Último café con Claudia (un cuento de Marcel Benet)

La primera colaboración que recibe Letra Joven.
Espero que les guste.

Justo allí... en el café de 23 y 12

Con el tiempo he llegado a perdonarlo, de tanto verlo ahí esforzando su dignidad, dirigiendo hacia mí toda la atención de su desdén inmemorial; y también por el hecho de que sólo tenemos este Café, él y yo, y hemos de compartirlo, hay otros, pero este es el Café…

El único dudoso placer que me reporta aún aquella tarde, es la inutilidad de mis esfuerzos siempre que intento recordar cómo habíamos llegado a discutir sobre las prebendas del hábito de fumar y el hábito del tete, más concretamente sobre si el hecho de haber dejado de fumar a los dieciocho años luego de dos cajas diarias desde los quince, denotaba en mí una mayor fuerza de voluntad que en ella el haber dejado el tete, “por decisión propia”, a los cuatro.

En realidad podíamos discutir cualquier cosa, no hacíamos más que discutir; en realidad, era una manera de decirme que nada tenía ya sentido, o una manera de convencerse de que nada tenía ya sentido, o tal vez era que me tenía algo de miedo, o le tenía algo de miedo a ella sin mí, eso es lo que a mí me gusta creer; yo sentía su impotencia y su tensión, nunca le habría hecho daño, quiero decir físico, porque era tan fuerte y tan frágil y yo la quería, de veras la quería, como no he querido a más nadie, como nadie en este Café sabe que yo puedo querer a una mujer, a pesar de que vengo todas las tardes y me siento en la misma mesa, y de alguna manera ella está aquí y sus ojos verdes están también fijos en el viejo como aquella vez, ella mirando al viejo y yo al borde de la mesa ya más solo que siempre, ya sin ella…

Yo le hacía daño de otra manera, sabía que todo había terminado y la veía luchar contra esa certeza, a mí no me importaba, yo conocía sus caminos y los recovecos de su espíritu, y que ella me tenía miedo, peor aún, me admiraba, y también me quería; yo sabía cuándo humillarla, cuándo perdonarla, cuándo intimidarla y cuándo ceder, cuándo retroceder, cuándo humillarme, cuándo mirarle los ojos verdes y saber llorar, cuándo saber llorar.

Si no hubiera sido por aquel viejo, y por cierta cualidad herida de la tarde como de domingo, y por aquella sensación definitoria que había en el aire… pero la culpa la tuvo el viejo. Y yo también, y aquella discusión estúpida; ella abría cada vez más los ojos verdes, yo insertaba argumentos hábiles (tan hábiles y brillantes como pueden ser en una discusión de este tipo) que daban un giro completo al curso de la batalla en el momento en que ella tenía que tomar aire para seguir con su vehemencia característica (en todo era vehemente ella, dios la bendiga) y entonces tenía que empezar de nuevo, y yo adoptaba mi mejor actitud paternal (no hay cosa que la moleste más a ella que el paternalismo, ni a mí tampoco) y veía que las venitas de su cuello se iban coloreando, que se ponía pálida y ya no me dejaba hablar, no me dejaba hablar y yo la miraba enfurecerse, se ponía linda cuando se enfurecía y yo sentía ternura, sentía un cariño viejo del tamaño de ella…

Y se me ocurrió decirle aquello, tal vez no debí, al fin y al cabo estábamos en el Café, pero se lo dije, alcé mi mano en actitud solemne y le dije: “Invoco mi sagrado derecho a la libertad de expresión y de pensamiento, y al resto de mis sagrados derechos”.

Ella se quedó muda en el silencio repentino del Café, yo vi su boca abierta y su mirada verde que caía sobre mi mano grande cómicamente alzada y mi cara de mártir, y toda la seriedad requerida. Ella se echó a reír, no pudo hacer otra cosa, yo tomé sus manos y me zambullí en aquella risa que me devolvía la felicidad de pertenecer a su equipo, al equipo que ambos habíamos formado y que después yo he sentido que se fue con ella como el resto de las cosas. Yo también me fui con ella o algo de mí lo hizo, pero no todo, por desgracia…

Y el viejo tampoco se fue. El mismo viejo que interrumpió mi risa y la risa de Claudia, se atrevió a interrumpirla desde su mesa y sus tabacos en el bolsillo izquierdo de la camisa, se atrevió a dar una palmada en la mesa y soltar una palabrota dentro del Café; yo no sé si aquel viejo me había visto bien o si estaba loco, o demasiado viejo, yo no sé cómo pudo parase y empezar a decir todo aquello con sus ojos de loco o de fanático, que si Cuba era el país más democrático del mundo, que si aquí era donde único la democracia era un hecho puesto que era participativa y no representativa, que la libertad de expresión era la puta de los medios masivos, que aquí todo el mundo opinaba lo que le daba la gana…

Yo no estaba viendo al viejo, no veía su cuerpo enjuto de pasa ni su desamparo ancestral, yo veía un tipo gritando dentro del Café, veía un tipo interrumpiendo una de mis últimas risotadas con Claudia, veía sobre todo sus manos y ya casi no vi más nada, ya después estuve totalmente de pie (y cuando esto se dice de mí significa más que cuando se dice de la mayoría de los hombres) y con los puños casi en la cara del viejo, y mi cara en la cara del viejo, y mi voz sustituyendo plenamente a los ecos de la pobre voz del viejo, diciéndole aquello, diciéndole ¡Cállese, Cállese, si no quiere que Yo le Dé una Lección de democracia Cubana!

Aquel viejo se calló, y pareció también caerse de algún lugar muy lejano, como se cae uno de los sueños a la cama dura. Ojalá no lo hubiera hecho, ojalá me hubiera dicho cualquier cosa que me permitiera mostrarme humilde y pequeño y poder regresar junto a la ternura de Claudia, porque cuando regresé a la mesa ella tenía la mirada oscurecida, fija en el punto donde habían estado mis puños, fijas en el viejo inmóvil y remoto, fijas en nosotros y en lo que había sido y en lo que ya no era, y yo por primera vez más solo que nunca, como he estado siempre desde entonces, y yo al borde de la mesa sin atreverme a tocarla para que no se quebrara, yo viéndola irse sin decir nada, sin volver a decirme nada nunca más, yo y mis manos vacías en el Café lleno de silencio y de vejez.

– Oiga, viejo, lo invito a un café. ¡Oiga!, lo invito a un café. Cómo que se va, usted no se va ni un carajo, no se va hasta que se tome un café conmigo. Venga.

Fin

 

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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9 respuestas a Último café con Claudia (un cuento de Marcel Benet)

  1. A mí me gustó… pasan cada cosas en los cafés, eso y la imaginación y el estilo de Marcel claro está. un abrazo y no dejes de escribir (deberías publicar un libro con todos esos cuentos).

  2. Pedro dijo:

    Muy bueno este cuento, gran escritor.
    Felicidades Rodolfito, tu blog va muy bien.

  3. elfita dijo:

    Me gusto mucho tu cuento Marcel, felicidades!!
    Es dulce, y deja un buen sabor de boca al terminarlo.
    Supongo que alguien que escribe asi, tiene un universo rico en su interior …no dejes de hacerlo…

  4. Cárol dijo:

    me ha gustado mucho el cuento, y ciertamente, Marcel debe seguir haciendo más con ese gran talento que tiene

  5. Odile dijo:

    Marcel, fantástico! Me ha gustado muchísimo leer algo tuyo…Aunque no nos conozcamos bien aún. Te felicito…Y como los niños te pregunto: tienes más?

  6. izmatopia dijo:

    adoro el final… buen final! se tomó el café al fin con el viejo?

    Marcel no tiene blogg?

    • Lamentablemente Marcel no tiene blog, a penas puede conectarse con regularidad. Mis páginas siempre estarán a su disposición. Hace rato no lo veo pero seguramente pronto aparecerá con otro de sus buenos cuentos. Gracias por visitarnos. Saludos.

  7. Pablo Renteria dijo:

    Encantado de convertirlo en un cortometraje Marcel, hago lo mejor que puedo.

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