Desarrollo humano, cultura y participación. Notas para el debate

Por Ernel González Mastrapa
y Jordi de Cambra Bassol

Los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural

Al revisar las propuestas conceptuales sobre el desarrollo, seleccionamos tres conceptos fundamentales: desarrollo sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural, que pretenden un alcance más abarcador e integrador.

Gradualmente, va ganando espacio académico y político la idea de que “el desarrollo es un proceso integral que incluye dimensiones culturales, éticas, políticas, sociales, económicas y medioambientales, con una interrelación inherente al propio fenómeno del desarrollo. Un fenómeno de tal naturaleza precisa una aproximación transdisciplinar, superadora no solo de la especialización disciplinaria académica convencional, sino también de la llamada colaboración “interdisciplinaria” o “multidisciplinaria”. El enfoque transdisciplinar engloba las especialidades del viejo estilo — desde la biología y la física hasta la ética y la filosofía de la historia, pasando por las denominadas ciencias sociales —, pero adoptando una perspectiva holística que lo diferencia de los enfoques ínter o multidisciplinarios. Responde así a las exigencias de una realidad que no admite la fragmentación de objetos de estudio impuesta por las disciplinas especiales, ya que la vida humana y los ecosistemas de los que forma parte incluyen múltiples aspectos, esencialmente interrelacionados e interdependientes”.

Hay que entender, más allá de la relación entre lo social y lo económico, y de su inserción en el marco de la cultura en su sentido integral, que los valores culturales condicionan las relaciones del ser humano con la naturaleza, que existe una interrelación entre ecosistemas e identidades culturales, entre biodiversidad y diversidad cultural. También que las culturas no son totalidades monolíticas, determinantes, pero indeterminadas: son escenarios de desigualdades y de relaciones de poder; es decir, están socioeconómicamente diferenciadas e incluyen códigos y prácticas eticopolíticas diversas y en la mayoría de las ocasiones opuestas, que expresan conflictos sociales, económicos y políticos determinantes, a su vez, de la construcción de la cultura y sus procesos de cambio, transformación o desarrollo. En definitiva, se trata de totalidades multidimensionales y contradictorias, en las que existe una interrelación entre las partes, dentro de las partes y entre las partes y el todo.

Los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural son de una pretensión globalizadora, exigen una óptica interdisciplinaria y se oponen al reduccionismo economicista, que equipara el concepto a desarrollo económico y este a crecimiento económico.

Su pretensión integradora, de múltiples dimensiones, hace difícil su concreción y definición. Este es uno de los problemas que hemos encontrado, pero pensamos que no hay que obsesionarse por encontrar una definición que lo abarque todo. Esto podría ser, incluso, frustrante, contraproducente, por el carácter abierto y globalizador de estos conceptos, que los hace irreductibles y opuestos al impulso delimitador de toda definición. Además, una definición cerrada y apriorística iría en contra de su componente participativo y del papel protagónico de los actores sociales implicados en el proceso.

Esto no quiere decir que no sea preciso dotar estas ideas de un marco teórico adecuado, conceptualmente riguroso, que permita evitar su apariencia difusa y a veces ambigua, tema en el que estamos trabajando.

El concepto de desarrollo sostenible

La interdependencia entre medio ambiente y desarrollo es obvia. El primero es un recurso para el segundo; pero el caso es que la industrialización se ha producido como un proceso de degradación continua del medio ambiente a escala planetaria. La tesis de la “corresponsabilidad” de todos los países en la conservación del medio soslaya la responsabilidad histórica de los países industrializados en los problemas que lo afectan. Los planteamientos que tienden a priorizar la importancia de los temas globales en un “mundo único” lo hacen en detrimento de los problemas nacionales de los países menos industrializados o económicamente “menos desarrollados”, olvidando que nuestro planeta se caracteriza por la existencia de países con muy distintos niveles de desarrollo económico y científico, con grandes desigualdades en la distribución de los ingresos y con distintas prioridades ambientales.

La preservación del medio ambiente ha de ser una responsabilidad de cada país, aunque en un nuevo clima de solidaridad y responsabilidad internacional impulsado por mecanismos supranacionales que doten a los países menos desarrollados de los medios financieros y de las transferencias de tecnologías que les permitan enfrentar sus problemas y colaborar en la solución de los globales. Las perspectivas y las iniciativas del Sur deben ser respetadas y apoyadas.

El concepto de “desarrollo sostenible” se aplica de forma errada y reduccionista en referencia exclusiva a la dimensión ambiental del desarrollo4. Esta es la crítica que hace el PNUD en el Informe de 1998. Por otra parte, su uso y abuso como un término de moda, “moralmente noble”, “políticamente correcto”, lo ha ido convirtiendo en un lugar común de amplia y difusa divulgación, capaz de acomodar un amplio abanico de discursos y circunstancias, de manera tal, que se ha llegado a convertir en una pantalla de humo que contradice su propia idea de sostenibilidad.

El concepto de sostenibilidad se ha ido desvirtuando y ha ido perdiendo su contenido crítico en la retórica y trivialización del discurso político, económico y académico; en el acomodamiento a los intereses de las élites o en el discurso de las buenas intenciones.

Esto está relacionado con el problema del etiquetaje ambiental, que se ha puesto de moda sobre todo en Europa y en los últimos tiempos también en los Estados Unidos, y ha llevado a que todas las grandes empresas multinacionales estén utilizando esta práctica para poder competir, en un mundo en el que hay una crítica muy fuerte a todo lo que produzca degradación ambiental. Esto se expresa, especialmente en Europa, en el auge de los partidos verdes y el movimiento ambientalista. Y todo eso se está haciendo articulado al desarrollo capitalista, de manera que se convierta en un elemento favorable al propio mercado, a la propia circulación de mercancías.

Es un proceso bastante generalizado, incluso en otras áreas como puede ser la agricultura orgánica, donde también ya hay una tendencia internacional, sobre todo en Europa Occidental, a crear paquetes tecnológicos que permitan la introducción de la producción orgánica a gran escala. Aunque introducen prácticas orgánicas, mantienen el monocultivo, abandonando los paquetes agroquímicos por paquetes de insumos orgánicos que no transforman radicalmente la explotación del ecosistema, al mantener la monoproducción en detrimento de la biodiversidad, como plantea la agricultura ecológica. Es un cambio en la dirección del mercado y no en la dirección de la transformación radical de las prácticas perjudiciales al ecosistema.

Es un fenómeno muy interesante y en el que nuestro país va avanzado, con muchas dificultades. Nuestra capacidad para hacer cambios que nos acerquen a una producción ecológicamente más limpia y que propicie un mejor desarrollo de los entornos solo se manifiesta cuando hay situaciones críticas, pero no como un proceso integrado. Este es uno de los problemas que tiene nuestra concepción del desarrollo: todavía no logra integrar totalmente estos aspectos, independientemente de los avances en política ambiental y en la reducción de la vulnerabilidad ambiental en determinadas regiones del país. La disminución del uso de los agroquímicos en la agricultura obedeció más al desabastecimiento, como consecuencia la crisis de los años 90, que a un cambio profundo en nuestras prácticas agrícolas y en la relación con el ecosistema (Pérez, García, González, 2000).

Son muchas las definiciones de sostenibilidad que se han formulado en las últimas décadas. La que ofrece el “Informe Brundtland” (World Commission, 1987) — con todas sus limitaciones — ha sido generalmente aceptada y ha conferido al concepto una amplia difusión. Este Informe va mucho más allá de las políticas medioambientales y de las medidas de crecimiento económico, y define el desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

Es una definición muy general, pero nada ambigua en cuanto a cómo se debe producir ese desarrollo. Este no es momento de entrar en la problemática filosófica relativa al significado y el carácter subjetivo, valorativo e histórico de los conceptos “necesidad” y “satisfacción”. Vamos a ser muy expeditivos. Amén de que la satisfacción universal de las necesidades básicas — físicas, sociales y psicológicas — es conditio sine qua non del desarrollo:

1. Las primeras necesidades que deben ser satisfechas son las que permiten la sobrevivencia, las denominadas “primarias” (alimento, abrigo, cobijo, protección contra las enfermedades).

2. En nuestra época — quizás por primera vez en la historia de la humanidad — podemos afirmar — y hacerlo “científicamente” — que es posible dar satisfacción a las necesidades primarias de todos los miembros de nuestra especie y erradicar la pobreza. Sólo un dato: el costo adicional de lograr la meta de prestar servicios sociales básicos para todos, en los países en desarrollo, representa menos del 0,2% del ingreso mundial8.

3. Por tanto, el problema esencial no es la superpoblación — contra todo neomaltusianismo —, ni la escasez — contra toda obsesión del crecimiento por el crecimiento —, ni la falta de desarrollo de las capacidades productivas de la especie humana, sino la distribución no equitativa de los recursos de la humanidad. Solo dos datos: las 225 personas más ricas tienen una riqueza igual a la de los 2 500 millones de personas más pobres, y con menos de 4% de su riqueza se lograría el acceso universal a los servicios sociales básicos.

El concepto de desarrollo humano

[…] El concepto de desarrollo humano no está separado del de desarrollo sostenible, sino que lo incluye y complementa, y hay que entenderlo — en parte — como una respuesta al reduccionismo medioambientalista y a la desvirtuación ideológica de la idea de sostenibilidad a que hemos hecho referencia anteriormente.

Por otro lado, se opone a la concepción neoliberal del desarrollo, que critica la globalización tal como se está produciendo y que apunta — siquiera tentativamente — a estrategias alternativas para el desarrollo de la humanidad y del planeta. El desarrollo humano — según los Informes del PNUD (1990-1998) — es un concepto en evolución, falto de una más rigurosa base teórica y de un modelo de desarrollo, y no exento de componentes ideológicos discutibles — especialmente en algunas de sus dimensiones. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, el esfuerzo realizado por el PNUD para la realización de estos informes debe ser valorado muy positivamente, dado que ofrece un marco de reflexión sobre el desarrollo del más alto interés.

El administrador del PNUD ha definido que el desarrollo humano sostenible no solo genera crecimiento, sino que distribuye sus beneficios equitativamente; regenera el medio ambiente en vez de destruirlo; y potencia a las personas en vez de marginarlas, ampliando sus opciones y oportunidades y permitiéndoles su participación en las decisiones que afectan sus vidas. El desarrollo humano está a favor de los pobres, de la naturaleza, del empleo y de la mujer. En el Informe de 199613 se distinguen cinco dimensiones del desarrollo humano:

a) Potenciación, entendida como el aumento de la capacidad de las personas, que entraña la ampliación de sus opciones existenciales y destaca su participación en la toma de decisiones para que sean agentes activos de su propio desarrollo. Se determina como prioritaria la protección contra el hambre, la necesidad y la privación.

b) Cooperación de las personas, en las comunidades donde viven, que permita arraigar el sentido de pertenencia a ellas. El desarrollo humano comporta una preocupación por la cultura, entendida como la forma en que las personas deciden vivir juntas. La cohesión social ha de estar basada en la cultura, las creencias y los valores compartidos.

c) Equidad, no solo en términos de ingreso, sino en lo referente a capacidades básicas y oportunidades de vida. Implica la no discriminación por razón de género.

d) Sostenibilidad, que como ya se ha dicho, implica equidad intra e intergeneracional.

e) Seguridad, entendiendo por necesidades básicas de esta el derecho a ganarse el sustento y la liberación de las amenazas de enfermedad, marginación y represión.

Como puede apreciarse, el concepto de desarrollo humano — de la misma manera que el de desarrollo sostenible — es global y, por tanto, muy amplio y difícil de concretar y definir.

El concepto de desarrollo cultural

En ciertas concepciones de la relación entre cultura y desarrollo se describen estas categorías como antagónicas: mientras que el desarrollo es entendido como un proceso deseable e inevitable hacia la modernización y el progreso, la cultura se asimila a la tradición que es necesario conservar y preservar poniéndola al amparo de lo moderno. De esta manera, se olvida que todo proceso de desarrollo — incluso los cambios revolucionarios — contiene simultáneamente elementos innovadores y estabilizadores, y que toda cultura — aun la más estática — genera, a la vez, permanencia y transformación.

En el marco de las teorías y de las políticas económicas hegemónicas, la cultura — si se la toma en cuenta — es un derivado de los avances en la esfera económica, una “consecuencia lógica” del bienestar material, un epifenómeno insignificante de la economía o, lo que es peor, un objeto de consumo más.

Se trata de una noción vulgarmente materialista del desarrollo, con una connotación ideológica específica, pues se sustenta en los valores del lucro, el consumismo y el carácter meramente utilitario de los objetos, y trata de justificar teóricamente el tipo de relaciones sociales que se propone deba regir en una sociedad determinada. Además, estos planteamientos dejan de lado el contexto histórico en el que el cambio es posible, las estructuras socioculturales en que se apoya todo cambio, las relaciones de poder que lo alimentan y el carácter hegemónico de aquella cultura que pretende imponer su modelo.

Desde concepciones contestatarias y críticas, en los últimos veinte años esta visión se ha modificado notablemente. Néstor García Canclini señala que, revisando la literatura latinoamericana, encontró que en los últimos veinte años había cambiado notablemente el énfasis de los estudios culturales en América Latina y la relación entre cultura y economía; que se había pasado del ensayo literario sobre la realidad social a un enfoque mucho más sistémico y sistemático sobre la realidad económica y sus consecuencias para la cultura, o viceversa, la cultura y su relación con la economía, todo lo cual constituía un fenómeno totalmente nuevo16. En su artículo “Las políticas culturales, integración norteamericana, una perspectiva desde México” trata de buscar una relación entre la política cultural, la integración económica regional y la integración global. Para García Canclini, como consecuencia del Tratado de Libre Comercio, comienzan a manifestarse consecuencias sobre la cultura que van más allá del simple reordenamiento comercial y están impactando en los medios de comunicación, el sistema educativo, las instituciones, las políticas y las prácticas culturales.

Canclini critica cómo, tradicionalmente, los políticos y las instituciones de investigación de la región veían el desarrollo. Los diagnósticos de los científicos sociales y los planes gubernamentales definían el de los países periféricos con referencia a los indicadores de modernización tecnológica, industrialización y crecimiento del Producto Interno Bruto, y consideraban a estos tres elementos los más importantes.

Las particularidades culturales que distinguían a las sociedades en desarrollo eran miradas como obstáculos o rasgos tradicionales que la modernización superaría. Este enfoque, de hace unos veinte años, ha cambiado de manera notable. Anteriormente hubo algunos trabajos excepcionales, distintos, pero esto era lo que predominaba.

También se comprende que el diálogo entre distintas disciplinas antes desconectadas, como la economía, la antropología y la sociología de la cultura comienza a reconocer las funciones de la cultura en las contradicciones del desarrollo, y de este modo se está transformando lo que se venía viendo como desarrollo y cultura (Appadurai, 1990; Stavenhagen/ Nolasco, 1988; Brunner, 1992).

Ahora bien, una consecuencia, especialmente peligrosa, de la globalización que estamos viviendo es el proceso de homogeneización cultural, cuyas fuerzas se manifiestan en tres tendencias principales:

a) Dan forma, condicionan y controlan los valores de la producción y los gustos, destruyendo la diversidad cultural, inextricablemente ligada a la biológica y biorregional. Como consecuencia, la capacidad humana para determinar las necesidades y la forma de satisfacerlas está controlada o eliminada.

b) Determinan los límites precisos del sentido común, en una cultura del silencio y de las mentes conquistadas que corrompe nuestras mentes, nuestro pensamiento y nuestro lenguaje.

c) “Universalizan” y “cientifican” el conocimiento, sustituyendo y destruyendo los conocimientos biorregionales, a los que tachan de primitivos e indeseables (M’mwereria, 1997: 308-309).

Lo que parece que no quiere entenderse es que la economía y el desarrollo son parte de la cultura de un pueblo y que ninguna comunidad puede ser liberada si no es a través de su propia gente y de su conciencia.

Hay que precisar lo que entendemos por el término “cultura”. Aquí no lo utilizamos en su tristemente común acepción “humanística” y elitista, que restringe su contenido al “gran” arte o al conocimiento“elevado”. Hablamos de cultura en su sentido integral y holístico — antropológico y sociológico — que incluye tanto la cultura simbólica como la material, la social y la ambiental. El informe del PNUD antes citado la define como el conjunto de rasgos distintivos — espirituales y materiales — que caracteriza el modo de vida de un pueblo o de una sociedad. O, de una forma muy simple, como las maneras de vivir juntos. En este sentido, las dimensiones culturales de la vida humana son más amplias y esenciales que el crecimiento económico: la cultura no tiene que estar al servicio del crecimiento económico, sino, a la inversa, ser un elemento constitutivo del desarrollo humano. Obsérvese la interrelación, el solapamiento y la complementariedad de los conceptos de desarrollo humano y desarrollo cultural que queda especialmente patente en el análisis que hace el mencionado informe sobre la relación entre cultura y desarrollo: forma en que diferentes maneras de vivir juntos — es decir, diferentes culturas — afecta la ampliación de las posibilidades y opciones abiertas al ser humano. Hay que entender que la diversidad cultural es una fuente fundamental de energía social y un factor esencial de desarrollo, y que las diferencias culturales solo desencadenan conflictos violentos cuando se movilizan y manipulan, con ese fin, para los intereses de determinados grupos. Armonía entre cultura y desarrollo, respeto por las identidades y diferencias culturales y equidad socioeconómica son precondiciones de una paz justa y duradera. Por ello, el primer objetivo recomendado a los estados miembros por la Conferencia es convertir las políticas culturales en uno de los componentes claves de las estrategias de desarrollo.

Todas las culturas deben ser respetadas bajo el principio de libertad cultural: una de las libertades fundamentales consiste en poder definir nuestras necesidades básicas y nuestra manera de vivir. Libertad amenazada por la globalización y que despierta la preocupación de que el “desarrollo” se traduzca en pérdida de la identidad cultural, del sentido de pertenencia a una comunidad, y del valor personal en el contexto social. Se trata de un proceso de homogeneización cultural fomentado por el papel predominante de los medios de comunicación oligopólicos — nacionales y transnacionales — cuya influencia debe ser combatida. El informe hace un llamamiento al compromiso con el pluralismo cultural que implica el respeto y la aceptación de la pluralidad de las culturas, etnias, razas y religiones — entre países y dentro de un mismo país. Compromiso que va directamente ligado a la recomendación de asumir el carácter multicultural y multiétnico de los estados y de promover la democratización y la cultura de ciudadanía participativa — fomentando la participación de las minorías culturales y de las mujeres y eliminando su discriminación —, la rendición de cuentas de los funcionarios públicos y la capacidad de la sociedad civil de ejercer control sobre el aparato estatal.

Por lo que respecta a las relaciones entre cultura y medio ambiente, el informe también insiste en que el desarrollo sostenible tiene un significado que va mucho más allá de conservar el capital medioambiental.

Dado que el aspecto cultural de la sostenibilidad es fundamental, pues los valores culturales condicionan las relaciones de una sociedad con la naturaleza, es necesario un enfoque diversificado de las cuestiones de medio ambiente, desarrollo y cultura. Es preciso promover la conciencia de la relación simbiótica existente entre biodiversidad y diversidad cultural, entre hábitat y culturas, entre ecosistemas e identidad cultural; fomentar cambios en los modos de vida consumistas, y reflexionar sobre las repercusiones éticas y sociales de las nuevas tecnologías.

Por supuesto, que el informe también exige asegurar el acceso universal a la educación como derecho humano fundamental, fomentando una educación intercultural que favorezca actitudes de cooperación, solidaridad, participación y reconocimiento de la diversidad cultural. En definitiva, una educación para una nueva ética global, entendida como un núcleo de principios y valores éticos capaces de criticar la injusticia y la falta de equidad vigentes y de evitar una respuesta relativista a la diversidad cultural, que debe ser alcanzada a través de la tan problemática como desafiante y enriquecedora búsqueda de lo común entre lo diverso, de la unidad en la diversidad. Este tema ha suscitado un amplio debate teórico, pero está falto de investigaciones y de acciones que permitan avanzar en el terreno teórico y en el práctico18. No es el momento de entrar en tan importante debate, pero sí de señalar que esta nueva ética global pretende cimentarse sobre los siguientes cinco pilares: derechos humanos, democracia y participación ciudadana real, equidad, protección de las minorías y resolución pacífica de los conflictos. Y son muchas las voces que reclaman la necesidad de un posicionamiento ético capaz de enfrentar los problemas que afectan a la humanidad.

Se trata de una intelección de la globalidad a través de una conciencia de ciudadanía planetaria, solidaria y respetuosa de la diversidad, entendida como un valor ético y un patrimonio de la humanidad: un sistema de valores o conjunto de ideales éticos y modelos de comportamiento alternativos, procedentes de nuestro acervo común y capaz de influir en nuestra acción.

Desarrollo y participación social: el concepto de democracia cultural

La participación debe ser un elemento esencial del desarrollo. El derecho de toda la población a decidir sobre aquello que influye en sus vidas implica la distribución del poder en la sociedad y la transformación del concepto de desarrollo. Este debe centrarse

en el ser humano, que pasa a ser considerado como motor, a la vez que objeto, del desarrollo, y al que se le atribuye la capacidad y necesidad de participar activamente en los procesos de ampliación de sus propias oportunidades. Así, el ser humano es fin y medio del desarrollo: su objetivo y su agente esencial.

En el campo del desarrollo social y cultural, no solo ha emergido la dimensión cultural del desarrollo, sino también su carácter endógeno y autodirigido: el desarrollo que emana de las fuerzas internas de la sociedad y que se sustenta en los conceptos de democracia cultural y de participación social20. Llamamos democracia cultural a la participación activa, integral y pluridimensional de la población en el complejo proceso de construcción de su vida individual y colectiva. Es un modelo teórico que tiene por objetivo colaborar en la realización del derecho de la humanidad a la participación en la toma de decisiones.

La democracia es entendida como el conjunto de relaciones sociopolíticas que permiten la participación de los individuos en las decisiones de la sociedad y que aseguran las condiciones necesarias para garantizar su plena expresión y desenvolvimiento, a través de un conjunto de canales que posibilitan compartir el poder. La calidad de vida dependerá del grado en que una determinada sociedad consiga realizar la democracia cultural: mejorar la calidad de vida es desarrollar estilos de vida participativos.

La participación es un proceso activo en el que se interpenetran los planos individual y social, y está encaminada a transformar las relaciones de poder.

Con la democracia cultural se pretende crear la base de una estrategia general de desarrollo que sitúe al ser humano como sujeto de sus propias transformaciones en un proceso integral, a la vez que respete la identidad y la diversidad culturales. La participación se convierte en el prerrequisito de un verdadero proceso de desarrollo y hay que entenderla como medio y como fin de este, así como una de las principales necesidades humanas. Es un acto democrático y un proceso de autoaprendizaje individual y colectivo que transcurre en el propio proceso de toma de decisiones y que implica el compromiso activo de quienes deciden intervenir.

En contra de los múltiples obstáculos impuestos a la participación y de su reducción a una cuestión formal (en un proceso electoral, por ejemplo), es preciso crear las condiciones, los espacios y las estructuras que concreten y garanticen una verdadera participación que comporte la evaluación y la acción conscientes de los actores sociales. Hay que crear un conjunto de condiciones sociales y políticas que estimulen espacios para compartir el poder y permitan un reparto equitativo de los beneficios del desarrollo.

Se trata de contribuir a elevar los niveles de participación social como vía para alcanzar un verdadero desarrollo y no convertir este en un medio al servicio de los grupos dominantes. En contra de la irracionalidad de las leyes ciegas del mercado y en contra de toda planificación promovida y ejecutada centralizadamente por cualquier élite política, económica, burocrática, tecnocrática o académica, es necesaria una planificación democrática a través de planes de actuación para el desarrollo — locales y regionales — elaborados y ejecutados con la participación activa de todos los actores sociales21. No pretendemos discutir ni restar importancia al papel del estado, sino dejar claro que la legitimidad de sus órganos de gobierno solo puede sustentarse en la participación real y efectiva de la población en la toma de decisiones.

La democracia cultural es la expresión de grupos y movimientos de oposición — surgidos en el Norte y, especialmente, en el Sur, sin el lastre y la inercia de la burocracia y de la oligocracia — que han conseguido socializar la ideología democrática entre las clases populares y han servido para que se reconozca el derecho de todos los sectores sociales a tomar decisiones en los asuntos que les atañen. El desarrollo de estos movimientos y grupos alternativos es uno de los signos más fuertes de renovación en la esfera política. Ajenos a toda ingenuidad, debemos plantearnos algunas cuestiones. ¿Hasta qué punto la democracia cultural puede ser llevada a la práctica y constituye una opción alternativa real frente a la hegemonía de los grupos dominantes en el mundo actual? ¿Existe un punto de equilibrio entre centralización y descentralización? ¿Cuáles son los límites de la autogestión? ¿Pueden encontrarse formas de centralización que no destruyan su propia base de implantación y que no reincidan en el burocratismo y en la oligarquía?

De lo que no cabe la menor duda es de que las formas actuales de organización política — incluso las de los estados denominados democráticos — están muy lejos todavía de responder a los criterios de la democracia cultural, o, si se quiere, a los principios recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. De ahí la necesidad de una transformación institucional capaz de aproximarnos al modelo de la democracia cultural. Y, sin duda, a los nuevos movimientos sociales les corresponde un papel importante en esta ansia de liberación.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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