La tesis del conejo

Y llega la tesis. El fin de una larga, interesante, divertida… -y hasta etc.- carrera universitaria. Cinco años resumidos en unas cuartillas que leerán -o al menos dirán que se leyeron- los miembros de un tribunal con el que compartirás la media hora más temible de tu existencia como universitario. Empezarás a volverte loco desde septiembre y pensarás, como han pensado todos, que no te dará tiempo. Después, pensarás en otros que han «barqueado» tanto como tú y que no han tenido que solicitar prórroga, entonces, con la esperanza de vuelta por tus razonamientos, escogerás un tema de investigación.

Escoger el tema es algo que sin dudas te llevará tiempo. Puedes escoger hacer un «pan con guayaba» (terminología tomada de Garcés: 2008) que se resume en copiar los mismos capítulos— teórico y metodológico—de algún antecesor y aplicárselo a una nueva unidad de estudio. Puedes optar por hacer algún nuevo descubrimiento epistemológico y convertirte en el Martín Barbero del futuro. O puedes coger las cosas con calma y relajarte, eso sí, cogerlo con demasiada calma puede ser muy peligroso.

Una vez seleccionado el tema suplicarás a conocidos y desconocidos que te ayuden con bibliografía. Cada vez que veas una máquina disponible en el laboratorio te sentarás en ella y te conectarás a diversos sitios para descargar documentos. Así llenarás hasta 8 GB de información, de los cuales solo leerás un diez por ciento, pero no importa, te sentirás seguro y eso es muy importante.

Entender que tu tesis se dividirá por capítulos y que cada uno llevará contenidos específicos, será algo que te puede resultar contradictorio. Pero no importa, así alguien lo estableció al inicio de la historia de las tesis y no es algo que tú, joven imberbe y rebelde, podrás revolucionar. Te ajustarás a las normas y aprenderás a resumir, citar, investigar y otros muchos verbos que no vale la pena enumerar.

Llegará el momento de las noches sin dormir y de los días durmiendo (por las noches sin dormir). Asistirás a las clases de tu quinto año solo porque serán el espacio ideal para leer bibliografía impresa mientras algún profesor pierde sus cuerdas vocales delante del aula. Romperás con tu novia y dejarás de compartir con tus amigos; leerás y escribirás como nunca antes lo habías hecho. Y te sentirás agotado como un cortador de caña, y brillante, como Einstein. Eso sí, tendrás muchas ganas de que todo termine, de irte quince días para una playa a desconectar y de no pensar que algún día tendrás que hacer tesis de maestría o de doctorado.

En fin, serán meses muy difíciles. Pero no todo está perdido. Hay un remedio que si bien no en todos los casos, en la mayoría es el más efectivo: la figura del tutor. Tutores hay muchos: de diferentes formas y colores. Entre los más comunes están los «serios y distantes» pero que constituyen una autoridad en el tema y son respetados por los tribunales, están los «hospitalarios» que te llevan a su casa, ponen su computadora a tu disposición, te preparan sabrosas meriendas y te invitan a comer; también los tutores «arquitectos » que te organizan tus ideas y las convierten en lenguaje científico; y por último, los tutores «entusiastas» que se animan contigo y terminan escribiéndote la tesis a cambio de que les escuches sus cuentos interminables sobre la última travesura de su nieto más pequeño.

Después de conseguir un buen tutor, todo o casi todo estará garantizado. Si no me creen, les cuento la historia de un conejo que en medio de la selva redactaba en una laptop su capítulo teórico. El tigre que iba de paso le preguntó: «Conejo, ¿cuál es el tema de tu tesis?» El conejo le contestó: «Mi tema es “El conejo, el animal más feroz de la selva” y si no me crees entra conmigo a la cueva». El tigre entró seguido del conejo y después de un rato el más pequeño salió algo despeinado y continuó escribiendo. Luego pasó el elefante y también el leopardo y con ambos sucedieron sucesos similares. Cuando el sol casi se ponía, el conejo cerró la laptop y bostezando regresó a su casa. Allí en el fondo, los huesos del tigre, el leopardo y el elefante, estaban entre los restos de comida de un feroz león que dormía su siesta. Moraleja: haz como el conejo, no importa que escojas un pésimo tema de tesis, lo importante es que tengas un buen tutor.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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2 respuestas a La tesis del conejo

  1. David dijo:

    Excelente!!

  2. Idalmis dijo:

    Me encantó 😀
    Verdad que hasta la tesis más noble y grata es traumática, y también verdad que el tutor -cuando menos- te hace sentir algo seguro (sí, apenas “algo”)…Mil gracias y un beso para el mío, donde quiera que esté 😛
    @B. el Temible

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