Pensar en grupo

Por Manuel Ángel Calviño Valdés-Fauly

Se dice que cuando a Hegel le hacían ver que un hecho de la realidad representaba una contradicción importante con alguna de sus teorías favoritas, él siempre decía: “Tanto peor para la realidad”.

¿Cuánto de Hegel hay en nuestros comportamientos profesionales? A este fenómeno tratado como estilo de construcción epistémica, le he llamado “concepción modelar” (Calviño, 1993).

Deveraux ha sido especialmente claro en el significado de esta actitud, sobre la que quiero llamar la atención, cuando se instala en la praxis científico-investigativa. “La estructura de carácter del investigador —en que entran también las determinadas subjetivas de su perspectiva científica—afecta radicalmente tanto a sus datos como a sus conclusiones […]” (Deveraux, 1991:245). Y expone más adelante: “[…] la verdadera fuente de estéril error no es la contratransferencia per se, sino la contratransferencia pasada por alto y mal tratada” (Deveraux, 1991:251).

Muchas peculiaridades del hombre contemporáneo, de nosotros mismos, como resultado de una historia y una cultura que nos precede, acompaña y trasciende, se revelan en tanto obstáculos a vencer o dificultades, cuando nos ubicamos como especialistas en la realización de un trabajo grupal.

Quizás, una de las más complicadas es la emergencia de la estructura egoica-narcisista, una suerte de tendencia “natural” al ejercicio del poder unidireccional y autocrático (como madres y padres, maestros, jefes, rol de preferencia en cualquier ambiente grupal); la imposición de nuestra verdad como la verdad; el supuesto “saber hablar” con prioridad sobre el real “no saber escuchar”; la certeza de que sólo es mejor y más rápido; la autosuficiencia en las gestiones elementales de la vida; la deposición externa de la culpa y la responsabilidad de una lógica inversamente contradictoria, etcétera.

Falsas representaciones sociales que siguen dando vueltas en nuestras cabezas, y que exigen que el especialista sea “el que más sabe”, más aún, el único que sabe, y por ende, es el que dirige, controla, decide y define.

Sumaría a esto la estructura paranoide que nos invita a una duda de las reales intenciones del otro; a la penitencia de la colaboración; a la justeza de cualquier relación de equidad; todas ellas movidas desde la competitividad y el más retrógrado sentido de individualidad, la autoestima profesional dañada cuando nos encontramos con el “no saber”.

Por cierto, procesos que la psicología dinámica conoce, lo sentido y creído, son trasladados a la comprensión de lo que el otro cree y siente: “[…] la creencia o premisa que actúa como punto de partida, organiza, moldea, transforma los datos de modo que pasen a ser miembros de su clase” (Bleichmar, 1983:97). Algo así como la transposición “categorial”. Entonces, la enfermedad de los coordinadores contagia a los grupos y convierte a sus miembros, bien en “esclavos”, o en “ciervos apáticos”, o en “arribistas sin personalidad propia”, y como otra alternativa, en “contrapoderes antagónicos” que transforman una tarea creativa en una guerra despiadada. Los miembros psicotizan sus interacciones, las evitan evalúan y perciben como hostiles y dañinas.

Si bien califico a estas dificultades de estructurales en el ser humano, comprendo que dicha acusación tiene un sentido relativamente más utilitario, y no tanto conceptual. La comprensión marxista de la unidad dialéctica de las determinaciones como encrucijada de lo histórico y lo personal; lo económico y lo psicológico; lo natural y lo espiritual; permite comprender no sólo que dicha estructura es la resultante de una historia, un cultura y un sistema socioeconómico, sino también de un acto de decisión postergado, o no asumido, o por último, mal encauzado.

Pero lo más importante es que nadie puede evitar la responsabilidad de hacer las cosas mal, cuando sabe en qué reside su error y conoce cómo hacerlo bien. Una buena parte de las dificultades para el trabajo grupal las conocemos, y no hay razón como para que no las pongamos en franco proceso de extinción.

Comparto la idea frommiana, según la cual, para la libertad de elección, el factor decisivo en la selección de lo mejor, y no de lo peor, consiste en el conocimiento. ¿Qué conocimiento? Cito al propio Fromm (1983:157):

1. conocimiento de lo que constituye el bien y el mal;

2. qué acción en la situación concreta es un medio adecuado para el fin deseado;

3. conocimiento de las fuerzas que están detrás del deseo manifiesto, lo cual significa el descubrimiento de deseos inconscientes;

4. conocimiento de las posibilidades reales, entre las cuales puede escogerse;

5. conocimiento de las consecuencias de una elección y no de la otra;

6. conocimiento de que el conocimiento como tal no es eficaz, si no va acompañado de la voluntad de obrar, de la disposición a sufrir el dolor de la frustración que es el resultado inevitable de una acción contraria a las pasiones de uno.

Conocimiento significa que el individuo hace suyo lo que aprende, sintiéndolo, experimentando consigo mismo, observando a los demás y, finalmente, llegando a una convicción y no teniendo una “opinión irresponsable”.

Los psicodramatistas insisten mucho en “pensar en escenas”. Hago una extensión y afirmo: para poder trabajar en grupo lo primero que se necesita es pensar en grupo. ¿Qué quiere decir esto? Intentaré, para ser consecuente con el resto del texto, ser claro y conciso.

Pensar en grupo es:

1. Ubicarse como parte de un todo, no importa cuál sea la función que se cumpla en un momento, no importa cuánto la realidad fenoménica, siempre detenida y por ende metafísica, nos haga creer que somos un lugar aislado. Esto significa sustituir el ¿qué puedo hacer? por el ¿qué podemos hacer?; instaurar el discurso del “nosotros” por el discurso del “yo y ellos”. No se trata de la pérdida de lo individual, sino de otra lectura que lo incluye. Sólo la socialización hace a la individualización, así como aquélla es la resultante dialéctica de ésta.

2. Hacer de la democracia un elemento no sólo de la vida política, sino sobre todo de los modos de interacción en lo interno de los grupos “en” y “con” los que trabajamos. Parafraseando a Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, cuando escribe que “los derechos humanos tendrían que empezar por casa”, nos veríamos precisados a aceptar que esa dinámica social de igualdad, democracia, respeto a las diferencias, etcétera, tendría que comenzar por nuestros grupos. Si a nivel sociopolítico hablamos de sociedad sin clase, entonces en el campo grupal se trata de pensar ajeno al autoritarismo, a la omnipotencia del coordinador o de cualquiera de los miembros del grupo.

3. Reconocer la grupalidad no sólo como noción, concepto o sustento de una metodología, o modelo de accionar práctico. Lo grupal como lo esencial existencial en el ser humano. Quién sabe, si sustituir el “Uno para todos y todos para uno” con un “Uno es todos y todos somos uno”. Es también la certeza de que fue en grupo que el hombre llegó a esta altura, y será en grupo que seguirá ascendiendo.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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