas anécdotas. La gorra de Sucel voló de su cabeza durante el viaje en camión rumbo al surco. Un auto venía detrás, el chófer paró, recogió la gorra, alcanzó al camión y… siguió a toda velocidad, sin devolverla. Este «robo a mano alzada» y otras situaciones graciosas ocuparon las páginas centrales de aquel primer boletín que pudimos imprimir, con la ayuda de la UJC municipal de Güines. Hubo otras historias que nunca publicamos: dos amantes se colaron en la enfermería de noche y, en plena acción sexual, se les cerró la camilla de aluminio; con tremenda pena tuvieron que solicitar ayuda a terceros para destrabarse de aquella trampa mecánica.

De regreso en la universidad, hubo su análisis por la UJC y la dirección de la FEU. No por los contenidos, sino porque «cómo es posible que una revista circule sin nuestra autorización». Después del regaño nos «institucionalizamos». Seguíamos dando chucho, pero nos leía primero el Decano.

Imprimíamos solo dos ejemplares en hojas blancas que pegábamos en el mural y la gente pasaba y leía. Tal fue el fanatismo generado por la publicación que hasta Carlos Alexis, estudiante ciego de Periodismo, obligaba a su lazarillo de turno a pararse a su lado y leerle en voz alta.

Allí aparecían las fotos más cómicas de los Inter-años de Deporte, promocionábamos a nuestros talentos de los festivales de cultura y escribíamos poesías críticas sobre la práctica laboral. Ocho hojas, a veces menos, que volvían la mirada hacia nuestro día-día, con cierta dosis de humor.

Los profes también leían y luego tomaban leves represalias con los autores; pero sobrevivimos. La experiencia con nuestros «censores» también fue buena. El Decano nunca propuso eliminar una línea, ni siquiera aquella vez que publicamos una parodia de «El taxi», de Ricardo Arjona.

Conocíamos de ante mano que el distinguido catedrático acostumbraba a «darle botella» a los estudiantes de la beca que se cruzaba en su camino. Yanet, la flaca de mi aula, sabía exactamente a qué hora él salía y garantizaba su puesto en el carro. Entonces escribimos, a riesgo de una posible censura: «Qué es lo que hace la flaca montando con el Decano, / por lo que veo la flaca le quiere meter mano. / Qué es lo que hace la flaca, de qué tiene ganas, / o acaso está resolviendo dirección pa´ La Habana». El profe sonrió y nos dio el aprobado.

Pocos meses después de graduados, la publicación murió por ley natural. Enterramos el último ejemplar en el jardín de nuestra facultad. Allí reza un improvisado epitafio: «Impresa en papel cartucho, / yace aquí, en tumba sencilla, / la inolvidable Papilla, / que vivió para dar chucho».

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Tremenda descarga

Nemo

Si le llamó la atención el título de este cometario me atrevo a hacer al menos una suposición: usted no tiene total seguridad de qué se va a tratar en las siguientes líneas. Sé que usted sabe lo que significa el adjetivo tremenda: muy grande; puede indicar también algo horrendo o majestuoso (tremendo susto, tremenda «niña») o «tomarse las cosas a la tremenda» cuando alguien exagera en una reacción. Ahora, ¿sabe usted lo que es una descarga? O mejor dicho, imagina a qué tipo de descarga me referiré.

Si vamos al «mataburros» encontramos que la descarga es entendida como: 1) acción o efecto de descargar, aliviar el peso o mercancías de algún transporte cargado; 2) descarga cerrada: fuego artillero que se hace de una vez por un grupo de gente armada; y 3) disparo.

Ahora, en Cuba en el siglo XXI, ampliamos esta lista de significados:

  1. Reprimenda que te da alguien cuando haces algo que no debes: «El profesor me descarga cada vez que no hago la tarea».
  2. Relación amorosa de carácter espontáneo y efímero que se inicia, se desarrolla y se termina en una noche; es muy común entre adolescentes y, en ocasiones, contiene elementos sexuales en su definición.
  3. Acción mediante la cual un grupo de jóvenes privilegiados acceden al contenido disponible en Internet.
  4. Reclamo enérgico y universal de todas las madres y abuelas cuando sus hijos y nietos no hacen los deberes en el hogar.
  5. Encuentro de un grupo de amigos —en época de nuestros padres— que se reunían en una casa para compartir, jugar dominó y tomarse alguna cervecita.
  6. Peña realizada por un conjunto de trovadores —casi siempre los mismos— donde quien protagoniza la descarga invita a sus amigos a descargar.
  7. Programa sabatino de la televisión cubana por el cual deben pasar los artistas, músicos, humoristas y presentadores para poder cumplir con la emulación en el ICRT.
  8. Acción de despachar una mercancía de dudosa procedencia en casa de un tipo de dudosos antecedentes penales: «¿Ya descargaron lo que tú sabes en casa de quien tú sabes?».
  9. Término utilizado para mostrar fanatismo a alguien o gusto por algo específico: «Muchacha/o, ¡cómo te descargo!» o «Le descargo cantidad a esos zapatos».
  10. Extraña adjetivación que junto a sustantivos electrónicos significa ánimo caído: «Tengo las pilas descargadas».
  11. Proceso inevitable que sufren los mejores amigos de los mikis: los celulares. La velocidad de su descarga depende de la cantidad de llamadas contestadas, la alarme de mensajes, la reproducción de música, el Bluetooth, la Wifi, los datos móviles, etc.

En fin, estas son solo algunas acepciones. ¿El título de este comentario? De eso les cuento otro día porque si me paso de las líneas establecidas ya usted saben a quién le van a «descargar pa´ trás».

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