El entrenamiento de Evaristo

Aun cuando muchos jóvenes de su edad podían tener esa misma oportunidad, Evaristo, quien por primera vez se veía involucrado en semejantes menesteres, estaba dispuesto a hacer el máximo esfuerzo para salir airoso de la difícil situación. Como todo atleta de alto rendimiento, en dos meses podría de una vez y por todas presentarse a la cita deportiva, que al igual que las Olimpiadas, reuniría a las estrellas más «talentosas».

Este año para la mayoría de los competidores sería la primera vez. Esto no le daba ventaja, porque aun cuando el mundial de atletismo o de boxeo tenía similares requisitos, este, al que se enfrentaría Evaristo, era una de las más difíciles pruebas del deporte amateur.

Desde muy temprano comenzó el entrenamiento. Su padre, el mejor de los entrenadores, le había sugerido que empezase con los ejercicios seis meses atrás, pero él no le había hecho caso. Ahora solo quedaban dos meses que exigían el máximo de sacrificio.

Se levantaba todas las mañanas y después de un fuerte desayuno iniciaba su calentamiento. Empezaba siempre por lo más complicado: aquellos ejercicios que nunca había hecho por temor y cierto paternalismo físico. Después comparaba sus registros con campeones de certámenes anteriores, porque él conocía prestigiosas marcas de sus antecesores. Almorzaba y volvía a la carga, pero esta vez eran ejercicios más tradicionales, los que ya se sabía de memoria y que debía rehacer una y otra vez para el día de la competencia ser el más rápido de todos los participantes. En las noches Evaristo descansaba, veía una película y al principio visitaba a su novia o le hablaba por teléfono, y digo al principio porque después de dos semanas y las desatenciones, Giselle lo había dejado para siempre; «Me voy de tu vida para no ser un estorbo en tus metas olímpicas», le dijo incomprensiva para desdicha de nuestro atleta. Evaristo estuvo triste por algunos días, pero aquello había que superarlo emocionalmente o estaría en peligro su evento deportivo. Por eso, haciendo de tripas corazón, siguió adelante.

Ya no salía a fiestas y por primera vez dejó de ir a la playa. No hacía ninguna otra actividad física que lo pudiera agotar o desconcentrarse. Dejó de comer dulces, helados, en una dieta que solo tenía lo imprescindible que diera fuerzas a su cuerpo y a su mente que tanto necesitaba mantener en forma.

Algún que otro domingo se reunía con otros atletas para intercambiar acerca de las experiencias de los entrenamientos. De allí salía un poco más tranquilo; en aquellas conversaciones se notaba el miedo que ahogaba a sus futuros contrincantes y eso lo hacía sentirse un poco más seguro.

Por fin llegó el día tan esperado. Salió de su casa y se despidió de sus padres con la serenidad de los grandes que anhelan conquistar el podio olímpico. «Si no es la de oro, al menos regresa con la medalla de la Dignidad», había bromeado el padre, sabiendo que tanto para Evaristo como para sus contrincantes, el solo hecho de figurar en el medallero del certamen era suficiente.

Cuando dieron la voz de arrancada todos los músculos de Evaristo se tensaron por más de cuatro horas que duró la competencia. Cuando solo quedaba un quinto del trayecto por recorrer y ya había pasado airoso las cuatro primeras vallas, le pareció escuchar la voz de Héctor Rodríguez: «Y aquí viene Evaristo con el corazón en la mano, Evaristo con el corazón, Evaristo… medalla de oro para Cuba». Y con ese ánimo que él mismo se daba llegó al final con una sonrisa dibujada entre los labios.

Apenas una semana después del evento ya todo había vuelto a la normalidad. Nadie se acordaba de las madrugadas sin dormir, las salidas sacrificadas y las decenas de horas de arduo entrenamiento. Muchos lo habían felicitado por su hazaña, pero absolutamente nadie, solo sus rivales, sabían de la hazaña de Evaristo porque era algo verdaderamente extraordinario vencer un mundial de Cálculo 3 en la difícil CUJAE.

 

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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