Ellos (cuento de Marcel Benet)

Para los que disfrutaron la primera, aquí está una segunda
colaboración de Marcel. Espero la disfruten y que él
siga colaborando con Letra Joven.

Emos: amaos.

Nadie más los había notado, yo estaba aquí antes de que entraran a mirarse; luego vino la muchacha a tomarles el pedido, le indicaron un exprés en el menú que hay sobre la mesa y no se ocuparon más del asunto. Ella les trajo dos. Desde entonces no han cruzado media palabra. Los cafés siguen ahí, ya no humean.

Una parejita de esas de ahora que no se sabe cuál es la hembra y cuál es el macho, ellos mismos no lo saben; esconden una mitad de la cara detrás del pelo muy negro, ambos son flacos y desgarbados. Tienen las manos tomadas y los pies entrecruzados debajo de la mesa. ¡Qué tiempo llevan en eso! No hablan, se miran, al rato pegan las frentes y ahí se quedan, como si pudieran comunicarse con el solo contacto, luego sonríen, se pasan la mano por la espalda y la nuca, se besan los dedos atiborrados de anillos, vuelven a sonreír, y así eternamente.

En verdad es exasperante. Tratan de abrazarse y derraman la azucarera, parecen no darse cuenta de ello, pero viene la camarera y pide permiso para limpiar la mesa, los mira con cara de fiscal pero ellos ni la notan, no se separan.

No se disculpan.

Se ríen un poco más alto y llaman la atención de los demás. Nos miran de reojo y sonríen, como si se estuvieran burlando… no me da ninguna gracia. Ahora se quedan serios, se miran hondo y comienzan a besarse. Primero es un rozarse los labios, luego es un beso tranquilo de ojos abiertos, los ojos se cierran y ellos se acercan más, las cabezas se inclinan y quedan opuestas, quietas un momento, comienzan a moverse, lento, sus labios se confunden en un vaivén pacífico, luego arrecia el movimiento, se intensifica.

Ya todos los estamos mirando en el repentino silencio que como una campana se ha tejido entorno. El ritmo se acelera y ellos parecen olvidados de todo, las manos siguen juntas, sólo las cabezas se mueven… se separan. Han tenido que separarse para tomar algo de aliento; con ellos, respiramos todos en el Café. Se escucha un suspiro general y, al escucharlo, comienzan a reírse con hipo. Esto indigna a alguien, y después a todos.

Ellos se miran a los ojos y vemos surgir allá dentro, nítida, una hilaridad incontenible, creciente. Se enredan en otro beso y logran salvar el silencio, sin embargo, ya todos estamos indignados, todos serios, hay un hombre que medio se incorpora, otro, tensa la piel de los nudillos en el apretón a la taza, todos alargamos ostensiblemente los troncos hacia aquella mesa de la esquina.

El movimiento es tan brusco que nos toma por sorpresa, ellos se han levantado y nos enfrentan. Tienen los párpados retraídos y las órbitas enrojecidas por la presión, los labios les tiemblan, las uñas pintadas de negro se clavan en el plástico de la silla, las venas se les endurecen en la garganta, parecen a punto de vomitar, las arcadas comienzan a sacudirles el cuerpo… es la risa, una risa espasmódica que arrojan en nuestras caras de músculos flojos y mandíbulas caídas; oleadas de carcajadas que nos bañan, nos inmovilizan.

Quedamos helados, permanecemos así aún después que ellos han salido del Café, aferradas las manos, en fuga. El primero que reacciona es el hombre de la camisa a cuadros, se lanza contra la puerta y ya afuera comienza a vociferar, a rugir nuestra violencia. Los vemos cruzar la calle 23, el semáforo en rojo, parecen diluirse entre la gente. En cambio, el de la camisa a cuadros choca contra todas las personas, rebotan en él y nos golpean a los de atrás.

Pasan frente al cine Chaplin sin dejar de reírse, no miran a sus espaldas, corren. El policía en la moto escucha al hombre que señala a los fugitivos con gestos apocalípticos. Prende la sirena y con un chillido de gomas se lanza a la persecución. Ellos escuchan la sirena y se meten en la calle para cruzarla. Ya el de la moto está llegando. Se dan un último beso y, todavía abrazados, se arrojan delante del ómnibus articulado de la ruta P4 que venía en sentido contrario y los aplasta.

El policía establece pronto el cordón de seguridad. Yacen entremezclados sobre un fondo rojo salpicado de sesos que semeja sospechosamente un corazón… es un maldito corazón. En sus caras una mueca, una sonrisa molesta, tan molesta, que nos entran unas ganas irresistibles de caerles a patadas.

Anuncios

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
Esta entrada fue publicada en Cuentos, de amig@s que colaboran y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Ellos (cuento de Marcel Benet)

  1. Me gustó mucho. Sin ser cruel me gustó mucho cuando escribes: … y los aplasta. Es una imagen muy fuerte de verdad. Sigue así que vas a llegar lejos, pero cuando cruces mira bien para los lados, jeje.

  2. Made dijo:

    El amor no tiene rostros, vestimentas, hora, lugar, sexo, es tán fantástico que es real y lo peor nos sigue importando e incomodando el amor de otros por los otros, lástima que los aplastó la ruta P4, me hubiese gustado seguir disfrutando de su amor a toda costa y contra todos … me gustó …

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s