Cultura y desarrollo: Discurso y recurso

Por Alain Basail y Daniel Álvarez

Alucinados por el progreso, creímos que avanzar era olvidar, dejar atrás las manifestaciones de lo mejor que hemos hecho, la cultura riquísima de un continente indio, europeo, negro, mestizo, mulato, cuya creatividad aún no encuentra equivalencia económica, cuya continuidad aún no encuentra correspondencia política.

Carlos Fuentes[1]

Plantearse la relación entre cultura y desarrollo exige comprender las implicaciones socioculturales de las políticas y los proyectos de desarrollo, la importancia de la cultura y, por último, los factores o componentes culturales, específicos y generales, del proceso de desarrollo. La sociología no debe limitarse a un discurso alejado de la praxis, limitado a especialistas: su reto es la acción.

Los conceptos de desarrollo y cultura han llegado a convertirse en palabras-fetiches, no porque describan con precisión una categoría coherente de fenómenos socialmente relevantes, sino porque, siendo de los conceptos del siglo XX más densamente imbuidos de ideología y de prejuicios, han venido actuando como poderosos filtros intelectuales de nuestra percepción del mundo contemporáneo.[2] Ambos constituyen ideas-fuerzas directrices del pensamiento y de la conducta en los tiempos modernos. Por tanto, son palabras reificadas, frágiles, confusas e imprecisas que evocan una red de significados en las que nos encontramos irremediablemente atrapados. Aquí ya hemos dado cuenta más o menos de la suerte del concepto de cultura.

En cuanto a la idea de desarrollo podemos decir que ha estado determinada por prejuicios como el economicismo, el eurocentrismo y el androcentrismo.[3] La ideología del desarrollo presupone, más que un repertorio de teorías económicas o de soluciones técnicas, una determinada concepción de la historia de la humanidad y de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, y también, un modelo implícito de sociedad considerado como universalmente válido y deseable. De tal modo que se funda toda una visión del mundo gobernada por la fe en la ciencia, la combinación de positivismo (separación valores y hechos) y monismo (una única respuesta) que ha conferido un creciente poder social a los expertos, ha privilegiado un enfoque tecnocrático de los problemas sociales e impuesto la creencia en una inevitable desaparición de la diversidad cultural.[4]

Durante la época de esplendor de la teoría de la modernización, la cultura de las sociedades tradicionales fue percibida como el obstáculo fundamental para su desarrollo, en la medida en que dichas culturas eran identificadas con actitudes de fatalismo, inmovilismo y oscurantismo y con estructuras sociales obsoletas.[5] En los 70 se produjo un llamamiento a la descolonización de la mente, promoviendo una forma de pensar y de representar el Tercer Mundo, ajena a los discursos y prácticas dominantes. Entonces se comenzaron a plantear las profundas y complejas relaciones entre cultura y desarrollo. Por ejemplo, expertos de la UNESCO comenzaron a hablar de “desarrollo endógeno” para rechazar la necesidad o la posibilidad de la imitación mecánica de las sociedades industriales. A pesar de tomar debida nota de las particularidades de cada nación, no se evitó la contradicción teórica y práctica de un desarrollo propio o autárquico, que condujera inevitablemente al desarrollo —más allá de cómo se le quiera entender—, ni siquiera al impulso en su dirección.

En contra de lo que se pensaba, la era de la globalización no ha venido marcada por una imparable tendencia hacia la homogenización cultural a escala mundial, sino más bien por una “transculturalidad planetaria” que revaloriza lo local. Habida cuenta de ello, las instituciones internacionales han comenzado a reflejar un cambio de valoración de la diversidad cultural. La ONU decretó la década para el desarrollo cultural en 1988 y la UNESCO pasó a considerar la dimensión cultural del desarrollo como una variable esencial de cualquier proyecto, tan relevante como los factores económicos y tecnológicos, partiendo de constatar que una de las principales causas del fracaso de muchos proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo fue su escasa adecuación al marco cultural de las poblaciones destinatarias.[6]

De hecho, la dimensión cultural del desarrollo es una variable crucial para el éxito de cualquier proyecto y su olvido o infravaloración ha sido la causa de innumerables fracasos durante las décadas precedentes. Numerosos estudios antropológicos y sociológicos han dado cuenta del discurso, las prácticas y las consecuencias sociales de las instituciones del desarrollo y de las percepciones y respuestas de las comunidades locales frente a dichas propuestas. Tener en cuenta la dimensión cultural de la vida social es de vital importancia para el desarrollo social y humano. La cultura es constitutiva de todas las prácticas y es social porque es el resultado y la premisa de las interacciones y de los mutuos lazos de dependencia en los que participamos. Ya es un lugar común reconocer que no se debe emprender ningún proyecto de transformación individual, grupal, barrial o comunitaria sin tener en cuenta las costumbres, las tradiciones, los valores, las normas, los símbolos y los significados compartidos por los individuos de esa colectividad con la que se va a trabajar.

Sin embargo, el protagonismo de la cultura dentro de las discusiones sobre el desarrollo adquiere en algunas lecturas cínicas connotaciones de moda efímera y de una pose políticamente correcta fomentada por los debates sobre el ethos cultural de esta modernidad tardía. No obstante, la adecuación cultural de un proyecto de desarrollo es una variable crucial que suele tener una incidencia directa sobre su éxito o su fracaso final. El antropólogo Corand P. Kottak, siendo asesor del Banco Mundial, revisó 68 proyectos rurales financiados por esta institución y demostró que sólo fueron exitosos los proyectos “culturalmente compatibles”, es decir, aquellos que tuvieron en cuenta o fueron respetuosos con los patrones culturales locales, basados en instituciones preexistentes y que incorporaban prácticas y valores tradicionales en su comportamiento.[7]

La necesidad de respetar e incorporar en los proyectos de desarrollo la cultura de las poblaciones destinatarias ha llevado a autores como Bonfil Batalla y Rodolfo Stavenhagen a hablar de etnodesarrollo o de desarrollo con autoconfianza —ejercicio de la capacidad social de un pueblo para construir su futuro, mirar hacia adentro y buscar en la propia cultura—,[8] de desarrollo de abajo a arriba (Gimo Omo-Fadaka)[9] e, incluso de desarrollo participativo y no excluyente (Orlando Fals Borda y Anisur Rahman).

Si el desarrollo debe ser contemplado en tanto que fenómeno sociocultural, las intervenciones a través de programas o acciones concretas deben ser legítimas culturalmente hablando. En principio, dicha legitimidad se logra introduciendo una dimensión más participativa y más respetuosa con las culturas locales. También, acentuando el debate sobre la necesidad de incorporar el conocimiento local como base de un desarrollo más sostenible y la incorporación selectiva de aportaciones  de la tecnología y la sociedad occidental.

Generalmente se reconocen tres niveles de cultura en el desarrollo: el local, el nacional —cultura, tradiciones, políticas, objetivos, recursos y procedimientos característicos de cada nación, políticas fiscales y de precios— y el de los planificadores —con objetivos propios, redes de comunicación, flujos de información, líneas de autoridad, imperativos territoriales, recompensas y castigos—. En particular, es esta subcultura de los planificadores la que lleva en muchos casos a justificar el cambio en función de “metas abstractas” acordes con sus intereses y cosmovisiones, lo que se traduce en proyectos carentes de sensibilidad social alejados de la percepción de las necesidades locales. Cuando los organismos internacionales ignoran la diversidad cultural y adoptan el mismo enfoque con tipos muy diferentes de “beneficiarios” en contextos con recursos específicos, se alejan de la necesidad de alternativas culturalmente apropiadas. Lo que produce la falta de sensibilidad hacia la cultura local es el elitismo correlativo a la formación occidental y el consecuente aislamiento respecto al campo. El reto es, pues, encajar los cambios con las necesidades locales.[10]

Ante los posibles modelos culturalmente desfasados se propone un análisis en profundidad de las organizaciones locales tradicionales para identificarlas y aprovechar como un recurso para el desarrollo. La principal propuesta de los antropólogos del desarrollo consiste en: usar los principios de la sociedad tradicional para estructurar una nueva. La formula propuesta se basa, siguiendo a Kottak, en un mayor uso de modelos del tercer mundo para el desarrollo del tercer mundo. Tras la compatibilidad cultural de los proyectos por el aprovechamiento de los recursos existentes y las organizaciones tradicionales, se siguen beneficios económicos y sociales. Tras la remisión a los objetivos para el cambio percibidos localmente y la definición de diseños adecuados, y flexibles, para su puesta en marcha y ejecución, se consiguen la participación y el compromiso por y con el bienestar colectivo.

Hay lógicas de la cultura que constituyen un conjunto de reglas que se insertan en el tejido social y que mantienen vivas los hombres al contrario que las lógicas económicas. En sentido general, con las políticas culturales, como articuladoras de una estrategia de desarrollo, se crea una realidad cultural con claros intereses de legitimidad e integración sociocultural de la comunidad. En esos procesos de distribución de poder la cultura se presenta como una variable concreta. El problema de un orden equitativo no solo se resuelve con propuestas culturales plausibles, con políticas universalistas y homogenizadores que obvien las diferencias de rangos, prestigios social y de estructura socioeconómica. El problema social de fondo a erradicar, sobre el que hay que estudiar para intervenir, no es la pobreza, sino la desigualdad constatable incluso en el consumo cultural. De ello no nos cabe la menor duda si nos detenemos a pensar, por ejemplo, en cuál es la dimensión cultural de la pobreza. La dimensión cultural de la pobreza significa enterarse de la naturaleza del ultraje de la dignidad humana y poder medir el contenido de la cólera de quien está es tal situación: el peso del coste familiar (los zapatos del niño para la escuela, el casamiento, el techo de la vivienda), la preparación para la muerte (no tener dónde ni con qué darle sepultura del padre), la relación con otros grupos de una jerarquía y prestigio sociales mayores que ultrajan no saludando y riéndose, el comportamiento humilde para pedir trabajo y ayuda, el desespero por no tener que dar o brindar a los visitantes-huéspedes —¡ni siquiera café!—. No olvidemos que la dignidad humana es la fuente social de nuestro amor propio.

Sin embargo, insisto en que “la atención a la cultura rinde económicamente”.[11] Si tenemos en cuenta que la cultura como recurso, en una concepción expandida, sirve para: negociar problemas, articular el consenso social, favorecer el crecimiento y el desarrollo socioeconómico. Entonces el análisis, el fortalecimiento y la promoción de las políticas culturales se convierten en una forma de instrumentalizar los resultados de las investigaciones y los estudios de la cultura. Las políticas culturales se encargan de modular las desigualdades socioculturales como medio para mejorar la calidad de vida de las colectividades y para la realización digna del hombre. Es decir, que modulan y constituyen la distribución desigual de bienes y servicios culturales.

Las políticas culturales constituyen una respuesta al reto que plantea la sociedad moderna de integración social, de articular el consenso social alrededor de unos valores sociales y producir sujetos o ciudadanos ideales —productivos, éticos—. También son un medio para mejorar la calidad de vida de las colectividades, un impulso de la dimensión cultural basada en la igualdad, la democracia y la mejora de condiciones de vida, una plataforma de exigencia para la exaltación de la dignidad individual, de los valores espirituales, los derechos sociales. Ellas pueden promover (o no) la innovación social fomentando (o no) el desarrollo de actividades socioculturales nuevas que permitan una participación activa en la vida cultural. Por último, constituyen y promueven fuentes de empleo ya que las iniciativas demandan mano de obra.

Desde un plano más teórico, podemos entender a las políticas culturales como vehículos de producción y difusión de las formas de saber, de los códigos de representación y los procesos de apropiación y definición de la realidad. En este sentido, constituyen soportes culturales del poder y la dominación. Pero las políticas culturales son fuerzas moduladora de sinergias y los intereses de una colectividad que contribuyen a la creación de una realidad cultural, a los intereses de legitimidad y a fijar las pautas de la distribución y el acceso a los bienes y servicios culturales. Por ello, las políticas culturales pueden entenderse como procesos sociales de distribución de poder y conjunto de estrategias o líneas de actuación de grupos, instituciones y el Estado.

La cultura adquiere una importancia decisiva como concepción general para la transformación de la realidad y para el desarrollo humano. No podemos hablar de un desarrollo social real, efectivo y perdurable sino está dimensionado culturalmente. El desarrollo cultural implica que: por una parte, no se impongan patrones arropados de supuesta superioridad que son ajenos a los grupos —a veces pensamos por otra gente e imponemos nuestras necesidades sin tener en cuenta las de ellos— sino que conozcamos primero por qué la gente actúa como actúa, hace lo que hace y piensa como piensa. Como dice Julio Carranza, el hombre es lo que es y de él hay que partir porque desconocerlo sería caer en el idealismo.[12] Por la otra y al mismo tiempo, que al descubrir las especificidades y potencialidades de cada hombre o grupo social y tracemos estrategias que promuevan lo nuevo y le devuelvan vitalidad como actores de los procesos de cambio donde ellos mismos sean los que decidan qué cambiar de la tradición que comparten y qué revitalizar. Hay que creer en que el ser humano puede y debe ser otra cosa y luchar por ello.

Por eso, el desarrollo de la cultura está muy relacionada con la cultura del desarrollo que queremos impulsar. La cultura puede servir para explicar y comprender aquello del pasado que continua impidiendo en el presente un desarrollo, un desenvolvimiento más cabal, más pleno y, además, para ayudar a los actores sociales a conocer sus verdaderas capacidades creadoras y a lograr su realización cultural y social. Así por ejemplo, los estudios culturales podrían contribuir a las organizaciones y microempresas locales a colocarse directamente en los mercados nacionales e internacionales al empaquetar, presentar y hacer atractivas en mercados de otros países las expresiones culturales locales. La música es un campo de trabajo formidable. Hoy en día pueden apoyarse en las posibilidades comerciales que ofrece Internet.

En el campo de las industrias culturales y en los procesos de comunicación masiva es donde se van a desenvolver las principales actividades culturales. Las “industrias culturales” tienen y tendrán un papel fundamental en los cambios sociales contemporáneos. Hopenhayn (2001) afirma que las industrias culturales se han convertido en un espacio significativo de disputa en la articulación de la cultura y la política, porque en la actualidad no es tanto en la producción de sentido sino en su circulación donde se juegan proyectos políticos: “en la circulación, mucho más que en la producción, la cultura deviene política.”[13] (2001) En la modernidad, la presencia mediática, en cuanto grandes articuladores sociales emergentes, ha sido central en la construcción y el ejercicio de la ciudadanía. El desarrollo tecnológico y la informatización de la ciudad seguirán favoreciendo ese protagonismo que como contracara puede reforzar las grandes asimetrías de poder simbólico.

La cultura establece u obstaculiza pautas creativas y experiencias innovadoras que son correlativas al desarrollo histórico del hombre; al tiempo que el desarrollo del hombre es correlativo del desarrollo cultural de la sociedad como pautas estables y orden global. El debate cultura/cambio social se plantea como parte de un haz de realidades emergentes, de procesos culturales. El cambio social es resultado de varias condiciones y, también, de lentos y continuos movimientos de opinión —reflexividad social—, de la gradual conciencia que alcanza todo actor social de sus problemas. En este sentido, su historicidad es un hecho inminentemente cultural que (se) vivifica (con) la hechura de la historia y la acción social eficaz de los actores que participan en ella.


[1] Carlos Fuentes, Introducción a documento del Programa de Cultura de la UNESCO, UNESCO, Paris, 1997, p.1.

[2] Andrés Viola, La crisis del desarrollo y el surgimiento de la antropología del desarrollo. En: Andrés Viola (comp.), Antropología del desarrollo, Editorial Piados, Barcelona, 2000, p.11.

[3] Ver: Jordi de Cambra Bassols, Desarrollo y subdesarrollo del concepto de desarrollo: elementos para una reconceptualización. [mec.]

[4] Ibídem., p.12.

[5] Ibídem., p.16.

[6] A mi modo de ver es la dimensión cultural presente en el diseño del plan de desarrollo social, económico y humano, una variable que más bien se entiende, en el fondo, en un sentido institucional. Ibídem., p.21.

[7] Conrad Phillip Kottap, La cultura y el ‘desarrollo económico.’” En: Andrés Viola (comp.), Antropología del desarrollo, Editorial Piados, Barcelona, 2000, pp.103-128.

[8] Andrés Viola, Op.Cit., p.22.

[9] Ibídem., p.70.

[10] Por ejemplo, muchos programas acentúan la invisibilidad de las mujeres a partir del carácter asistencialista de algunas ONGs que aplican enfoque del bienestar. Ello conduce a la necesaria impugnación del carácter androcéntrico de la teoría y la praxis de las instituciones de desarrollo. Conrad Phillip Kottap, Op.cit., p.111, 113.

[11] Ibídem., p.104.

[12] Julio Carranza, Cultura y desarrollo, Revista Temas, La Habana, Nº 18-19, pp. 35, 37.

[13] Hopenhayn, Martín, “¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura”. En: Mato, Daniel (comp.), Op.cit.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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