Réquiem por Magaly

Por Nemo

Enero. Cuba. Año 2121

Estamos inmersos en las celebraciones con motivo del centenario de un suceso histórico ocurrido a inicios de la década de los años veinte — del pasado siglo XXI — ,el momento trascendental en que Magaly pasó a ocupar un lugar imborrable en el imaginario popular cubano.

Si Mariana, la de Silvio, quiso ser canción, la Maga en realidad no aspiraba a tanto. Fueron la rueda de la vida, las vicisitudes del destino y los planes previos al suceso de reordenamiento económico los que conspiraron para que esta mujer trascendiera de la forma en que lo hizo.

Según narran los libros de historia moderna, los orígenes del fenómeno Magaly estuvieron en el ambiente urbano gracias al «esfuerzo creativo» de DJ Unic y WowPopy. Sin embargo, sería la impronta de Yomil la que, con su incursión en el remix, volvería viral a la susodicha muchacha, que devino en símbolo de la «mujer duraka».

Su principal y único estribillo (por no decir que prácticamente representa el 80% de la letra de la canción) decía: «Si una puerta se me cierra, otra puerta se me abre. ¡Dura Magaly! ¡Ay, por tu madre!».

Cuentan que por aquellos días en esta isla caribeña, Magaly logró propagarse más que la COVID-19. Algunos investigadores subrayan que la mítica mujer llegó a estar más dura que Durán, lo cual es mucho decir.

El éxito de la Maga estuvo asociado también al auge de las narrativas transmedia. Por eso, aunque su historia inicial transcurría en los marcos estrechísimos de la mencionada canción, otras historias complementarias aparecieron en formatos impresos, audiovisuales e incluso, hipermediales.

La revista Somos Jóvenes publicó un comentario que indagaba en el origen del hit. En tanto, otras publicaciones más faranduleras intentaron, infructuosamente, descubrir la verdadera identidad de la enigmática mujer que había inspirado a los reguetoneros.

Por aquellas semanas en los circuitos de cine, se estrenó la película Retrato de Magaly que, al ser una versión libre del tema musical, narraba las peripecias de una joven campesina que emigraba a la ciudad en busca de mejoras económicas. Su llegada a la capital la llevaba a transitar de alquiler en alquiler, sortear ofertas laborales lo mismo en el ámbito estatal presupuestado que en el sector cuentapropista, y conocer a pintorescos personajes del entorno urbano.

En las redes sociales de Internet fue donde la muchacha alcanzó la cúspide de su ascenso popular. La frase, descontextualizada, servía lo mismo para calificar la postura de determinada funcionaria pública que para cronicar algún suceso del entorno familiar.

Vale aclarar que la dureza de Magaly podía estar relacionada con conceptos diversos: un físico tonificado, una foto con swing, una frase contundente, una persona intransigente o alguien que impone respeto. ¡Dura Magaly! servía lo mismo para elogiar que para insultar (algo similar a lo que ocurrió con la palabra «final», que en ese mismo periodo histórico gozó de múltiples significados).

La Maga condicionó un punto de desencuentro generacional. Una joven de la época dejaba constancia de ello en su perfil de Facebook: «Yo (cantando): Dura Magaly. Mi mamá: ¿quién es Magaly? Yo: No estás lista para esta conversación».

Su estribillo, además, resultó versionado en más de una ocasión en sintonía con la situación epidemiológica del momento: «Cuando una fase se te cierra, otra fase se te abre. ¡Ay, fase 1! ¡Ay, por tu fase!». Además, logró formar parte del argot callejero. Un «Dura, Magaly» en plena avenida servía para resaltar la belleza de una persona, o para opinar sobre determinada situación (como los precios iniciales que, una vez iniciado el reordenamiento, tuvo la heladería Coppelia). También como piropo callejero tuvo gran popularidad; incluso, en su versión reducida; bastaba con decir: ¡Magaly!

Testimonios recogidos en la prensa del momento, afirman que su trascendencia alcanzó incluso matices políticos de tipo contestatario, cuando en una de las vallas de la ciudad en la que se alzaba el mensaje: «La historia será dura con quienes…», alguien dibujó en grafiti: «Perdón, dura es Magaly».

Sin embargo, la fama de Magaly un buen día se esfumó, como le suele suceder a los mitos urbanos. Las nuevas generaciones desconocen que existió una Oficina Secreta; casi nadie recuerda «El palón divino», y son muy pocos los que saben, a ciencia cierta, lo que significaba en aquella época que te acusaran de ser «una canchanfleta».

Por eso hoy develamos esta tarja como digno homenaje a una de las mujeres más durakas de esos tiempos. Y lo hacemos dejando, en mármol impreso, las palabras de otro de sus contemporáneos, capaz de resumir en unos versos, el sentir de toda una nación: «Aunque vivas donde vivas, / en Moscú, en Quito o en Cali, / quien no conoció a Magaly, / no sabe lo que es la vida».

Tomado de revista Alma Mater.

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El abuelo de Marlen

Los finales e inicios de año evocan recuerdos de personas queridas, cercanas, algunas que ya no están en esta tierra. Estas remembranzas traen consigo tristezas, pero también alegrías; como el caso de personas muy singulares, como el abuelo de Marlen.

A pesar de sus años conservaba el mismo espíritu ocurrente de cuando era un niño. Cuentan que en la primaria, en la clase de Matemáticas, escribió en la pizarra como resultado de una resta numérica: tres menos dos igual a… «El Cangri». Por supuesto, el dislate le valió que sus padres se reunieran con la maestra y un consecuente castigo.

Siempre fue más de la calle, del barrio, que de la escuela o de la casa. Montaba chivichana, bailaba el trompo y era el mejor de todos jugando bolas, de hecho, una frase suya en aquellas lides gozó de gran popularidad en la barriada capitalina: «kimba, pa´ que suene».

En su etapa adolescente mataperreaba asiduamente en compañía de otros tres chamacos del barrio, por eso les apodaban: «Los cuatro». Este fue un periodo problemático de su vida, pues la pequeña banda citadina se dedicaba a pintar grafitis en muros y paredes con mensajes estridentes: «Pidiendo el último y pa´ trá» o «Con nosotros no se baila en pulla».

Cuando cumplió 18 años, vino el Servicio Militar a interrumpir, por dos años, aquella vida callejera. Ese tiempo le bastó para que se forjara su carácter y empezara a asumir la vida con mucha más responsabilidad, convencido de que no podía seguir por la vida «a la my love».

De esos tiempos en que había hecho guardia con un fusil AKM colgado del brazo, le quedó la costumbre de leer. Devoraba volúmenes enteros con mucha sagacidad. Así, con el tiempo, se volvió un hombre sabio, tal como yo lo conocí, cuando ya era el abuelo de Marlen.

Narran de su amor con Adelaida, la abuela de mi amiga, que fue algo épico. Él, que le llevaba uno años, la vio por primera vez en una fiesta de esas que hacían en los bajos de su edificio. Desde que se cruzaron las miradas, el deslumbramiento fue mutuo. No hubo necesidad de excesivos flirteos. Se le acercó con aires galantes y le preguntó con voz de locutor: «Menorcita, dime cuál es tu vuelta»; y ella le correspondió con elevada zalamería: «A mí me gustan mayores». Puro romanticismo.

El viejo no caía en los clichés de acusarnos bajo la eterna letanía de que «la juventud estaba perdida». A modo de moraleja, a partir de sus propios aprendizajes, nos restregaba en la cara: «Yo nunca me perdí, ahora fue que me encontré». Además, combatía enérgicamente las superficialidades, y nos alertaba: «En la farándula no hay amor, en la farándula hay maltrato».

Cuando su nieta llegaba de la universidad con notas sobresalientes, no había nadie ese día más feliz en todo el vecindario. Todavía me parece estarlo escuchando cuando, repleto de orgullo, sentenciaba: «la calidad es la calidad».

El día que Marlen publicó su primer artículo periodístico en un medio nacional, a todos les enseñaba el periódico: «Miren, miren, esto es un palo por la cara»; y exclamaba, para que todos lo escucharan: «Ave María, ¡qué riquera!».

Quizás ese entusiasmo, mezclado con el cariño que le profesaba a su familia, era lo que hacía que nunca perdiera los estribos. Por mala que estuviera la situación, se mantenía muy ecuánime: «Total, el cuartico está igualito». Nunca se le escuchó un «bajanda» fuera de todo, ni poner fin a una discusión diciendo: «No me da mi gana americana». Por el contrario, con nosotros siempre fue de trato amable, a pesar de que a mi amiga le gustaba cuquearlo. Cuando lo molestaba, y él quería que lo dejara tranquilo, levantaba la vista del libro que estuviera leyendo y le decía en tono de abuelito comprensivo: «Suéltame, la mía». Y ella se reí, y el abuelo reía, y todos reíamos a carcajada.

Ahora que empieza otro año, y que es inevitable pensar en las personas queridas, pienso en el abuelo de Marlen, tan chévere, tan sabio, tan contemporáneo, lo que se dice un hombre «adelantado» a su tiempo.

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Ecos de un sui generis festival de cine

—sinopsis de los títulos más halagados por la crítica especializada—

La decisión de Sophy. Una mujer atractiva, de unos 40 años y que trabaja en el sector presupuestado, recibe un adelanto salarial de 1 000 pesos. Agobiada por la situación imperante en su ciudad natal, Sophy se debate en si debe emplear este dinero para comprar la canasta familiar normada o guardarlo para pagar la tarifa eléctrica del mes entrante. Su encuentro casual en una fiesta con el joven cobrador de la corriente, constituye el inicio de una afectiva pero tormentosa relación que podría arrojar una solución al conflicto de la protagonista.

La virtual milla verde. El joven y noble John Ceuce es condenado a la pena de muerte tras ser acusado como responsable de la inestabilidad económica reinante en el condado. En la «virtual milla verde», como se le conoce al centro penitenciario, hará amistad con uno de los oficiales al mando quien descubrirá, por azar del destino, la inocencia de preso. No obstante, Ceuce será llevado a la silla eléctrica el 31 de diciembre. El escandalo tras su muerte significará el cierre de la milla verde, y en su lugar se erigirá una tienda en MLC.

Hombre y mujer mirando al sudeste. El filme es considerado como un abanderado en las luchas de género y por una sociedad más equitativa. A diferencia de una propuesta cinematográfica anterior en la que solo el hombre podía mirar en esa dirección, ahora una mujer, personaje que representa al conjunto diverso y plural de muchas mujeres, mira al sudeste como resultado de en un proceso de empoderamiento real y participativo. ¿Qué hay al sudeste? El suspenso se mantiene hasta los minutos finales del filme.

El defecto mariposa. Según reza la teoría, el vuelo de una mariposa en China puede provocar un tsunami en Brasil. Este es el argumento en el que se basan los realizadores de esta comedia dramática que inicia cuando un carretillero sube inconsulta e inhumanamente el precio de la libra de tomates a 80 pesos. La estabilización de ese precio en el mercado, provoca un efecto inmediato: la lechuga, la habichuela, la malanga y la carne de puerco triplican sus precios. A la par se encarecen otros servicios como las peluquerías, los gimnasios y los alquileres de habitaciones por horas. El desenlace tiene lugar a partir de que Josefa, una vieja residente en el barrio de Pogolotti, comienza a vender a sus durofríos a 20 pesos cubanos.

Las profecías de Ananda. Egresada de un preuniversitario y estudiante de medicina, Ananda tiene un grupo de visiones que le adelantan el porvenir. Tras avizorar las victorias de los equipos Las Tunas y Matanzas en sus respectivas series nacionales, el incremento salarial del sector presupuestado en 2019 y la unificación monetaria de 2021, la joven decide dejar sus estudios y dedicarse exclusivamente al arte de la adivinación. Sus avatares comienzan cuando llega a la oficina de la ONAT y solicita sacar una licencia en tan controversial ocupación.

Retrato de Magaly. Una joven campesina emigra a la ciudad en busca de mejoras económicas. Su llegada a la capital la lleva a transitar de alquiler en alquiler, sortear ofertas laborales lo mismo en el ámbito estatal presupuestado que en el sector cuentapropista, y conocer a pintorescos personajes del entorno urbano. Cuando una puerta se le cierra, otra puerta se le abre. ¿Logrará finalmente ser feliz? La película está inspirada en la novela Dura Magaly, obra homónima del escritor finlandés Diyei Unic.

Tomado de revista Alma Mater.

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En el bando de los cheos

Por Nemo

No puedo creer que el diccionario dedique apenas dos líneas para resumir toda la herencia cultural y sabiduría popular que definen a alguien cheo. Para este concepto — en el cual me incluyo — dice el susodicho libraco: «referido a persona, que demuestra mal gusto, especialmente en la forma de vestir». También: «referido a una prenda de vestir o adorno, de mal gusto o fuera de moda».

Aciertan los sacrosantos lingüistas cuando confirman nuestro gusto desfasado en prendas de vestir, pero simplificarlo así me parece un tanto injusto. No es menos cierto que a veces puedes identificar una persona chea a simple vista. Pero no todos somos cheos porque sí, no siempre es una cualidad que nace con uno, sino que, la mayoría de las veces, es resultado de un mal asesoramiento.

¿Cómo llegó un adolescente a una fiesta, a finales de la década de los noventa, peinado para el lado o con una camisa de las llamadas «bacterias»? Eso tuvo que haber sido la mala influencia de un padre «a la moda» o las ingenuas intenciones de una abuelita cariñosa. Otras veces influyen en estas decisiones cuestiones económicas. ¿Recuerdan aquellas camisas chinas con dragones coloridos que en Cuba se usaron efímeramente y parecían anchos tapices asiáticos? Los que pudimos reunir para comprarnos una, cuando lo logramos, ya habían pasado de moda, y para nunca volver.

Considero que ser cheo, más allá de la ropa, es una concepción ante la vida. Si eres hombre, tienes el pelo lacio y te has peinado todo tu vida como aquel personaje interpretado por el humorista argentino Guillermo Francella — Enrique El Antiguo — , eres irremediablemente cheo.

La cosa también va de gustos musicales, y ojo, sé que este puede ser una arista controversial. Imaginemos que tu edad no rebasa los 35 años y conoces a alguien medianamente contemporáneo y le confiesas que sabes muchas — pero muchas — canciones de Pimpinela, Álvaro Torres, Juan Gabriel y Marco Antonio Solís, por no mencionar a José José o a Orlando Contreras. ¿Cómo esa persona te calificaría? Sea culpa de quien sea — tu mamá y sus canciones de cuna, tu papá y aquella grabadora vieja, o la radio que escuchabas en tiempos que no existían los celulares — , sigues siendo una persona un tanto pasada de moda.

En tiempos actuales, ¿cómo los identificas? Ya no reparemos en el modelo de celular que usa o en su resistencia a tener perfiles en redes sociales, porque ahí pueden ser determinantes las posibilidades económicas o las perspectivas ideológicas ante la vida. Pensemos en algo más sencillo como los correos electrónicos. ¿Tú email sigue siendo el mismo que usabas hace 15 años? Realmente eso no tiene por qué ser cheo; reformulo la pregunta: ¿sigues usando un correo en Yahoo?, ¿y lo haces desde hace 15 años? Querido, querida, estás rozando el límite de la chealdad.

Claro, las personas cheas exigimos tener nuestro espacio en la sociedad. No es justo que se nos discrimine por usar ropa ancha cuando todo el mundo anda apretadito, o por no usar emojis o stickers cuando chateamos con los demás. Los conozco que se esfuerzan por no aparentarlo, por eso usan siempre la manito azul de Facebook para indicar su conformidad o ese emoticón sonriente que te guiña un ojo y que conocen únicamente porque un día, por accidente, aprendieron que aparece si ponemos punto y coma seguido de un paréntesis de cierre.

Algunos, como recurso estratégico, intentamos adaptarnos a los nuevos tiempos, sin embargo, nos falla la táctica. Para salir de nuestro supuesto atraso musical, nos declaramos simpatizantes del reguetón, pero somos descubiertos cuando tarareamos, en pleno año 2020, canciones que pasaron de moda hace tiempo como «Pobre diabla» o «La chica modelo». Queremos ponerle un tono alegre y «moderno» a nuestro timbre del móvil, para no repetir el mismo que tienen todos, y terminamos eligiendo, entre miles de opciones, Wannabe, de las entrañables Spice Girls. Luego morimos de la pena cuando, en una reunión de trabajo, empieza a sonar estrepitosamente: I’ll tell you what I want, what I really really want, / So tell me what you want, what you really really want, / I wanna, I wanna, I wanna, I wanna, / I wanna really really really wanna zigazig ha.

En épocas de pandemia, en que nuestros rostros se cubren y a su vez esconden expresiones y sonrisas, la chealdad no pasa desapercibida. Al principio, cualquier cosa servía para cubrir narices y bocas, pero, con los meses, las personas se han agenciado nasobucos más elegantes, modernos, combinados. ¿Acaso eres de los que sigue usando el clásico rectangular, con tres pliegos y cuatro tiras que se amarran detrás de tu cabeza? Bienvenido al club. Claro, seguramente te reconforta la idea de que, aunque no estén a la moda, de esa manera, tus orejas no sufrirán el embate de la enfermedad y no se tornearán en acentuados paréntesis. No sueñes que cuando pase la Covid, eso te traerá algún beneficio, todo lo contrario; serás de las pocas personas que no tendrán las orejas echadas para atrás, lo cual te situará nuevamente en el bando de los cheos.

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La Mesa Ovalada

Por Nemo

Sentados alrededor del mueble de madera estaban Los Caballeros y Las Damas de la Mesa Ovalada. En una de sus curvas más pronunciadas se ubicaba el sacerdote Armando, quien lideraba la eterna misa de los lunes desde hacía casi un año.

Al otro extremo del óvalo, con cabello y barbas blancas, como un Gandalf tropical, se hallaba Sir Sariol, quien, según narra la leyenda, había sido co-fundador, junto a Mella, de la ya casi centenaria Alma Mater. Le acompañaban dos longevas guerreras: las dinámicas M&M (Marta y Maricela). Sumadas las edades de los tres, duplicaban los años de la revista.

A un costado, sin afán de protagonismo, tomaba notas Maire, la sobreviviente. Con su habilidad de trascender en el tiempo, había presenciado el mandato de no sé cuántos directivos, incluyendo a aquella que dirigió la publicación apenas veinticuatro horas.

Uno al lado del otro, se agrupaba parte de la excelsa cofradía carismática del colectivo: Elio, audaz fotógrafo y quien previó, antes que nadie, el éxito que tendría el hit «El palón divino»; Jorgito, el Diván nuestro de cada día, con su onda tomwolfeana y ese sexapil innato para las tembas que viajan en cruceros por el mar Caribe; Rodolfo, el Nemo del cascabel y del látigo y el más buscado por la mafia reguetonera nacional; por último, Yoandry, el del millón de amigos y nasobuco de Bob Esponja.

Observando desde sus asientos filológicos, las inseparables Oday y Verónica, también conocidas como las chicas cloro, por la reacción fulminante que provocaban al mezclarse con alcohol. Max y Laura Patricia, con espíritu reciclado y reciclador, eran el apoyo emocional de la Meli, casi reina del despiste, capaz de montarse en un Gelly al confundirlo con el destartalado Lada de la redacción; se dice por los pasillos que es la tercera integrante de la secta del cloro. A su lado, el dúo «Los continuadores», Claudio y Karla Milena, fieles guardianes de La piedra del InDesign que le legaran antiguos profetas como Helena, Alejandro, Carralero y J. Méndez.

Bien cerca de la Ovalada, la pléyade de estudiantes invitados que, semana tras semana, se alternan como parte de una muy bien pensada estrategia para que los más veteranos no pudieran siquiera recordar sus nombres.

Al fondo, enmarcados en cuadros con el aire mítico de una añeja Excálibur, ambientan la reunión los retratos de antiguos directores, diseñadores, choferes, periodistas, editores, ilustradores y correctores que han hecho posible arribar a este año 98.

En ese ambiente medieval transcurría la reunión. El inminente combate tenía en nervio puro a la tropa de guerreros y guerreras. Esta vez nada los había importunado, ni la interrupción habitual de la muchacha del sindicato acotando temas relacionados con la cotización, ni los recordatorios hasta el cansancio de la necesaria guardia web.

De repente, violando toda formalidad y saliéndose de su habitual Juego de Tronos, irrumpió nuestra Daenerys Targaryen, a quien en buen cubano rebautizamos como Dainerys Damepa.

Poniéndole fin al franco monólogo, la Madre de dos hijos, Khaleesi de los militares y del Gran Pinar del Río, Reina del Despiste, Nuera de la Diva, Señora de la nariz pronunciada, Princesa de la Zona Franca, Hacedora de «ventas de garaje» y Rompedora de reuniones, anunció lo más trascendental del día: «People, ya está abierto el comedor»; y a la velocidad de la luz la tropa de Los Caballeros y Las Damas de la Mesa Ovalada fueron, valientes y decididos, a enfrentarse, de tú a tú, con la temible jamonada.

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La suegra querida

Por Nemo

Para la mejor suegra del mundo», el mensaje escrito con diversas tipografías hacía de aquella, entre todas las jarras en exhibición, la ideal para llevar a casa en el tan esperado Día de las Madres.

Sabía que muchos, incluyendo mi propio suegro, tildarían el gesto como guatacón; incluso, mi acción podría poner en desventaja a mi concuño, el otro yerno, que en varias ocasiones ha argumentado que ella dista mucho de ser aquello a lo que el texto aludía.

Pero pudo más mi lealtad hacia ella que el sentido común. Así lo hice aquel día y lo reafirmo hasta hoy. Siento que debería, para convencer a quienes leen estas líneas, argumentar que una suegra es casi como una segunda madre, pero no, porque ahí me ripostarían con verídicas anécdotas miles de nueras y yernos cuyas experiencias con suegras y suegros han resultado traumáticas.

Obviamente, la suegra per se no es buena ni es mala, aunque el humor internacional confirme lo último. Las hay de todo tipo, el quid de la cuestión está en saber escoger.

Para elegir pareja la sociedad tiene un conjunto de premisas consensuadas. Desde las que se fijan en atractivos como la belleza física, la inteligencia emocional, las habilidades para entretener y divertir, la creatividad y eficiencia sexual o el sentido romántico y detallista en el amor; hasta cuestiones más terrenales como si sabe cocinar o tiene algún medio de transporte propio (aunque sea una bicicleta).

Sin embargo, el error está, creo yo, en elegir con tanto cuidado a esa persona que amaremos «en la salud y la enfermedad» y esperar a que, por gracia divina, su progenitora sea una bella persona. Mi propuesta es totalmente diferente: escojamos primero a la suegra y después tengamos suerte con su prole.

«Si tu novia o novio cocina bien ya te puedes casar». Falso. Es muy probable que cuando te cases vivas agregado en casa de tus suegros. ¿Quién es allí la dueña y señora de la cocina? La suegra. Con que ella sepa cocinar — y hacer ricos postres — es suficiente.

«Llévate bien con el suegro». ¿Para qué? El suegro será el «hombre de la casa» para quienes no viven en ella. Intramuros es una verdad de Perogrullo que la suegra es quien manda en la mayoría de nuestros hogares.

«No discutas con tu pareja, eso afecta la convivencia». Seamos objetivos, el que ose discutir con su suegra probablemente esté renunciando a dicha convivencia. Si tu suegra vive en Nuevo Vedado y tú eres de Guanabacoa o de Barbosa, tienes una noción del peligro tal que primero muerto antes que contrariar algunas de sus decisiones.

Más allá de consejos y frases estereotipadas, lo cierto es que si logras establecer una relación afectiva con tu suegra gozas de cierta inmunidad. Lo digo por experiencia propia. El suegro puede criticarte, tu pareja también, y eso emocionalmente te puede hacer sentir mal, pero nada te saca de ese bache tan rápido como cuando escuchas la voz de ella, firme y enérgica, al salir en tu defensa. En ese instante, te sientes invencible, una especie de súper héroe hogareño.

Por eso, cuando compres chocolates, bombones o africanas, no se los lleves a la persona que amas, ni siquiera a tus hijos pequeños — ellos crecerán, entenderán y te apoyarán, estoy seguro — ; prioriza a tu suegra, la madre de tu esposo o esposa, la abuela de tus hijos.

Puede que alguien no esté de acuerdo con mis sugerencias y prefiera seguir haciendo chistecitos despectivos. Pero les repito, ojo con ella. Parafraseando el título de esta sección, comparto la certeza de que la suegra quizás no tenga en sus manos el látigo, pero atención, ella es quien siempre decide cuándo y cómo se le pone el cascabel.

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La cola: real y maravillosa

Por Nemo

Daría para una película. Mejor para una serie. Diez temporadas dedicadas a las colas; no a los coleros que ya han tenido demasiado protagonismo; tampoco a los colados por fraternidad o familiaridad.

Saldría en Netflix y que me perdonen los críticos de la industria cultural. Los protagonistas serían actores latinos que sean capaces de fingir el acento; no podrían ser actores o actrices cubanos porque estarían demasiado permeados por su contexto.

Se llamaría La cola; y en el contrato se especificaría que el título no admite traducción ni adaptaciones. Ni una row anglosajona ni una fila peninsular le llegan a los talones de este fenómeno en Cuba. Inmediatamente después de los textos de presentación, se leería en una tipografía Courier New: basado absoluta y verificablemente en hechos reales.

El primer capítulo empezaría así:

— Muchacha, ¿cuánto te costó eso que llevas ahí?

Lloviznaba. La joven embarazada salía de la tienda después de una breve colita para personas de «grupos de riesgo». El hombre que la interceptó pasaba quizás los setenta años y esperaba su turno en la fila oficial.

— 7 CUC — respondió ella.

— Esta gente están acabando, ya no se miden a la hora de estafar a uno — refunfuñó el señor y acto seguido le preguntó: — ¿Tú me dejas pesar tu jaba?

La muchacha resguardada bajo su sombrilla, no salía de su asombro cuando el viejo sacaba, cual matrioshka, de adentro de tres jabitas de nylon una pesita digital protegida así de la lluvia.

Pesó la jaba con los muslos de pollo delante de algunos curiosos que se habían acercado expectantes.

— Saca tu celular para calcular…

— Mire, señor, si saco el celular se moja.

— Bueno — dijo hacia al resto de la cola — ¿alguien, por favor, con un celular para calcular?

Enseguida una mujer multiplicó los números que el señor decía en voz alta.

— Me da 6.45… 6.50… ¡6.58! — dijo finalmente, mientras nadie comprendía como una calculadora daba de un toque varios números distintos.

— Son unos ladrones, te robaron 40 centavos; niña, vira para atrás y protesta — indicó el hombre, indignado, mientras la llovizna se ponía un poco más intensa.

— Y ahí tienes menos pollo, entre la cantidad de hielo, de agua… ¡Ay, dios mío!, a dónde vamos a parar — exclamó una señora que se había sumado a la escena.

— Mire, usted supondrá que en mi estado yo no puedo ni alterarme ni coger lucha. Con honestidad, se pueden quedar con mis 40 centavos. Devuélvame la jaba, por favor — dijo la embarazada, agarró el pollo de nuevo en sus manos y salió sombrilla en mano; atrás quedó la tienda, y la cola.

Se había alejado unos pasos, y escuchó al señor decir con indignación:

— Por eso estamos como estamos, si la juventud deja que le roben el dinero, así, de esa manera.

El capítulo continuaría hasta el instante en que al señor le toque comprar. Entonces saldría en pantalla: continuará en un próximo capítulo.

Nota: En la siguiente entrega de la serie se contaría la anécdota de las personas que en La Habana marcaban para una cola antes de las 5.00 a.m. — violando las normas establecidas — y literalmente se habían subido a los árboles inmediatos a una tienda, para no ser sorprendidas y multadas por la policía.

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Diego, un niño gratis

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El tormento de Mariana

Ilustración: Brady Izquierdo

Por Nemo

Este septiembre la mayor preocupación de Mariana era muy distinta a la de cursos anteriores. Llevaba días trancada en su casa, sin salir — bueno, como la mayoría de nosotros — , con una idea fija en la cabeza. «¿Qué haré?», se preguntaba. Aunque realmente Mariana sabía; lo que aún no lograba discernir no era el qué, sino el cómo.

Ella siempre ha sido de esas personas que se preocupan por cualquier cosa. En primer año sus mayores inseguridades giraban en torno a si podría o no matricular en un deporte — como ajedrez — que le permitiera escapar de las tortuosas rutinas de la Educación Física. En segundo, sus noches sin dormir respondían a aquel terrible semestre de Cálculo — bien podría haber sido Cognitivo, Gramática, Estadística, pero en su carrera era esa la asignatura insondable — . En tercero, cuando se sumó por mero embullo a uno de los deportes de combate de los juegos universitarios, solo pensaba en no salir lesionada, como en efecto sucedió. Al curso siguiente, le atormentaba la incertidumbre de si el trabajo nocturno en la cafetería de su primo le permitiría terminar con buenas notas.

Por eso, para su quinto y último año en la universidad había vislumbrado preocupaciones predecibles: el tema de tesis, la búsqueda y captura de una tutora dedicada, su lugar en el escalafón de la integralidad o la ubicación laboral. Pero no. Vendría el 2020 a cambiarlo todo. La COVID-19 no solo impactó a nivel mundial, sino en su estructurado y metódico sistema anual de preocupaciones personales.

El tema de tesis fue lo suficientemente atractivo para captar la atención de una de las profes «vacas sagradas» de su facultad; en su grupo fueron bien justos a la hora de definir integralidades; y, pese a los meses de aislamiento físico, mantuvo comunicación digital con su futuro centro de trabajo.

A estas alturas ya supondrán ustedes el motivo de sus preocupaciones. ¿Cómo terminar las optativas que quedaron inconclusas en su quinto año? ¿Podrían los que venían detrás fusionar los contenidos de tal manera que un curso regular quedara simplificado en pocos meses? ¿De qué manera se organizarían los cuartos en la residencia estudiantil para evitar el confinamiento? ¿Quién organizaría las colas en el comedor el día del pollo para lograr la difícilmente alcanzable proporción de dos estudiantes por mesa? ¿Cuál sería la rutina ideal en la beca para el lavado y planchado del nasobuco?

Cualquiera de las anteriores podría ser, pero no. Mariana, experta en preocuparse por cosas en verdad importantes, solo tenía espacio en su cabeza para el día de la exposición de su tesis.

Fue tortuoso elegir entre su mamá, su papá, sus dos tías, el abuelo, el novio, sus dos mejores amigas del pre y el piquetico inseparable de la universidad.

Ahora está frente a su novio. Sabe que tiene que decirle la verdad, que él no podrá acompañarla en la defensa de su tesis, inevitablemente se ha quedado fuera. No sabe cómo explicárselo. Se siente culpable, pero no, ella es inocente. Seca sus espontáneas lágrimas, antecedentes de su inmediato discurso. Se llena de fuerzas. En un final, piensa, la culpa no ha sido de ella, sino de quien dictaminó la regulación que impone solo 5 acompañantes en el acto de defensa por culpa del coronavirus. Esa persona la obligó a tener que elegir entre sus seres allegados, y la empujó a escoger — entre tantas técnicas y métodos de investigación que podrían solucionar su problema — uno ancestral, de amplia validación en sectores no académicos y que dejó a su novio invalidado para asistir: el «Piti piti fú».

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¿Qué bolá con Rapunzel?

Por Ariana García y Rodolfo Romero

Ilustración: Haydée Fornaris

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