Cultura Popular: identidad y comunidad. Mesa de debate.

Participantes:

Alexis Seijo. Subdirector. Centro Nacional de Cultura Comunitaria.

Sonia Almazán. Profesora. Facultad de Artes y Letras. Universidad de La Habana.

Waldo Leyva. Director. Centro de Cultura Comunitaria.

Esther Pérez. Responsable del Programa de Formación de Educadores Populares. Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr.

Graziella Pogolotti. Profesora y ensayista. Vicepresidenta de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Ana Tania Vargas. Especialista. Centro Provincial de Cultura Comunitaria, Ciudad de La Habana.

Yolanda Wood. Profesora. Decana de la Facultad de Artes y Letras. Universidad de La Habana.

Alexis Seijo (moderador): El tema que nos convoca hoy es la cultura popular, especialmente el impacto de la globalización en ella y en la identidad. Quisiera partir de la experiencia que tiene cada uno de nosotros en los diferentes campos, no dejar fuera el trabajo que se está haciendo en las comunidades, qué se ha estado haciendo en nuestro país desde hace mucho tiempo, la labor que se está desarrollando por organizaciones como el Centro Martin Luther King, Jr. y la Universidad de La Habana.

Graziella Pogolotti: Yo quisiera aclarar mi posición respecto a eso. Decir de entrada, que no soy experta; pero tengo la sospecha de que la cultura popular ha sido vista, tradicionalmente, como una especie de esfera fija, intransformable. Pienso que la única manera de apresar y de entender -además de separar la cultura popular de la cultura de masas, entendida esta última como la impuesta por los medios-, es precisamente partir de la noción dinámica de la cultura popular.

Ha habido un proceso de deterioro de las expresiones históricas de esta cultura, que se ha manifestado, en primer lugar, en los países del Primer mundo. En Europa, desde hace años, prácticamente no quedan rasgos de su cultura folclórica tradicional.

Hace algunos años, los investigadores del CIDMUC decían que Cuba tenía el privilegio de contar con una cultura popular, y hasta folclórica, viva. Decir que era viva significaba que se estaba transformando. Creo que una de las cosas que requeriría un trabajo de investigación acucioso sería en qué punto está nuestra cultura popular en estos momentos.

Hace cuarentitantos años, en una ciudad como París, la única expresión masiva de algo que pudiera llamarse cultura popular eran los grandes bailes, donde participaba todo el mundo en las calles y en las plazas, en la víspera del 14 de julio. Y ahí se volvía al acordeón, al vals tradicional y a todas esas cosas. Lo demás prácticamente había desaparecido. Y lo mismo ocurría en las zonas campesinas. De modo que hay un proceso en el cual han intervenido muchísimos factores -el desarraigo de la población, la intervención de la radio primero, de la televisión después-, que han tenido como consecuencia lo que a mí me parece más grave de todo: que se produce un destinatario pasivo, que se subordina al mensaje y a los patrones de estos medios y no un participante activo, como sucede en la verdadera cultura popular.

Yolanda Wood: Yo quisiera seguir en la dirección que la doctora Pogolotti ha iniciado; porque, efectivamente, el tema de la acción cultural, la permanencia y la manera viva en que se supone que estos modelos funcionan dentro de la sociedad y dentro del sistema de la cultura, han generado, desde mi perspectiva, algunos problemas teóricos, en el campo de la estética y de la historia del arte, que en la enseñanza, por ejemplo, son sumamente importantes. Me refiero a la formación de estereotipos perceptivos y culturales basados, en lo fundamental, en una noción totalmente contraria a esto que decía la doctora: entender la cultura popular como un elemento fijo, como una especie de consumo predeterminado que, en gran medida, ha estado apoyado por una noción estética y cultural que tiene que ver con sistemas interpretativos de nuestra realidad ajenos a nuestros procesos de formación cultural.

Para la enseñanza esto es un reto enorme, en cada una de las materias que nos corresponde enseñar. Para el área del Caribe, el tema de la cultura popular y el modo en que ha interactuado en la formación de los valores de identidad en las sociedades caribeñas        -entre ellas, por supuesto, la cubana-, es esencial.

En gran medida, muchos de los conceptos con los cuales, en ocasiones, interpretamos y analizamos esos sistemas visuales o culturales vinculados a lo popular, han surgido de nociones establecidas, de criterios estereotipados. El ejemplo supremo para el área del Caribe, en este sentido, podría ser el de la pintura popular haitiana, denominada, desde modelos exógenos, como surrealista o naif. Al clasificarla así se ignoran o devalúan los factores sociales y culturales que dieron nacimiento a ese movimiento, tan auténtico en el caso haitiano.

Creo que este es un tema igualmente importante: los sistemas de valores, todo el sistema axiológico que tenemos elaborado para el estudio y el análisis de estas corrientes del arte popular; que deben partir, en primer lugar, de nuestra propia constitución como pueblo, que es lo que le da la condición «popular» a una cultura.

Por supuesto que la conquista y la colonización no constituyeron, por sí mismas, un proyecto cultural; ese proyecto fue resultado de una simbiosis, una mezcla sumamente activa en el proceso de formación histórica, y dio lugar a esto que somos hoy, a la propia noción de pueblo. De modo que yo sugiero también la importancia del estudio y el análisis de este concepto, de este elemento de la cultura popular, visto desde la perspectiva de la formación histórico-social de nuestra condición de pueblos. Si seguimos a Darcy Ribeiro, seríamos además pueblos nuevos, pueblos concebidos dentro de esta hibridación como rasgo que nos cualifica en lo esencial.

Waldo Leyva: Ayer estuvimos hablando de lo que decía Yolanda ahora, es decir, el análisis desde dentro de la cultura popular, su propio protagonismo, lo que significa el reconocimiento de algunas formas de manifestación de esta cultura. Se puede hablar de la haitiana, y ayer, por ejemplo, estábamos hablando del lenguaje tropológico del campesino cubano en determinadas zonas del país, que da origen a una manera distinta de hacer la décima. La gente dice: «Son más cultos, porque tienen un lenguaje mucho más elaborado, manejan mucho la metáfora, la imagen». Efectivamente, hay un nivel de educación más alto en el país, que ya conocemos. Pero, de todos modos, desde el mismo origen, desde el campesino analfabeto de nuestro país había un gusto por la palabra, un dominio de la metáfora. Esto como coletilla simplemente.

Graziella Pogolotti: Déjenme apuntar una cosa. Cuando yo tuve relación con ese universo campesino, tenía que explicar cosas. Yo traía un léxico que respondía a otro tipo de formación, a veces ellos no entendían exactamente el significado de las palabras, pero les fascinaban esas palabras. Un gusto por la palabra, por la palabra que suena bonito.

Sonia Almazán: Una de las cosas que más me llamó la atención cuando estuve, en el 61, en la alfabetización -cuando todavía no había ese nivel que señaló Waldo-, fue precisamente eso: el gusto por la palabra y la utilización de determinadas frases que me parecía que tenían que estar fuera de su vocabulario, que era imposible que un campesino fuera capaz de decirlas.

Pero a lo que quería referirme es a algo que considero como un reto muy importante para nosotros, que es la preservación de la identidad y la cultura popular. Por esto es necesario un serio trabajo de investigación.

Creo que no hay nada más enriquecedor para un trabajador de la cultura que hacer una búsqueda de información de las áreas culturales. Eso no solo ayudaría a la preservación de estas, sino que permitiría ser facilitadores de esa cultura popular y de su función dinámica.

Muchas veces he visto, en el trabajo cultural, que vamos a una zona campesina y decimos que «este» debe ser el trabajo que debemos realizar, y «estas» las manifestaciones que debemos propiciar; realizamos no una labor de intervención cultural sino de intervencionismo, cuando debe ser todo lo contrario. El trabajo cultural debe estar guiado, mucho más el que está relacionado con la cultura popular, por su propio carácter activo, debe ir a buscar esas fuentes para que salgan de ellas mismas los objetivos y los proyectos.

Creo que uno de los grandes retos está, precisamente, en que nosotros seamos capaces de ir a la cultura popular, para luego ayudar a programarla. Y no establecer -a veces desde lo establecido- normas, y así frenar su función dinámica, su carácter dinámico. Esto en las zonas rurales es más fácil de hacer, porque están más respetados los límites históricos.

La división político-administrativa es otra de las cuestiones que atenta, sobre todo en el orden urbano, contra la identidad cultural; esa identidad de la cultura popular. Es absurdo que se hable de una zona como, digamos, Nuevo Vedado-Puentes Grandes. ¿Cuál es la identidad cultural de esa zona? Ninguna. Porque se ha hecho una división territorial sin atender a algo tan importante como son las identidades de esa región. Y eso atenta contra la cultura popular. Puentes Grandes tiene una rica historia cultural, pero al unirlo con una zona -Nuevo Vedado- que no tiene una identidad cultural, porque los vecinos todos son nuevos, ¿en qué situación queda? ¿Qué política se traza? ¿Cómo se trabaja la cultura popular? ¿Cómo se preserva? ¿Cómo se desarrolla? Se mata, porque la zona, pudiéramos decir, con menos historia cultural anula a la que sí tenía herencia cultural. Y no voy a referirme a la preservación de El Carmelo como centro fundacional de El Vedado, que también está repartido.

Nosotros hablamos de globalización, hablamos de pérdida de la identidad, hablamos de una serie de peligros que no son ajenos, son ciertos y atentan contra la nación. Pero también pensemos en la parte de adentro. Contra eso no está atentando nadie de afuera, estamos atentando nosotros mismos. Estamos atentando contra la cultura popular y contra su función dinámica porque la programamos sin conocerla y porque muchas veces la dividimos. Y esas son cosas realmente peligrosas para el mantenimiento de la identidad cultural, inclusive de la nación.

Esther Pérez: Yo me siento, en cierto sentido, como la quinta pata de esta mesa. Porque todos ustedes proceden, de una manera más cercana, más natural, más orgánica, de la cultura artístico-literaria. Ese no es mi caso. Yo, desde hace muchos años, después de estudiar Letras, primero hice un desvío importante hacia las ciencias sociales y luego me he dedicado, sobre todo, a trabajar en procesos donde está presente, como en todas partes, la cultura artístico-literaria y sus expresiones; pero que involucran la cultura en un sentido más amplio.

Yo siento que trabajo en el terreno de la cultura cuando estoy en un proyecto de construcción de viviendas en un barrio. Siento que estoy trabajando en el terreno de la cultura cuando participo en un proyecto de huertos populares. Esa es la dimensión de la cultura en la que me voy a ubicar para hacer algunos comentarios. Por tanto, me voy a estar refiriendo a cultura como aquellas maneras que se van acumulando en determinados grupos humanos y que envuelven sus percepciones, sus relaciones, sus maneras de reaccionar más características. Que es un campo -y esto es otra cosa- de tradición y al mismo tiempo de cambio. Es un campo donde constantemente se están produciendo las maneras en que es dable esperar esa reproducción de la vida social y donde también se están operando los cambios, las transformaciones. Entonces, en ese sentido, reivindico para esta definición de cultura lo dinámico que se mencionaba al hablar de la cultura popular en su sentido artístico-literario. Esta es una primera cosa.

A veces me da la impresión de que cuando hablamos de procesos locales, oponemos los sujetos locales -aun cuando no sea expresamente-, a algo que serían sujetos y procesos más amplios. Estamos pensando en sujetos locales y sujetos, digamos, nacionales. A mi juicio, y desde mi experiencia, esto no es verdad. Sobre todo en el caso de Cuba -donde partimos de un proceso histórico en el cual el elemento de comunidad no ha tenido el peso que tuvo y tiene en otros lugares del continente latinoamericano-, los sujetos locales son, al mismo tiempo, sujetos nacionales, e incluso sujetos de procesos que van más allá de lo nacional.

Este es un problema con el que me topo una y otra vez: la tendencia a acotar sujetos locales. A mi juicio, esto se agrava porque en Cuba la mayoría de los trabajos comunitarios que conozco tienen como protagonistas, o por lo menos como algunos de sus protagonistas principales, a personas que no son miembros de los procesos locales en los cuales pretenden incidir.

Yo he hecho un ejercicio en los talleres del Centro Martin Luther King, Jr. Les pido a las personas que van allí que representen a una comunidad. Y es muy curioso y bastante preocupante que, comúnmente, en esas dramatizaciones la comunidad aparece como una cosa pasiva, amorfa, sin capacidad de iniciativa, de autorganización. Y el único sujeto claro, orgánico, con un proyecto, es el especialista que viene de afuera. Me preocupa mucho que estemos operando, incluso inconscientemente, con este tipo de aproximación.

El segundo problema que quisiera discutir tiene que ver con las identidades. Se ha puesto de moda el tema últimamente. Nunca se ha hablado tanto de identidad en Cuba como lo hacemos ahora. Hay una interesantísima entrevista que le hicieron a Ambrosio Fornet en la que él dice: «No, en los 60 las vivíamos. Ahora las discutimos». Es lógico: en todos los momentos de crisis, en los momentos en que se ponen en cuestión las cosas, en que surgen las confrontaciones, los problemas, lógicamente hay una tendencia a la introspección. Y qué bueno.

Pero tengo un problema con muchas de las discusiones sobre identidad en las que participo; siento, también subyacente, la tendencia a considerar que todas las identidades con las que nos topamos son buenas, mientras que exista por allá afuera una cosa que se llama proceso de globalización, que es malo. Entonces, la identidad local, la identidad nacional, la identidad popular es algo intrínsecamente bueno, es un caramelito perfecto que hay que proteger contra algo que viene de afuera y que ese es nuestro papel, el de protectores y conservadores.

En este sentido, creo que nos resulta útil considerar también, además del concepto de identidad, el de acumulación cultural. ¿Por qué? Porque, en primer lugar, introduce la dimensión de la historia. Si hay una tendencia a ver la identidad como algo estático, fijo, dado, etc., algo vinculado solo a una tradición, el concepto de acumulación inmediatamente introduce el tema de la historia, de lo procesual.

Y en segundo lugar, el concepto de acumulación cultural -que, por cierto, es de un cubano y no se discute entre nosotros lo suficiente-, nos permite ver que las identidades se van formando sobre la base de procesos complejos en los cuales intervienen las rebeldías, las iniciativas, las transformaciones, pero también los acomodos ante la dominación.

Me parece que es muy sano darnos cuenta de todos los elementos que intervienen en estas identidades con las que trabajamos. Pongo un ejemplo: hace algún tiempo yo hablaba con un compañero que está trabajando, en un país latinoamericano, el rescate de la identidad maya, frente a la invasión cultural blanca de cinco siglos, que ahora se pone peor por la globalización. Y claro, no queda otra cosa que aplaudirlo. Pero yo le planteaba las siguientes preguntas: ¿Y el problema de la subordinación de la mujer? ¿Y el problema del machismo de estas sociedades tradicionales, que es muy fuerte? ¿Qué hacen con él? «No, eso forma parte de la cultura, parte de la identidad popular. Imagínate tú qué problema me planteas».

Lo digo porque en el caso cubano nos podemos encontrar con cosas semejantes. Por ejemplo, el racismo. A mi entender hay formas y expresiones racistas que forman parte de la cultura popular cubana. Esto es discutible, pero como lo creo, lo digo. Y si nosotros vamos a aceptar que la cultura popular cubana es una maravilla y es una preciosura y es una cosa que hay que defender contra otros impactos solamente -y no digo que no haya que defenderla, pero no limitarnos a defenderla, como es, frente a esos impactos- nos vamos a encontrar con problemas muy graves. Primero, por ejemplo, vamos a estar defendiendo el racismo. Segundo, a lo mejor, desde otros lados, nos pueden estar llegando interesantes discusiones sobre racismo, sexismo, etc., que no vamos a incorporar a los fondos de nuestra cultura; y que se nos van a colar de la manera que no queremos, de la peor manera y no de la mejor.

Waldo Leyva: Quiero puntualizar algo que me parece importante. Me refiero a cómo abordar el trabajo en la comunidad y en la cultura popular: si desde afuera, con el agente externo que llega a trabajar y de alguna manera, haga lo que haga -una investigación de campo, promociones, todo eso- después resulta una especie de elemento activo, transformador o mediador en ese trabajo; o si lo que se prefiere es, a partir de una investigación, del reconocimiento de la naturaleza de una comunidad, que la comunidad misma sea la protagonista, su propio agente de transformación.

Pensando en esto que acabo de decir, siempre insisto en lo siguiente: creo que este es un proceso dialéctico. Hay que trabajar en ambos sentidos. Nosotros tenemos siempre una tendencia al blanco o al negro. Si ayer interveníamos y llevábamos hasta la Sinfónica -que hay que seguirla llevando- a la comunidad, a los lugares más intrincados, y esa era nuestra labor con la comunidad, o con la población, o con los municipios; después llegó el momento en que nuestros técnicos dijeron : «No, esa es una intervención foránea, que desnaturaliza, que no tiene nada que ver con la esencia de la cultura de las distintas regiones». Yo oí decir una vez: «Si a la gente de Baracoa lo que le interesa es trabajar con la polimita, lo hay que desarrollar es el gusto por el manejo de la polimita». ¿Se dan cuenta? Me parece un concepto casi fascista, ¿no?

Entonces, ni una cosa ni la otra. Yo creo que lo que hay que ver es cuál es la naturaleza de una determinada comunidad, la naturaleza de su cultura, trabajarla, propiciar el protagonismo de esa comunidad. No hay duda de que hay que propiciarlo, que los agentes de transformación -estoy hablando de transformación- de esa comunidad pueden surgir de allí mismo. Pero nunca pensar que la acción desde afuera sea inoportuna por sí misma. Porque en la comunidad están todos los valores. Están los buenos y están los malos. Y habría que ser demasiado ingenuo para creer que la cultura de la comunidad se formó bajo una copa de cristal. Se forjó en un mestizaje permanente, con la influencia de los medios de comunicación, de agentes externos que van llegando, por acumulación. Y se va formando la cultura de mestizaje con toda una cantidad de elementos que pueden ser positivos para la propia comunidad, para su desarrollo social; pero pueden ser también muy negativos. Puede ser como dice Esther, el machismo, el racismo, o pueden ser otros elementos, digamos, el kitsch; y no el kitsch visto desde nuestra óptica, porque a lo mejor a la comunidad no le parece kitsch. Y entonces también habría que entrar a valorarlo. Aunque hay cosas que son, y habría que luchar porque no sean. Porque los indiecitos de yeso son kitsch, le guste a la comunidad o no. ¿Quién le impuso ese modelo? ¿Nació de la comunidad? No. Vino de afuera también.

La cultura, en última instancia, es un proceso de mestizaje permanente. Aun en aquellas zonas más intrincadas y perdidas, de alguna manera el vínculo con lo externo se produjo, empezó a formar parte de su cultura, y se asumió, se transformó. Insisto en que hay que trabajar con la comunidad, hay que conocerla, saber cuáles son sus elementos de gusto. Pero, de todas maneras, el agente externo tiene la función -junto con los posibles transformadores que salgan de la propia comunidad-, de trabajar con esa comunidad, de conducirla a que ella misma logre encontrar sus elementos más positivos para la salvación de lo esencial de su cultura.

Ana Tania Vargas: Estoy oyendo con mucha atención todo lo que ustedes están diciendo y pienso que, de una u otra forma, nos estamos acercando a debatir dónde se sitúa el protagonismo en el desarrollo de la cultura. Y yo diría que no solamente de la cultura popular, sino de la cultura en general. Nos estamos acercando a un problema que vivimos a diario. Estoy muy de acuerdo en que muchas veces, debido a la misión de las propias instituciones, la cultura se analiza con una visión muy estrecha. Y pienso que independientemente de las funciones específicas de cada una de las instituciones culturales o de aquellas que a veces no son consideradas como culturales, pero que, a mi juicio, también lo son, hablar de cultura es hablar de desarrollo, y es hablar ante todo del hombre, con una visión antropológica, humanista, de lo que es el desarrollo.

Como ustedes decían, hay problemas que están en el orden político-administrativo; pero creo que estas cuestiones de los enfoques en relación con la cultura son fundamentales para poder derivar y canalizar el trabajo cultural. Si bien estoy de acuerdo en que hay que considerar muy seriamente los aspectos acumulativos de la cultura -porque ahí es donde, en definitiva, queda la sedimentación de todo el proceso histórico-social de cualquier grupo, de cualquier nación, de cualquier cultura ampliamente expresada-, pienso con sentido crítico que lo que más nos ha fallado en nuestro trabajo es el análisis de los factores procesuales. No se ha hecho énfasis suficiente en los procesos mediante los cuales, en definitiva, la cultura se dinamiza y actualiza.

Desde este punto de vista, ¿qué ocurre? Al no tener un criterio sólido de la cultura como proceso, muchas veces las instituciones centran sus funciones en torno a aquellos aspectos que gozan de un carácter más axiológico, más reconocidos como valores asentados de la cultura, que ya están sedimentados históricamente, y dejan muy poco margen a aquellas muestras de la creatividad que quedan en manos, precisamente, del hombre que vive la cultura, que la recrea cotidianamente y, también, la transforma..

Ahí es donde están los fenómenos en relación con el protagonismo. Se habla mucho de protagonismo, de protagonistas, y esto se ha convertido en un concepto vacío. ¿Qué se entiende por verdadero protagonismo de los actores sociales? ¿Y quiénes son los actores sociales? Porque muchas veces se exime a las instituciones como actores sociales y se considera que actor social es nada más que aquel que de una forma espontánea, individual o en grupo, se incorpora, participa y actúa transformadoramente, provocando cambios. Pero hay que tener en cuenta que las instituciones también forman parte de ese protagonismo.

¿Cuál sería, en definitiva, la función de las instituciones? Catalizar aquellos procesos en los cuales la cultura realmente fomente el desarrollo con un carácter integral. Pero para eso hay que partir, con claridad, de qué es lo que se entiende por cultura, y qué es lo que se entiende por actores sociales.

Creo que es fundamental, en cuanto a la gestión local, lo que entendemos por sujetos locales. Porque a veces también tenemos -en ese afán un poco parcelario de hacer nuestro trabajo-, muy marcada la visión político-administrativa. Y olvidamos las funciones y las misiones institucionales, la imbricación interdisciplinaria, multi y transdisciplinaria que tiene que haber en todo proceso de desarrollo. No nos damos cuenta de la relación intercontextual que hay en la cultura. Y entonces no vemos que ese mismo sujeto, es el del barrio de Pogolotti, pero lo es de Marianao, de Ciudad de La Habana, de Cuba. Y es el sujeto de América Latina también. La multiplicidad de roles y posiciones que tiene un mismo sujeto en un contexto y en otros, y la relación que establece con el resto de la sociedad como individuo y como grupo y considerarlo como eso: el hombre.

Esther Pérez: Y la mujer.

Ana Tania Vargas: Exacto. Esos son rezagos que nos quedan. Creo que estas cuestiones son importantísimas a los efectos del trabajo para el desarrollo de la cultura popular y de la cultura comunitaria en general. Y es necesaria la reflexión sobre todos estos aspectos, y no solo la reflexión, sino el consenso.

Graziella Pogolotti: Quiero hacer un comentario a lo que se ha venido diciendo aquí. Creo que estamos llegando al punto en el cual se unen los tres temas: cultura popular, comunidad e identidad.

A partir de mi experiencia particular me parece muy importante la llamada de atención que ha hecho Esther. En primer lugar, porque pienso que si estamos hablando de cultura, efectivamente, hay que definir qué es lo que entendemos por cultura. Si entendemos su expresión artístico-literaria o si entendemos la cultura como una síntesis del modo de vivir, de las costumbres, de las circunstancias en que vive la gente y ante las cuales reacciona.

Pienso que esta dimensión última es, realmente, la primera, la que sirve de base al desarrollo de todo lo demás. Y quisiera de algún modo recordar de qué manera nosotros hemos ido evolucionando en la concepción de lo que los sociólogos llaman «la gente».

Yo recuerdo que, en los primeros años después del triunfo de la Revolución, lo que se nos imponía, por tradición, era una noción de difusión cultural. Y en aquel momento, con la mayor generosidad del mundo -y además, en una circunstancia en que realmente la gente estaba proyectada hacia la necesidad de saber, de aprender, de incorporarse a un mundo de ideas que estaban en estado marginal-, nuestras instituciones hicieron planes de ese tipo: cursos, conferencias; se iba a las fábricas, se iba a todas partes. Pero de una manera inconsciente; los que trabajábamos en aquel momento teníamos una actitud, como decía, generosa; pero también paternalista.

Recuerdo todavía cuando se le encargaron a la Universidad los primeros trabajos que se llamaron sociales. Nosotros arrancábamos para Isla de Pinos, íbamos a un campamento de prostitutas rehabilitadas y les proyectábamos Las viñas de la ira, sin saber, verdaderamente, cómo aquello se articulaba con las necesidades, con las demandas de esa población a la que nos estábamos dirigiendo desde nuestro saber eminentemente letrado.

Estas experiencias fueron surgiendo y cambiando el contenido. Y esta praxis nos llevó a asumir un punto de vista que tenía mucho que ver con la necesidad de una investigación de la realidad, una investigación permanente.

En mi experiencia en el Escambray, empezamos por hacer un estudio, una investigación de campo, sobre la base de la memoria, el presente y la perspectiva futura de la gente. Ahí nos encontramos con el material con el que debíamos trabajar. Estábamos viviendo en un contexto en el cual se producían cambios muy rápidos en la vida de los campesinos, que pasaban, de los bohíos y los bueyes, a vivir en casas de apartamentos; que pasaban de la producción individual en el pedacito de tierra a la integración a planes de desarrollo con procesos mecanizados en las vaquerías. Era el choque entre la tradición y la modernidad en el terreno concreto de la vida de la gente, y nosotros nos dimos cuenta de que, para hablar de la otra cultura, había que partir de la cultura nuestra, pero también de la otra cultura. Y desencadenar un proceso en el cual la gente se reconociera a sí misma, se redescubriera, para que a partir de ese redescubrimiento pudiera incorporarse de una manera más orgánica a este desarrollo.

Aquel fue un proceso dialógico. Nosotros aprendimos muchísimo de los campesinos, de lo que ellos eran, de cómo pensaban, hasta de cuáles eran sus gustos; a respetar su manera de ver el mundo. Pero también les fuimos introduciendo paulatinamente muchos elementos de la cultura otra en las circunstancias que nos parecían más adecuadas, con las fórmulas que nos parecían mejores. De tal modo que este elemento de diálogo entre una y otra cultura estableciera también su proceso de transformación y de cambio de vida.

Yo pienso que el objetivo fundamental de lo que tiene ese horrendo nombre de «agente cultural» es lograr que ese acumulado cobre vida y, de algún modo, haga innecesaria la presencia del agente. Es decir, el objetivo último debe ser ese. Y que la gente se sienta participante y responsable no solo en cuanto a su asimilación del mensaje musical o literario, sino también en su papel creador en el seno de la sociedad, en el mundo del trabajo. Porque si pensamos en expresiones históricas tradicionales de la cultura popular artística: la música, la danza, en todas las regiones del mundo, estas estuvieron muy imbuidas, articuladas, al ritmo que tenía el trabajo.

Alexis Seijo: Creo que nos encontramos en el punto de contacto entre identidad, cultura popular y comunidad. Pero sería muy bueno que se refirieran, a partir de las experiencias de cada cual, a cómo se pudiera lograr que la comunidad entienda que ese proyecto es suyo y que ella sea la protagonista real y efectiva de su propio desarrollo.

Sonia Almazán: Hay una palabra que dijo la doctora Pogolotti, que es vital: reconocimiento, redescubrimiento. Es a partir de esto que ese agente mediador, ese interventor, puede encaminar su trabajo. Hay otro problema que también debemos atender -y es una de las grandes defensas frente al fenómeno de la globalización-, que es el sentido de pertenencia del individuo a su comunidad cultural. La gran defensa, el gran escudo, no solo para la nación cubana, sino para cualquier cultura, está sencillamente en dotar al hombre o llevar al hombre al orgullo del sentido de pertenencia a su cultura. Si el individuo no tiene sentido de pertenencia, si no está consciente de cuál es su cultura y de los valores de esa cultura; sin el orgullo por los valores de esa cultura, ese individuo está a merced de lo que pueda traer cualquier cosa. Cosas muchísimo más peligrosas, en el orden cultural, que el kitsch, como son los muñequitos, o determinadas películas que puedan convertirse en las únicas de su gusto.

Ese agente mediador, transformador, que sería el que daría el reconocimiento, o que va a llevar a esa comunidad cultural a un autorreconocimiento, a un redescubrimiento de sus valores culturales, debe ser un profundo conocedor de esa comunidad. Me niego a que la cultura sea estática, y que si hay machismo, si hay racismo, como parte de la tradición cultural de una zona, nosotros tengamos que defender el machismo y el racismo para no alterar, para no tocar, para no dañar la identidad cultural de esa zona, de esa región, de esa comunidad. El verdadero trabajo del agente de desarrollo cultural -nos guste o no el nombre- es llegar a la esencia del fenómeno cultural de esa comunidad, y ayudar a redescubrirla, a reconocerse, a elevar su sentido de pertenencia. Trabajar en la solución de esos elementos negativos, que han sido parte de su historia cultural y son parte de su acumulación cultural, que no los podemos negar, pero tampoco tenemos que creer -porque la cultura no es estática- que deben permanecer.

Yo no le tengo miedo a este fenómeno de la globalización, del impacto de determinados fenómenos culturales en las comunidades, sean locales o nacionales, porque creo que nuestra cultura es totalmente mestiza. Es un resultado cultural de muchas culturas. Y si nos hubiéramos negado a aceptar estos retos y a recibir estos impactos, no seríamos hoy lo que culturalmente somos. Por lo tanto, tenemos que estar abiertos, y creo que una de las cosas que ese agente mediador de desarrollo cultural debe llevar a la comunidad es eso: dar a conocer esas otras opciones, propiciar esa oportunidad; independientemente de que, en nuestro país, es muy difícil que alguien no tenga acceso al radio, a la televisión, al cine; los estudiantes estudian en las capitales de provincias; las zonas más alejadas, están electrificadas. No creo que queden comunidades vírgenes en el orden cultural. No podemos pretender tener laboratorios culturales para estudiar las tradiciones. Tenemos agentes vivos, elementos vivos, y creo que lo hermoso en el orden cultural es que son vivos y se están transformando constantemente.

Uno de los grandes retos que tiene América Latina en su integración, y Cuba dentro de nuestra América, es la integración cultural como defensa ante la globalización, a partir del reconocimiento y el redescubrimiento de sus valores culturales en la comunidad misma. No puede haber defensa, a nivel de políticas nacionales, si no hay detrás una comunidad cultural afianzada, una comunidad cultural que se autorreconoce.

Yolanda Wood: A mí me cuesta bastante trabajo limitar el término comunidad en sentido espacial y cultural. Porque sin duda alguna, cuando estamos hablando de comunidad, estamos hablando de una noción extraordinariamente relativa que puede derivar a fronteras muy precisas, pero también a otras más imprecisas, que dan lugar a comunidades cada vez mayores. En este sentido, pienso que estamos en una zona de riesgo a la hora de establecer rasgos muy definidos en torno a esta cuestión. Porque una comunidad puede ser, efectivamente, un poblado de tres mil habitantes y puede ser un grupo de músicos que mantiene una tradición. Esta noción relativa que introduce la dimensión comunitaria, como concepto operacional en el campo de la cultura, es algo que tiene que funcionar vinculada muy directamente a los otros conceptos que estamos analizando de conjunto. Tiene que ver con los patrones de evaluación de los componentes de identidad que funcionan para esa comunidad, que puede ser una comunidad de muy diverso orden y que, por tanto, dificulta un poco poder llegar a algunas cuestiones muy generales.

Yo, en principio, estoy de acuerdo con lo que han expresado algunos compañeros -la doctora Pogolotti, Esther, Sonia- en cuanto al hecho del enorme cuidado que hay que poner en las relaciones de intervención, o las vías de intervención en una acción comunitaria. Y cómo el elevar el protagonismo del colectivo que integra esa comunidad le da valores superiores a cualquier proyecto en este sentido.

Coincido con algunos compañeros en que quizás la globalización, por su impacto, produce la activación de un rasgo cualificador fundamental de la identidad, que es la legitimación frente al otro. Toda identidad presupone un acto de legitimación ante el otro. Implica un autorreconocimiento de sí mismo ante las amenazas o las contraposiciones que se establecen, como cultura otra, frente al sujeto —individual y colectivo—, y que definen modelos de comportamiento en oposición o contraposición a los que él establece, a los que lo definen.

Sobre todo en nuestros países, conformados por un ideal de pueblo que está todavía a flor de piel, que prácticamente está vibrando en la constitución fundadora de nuestras naciones, que son naciones jóvenes, que tienen todavía un hilo conductor muy inmediato con sus traumas y los procesos originarios de su conformación nacional, la globalización puede producir un impacto generador de un espíritu de mayor intensidad en la defensa de la identidad. Podríamos pensar que fuera así.

Más que la globalización, me preocupa un problema que no aparece mencionado aquí y que no podemos ignorar a la hora de hacer este análisis en Cuba y en nuestros países del Caribe y de Latinoamérica. Es el tema del turismo, como generador de nuevos impactos, importantísimos, en la cultura popular y la identidad. Está contribuyendo de modo extraordinario, por lo menos en el contexto cubano, a una activación de los fenómenos de la cultura popular y a la difusión de estereotipos de esa cultura, y aun generándolos. Es una situación que no podemos ignorar a la hora de hacer estos análisis.

Hay prejuicios en el campo de la cultura popular que limitan extraordinariamente la posibilidad de un análisis integrador de esta cultura en su versión más original, que es la cotidiana. Cada vez que haya que poner una tienda para vender cosas que debieran existir en las tiendas normales y corrientes; cada vez que se ponga un timbiriche de café en la esquina, porque desaparecieron los que teníamos; cada vez que tengamos que accionar sobre esos componentes de una cotidianidad cultural popular, estamos llamando la atención sobre un desmoronamiento —por nosotros mismos y por nuestras propias políticas inadecuadas— de estas proyecciones culturales cotidianas.

Yo creo que, en lo fundamental, hay que estimular nociones de una cultura popular legitimada a escala social. Y quisiera introducir el término legitimación, que no se ha valorado aún en la mesa, y me gustaría que pudiéramos reflexionar sobre esto.

Porque es cierto que la cultura popular tiene una función activa, funciona de un modo procesual; es cierto que es acumulativa, que funciona con un rango de actividad propia, pero, atención, hay medios de legitimación de esa cultura popular. Y por algo la rumba es hoy lo que es, cuando empezó siendo una música de cajón en medio de los solares. Quisiera que reflexionáramos también sobre el hecho de en qué medida la cultura artística y literaria de un país es un factor fundamental de legitimación y de creación de valores paradigmáticos de la cultura popular. Y cómo los prejuicios que aún existen en las propias instituciones y, en ocasiones, en las propias políticas culturales son, sin embargo, asumidos, apropiados e incorporados a la dinámica de la identidad cultural nacional por la vía de la cultura artístico-literaria.

Yo recuerdo cómo un movimiento tan contradictorio como fue el de la plástica cubana de los 80 constituyó una renovación de la lectura de la cultura popular, en muchísimas versiones. Porque la cultura popular toca todo un conjunto de zonas de la conformación de la identidad, que están profundamente cargadas de prejuicios dentro de una cultura, digamos, establecida, y aceptada como la norma cultural propia o media.

Esther mencionó el tema del racismo, pero hay muchos otros como, por ejemplo, el léxico, al cual creo que deberíamos aludir también; el problema de la palabra, el problema del léxico, el refranero, la tradición popular, que constituye una expresión también cotidiana de la cultura popular. Y cómo vivir en un país y hacer un país que pueda mantener activos los rasgos cotidianos de su cultura, al margen de programas orientados al desarrollo de una acción comunitaria de conservación, preservación o desarrollo de proyectos culturales,

La crisis que hemos sufrido en términos económicos ha producido cosas tan graves, por ejemplo, como la desaparición de olores fundamentales en nuestros espacios cotidianos; la desaparición de elementos —decía ahorita—, como «el café de tres quilos», que ya no puede valer tres centavos, pero que ni siquiera valiendo más ha vuelto por sus fueros. Cosas de ese tipo forman parte de una identidad y, por supuesto, del modo de vivir la ciudad, del modo de vivir el espacio, que forma parte de una identidad y de una cultura. En el Congreso de la UNEAC tuvimos oportunidad de escuchar intervenciones muy inteligentes y brillantes sobre estos asuntos, que constituyen un rasgo cualificador fundamental: el modo de vivir el espacio público es fundamental.

Vuelvo al planteamiento inicial: la noción de comunidad no nos puede limitar, no nos puede entrampar. La comunidad funciona en una dialéctica de relaciones con fronteras espaciales establecidas, pero establecidas por nosotros mismos. Y, por lo tanto, ¿cómo romper esos esquemas también? ¿Por qué no se puede sentar uno hoy en un taburete, señor? ¿Por qué no hay un taburete? ¿Cómo es posible que no haya dónde comprar un taburete?

Yo diría que hay que entender la identidad en su decursar, como un elemento histórico, social; como una acumulación de valores anteriores que van decantándose. La noción de acumulación tiene un peligro, y es que, en realidad, no es una acumulación indiscriminada, hay una sedimentación, hay un dejar de lado, pero hay también la acción legitimadora desde la parte institucional. Porque el taburete hay que rescatarlo. A mí no me importa, se los digo con tranquilidad, si el taburete era la tradición de una comunidad dada. Yo sé que ya el taburete es parte de la cultura cubana. Y yo quiero tener uno en mi casa. Y quiero tomar café en las esquinas. Eso forma parte de una cultura popular de lo cotidiano, que es también muy importante tomar en cuenta.

Alexis Seijo: Lo que ha estado expresando Yolanda es muy importante. De alguna manera hemos identificado o analizado diferentes principios que se deben tener presentes en el trabajo comunitario. Un elemento importante es la participación real y efectiva de la comunidad, el respeto a la cultura local y también el respeto a los modelos culturales y a la diversidad.

A partir de lo que han dicho ustedes, quisiera hacer una pregunta: ¿cómo influyen en el desarrollo de la cultura popular las nuevas dinámicas económicas y sociales, en la Cuba de los 90?

Yolanda ha estado presentando algunos elementos que es importante analizar situándonos en los momentos en que está Cuba, cuando hay otras dinámicas que no existían en los 60, los 70, los 80, o que estaban subyacentes. Otras se introducen o se redimensionan en los años 90. Creo que ese va ser uno de los grandes retos que vamos a tener en el trabajo cultural en los próximos años.

Se habla, por ejemplo, del turismo, de sus impactos positivos y negativos, y de qué va a pasar cuando vengan dos millones de turistas. Aunque no somos las pequeñas islas del Caribe donde la cultura está muy afectada por el desarrollo turístico, creo que es un aspecto que debemos tener presente. ¿Cómo creen ustedes que influyen, o van a incidir, esas nuevas condiciones económicas y sociales en la cultura popular, en la identidad cubana.

Ana Tania Vargas: Yo pienso que ahí es donde reside la dicotomía entre lo que deben ser las funciones de intervención, fundamentalmente institucionales, y la necesidad de propiciar esos marcos participativos al resto de la población. Porque en la cotidianidad se producen procesos culturales y también contraculturales, de manera espontánea. Hay que analizar hasta qué punto la intervención debe propiciar la participación ciudadana, y qué papel debe desempeñar dicha intervención a los efectos del desarrollo y la validación de los elementos positivos de la cultura popular, ante los elementos contraculturales que se introducen.

Hace tiempo yo decía en un trabajo que quizás el superobjetivo de cualquier intervención sociocultural es su suicidio. Lo decía sobre la base de algo que me criticaron mucho, y es que nosotros tenemos que contar en nuestro trabajo con elementos sociopsicológicos muy fuertes; y no es lógico aquel protagonismo que muchas veces no se asienta sobre el desarrollo de una conciencia y una verdadera responsabilidad social del sujeto.

Los fenómenos que se están dando en estos momentos ocurren en un marco mucho más dinámico de lo que estábamos acostumbrados. Y muchas veces no sabemos, o no tenemos elementos suficientes como para saber hasta qué punto y de qué forma contrarrestar elementos contraculturales que la población no identifica como tales. Y que se cuelan dentro de todo el quehacer cotidiano en todos los ámbitos y en todas las áreas de la actividad social.

¿Hasta qué punto es responsable la intervención de las instituciones en catalizar o ser elemento de contrapartida de esos factores contraculturales que se manifiestan en todos estos procesos? Creo que ahí está el reto fundamental del trabajo cultural, junto a la posibilidad de abrirse a aquellos proyectos que tienen un carácter creativo, y son los que aportan la dinámica transformadora y el desarrollo de la cultura popular en la comunidad, en esa población que es la que vive esa cultura y que debe participar con mayor intención desarrolladora y conciencia. Es decir, con mayor protagonismo.

Esther Pérez: Yo creo que Yolanda puso la mesa caliente. Yo he hablado de que vivimos una crisis de identidad. Me parece buenísimo lo que Yolanda ha dicho porque creo que si pensamos que Cuba vive solo una crisis económica, estamos mal. Las crisis económicas nunca vienen solas. No hay crisis en un aspecto de la vida de las personas sin que se produzcan en otros. Entre ellos, las identidades.

Yolanda habló de algunos temas que a todos nos conmueven, nos tocan: la presencia del turismo, de mecanismos capitalistas, de mercado, operando de manera diferente a como operaban en Cuba hasta los años 80.

Tocó un tema también importantísimo: el cotidiano. No es que en el cotidiano de las personas falten mecanismos de legitimación. Siempre los hay: se legitima una cosa o se legitima otra. Hay efectos de demostración que van legitimando, en nuestra realidad, montones de cosas. Como, por ejemplo, que el lugar más iluminado, «bonito» y concurrido de cada barrio de La Habana sea el CUPET. Ello, obviamente, legitima desde hábitos de consumo hasta criterios de qué cosa es lo bonito. Lo bonito, se deduce, tiene que ver con lucecitas de colores.

Ha tocado otro tema que me preocupa: el problema del léxico. Yo estoy abrumada con la exigüidad del léxico en nuestra sociedad; que, además, se legitima una y otra vez en los medios de comunicación, donde se cometen errores garrafales todos los días en los aspectos más elementales del español. Y nadie se siente obligado a disculparse, a decir que ha sido un error. «Pasar por alto» es una expresión que ya casi nadie sabe usar en la radio y la televisión. Lo que se dice usualmente es «no se puede dejar de pasar por alto», lo que, además de complicadísimo, es un disparate. He visto en periódicos y he oído en emisoras de radio y de televisión de Cuba disparates de una magnitud extraordinaria que legitiman una gran pobreza del lenguaje, un vocabulario estrechísimo.

Quiero vincular estos problemas con el de la globalización, que es uno de los temas que nos convoca. Hemos empezado a ponernos de acuerdo acerca de qué cosa es cultura, qué es cultura popular, qué es comunidad. Concuerdo con lo que dice Yolanda acerca de los límites elusivos de la comunidad, y hago una digresión aquí: el problema es que el capitalismo es anticomunitario y el desarrollo capitalista, a lo largo de la historia, ha tendido a la destrucción de comunidades. Entre otras cosas —y vuelvo a los problemas de formación nacional—, Cuba no es un país donde lo comunitario sea importante porque, como nación moderna, se creó como parte del proceso capitalista: producción de azúcar para el mercado mundial. Lo que hemos vivido durante todo el desarrollo y mundialización del capitalismo es una destrucción de lo comunitario, que pertenece más bien a las culturas tradicionales precapitalistas.

Entonces tenemos que vincular todas estas cosas a la famosa globalización, que a mi juicio es un proceso o forma parte de un proceso. No es algo que de pronto apareció y estemos frente a una cosa que se llama la globalización, de la que, además, nunca nadie supo antes. La globalización es un estadio, una fase, un momento de la expansión capitalista que vive el planeta desde los primeros desarrollos del capitalismo en Europa, y que ha experimentado sucesivas mundializaciones. Mundializaciones que, en algún momento, han privilegiado lo geográfico —cuando las grandes exploraciones, la ocupación de los grandes espacios, etc.— y que después han ido ocupando espacios sucesivos en otros órdenes.

Esta nueva fase de la mundialización que vivimos, tiene que ver —y aquí es donde se toca con los temas que estamos tratando hoy— con la invasión del inconsciente de las personas, con la colonización del inconsciente de las personas, la naturalización de las relaciones capitalistas y de las maneras de vivir en el capitalismo, la imposición de una lógica desde adentro de las personas, y no desde afuera, como la única natural. Es la lógica del «te doy y me das», «me vendes y te compro», «lo que existe es lo que es», etc. Nosotros estamos, como todo el mundo, inmersos en ese proceso de mundialización, de globalización.

A mi juicio, esto tiene mucho que ver con nuestro trabajo, nos hace reevaluar cuál es la esencia de nuestro trabajo; a riesgo de ponerme solemne y grandilocuente, pienso que es una contribución modesta, pequeña, de grano de arena, a la construcción de proyectos alternativos, en el cotidiano cultural de las personas, al proyecto imperialista mundializador, desde los lugares donde nos encontramos.

Para mí, es un proyecto socialista; pero mucho más complejo que los que han encarnado en las experiencias históricas del siglo xx. Si uno examina los porqués del derrumbe del llamado socialismo real en los países del Este europeo, se va a encontrar una falla básica en el trabajo con lo cultural y con el cotidiano de las personas. El cotidiano de las personas fue minado, erosionado, invadido, cedido una y otra vez al capitalismo, en sucesivos pasos atrás.

Nuestro trabajo, entonces, contribuiría a la creación de proyectos alternativos que, repito, para mí son socialistas y sumamente complejos. Una de sus finalidades es la construcción —y en esa construcción no solo construir al otro, es construirme a mí también— como sujetos capacitados para ejercer el control social. Y eso supone dos características: autonomía y responsabilidad.

Esto quiere decir que estamos metidos en una tarea sumamente complicada, para la que no tenemos todos los parámetros. Dado que nos ubicamos en el terreno de la cultura, no hay que hacer concesiones en esta tarea. Hay que investigar los contenidos de las culturas locales, populares, etc., pero no para quedarse ahí, sino para establecer diálogos con un otro cualificado.

Paulo Freire, en uno de sus libros fundacionales, decía que la primera palabra del oprimido es palabra oprimida. Y Frantz Fanon decía más o menos lo mismo. Entonces, obviamente, las palabras que nos vamos a encontrar, y nuestras propias palabras, son a la vez las palabras de la extraordinaria gesta del pueblo cubano, de formación de sí mismo en siglo y medio de lucha, pero también están teñidas de esta cultura mundializante, estereotipante, en la que todos estamos inmersos. Tiene que ser, por tanto, un diálogo de superación, probablemente doloroso en muchos casos.

¿Cómo hacer esto? Creo que ninguno de nosotros tiene la respuesta total, pero sí atisbos. Para mí, uno de los atisbos es la necesidad de intercambiar saberes. Cada uno de nosotros posee unos saberes y no tenemos que avergonzarnos de ellos, sino ponerlos a dialogar con esos otros saberes que tenemos que reconocer. En el diálogo interviene un proceso de humildad y también de reconocimiento del otro y de autorreconocimiento.

En nuestro caso particular, la respuesta ha sido la creación de talleres de formación para trabajadores comunitarios, entendidos en un sentido muy amplio, en donde los participantes nos hemos negado a construir recetas, porque entendemos que la realidad es más rica que cualquier receta, lo cual no niega acumular experiencias. No construimos fórmulas. A mí me espanta cada vez que veo el decálogo del trabajador comunitario: uno, tal cosa; dos, tal cosa; tres, tal cosa; porque me parece que esa es la reducción a papilla de una cosa sumamente complicada.

Incluso tenemos mucho cuidado con las metodologías. Porque la metodología no es más que una antología y una generalización a partir de experiencias pasadas. Pero cada experiencia es nueva. Y, por tanto, va a contener una cantidad de elementos nuevos, de enriquecimientos nuevos, que pueden provocar que tu metodología no pueda responder. Es como me decía un amigo: «Uno siempre se equivoca en la enseñanza de los hijos, porque lee los libros de crianza de niños y después resulta que tu hijo nunca se parece al que está reflejado en el libro». Entonces, ni dejar de leer los libros para enterarse de cosas generales, ni pensar que esos libros te van a resolver el problema.

Waldo Leyva: Creo que, efectivamente, Yolanda puso la mesa caliente y ahora Esther la sobrecalentó. Han tocado cosas que me parecen interesantísimas. Yo intentaré hacer una lectura de nuestra propia realidad. Cómo hemos venido operando desde siempre, y cómo, de una manera u otra, por razones que incluso se pueden justificar históricamente, hemos atentado contra lo cotidiano, a veces contra el sentido de pertenencia, creando una especie de sensación psicológica o comportamiento de desarraigo en el individuo, en el ser cubano. Por razones equis que se pueden ir juzgando, pero que, cuando no había crisis económica o cuando, digamos, la crisis económica no era lo suficientemente fuerte, convivíamos con eso. Sabíamos que existía, pero había otros elementos, otros factores que atenuaban ese problema y no lo hacían tan evidente. Supuestamente no tenía un peso decisivo en la realidad, en el hombre, en el ser nacional, en el hombre cubano.

¿Qué hace la crisis? En última instancia, precipita todos esos procesos. Sabemos que en la cultura popular, en la tradición, está el pícaro; lo sabemos, lo conocemos. Entonces, de pronto, el pícaro, cuando surge la crisis se convierte en un elemento importante. Hay quien descubrió al pícaro en la crisis. Pero estaba ahí, subyacente; no se veía, no funcionaba, pero estaba ahí. Es un hecho también de la cultura y a lo mejor, incluso, no lo podremos eliminar, porque hasta es modelo para la literatura. Lo que quiero decir con esto es que si hacemos un análisis de la realidad cubana, de nuestro proceso, y hablamos del lenguaje, de lo cotidiano, de todo lo que se ha dicho aquí, nos vamos a dar cuenta de un fenómeno que me parece interesante y que conocerlo o reconocerlo significa, de alguna manera, poder actuar sobre él.

La Revolución fue un proceso popular de transformación de estructuras. No voy a hacer aquí la historia. Todos los elementos de la cultura popular, en especial todos los de la cultura marginal —que en un momento determinado se quedaban enquistados en el barrio, en las zonas o en las comunidades campesinas—, al producirse un proceso de transformación tan popular, pasaron a un primer plano. Pasó todo. Por ejemplo, en el lenguaje; porque el lenguaje no se empezó a deteriorar con la crisis. Se había ido deteriorando desde siempre. El lenguaje marginal, incluso el carcelario; el comportamiento; hasta los gestos que venían desde lo marginal —y no estoy condenando lo marginal, ni mucho menos, simplemente estoy haciendo una lectura— eran una de las maneras de defenderse, de diferenciarse de lo que se puede llamar cultura oficial. Se fueron haciendo más sólidos y cuando tuvieron la posibilidad de abrirse, de tomar el escenario de la nación, lo tomaron con toda esa fuerza. Y nadie pensó, no pensamos nunca, no le dimos la importancia a lo que significaba lo cultural para poder contrarrestar fenómenos que no solo eran de forma, no solo eran de lenguaje, sino de comportamientos éticos. Lo que hace la crisis es catalizar esto y ponerlo en primer lugar.

Cuba ha sido un país que ha estado trabajando en emergencia permanente. Y hemos creado una conciencia de emergencia y una cultura de emergencia. Hemos estado trabajando para solucionar problemas que se nos presentan, como país, a nivel macro. Y frente a esos problemas generales de subsistencia del país, a veces lo cotidiano, lo que tiene que ver con lo que señalaba Yolanda o con lo que ha puntualizado Esther, se subordinaba o no tenía importancia. Porque frente a un elemento de estrategia, de desaparición del país como nación, o de desaparición de la Revolución como proyecto socialista, era más importante enfrentar este fenómeno, y lo otro se quedó subordinado.

Yo no discuto la estrategia. Pero creo, como decía Esther, que desde nuestro pequeño granito de arena tenemos que trabajar contra esa filosofía de no apreciar lo que significa la tradición, lo que puede significar lo cotidiano para la conservación de la identidad y, por lo tanto, para la conservación de la nación. La nación no solo se define o existe en esos niveles macros de estrategias universales, sino que también en el nivel micro, en lo cotidiano, en la comunidad, en el individuo.

A veces uno llega a la conclusión de que no era posible hacer otra cosa. Que lo que nos faltó no fue dejar de hacer aquello, sino tener en cuenta que había que manejar también otras estrategias para salvar, para garantizar que permanezca la tradición de lo popular.

Cuando hicimos la división político-administrativa, ¿pensamos que íbamos a lesionar el sentido de pertenencia de la gente a determinadas regiones, a determinados municipios a los que durante siglos o decenas de años pertenecieron? Eso no se tuvo en cuenta. Y lo digo con claridad: la división se hizo con un criterio económico, administrativo; y entonces, de pronto, nos encontramos con que eso está perjudicando enormemente el sentido de pertenencia de la gente a su zona, a su municipio, y lo ha contaminado. Esa contaminación era lógica y había que enfrentarla. Lo que había que tener era un trabajo, una política para enfrentar ese fenómeno.

Otro hecho es el desarraigo. Yo le decía ayer a la doctora Pogolotti, al conversar sobre este tema: «Imagínate a generaciones enteras que sacaste de su casa a los once años, los becaste en una escuela secundaria, después en una escuela preuniversitaria, después en una escuela universitaria». Cada uno de esos estudiantes salió de su casa, de su entorno, y entró en otro —que tampoco cuidamos para afianzar determinado sentido de pertenencia, valores, etc. Entraron allí a instruirse, pero los otros valores que la cultura pudo haber contribuido a sedimentar, no se sedimentaron. Entonces hay un conjunto enorme de gente con un profundo sentido de desarraigo, que ahora está saliendo con mucha fuerza en la literatura.

Y si a eso se le suma el hecho de que, por ejemplo, la economía a veces exigía que determinadas fiestas tradicionales de las comunidades no se pudieran hacer en la fecha de siempre, porque en ese momento estábamos inmersos en ciertas tareas económicas que no se podían dejar de hacer, porque, si no, el país no podía subsistir. ¡Fíjense cuál es la contradicción, la dialéctica difícil de todo esto! Entonces dejó de hacerse esa fiesta, o se trasladó para otro momento, o no se hizo más.

Todos estos elementos tienen una importancia enorme. Porque cuando usted deja de convivir con una familia, no viene al cumpleaños de su madre, al de su padre, no está en la fiesta del pueblo, no se reúne con los amigos, usted deja de pertenecer a esa familia, a esa comunidad. Y, por lo tanto, deja de ser una persona con sentido de pertenencia a algo. Se desarraiga. Lo mismo puede vivir en Baracoa que en París, porque usted no tiene sentido de arraigo.

Hay otro elemento que se nos ha colado y que existe, y que tiene que ver con lo que decía Esther: las relaciones capitalistas, en última instancia. Con la crisis y con el derrumbe del socialismo en Europa del Este se desarrolló una filosofía que estaba latente, la de «sálvese el que pueda». Eso fue creando una manera de comportarse. Con la crisis, con esos derrumbes —porque ha habido varios derrumbes—, y con esta filosofía de «sálvese el que pueda» se produjo en algunos una especie de indolencia, una suerte de aceptación de que la miseria material que nos rondaba estaba acompañada de una especie de miseria espiritual. Todos nosotros —quizás en nuestra casa no, pero afuera sí—, vivimos en un entorno empobrecido y no protestamos. Yo voy a tu universidad y lo veo, tú vas a mi centro y lo ves. Estamos aquí sentados, hay un cuadro clavado en esa pared, ahí como Dios quiere. Es decir, estamos acostumbrados a vivir como en albergues, como en emergencia, rodeados de un entorno feo, sucio, desagradable, descualificado. No es solo ya que nos falta el buchito de café en la esquina. Se perdieron olores y entraron los malos olores en la cultura diaria, es decir, en la vida cotidiana.

Creo que ese ha sido un fenómeno que se ha ido generando. El muchacho que va a la beca, que come lo que encuentra, lo que puede; que la cultura del comer no es comer, sino llenarse para subsistir. Se ha ido perdiendo el sentido, ya no diría estético de la vida, sino la riqueza del vivir cotidiano, la necesidad del reposo necesario para entender que somos seres humanos. Eso se ha ido perdiendo por lo que yo decía ahorita: porque somos un país también en emergencia permanente. Y porque lo hemos subordinado todo, incluso a nosotros mismos, a eso.

Cualquiera de nosotros está lleno de esa historia, de la necesidad de salvar el país, y eso me ha parecido excelente. Y, además, hay que seguirlo haciendo. No queda más remedio, porque si se pierde el país se pierde todo lo demás. Pero nosotros, desde la cultura, tenemos que asumir la conciencia de este fenómeno. Volver a nuestro espacio, a la comunidad, verla como es, darle la importancia y la trascendencia que realmente tiene la cultura, para poder enriquecer o contribuir al enriquecimiento de la vida cotidiana. Enriquecer a ese hombre que se ha ido empobreciendo culturalmente.

No se ha perdido la identidad nacional. Los ciudadanos de este país tenemos una enorme conciencia de qué es Cuba, de qué es ser cubano y qué significa este país en la historia de este siglo y lo que significa hoy. Ahora, esa dialéctica con lo otro, que hemos desatendido, tenemos que trabajarla en función de que se fortalezca, que no sigamos con ese proceso de descuido y de desarraigo.

Graziella Pogolotti: Apenas un comentario: a mí sí me preocupa el fenómeno de la globalización; porque, ciertamente, es un fenómeno que tiene una raíz económica dentro de un proceso que, como decía Esther, es una fase del desarrollo capitalista. Pero, además, sus instrumentos no son, en lo fundamental, los de la cultura artística y literaria en términos tradicionales. No es la manera de escribir novelas, ni las instalaciones en las artes plásticas. El problema no viene por ahí, porque en ese sentido siempre ha habido influencias perfectamente asimiladas.

En cambio, este fenómeno está actuando por una vía que yo llamaría subliminal. Tiene sus instrumentos en el mercado, tiene los valores que impone el mercado, las necesidades artificiales que muchas veces impone el mercado —no estoy hablando de las necesidades de superviviencia—, las aspiraciones que induce a través de medios de comunicación, que establecen una relación de tipo hipnótico y que, al mismo tiempo, introducen patrones; no solo en el sentido de establecer modelos de otras sociedades, sino patrones en cuanto al modo de pensar.

Pienso que la base real de la resistencia a este fenómeno —que para mí es algo tan importante como la preservación de la especie humana—, está, precisamente, en rescatar esa posibilidad de que el individuo se reconozca como un ser actuante, un ser quizás frágil, como era el junquillo de Pascal, pero que desde su fragilidad puede construir un mundo y es capaz de modificar las cosas, no de someterse a ellas.

Este, para mí, es el fenómeno más grave que pueda derivarse de la globalización: la aceptación pasiva de patrones de conducta, de modelos y de aspiraciones fabricadas por otros.

Porque la cultura, en cualquiera de los sentidos en que empleemos el término, es una experiencia esencialmente humana. Yolanda hablaba del café de tres centavos. Como yo soy mucho más vieja, recuerdo que, en los barrios de La Habana, los trabajadores cuando cobraban iban a jugar cubilete en la bodega de la esquina y se iban tomando su traguito y conversaban hasta altas horas de la noche. Este nivel de diálogo nosotros los cubanos lo mantenemos intensamente, motivado por un fenómeno de nuestra cultura, que es la pelota. En el momento en que el campeonato está en su punto culminante, o cuando competimos con los Estados Unidos o con el que sea, las esquinas, la vida familiar, se llena de conversación, de diálogo, de debate encendido. Pienso que esto es un elemento fundamental en la cultura.

Esther Pérez: A mí me preocupa el tema de la identidad nacional, lo digo con franqueza. Me preocupa que no advirtamos en él el dinamismo, que lo veamos como algo estático. No creo que las que estén en riesgo sean solamente las identidades locales, las más pequeñas. También la identidad nacional necesita que la miremos y que no la demos por sentada, como algo que está ahí, sin correr ningún riesgo y sin ser objeto de problemas que merecen atención.

Lo digo porque, durante mucho tiempo, identidad nacional y socialismo, justicia social, una sociedad mejor, política, han estado fuertemente asociados en Cuba, al calor del inmenso proceso que ha sido la Revolución.

Pero es posible un proyecto de identidad nacional apolítica y de derecha. Es posible ser cubano de derecha. Puede haber un proyecto de nacionalismo de derecha. Un proyecto cuyo discurso evada palabras como imperialismo, socialismo, colonialismo. Es posible pensar un nacionalismo cubano que esté compuesto de Yarini, las peleas de gallos, las Alturas de Simpson, y que sea «apolítico», que sea antisocialista sin comillas, y que tenga significaciones conservadoras. Creo, en resumen, que también tenemos que atender a la identidad nacional, entenderla como terreno de cambios posibles y trabajar a favor de aquellos que consideramos enriquecedores y revolucionarios.

Waldo Leyva: Creo que es importantísimo lo que acabas de decir. No quiero ahora defender ninguna tesis del nacionalismo de derecha, pero una sociedad es una amalgama de posiciones. Y la derecha y la izquierda casi siempre dependen del punto en que uno se sitúe para ver la cuestión. Estoy de acuerdo contigo en que se está armando un pensamiento nacionalista de derecha, a partir de la debilitación del proyecto socialista a nivel mundial. Y que hay temor, que hay tibieza, y que hay un discurso light. Pero como está dentro de nuestra identidad nacional el hecho de ir siempre a los extremos, de pronto, en un marco determinado, para pertenecer a este país teníamos que ser socialistas o comunistas. Y ahora, de pronto, para pertenecer a este país nada más tienes que ser cubano. Y entonces, si eres socialista o no lo eres, puede ser que estés en entredicho para algunos. Porque así son los extremos.

Creo que la visión que debemos manejar, o la que yo trato de manejar siempre, es más dialéctica. Recuerdo una discusión, en un momento determinado, en la que alguien decía: «Sí, en el siglo xix hay un pensamiento conservador, hay teóricos conservadores. Y ese pensamiento conservador también forma parte de la nacionalidad». Podemos discutir con él, polemizar, asumirlo, no asumirlo; pero creo que es esa integridad, esa realidad de varios factores lo que tenemos que tomar en cuenta.

Tenemos una tendencia a la linealidad. «Esto es» y entonces lo que «no es» se excluye, no forma parte. Y sí forma parte; lo contradice, pero forma parte.

Esto se aplica a lo que hablábamos de la cultura local y de la cultura nacional. Este no es un país donde uno tenga que trabajar intensamente en las diferencias locales, porque como decía Esther, fue construido, casi desde que nació, para el capitalismo. Pero tampoco quiere decir que no hay identidades locales. Esa discusión la he tenido muchas veces.

Cuando hablamos de la décima, por ejemplo, parece ser que es la que se hace en Palmas y Cañas nada más. O que el punto campesino o la improvisación es solo lo que se está haciendo actualmente. Sin embargo, eso es falso. Lo que ocurre es que ahí está funcionando la globalización, ahí están los esquemas. Estamos imponiendo modelos que eliminan la existencia o desvalorizan otras prácticas, porque hay un momento en que la otra gente piensa que lo suyo no está prestigiado, que no tiene ningún interés y, por tanto, dejan de cultivarlo. Pero si tú vas a la manera de hacer la décima en Pinar del Río, o como la hace la gente en Sancti Spiritus, o como la hacen en Trinidad, o como la hace la gente de la Sierra —que a lo mejor no improvisan, pero cantan tonadas serranas—, te das cuenta de que todas parten de un mismo tronco, que todas vienen de Andalucía, que todas tienen una misma raíz, pero que tienen una manera distinta de manifestarse. Porque no es lo mismo cantar en la sierra que en el llano, no es lo mismo hacerlo a la orilla del mar que en el medio de la sierra. Ni es lo mismo bailar la conga en Santiago de Cuba, con calor y subiendo las lomas, que bailar en el llano. Por eso allí se toca de otra manera, y se baila de otra manera. No hay que sobrestimar esa peculiaridad, pero tampoco subestimarla.

La cultura nacional es una síntesis de todo ese proceso, que está integrado por las distintas peculiaridades. Negarse de plano a valorar lo local en función de lo nacional, o no valorar lo nacional para valorar lo local, me parece un error. El diálogo lo asume todo; tendríamos que aplicarlo más. Así es como nosotros, por lo menos, estamos pensando el trabajo en la comunidad. Y lo estamos pensando en dos direcciones concretas: lo artístico-literario, que me parece importante, y lo sociocultural. La cultura en la comunidad va desde el huerto, como decía Esther, o la construcción, hasta entender la vida material y espiritual de la comunidad y todas sus capacidades, sus tradiciones, el lenguaje; y ello con una dimensión sociocultural y una dimensión artístico-literaria. No porque una vaya por un lado y otra por el otro. En última instancia la cultura artística y literaria es también, y en primer lugar, un fenómeno de transformación sociocultural, que fija determinadas tradiciones y al mismo tiempo puede contribuir a transformar las cosas.

Cuando yo decía que la identidad local está más necesitada de una mirada mucho más activa sobre ella, y no tanto la nacional, no quería expresar que la nacional no estuviera en peligro. Está en peligro si la local está en peligro. Porque, en última instancia, ¿sobre qué se apoya la nacional?, ¿dónde está?, ¿de dónde sale? ¿Está en el aire como los jardines colgantes de Babilonia? No; tiene necesidad de imbricarse, de afianzarse en ese asunto.

Nosotros tenemos procesos globalizadores internos. Hemos ido cambiando, incluso, el modo de manifestarse de las culturas regionales y locales. Cuando en Santiago de Cuba se dice «cutara», o «balance», no se está usando simplemente una palabra, sino un gesto que lo identifica, que forma parte de una tradición, y que enriquece la cultura nacional. ¿Por qué tenemos que dejar de decir «papaya»?. Porque en todos los lugares, las cartas de los restaurantes dicen «frutabomba». Entonces se va perdiendo la otra palabra. Es eso lo que ha ido pasando, desde el nivel de la palabra, hasta el de la fiesta tradicional.

En Oriente no solo se dicen palabras propias. Hay un modo distinto de construir la oración, de manejar el posesivo. El santiaguero viejo te habla de «mi guagua», «mi tal cosa», le da un sentido de pertenencia enorme, afectivo a cualquier cosa.

Todo eso se va perdiendo. Hay cosas que se van perdiendo en el desarrollo; a lo mejor tienen que dejar de existir. Pero yo sigo insistiendo en que hay elementos peculiares, que forman parte de una manera de pensar y de una manera de actuar que no tienen por qué desaparecer. El gesto es un hecho de identidad. Cuando hablo del gesto, incluyo la palabra como gesto, del hablar como gesto, del moverse.

Yolanda Wood: Del ocupar los espacios.

Waldo Leyva: Yo fui a ver a un grupo de muchachitos jóvenes, los Baby Salsa, en Palma Soriano. Y había un niñito que era una maravilla cantando. Era un niño excepcional: seis, siete años, cantando con su orquesta. Pero era Paulito FG, vestido como Paulito, con la gorra como Paulito —en la época en que Paulito se ponía gorra. Y yo decía: «Paulito puede ser un buen modelo o un mal modelo, no sé, no conozco de música. Lo que sí sé es que la gestualidad de aquí no es la que ese niño asume».

Ese junquillo frágil, de que hablaba la doctora Pogolotti, se apoya fundamentalmente en las tradiciones que ha venido asumiendo como ser humano. Si no tiene de qué agarrarse, lo arrancan de raíz. Su fragilidad es también, a veces, su fortaleza, porque se puede mover para todos los lados posibles y asumir todos los vientos posibles, pero al mismo tiempo tiene que tener raíz, porque si no la tiene, se pierde.

Alexis Seijo: Quisiera proponer que esto sea una aproximación, y que pueda haber otros momentos de debates, porque realmente el tema es muy rico, da para mucho. De alguna manera, se debatió sobre cultura popular, globalización, identidad, comunidad, pero se quedaron cosas que quizás se puedan desarrollar en otro momento. Pudiéramos cambiar el título de la próxima mesa redonda y ponerle «En busca del taburete perdido». Muchas gracias a todos por su participación.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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