El sujeto del desarrollo humano

Por Andrés Opazo

1. Una ética bajo ropaje técnico.

El término desarrollo humano hace su aparición en 1990 con el primer informe del PNUD. Llegaba a su fin la llamada década perdida. Los ajustes estructurales y las políticas neoliberales reflejaban una fe inquebrantable en el mercado como creador de riqueza, la cual debería rebalsar desde arriba hacia el conjunto de la sociedad. Esto significaba, en la práctica, el abandono de la preocupación conceptual por el desarrollo, tal como lo habían concebido intelectuales y políticos de las décadas anteriores, sentando las bases de un debate de larga trayectoria en América Latina

Pensar el desarrollo, elaborar alternativas y opciones de política, y abrir el debate al respecto, suponía que la economía debía estar subordinada a la política; que debía traducirse en políticas de Estado dentro de una visión que fijaba prioridades atendiendo a los equilibrios sociales. Esta premisa fue cuestionada radicalmente con la aparición del neoliberalismo y su aplicación durante la década de los 80. Liberar el mercado de los controles del Estado fue la consigna, y los resultados fueron evidentes en términos del recorte de las políticas sociales con su efecto negativo en los sectores más pobres.

El Desarrollo Humano introdujo un cambio de perspectivas. Cuestionó la noción de desarrollo en tanto restringida a la observación del crecimiento económico y a su medición sólo a través de indicadores como el PNB. Supuso que las necesidades humanas no se agotaban con aquellas que se requieren para garantizar la supervivencia física y material de la población. Y ésta fue la intuición más trascendental, localizada por supuesto en el ámbito extra-económico. En el primer informe, en 1990, se sostiene ya lo medular de la nueva visión: “El desarrollo humano es un proceso en el cual se amplían las oportunidades del ser humano. En principio, estas oportunidades pueden ser infinitas y cambiar con el tiempo. Sin embargo, a todos los niveles del desarrollo, las tres más esenciales son disfrutar de una vida prolongada y saludable, adquirir conocimientos y tener acceso a los recursos necesarios para lograr un nivel de vida decente. Si no se poseen estas oportunidades esenciales, muchas otras alternativas continuarán siendo inaccesibles. Pero el desarrollo humano no termina allí. Otras oportunidades, altamente valoradas por muchas personas, van desde la libertad política, económica y social, hasta la posibilidad de ser creativo y productivo, respetarse a sí mismo y disfrutar de la garantía de derechos humanos”. No hay dudas de que se introduce un tema relativo a la realización humana de dimensiones muy amplias.

El Desarrollo Humano se define por su referencia a los fines, tema que es continuamente explicitado en los siguientes informes. La finalidad del desarrollo es el bienestar de los seres humanos. Pareciera que estamos, en consecuencia, ante una postura más bien filosófica que estrictamente económica. La economía, tal como se la practica en la realidad, pertenece al campo de la racionalidad instrumental, que ordena los medios hacia los fines. Las anteriores teorías del desarrollo e incluso el neoliberalismo de los años 80 diseñaban estrategias que permanecían en el campo económico. No ocurre así con la literatura acerca del desarrollo humano. Por eso es posible sospechar que estamos frente a un principio moral. En efecto, no ofrece ningún modelo para ser aplicado en política. Los informes del PNUD hablarán de áreas prioritarias, de opciones, de temas, de problemas, de desafíos. No proponen ninguna estrategia.

Una somera revisión de los 10 informes mundiales publicados entre 1990 y 1999, revela una apreciable variedad temática. Aparte de problemas recurrentes,- como las disparidades sociales y de género, el empleo, la salud, la educación, la eficacia y eficiencia de las políticas públicas, el gasto, el financiamiento, la cooperación internacional,- se puede apreciar ya en el informe de 1991 una atención especial hacia temas políticos, incluso una propuesta de medición de la libertad humana. En 1992, el tema central es la brecha social y económica entre los países ricos y los pobres; hace su aparición la célebre Copa de Champagne. El tema de 1993 será la importancia de la participación como remedio a la exclusión. La seguridad humana como alternativa a la seguridad de los territorios o los estados será el tema de 1994. El informe de 1995 estará dedicado a la mujer. El de 1996 al debate sobre las relaciones entre crecimiento económico y desarrollo humano. El de 1997 al problema de la pobreza. El de 1998 al consumo y el de 1999 al tema de la mundialización.

No obstante, en este verdadero caleidoscopio de marcos indefinidos, existen intentos de explicitación sobre qué debe ser lo específico del Desarrollo Humano. Por ejemplo, en el informe de 1995 se habla de cuatro elementos centrales: la productividad, la equidad, la sostenibilidad y la potenciación de los actores. Este último elemento pareciera ser privilegiado con posterioridad en el debate social y político. Se puso de moda la palabra “empowerment”.

Los autores de los informes han atendido, sin duda, a los problemas más urgentes desde el punto de vista de los desfavorecidos y excluidos del mundo actual. Pero a diferencia de anteriores teóricos del desarrollo, no se han preocupado mayormente de traducir el principio del Desarrollo Humano en un concepto coherente y sistemático. No existe una visión que permita, por ejemplo, relacionar las distintas áreas o temas considerados en los informes, los cuales son de naturaleza económica, social y política. Tampoco existen criterios para establecer jerarquías entre ellos, o proponer cursos de acción que los integre. Esta deficiencia observable en el nivel de la conceptualización hace que, en ocasiones y sobre todo en su uso político, el término de desarrollo humano puede tener las más variadas connotaciones, o bien diluirse en la nada.

Pero aparte de que puedan realizarse en el futuro grandes avances para llegar a un concepto de Desarrollo Humano, es preciso destacar su significado primordial. Los informes del PNUD han puesto sobre el tapete los problemas reales padecidos por los rezagados y excluidos de este mundo; han sido el vehículo de expresión de un pensamiento crítico; sobre todo en unos años en que la caída del socialismo real hacía soñar a muchos con el inicio de la era del progreso y la libertad. Tales informes se han constituido así, en la voz de una conciencia moral de la humanidad. Y esto reviste una importancia que va mucho más allá de la calidad y despliegue técnico de sus análisis. En efecto, el Desarrollo Humano constituye hoy una propuesta de vida en sociedad, un ideal o un proyecto de convivencia. Es una propuesta ofrecida al pensamiento y al debate. Pero sobre todo,- y esto es lo que es preciso recalcar con mayor fuerza,- representa un llamado dirigido a la voluntad humana.

La premisa que subyace a la noción de Desarrollo Humano expresa la convicción de que es posible satisfacer las necesidades humanas, puesto que, como nunca antes en la historia, los seres humanos poseemos un control sobre la naturaleza que lo permite. El mundo puede asegurar una supervivencia digna para todos: un ingreso adecuado y condiciones mínimas de salud y educación (Informe Mundial de 1997). También es posible avanzar en la satisfacción de necesidades vinculadas al ejercicio de la libertad, a los derechos y responsabilidades de participación en la vida social con el protagonismo propio del ciudadano. Pero hay otras necesidades de no menor importancia que han sido menos consideradas, como la necesidad de ser reconocido, de vivir en un espacio de afecto, creatividad, felicidad y desarrollo espiritual. En este terreno surge el tema de la realización humana, especialmente ante el efecto deshumanizante de los actuales patrones de comportamiento económico, incluso entre las clases medias y altas. El Desarrollo Humano anuda en una misma dinámica, el crecimiento económico, la democracia y la subjetividad, dimensiones que en su interacción conforman la cultura.

Llegamos aquí a un punto crucial. El debate sobre el Desarrollo Humano ha proporcionado excelentes análisis, opciones de políticas, recomendaciones a los gobiernos, propuestas de movilización de la sociedad civil, aportes a conferencias mundiales de distinto tipo. Pero se ha quedado en el plano de la definición de “políticas correctas”, sin abordar el campo de las condiciones de aplicación y, sobre todo, de los sujetos que las definen, de sus convicciones, de sus reales metas humanas, en síntesis, de su voluntad para ejecutarlas. Lo que ha ido quedando en la sombra, y de lo cual depende su eficacia práctica, es que el desarrollo es un proyecto de construcción humana, una interpelación a la voluntad individual y colectiva. Es, antes que nada, un producto del esfuerzo y del compromiso. Ofrece metas posibles que, luego de ser vislumbradas e incluso técnicamente diseñadas, son ofrecidas a los actores concretos de la sociedad. Ahora bien, tales metas no se convertirán nunca en realidad si ellas no son verdaderamente deseadas, buscadas, aproximadas. Aquí radica lo más “humano” del desarrollo humano. Revela su núcleo esencialmente ético, en tanto llamado a la libertad, a la superación, a la capacidad de discernir y elegir. Esta observación esta cargada de consecuencias.

La reflexión sobre el Desarrollo Humano presenta vacíos explicables en el plano conceptual y técnico que probablemente se irán subsanando en su misma evolución. Sin embargo, es posible que el principal vacío sea de otra naturaleza: el que, hasta ahora, no haya sido inscrito al interior de una filosofía de la acción, de una consideración sobre las motivaciones que orientan las prácticas, que estimulan la sana e indispensable protesta, que guían las luchas y fuerzan al razonamiento y al diálogo. Lo que ha estado realmente ausente en el debate sobre el Desarrollo Humano hasido un mayor énfasis en su dimensión ética y cultural. Puesto que estará destinado a fracasar como proyecto si no tiene la potencia capaz de despertar y comunicar ilusiones. Por lo tanto, es preciso pasar de las políticas objetivamente correctas al plano de la elaboración de pedagogías personales y sociales.

2. El otro significado del desarrollo humano.

Mucho antes de que el término desarrollo humano apareciera con las connotaciones que preceden y en el campo de las políticas económicas y sociales, hizo su aparición en un contexto bien distinto: en el de la psicología y la antropología. Durante la década de los cuarenta e inmediatamente después del fin de la segunda guerra mundial, el psicoanalista Erich Fromm se refiere al desarrollo humano como al proceso de individuación o despliegue de la personalidad del ser humano.

Para este autor de gran influencia en las décadas posteriores, el ser humano, a diferencia del resto de los animales aprisionados en el espacio de sus instintos, es la única criatura expulsada del paraíso de la naturaleza y obligado a forjarse su propia vida. Inicia el proceso que llamamos cultura. Hasta bastante avanzada la evolución humana, el individuo se mantuvo inmerso dentro de su particular cultura, su comunidad, con sus roles, tradiciones y tabúes que organizaban todos los momentos de su existencia. Con el advenimiento del capitalismo mercantil y con la bendición de los reformados del siglo XVI, comienza el proceso mediante el cual se desatan los vínculos que ligaban al individuo a la tierra, a su señor y a su entorno inmediato. El ser humano es capaz de distanciarse de la comunidad que regía su vida, para convertirse en un individuo. Para bien o para mal, se descubre como libre y responsable de sí mismo.

Los psicoanalistas han visto repetirse este proceso en el curso de cada vida personal. Cada uno de nosotros ha tenido que ir haciéndose como individuo, conquistando su espacio, descubriéndose a sí mismo, sobreponiéndose a la vacilación y al conflicto. Es así como cada uno debemos recorrer un camino inédito y de proyección ilimitada. Y nos vamos convirtiendo en la persona que somos y que queremos ser. Del éxito relativo en este proceso de individuación depende la salud mental. Y para construir su vida personal dispone de esa facultad que llamamos libertad, que en lo esencial es el impulso de ampliación de las capacidades humanas. Esto implica riesgo, y no todos acepten el desafío; el miedo a la libertad lleva a claudicar para refugiarse en el anonimato propio del rebaño.

El desarrollo humano, en este contexto preciso, se lo entiende como el despliegue de la libertad con todas sus consecuencias. Cuando hablamos de “desarrollo personal” nos referimos al desarrollo de facultades humanas, de conocimientos, afectos, percepciones que se desencadenan a partir de opciones entre las que debemos elegir. La ética tiene que ver con la calidad de lo que elegimos

Lo anterior coincide con una definición de la libertad que proviene del campo filosófico. Obviamente de la libertad positiva, puesto que la negativa no es otra cosa que la ausencia de determinaciones. Liberarse de ciertas determinaciones es, sin duda, un paso que puede ser muy importante para la vida de las personas. Pero la experiencia indica que muy pronto la “libertad de” tiende a desfigurarse si no conduce a una “libertad para”. Sucede cuando el desconcierto ante las opciones o la debilidad de la voluntad, dan lugar a una cierta anomia, a la experiencia del sin sentido, a la desintegración. Los ejemplos sobran en la vida política y probablemente también en nuestras experiencias personales. Por ello se puede sostener con todo fundamento que para “llegar a ser libre” es preciso definirse ante ciertas opciones básicas, desde las cuales se va configurando un real proyecto de vida. Y esto implica, por una parte, la lucidez para irlo reconociendo progresivamente y, por otra, la voluntad para emprender el camino y seguir el rumbo.

Liberar y desarrollar al máximo posible las potencialidades y energías del individuo puede ser, también, una buena definición de la felicidad. Sabemos bien que el tema de la felicidad ha estado presente desde las primeras reflexiones filosóficas de la humanidad. Los filósofos griegos se preocuparon desde el principio del tema y Aristóteles lo instaló en el centro de su Etica. Su tratamiento ha sido continuado por la filosofía contemporánea, por ejemplo, en España y América Latina con Fernando Savater. Todo el mundo parece concordar en que el hombre aspira naturalmente a la felicidad, aunque sus contenidos varíen. El filósofo judío Baruch Spinoza sostenía lo mismo al afirmar que el ser humano no era más que un impulso en busca de realización, que esencialmente era un “conatus”, un esfuerzo, un intento, una energía.

De lo anterior puede sacarse una primera conclusión. Si bien es importante para cada uno descubrir “lo que yo soy”, más lo es desde el punto de vista práctico tener conciencia de “lo que yo quiero ser”. De la fuerza de sus aspiraciones y sus deseos depende el porvenir de una persona y de una comunidad. La fidelidad a este “querer” puede ser condición deprogreso y camino hacia la felicidad. En esta idea concuerdan diferentes autores inquietos por los temas éticos. Erich Fromm llamó carácter productivo o activo a los rasgos del individuo que persigue el impulso de realización de su propia personalidad. Fernando Savater abunda en la misma línea. Para uno allí está en juego la salud mental; para el otro, la realización del ser humano como ser racional.

El desarrollo humano es, por lo tanto, el despliegue de la autonomía que reside en cada persona de acuerdo a su capacidad. Tal autonomía y dignidad inviolable se encuentra en la base de la declaración de los derechos humanos, que la reconoce en los campos político, económico, social y cultural. En nombre de esta autonomía se condenan diversas formas de totalitarismo que consideran al individuo como un mero engranaje del Estado, o que se traducen en relaciones económicas que hacen de las personas simples piezas para hacer funcionar la economía y garantizar sus equilibrios internos. La compulsión al trabajo o el consumismo, indispensables hoy para que crezca la economía, terminan conculcando la capacidad del individuo para mirarse a sí mismo y relacionarse con sus semejantes. En otras palabras, acaban con la cultura.

Aludimos al tema de la salud mental. Sabemos bien que el gran aporte de Freud al autoconocimiento humano radica en el descubrimiento de fuerzas irracionales e inconscientes que determinan parte de la conducta humana. Para él estas fuerzas eran los impulsos de la libido. La represión de estos impulsos era la causa de la neurosis. Y la salud mental, naturalmente, consistía en la liberación de las trabas que impedían el despliegue de la libido. Pero otras corrientes del psicoanálisis sitúan las fuerzas irracionales del inconsciente en otro lado: por ejemplo, en el sistema de relaciones que el individuo establece con su entorno, con las personas cercanas, con la sociedad, con el mundo. La neurosis proviene, entonces, de las llagas que dejan en el inconsciente las relaciones humanas dañinas o insatisfactorias. El campo de las necesidades del sujeto no se restringe a lo fisiológico, sino que se extiende, y en forma preponderante, hacia el deseo de todo individuo de comunicarse satisfactoriamente con el mundo exterior y particularmente con el círculo humano que lo rodea. Este deseo se expresa en la necesidad que todos experimentamos de pertenecer a un círculo humano, de compartir con otros y ser reconocidos, de conectarse a través de los mismos valores y símbolos. En el fondo, es aquello que llamamos sentido, dar sentido, vivir con sentido y compartir el sentido. Por ello, el arte de vivir puede ser entendido como un arte de amar, una aptitud para establecer relaciones de mutuo reconocimiento y afecto.

Un significado similar puede tener la frase de Savater que dice que “el hombre no puede querer cualquier cosa, sino que quiere de acuerdo a lo que uno es” (Etica como Amor Propio). En toda su extensa obra se percibe un apasionado alegato a favor de la autoafirmación de lo humano, basada en que lo “bueno” o lo “mejor” debe ser entendido como lo mejor para el hombre concreto, para su felicidad. Pero esta autoafirmación de lo humano, que tiene lugar en el individuo y no en lo humano en general, no es un equivalente del solipsismo o del egocentrismo, es decir, del repliegue del individuo sobre sí mismo. Cuando Savater, a la siga de la tradición filosófica de la humanidad, instala a la libertad como el principio o valor central de la ética, es plenamente consciente de emitir un juicio universal, que vale para todo ser humano. El reconocimiento de la libertad del individuo en cuanto tal, implica el reconocimiento del “otro” en cuanto otro. La autoafirmación del sujeto se da principalmente en la intersubjetividad. Crea el campo de la comunicación humana.

El sentido filosófico del término desarrollo humano tiene una historia más antigua que el uso que de él se ha hecho a partir de los informes del PNUD. Pero no remiten a realidades totalmente ajenas. Basta recordar que la definición más frecuente de desarrollo humano en el contexto del PNUD apunta a la ampliación de las oportunidades humanas. Parece bastante obvio que el desarrollo de la persona, o la autorealización individual, debe tener algo que ver con los propósitos de construir una sociedad que supere la pobreza, que otorgue similares oportunidades a todos, que promueva la libertad, la participación y los derechos humanos.

La búsqueda natural de la felicidad, del sentido, de la potencialidad humana, puede ser considerada como la energía que inyecta eficacia real a la construcción del desarrollo humano en sus aspectos socioeconómicos. Se ha dicho en muchas ocasiones que el subdesarrollo padecido por nuestros pueblos es un problema mental. Hoy se diría más bien que es un problema espiritual, si por ello entendemos un terreno en el que se conjugan el pensamiento lúcido con las aspiraciones, deseos y afectos; el lugar en que convergen la razón abstracta y la razón práctica. Por ello es plenamente cierto lo que se viene afirmando con fuerza creciente, que es desde la cultura, de las experiencias vividas y pensadas, desde donde pueden surgir las iniciativas más potentes de progreso y desarrollo. Los dirigentes políticos y todos los actores sociales en general no se comprometerán nunca en su lucha contra el subdesarrollo, si no ven en ésta una dimensión fundamental de su realización personal. La política tiene como función primordial la de abrir cauces a las demandas y aspiraciones de las personas. Si un dirigente político se ha extraviado en la búsqueda de lo humano, porqu e persigue el dinero, el poder o su sólo prestigio, no tendrá sensibilidad para captar en su profundidad la voz de la sociedad.

Una gran tarea que nos espera es la de articular en un pensamiento homogéneo dimensiones distintas, como son la aproximación socioeconómica y política del desarrollo humano, con su aproximación subjetiva o existencial. Uno de los dramas de la sociedad actual es que muchas personas sensibles y conscientes emprenden caminos de autodesarrollo personal y espiritual, desconectándose totalmente del mundo exterior. Mientras otros, igualmente bien intencionados, ponen toda su confianza en las técnicas de gestión económica y de conducción política y ven en el humanismo y la cultura algo accesorio o privado. Esta disociación tan corriente revela la fragilidad de un concepto de desarrollo humano que no es capaz de integrar el hombre interior y el mundo exterior. Mantener unidas ambas dimensiones es la clave del desarrollo humano, así como la tarea primordial de una educación hacia ello orientada.

3. Desarrollo humano en un contexto inhumano.

El desarrollo humano en su sentido pleno está llamado a implementarse en un contexto macrosocial extremadamente complejo, que afecta tanto la existencia personal como la vida social. Es un marco económico, social, político y cultural que ha sufrido transformaciones profundas como consecuencia de la globalización de la economía y de las comunicaciones. En este apartado nos referiremos a ciertos procesos que hoy afectan seriamente la vida de las personas y los pueblos. Son procesos bastante conocidos en su generalidad. Aquí solamente mencionaremos algunos que estimamos de gran trascendencia, intentando mostrar cómo en su conjunto dan cuenta de la complejidad del desafío del desarrollo humano en el mundo actual.

a) El reino del mercado a escala mundial. El funcionamiento del mercado y del mundo de las finanzas en un solo espacio mundial ha dado como resultado un fenómeno inédito de concentración de la riqueza, del poder y del conocimiento. Las condiciones de vida de amplias mayorías se distancian progresivamente de la minoría privilegiada. Es el resultado de la aplicación simple y descarnada de la lógica del mercado. Los estados nacionales y el mundo de la política pierden capacidad de control y regulación de la economía. Se ven sobrepasados por poderes fácticos que se vuelven cada vez más autónomos y capaces de condicionar las políticas de los gobiernos. Este fenómeno se observa tanto en el plano internacional como, con desigual gravedad, en el nacional

b) La precariedad del trabajo. Si el mercado se lo considera como dispensador omnipotente de la riqueza y el bienestar, lo lógico será suprimir sus regulaciones, es decir, volverlo independiente de los factores extraeconómicos, sean éstos de carácter social, político o cultural. Esta desregulación ha afectado severamente al mundo del trabajo. Además, las transformaciones tecnológicas van haciendo del trabajo humano un factor cada vez más prescindible. El empleo se vuelve inestable y precario. Los salarios decaen relativamente, las organizaciones laborales pierden fuerza, se incrementa el trabajo informal, el trabajador se ve forzado a multiplicarse para satisfacer las necesidades familiares, la mujer y los hijos deben complementar el salario. Pero aparte de estas consecuencias económicas y sociales, hay otras de carácter cultural que no son menos importantes. Por una parte, la mayor exigencia impuesta a aquel que está obligado a ganarse la vida, provoca a menudo stress, agotamiento y mal humor, con graves consecuencias para la vida familiar. Por otra parte, la dignidad del trabajador sufre gran menoscabo; el trabajo tiende a perder el valor de que gozaba en la sociedad industrial y en las tradicionales. El trabajo confería identidad y reconocimiento social, otorgaba un sitio y una función en la vida de la comunidad. Por ello era considerado como uno importante factor de integración social.

c) La mujer y la desarticulación de la familia. La incorporación de la mujer al trabajo es saludada como un paso hacia su liberación. Así ocurre en los sectores altos y medios. Sin embargo, en los medios populares la mujer sigue siendo el sostén de la vida familiar y no cuenta con muchas opciones en términos del rol que debe desempeñar en la sociedad. Se multiplican las mujeres jefas de hogar. La pobreza las afecta más intensamente. Por otra parte, se mantienen sujetas y subordinadas a patrones culturales de una sociedad patriarcal, encarnados en sus maridos e hijos varones. Son las víctimas más frecuentes de la violencia doméstica, laboral y vecinal. Son también discriminadas en el trabajo. Al mismo tiempo, y puesto que son las experimentan más intensamente los rigores de la vida cotidiana, muchas veces son ellas las que asumen diversas responsabilidades comunitarias. La inexistencia o prolongada ausencia del padre de familia tiene efectos negativos bien conocidos en los niños y los jóvenes. La familia, en suma, deja de ser ese espacio teóricamente reconocido de aprendizaje de valores y hábitos de convivencia.

e) La ciudad. La estructura y conformación de las grandes ciudades latinoamericanas agudizan problemas como los expuestos y agregan otros nuevos. Es muchas veces un símbolo del desencuentro entre los ciudadanos, sobre todo cuando la ciudad entera se subordina al automóvil particular y sus requerimientos de carreteras y estacionamientos. Los trabajadores y los estudiantes gastan horas para acudir a su trabajo. Los ricos habitan paraísos bien custodiados, mientras que las mayorías pobres se recluyen en barrios que a veces se convierten en verdaderos guetos. La delincuencia es percibida actualmente como el principal problema; obliga a los habitantes a refugiarse tras las rejas de su casa, en la vida privada, con lo cual se pierde el sentido del espacio público. El desencuentro o incluso la hostilidad hacia el otro, propio de los grandes conglomerados urbanos, conspiran para que el habitante se constituya en ciudadano. f) La exclusión del diferente. La lógica del mercado penetra progresivamente en las relaciones humanas. El individuo se ve compelido a insertarse en un mundo competitivo, a tener éxito y destacarse. Los valores preponderantes vienen a ser la especialización, la eficiencia, el dominio de la tecnología y las comunicaciones. Se conforma así una sociedad que exige éxito y liderazgo, que obliga a sobresalir frente a los demás. No obstante, y sin menospreciar los valores de desarrollo personal que pueden subyacer a las exigencias de una sociedad competitiva, el énfasis en ellos hacer perder de vista a sectores rezagados e incluso a otros que expresan ciertas convicciones que los llevan a ser diferentes. Estos sectores no son escasos, valorizan más el afecto, la relación humana, la armonía con la naturaleza, las tradiciones; prefieren disfrutar antes que autoexigirse para producir y consumir cada vez más. Esta resistencia a una racionalidad modernizadora y competitiva se observa en diversos círculos y se expresa en la literatura, el teatro, el cine y la canción. La adoptan grupos de mujeres, y de jóvenes. Pero se traduce también en movimientos sociales de importancia creciente: por ejemplo, en los grupos ecologistas y, sobre todo, en las reivindicaciones de los pueblos originarios. La exigencia de que los pueblos y los seres humanos sean respetados en sus opciones y diferencias, además de constituir una demanda humanista y ética insoslayable, expresa una crítica a la sociedad unidimensional que tiende a ser asociada simplemente a la modernización.

El panorama que se acaba de esbozar ofrece elementos para apreciar las dimensiones del desafío del desarrollo humano. En efecto, los seres humanos reales viven su existencia en el marco de las posibilidades y limitaciones que les ofrece el lugar que ocupan en la sociedad actual. Allí se expresa la contradicción, vivida antes de ser pensada, entre el deseo o la aspiración a una vida digna y la estructura de una sociedad que limita y constriñe. Alain Touraine es posiblemente el autor que la desarrolla con mayor radicalidad. Interpreta esta contradicción como resultante del desajuste entre la racionalidad de un mundo actual,- abierto, universal, tecnificado y competitivo,- y la cultura, en tanto espacio de comunicación humana, de encuentro gratificante entre personas en espacios comunes, necesariamente restringidos.

El mundo de la racionalidad instrumental, de la economía globalizada, de la ciencia aplicada, la tecnología, el trabajo y el consumo, ofrece oportunidades de innegable valor. La globalización es una realidad que no resiste marcha atrás, sino que abre el futuro a rumbos nuevos. Su crítica desde el punto de vista humano denuncia en primer lugar su carácter excluyente, pues en principio todo el mundo debería tener acceso al mundo del conocimiento, de la tecnología, del mercado, del trabajo calificado. Pero aparte de lo quimérico que ello puede parecer, el dominio de esta racionalidad conservará siempre su carácter “instrumental”, es decir, no constituirá nunca una finalidad en sí misma. Ello debido a la complejidad propia del mundo humano y de la espesa trama que entrelaza lo material con lo espiritual y se expresa como cultura. Hoy cunde un cierto malestar, expresado de distintas formas, especialmente entre los jóvenes, basado en la negativa a aceptar un destino que parece implacable, el de convertirse en pieza del engranaje que hace funcionar la economía. Todo trabajador, incluso si se ha insertado en la economía moderna a través de un empleo calificado, expresa otras aspiraciones. Necesita un mundo de referencias compartidas, que le otorgue identidad, en el que se sienta reconocido y valorado. La sola racionalidad instrumental no es capaz de satisfacer necesidades humanas profundas. Ello explica el retorno a nuevos particularismos excluyentes, de carácter étnico, religioso, comunitario o grupal. Es un fenómeno que se observa en los niveles mundial y nacional, en los países industrializados y los subdesarrollados. Obedecen al efecto desintegrador de la llamada aldea global y su incapacidad para otorgar sentido y crear cultura. La reclusión del individuo al círculo más inmediato de una identidad compartida como refugio ante el anonimato globalizado, tiende a traducirse en sectarismo y violencia. Ocurra en el mundo islámico o en la pandilla del barrio marginal, el germen de la violencia se origina en la incapacidad para reconocer al otro como diferente y portador de los mismos derechos. La negativa ante el otro puede conducir a nuevos totalitarismos o a fragmentaciones de una misma sociedad.

4. La apuesta por el sujeto humano.

Si el análisis anterior es correcto, deberíamos concluir en que el gran desafío del desarrollo humano radica en hacerse cargo, conceptualmente, de la contradicción real que atraviesa nuestras sociedades, la que opone la racionalidad instrumental a la existencia vivida, o bien, la economía a la cultura. Este es el dilema de fondo que atenta contra la realización de las personas y, por lo tanto, contra las posibilidades de avanzar hacia una vida social armónica. Y éstos son justamente los objetivos finales o principios rectores de un desarrollo que sea humano.

La solución no puede consistir en el fortalecimiento unilateral de uno de los polos de la contradicción. El sueño tecnocrático puede empeñarse en una inserción de todos los seres humanos a la economía y tecnología moderna; pero aparte de lo fantasioso que podría resultar, no lograría responder a la necesidad humana de identidad, de comunicación y sentido. El sueño comunitario, a la inversa, puede inspirar anhelos de retorno a la identidad y la tradición; pero no repararía en el derecho de toda persona y todo pueblo a la universalidad y el progreso, a acceder a un trabajo calificado, a poseer conocimientos, a mejorar sus condiciones materiales de vida.

El pesimismo ante las alternativas de políticas que pudiesen resolver este dilema, así como la conciencia de la gravedad que reviste, ha llevado a Alain Touraine, a proponer una salida poco esperable de parte de un sociólogo. El sostiene que el camino que conduce a su superación es el fortalecimiento de las personas en su condición de sujetos. Dice textualmente: “…el único lugar en que puede efectuarse la combinación de la instrumentalidad y la identidad, de lo técnico y lo simbólico, es el proyecto de vida personal, para que la existencia no se reduzca a una experiencia caleidoscópica, a un conjunto discontinuo de respuestas a los estímulos del entorno social. Este proyecto es un esfuerzo para resistirse al desgarramiento de la personalidad y para movilizar una personalidad y una cultura en actividades técnicas y económicas, de manera que la serie de situaciones vividas forme una historia de vida individual y no una serie incoherente de acontecimientos. … Ese esfuerzo por ser un actor es lo que denomino Sujeto. … El Sujeto no tiene otro contenido que la producción de sí mismo.” (¿Podremos vivir juntos?)

Lo dice uno de los sociólogos contemporáneos de mayor prestigio. El punto de partida es la valorización de lo individual y personal. En las condiciones actuales, sólo el reconocimiento de la dignidad de la vida personal puede conducir a una percepción de la vida social como armónica. En efecto, el individuo se convierte realmente en sujeto, sólo en la medida en que es capaz de reconocer al otro también como sujeto, que comparte la misma condición y se ve igualmente compelido a combinar una vida, memoria y relaciones personales con un “proyecto instrumental”. Algo similar había sostenido años antes el teólogo avecindado en Brasil, José Comblin. Al constatar el grado a que llegaba la desintegración del mundo de los excluidos en una gran ciudad como Sao Paulo, concluía en que ni el gobierno, ni los partidos políticos, ni los sindicatos, ni la religión, podían producir el cambio. Este debería comenzar sólo si, desde abajo, se realizaba un gran esfuerzo para reconstruir las relaciones humanas.

En suma, la posibilidad de cambio depende de la fuerza de la relación humana. Esta afirmación está preñada de consecuencias. Presupone que es posible un reconocimiento entre sujetos que comparten situaciones comunes, que padecen las mismas frustraciones, que se descubren como capaces de levantarse, de protestar y reivindicar desde sus condiciones particulares de existencia. Al construirse una genuina relación entre sujetos, al comunicarse, recuperan su identidad y aspiran en conjunto a acceder a un progreso que les ha sido ajeno. Emerge así el núcleo de un movimiento social. Este movimiento expresa siempre la protesta y la demanda de los rezagados. Surge desde los trabajadores, las mujeres, los jóvenes, los pueblos originarios, los ecologistas.

Pero contrariamente a lo que ocurrió con movimientos políticos del pasado, los actuales movimientos no proponen un nuevo orden para la sociedad. Por eso no son movimientos políticos, ni deberían subordinarse a partidos o intereses políticos, por legítimos que éstos sean. Su reivindicación es eminentemente ética, es decir, humana. Reclaman para su sector el cumplimiento de ciertos derechos, pero sólo con la fuerza que tiene la afirmación de la vida real, exigiendo de todos el ejercicio de la libertad para humanizarla. Desde esta postura pueden proyectarse sin reservas hacia el campo político. Lo hacen desde el momento en que elevan una exigencia hacia el conjunto de la sociedad. Le recuerdan el ideario que dio comienzo a la modernidad y a la democracia: los valores de libertad, de igualdad y de solidaridad.

En esto reside la universalidad de todo movimiento social. Por ello mismo, su eficacia dependerá de la resistencia que oponga a las tentaciones de exclusivismos y particularismos. Y para resistir debe fijarse un rumbo que combine, por una parte, el reclamo de la identidad y la cultura propia, y por otra, ciertos derechos universalmente reconocidos de bienestar y oportunidades materiales y culturales. Por lo tanto:

– los movimientos de las mujeres caminarán hacia el fracaso si se agotan en lo femenino y no buscan la integración en el mundo de la diversidad, de varones y mujeres, diferentes pero igualados en las oportunidades;
– los movimientos indígenas estarán destinados a la decadencia si se reducen al reclamo de sus tradiciones y cultura y no luchan por el acceso, en igualdad de condiciones, al mundo del conocimiento, de la tecnología, del trabajo calificado;
– los movimientos ecologistas terminarán siendo una curiosidad o una extravagancia si, por conservar la naturaleza en su estado virginal, olvidan que es el habitat y fuente de sustento de 10 mil millones de seres humanos;
– los movimientos juveniles no tendrán ninguna incidencia social si, por recluirse en el propio sentimiento de frustración, no interrogan al mundo de los adultos, a la política, a la economía.

En suma, la fuerza de los movimientos sociales radica en el carácter legítimo y universal de sus demandas. Conscientes de esta fuerza, pueden inducir a los poderes públicos y fácticos, a los dirigentes políticos y sociales, es decir, a los administradores del orden que los margina, a sostener un intercambio y un diálogo. Al hacerlo estarán abriendo nuevos espacios democráticos

Al subrayar el carácter no político del movimiento, se pretende destacar su independencia de las ideologías o sistemas de ordenamiento social. El proceso de desintegración expuesto más arriba en sus rasgos generales ha terminado por desvirtuar la política. La economía globalizada se independiza progresivamente de ella y de los estados nacionales. Los gobiernos son incapaces de garantizar derechos básicos y la lógica del mercado atenta contra las identidades y las culturas. La política asume el rol de garante del funcionamiento de una economía regida por poderes invisibles. Los partidos se convierten en empresas electorales de credibilidad decreciente ante el hombre de la calle. En principio, la política debería elaborar propuestas de organización de la sociedad. Pero no se advierten tales señales.

En un plano más sociológico, las teorías clásicas reflejaron de alguna manera las concepciones contractualistas y positivistas de la Ilustración. Privilegiaron una visión de totalidad dentro de la cual se explicaban las conductas grupales e individuales. El pensamiento partía del orden, del sistema, para luego deducir los roles y funciones; o bien procedía desde los modos de producción para definir luego las clases sociales. Estas teorías pretendían explicar el acontecer recurriendo a factores de carácter social. Por eso menospreciaron siempre el papel de la acción humana, del sujeto y la conciencia. Ahora los diversos tipos de funcionalismo o estructuralismo son incapaces de explicar los procesos de desintegración vividos por nuestras sociedades. Parece entonces preferible acudir a concepciones sociológicas distintas, a aquellas que se interesan más por la eficacia de la acción social, por el obrar del sujeto humano, por lo experimentado en la conciencia y la cultura.

Desde otro punto de vista, la ineficacia de la política aunada a la omnipotencia de le economía, conducen a volver la vista hacia los actores sociales reales que pueden ser portadores del cambio. Estos provienen de la sociedad civil, es decir, de la mayoría excluida del poder. De diversos horizontes han surgido voces que, escépticas sobre la posibilidad de cambios venidos desde el poder, postulan la necesidad de potenciar (empowerment) a los actores sociales. Importantes organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales privilegian esta forma de acción social. Ella puede contribuir, además, a renovar la política misma, en la medida en que las demandas éticamente fundadas pueden obligar al sistema político y jurídico a abrir espacios de expresión y de acción de los sujetos.

En conclusión, y volviendo a la preocupación que nos guía desde el comienzo, como es la de escudriñar los caminos desarrollo humano, podría sostenerse que su desafío primordial es el de favorecer todo tránsito hacia la personalización de los individuos, que los haga capaces de procesar su propia experiencia, canalizar su desencanto, descubrir al otro que camina a su lado, y emprender la lucha por la dignidad y la igualdad. Este proceso transcurre necesariamente en la conciencia individual, se proyecta hacia la vida social como reclamo ético fundado en derechos fundamentales y por eso humanos. Desde estos derechos, los sujetos pueden proceder a interrogar a los poderes reales sobre las políticas capaces de promoverlos, sobre el sistema jurídico que los garantice y sobre el tipo de economía que los respete. Tal como se dijo más arriba, el desarrollo humano podría significar, entonces, concretamente, aquel despliegue que, desde el hombre interior, se traduce en una acción transformadora del mundo exterior.

Se abre otra propuesta para abordar los temas del desarrollo humano. Es partir de la situación de los sujetos reales, de sus condiciones de vida y su cultura, y de los movimientos sociales más relevantes, que son animados por aspiraciones profundamente humanas y por exigencias de carácter ético. Se ha considerado más arriba el caso de los trabajadores, las mujeres, los jóvenes, los indígenas y los ecologistas. Desde su propia realidad de vida y desde sus demandas, es posible interrogar al debate económico de la actualidad, a las políticas sociales, a la misma práctica política, a los patrones impuestos por la industria cultural. Un concepto de desarrollo humano que parte de la cultura, de los valores, de las aspiraciones de las personas y movimientos sociales, puede tener la capacidad para integrar las dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales del principio del desarrollo humano. 5. Una Cátedra Latinoamericana de Desarrollo Humano.

El tema del desarrollo humano interroga a la conciencia nacional, latinoamericana y mundial. Invita a una reflexión que debe ampliarse y profundizarse en los distintos espacios de la sociedad. Con este propósito ha surgido la iniciativa de crear una Cátedra Latinoamericana de Desarrollo Humano, con sede en la Ciudad del Saber, en Panamá, como instancia académica articulada al quehacer de las universidades latinoamericanas que decidan asociarse a ella. La Ciudad del Saber es un espacio privilegiado de encuentro entre académicos de todo el mundo que, simbólicamente, se asienta en las instalaciones que dejó el Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, al revertir a la soberanía panameña los territorios que antes constituían la Zona del Canal de propiedad norteamericana.

Cuando la Ciudad del Saber decidió crear esta Cátedra, dos importantes redes de universidades de la región decidieron asociarse a ella: el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA), que reúne a 16 universidades nacionales de Centroamérica, y la Red de Universidades Regionales Latinoamericana (UREL), que agrupa a 80 universidades de provincia de toda América Latina. Su objetivo central es introducir en las universidades el tema del desarrollo humano, puesto que ellas constituyen el ámbito de formación de los profesionales y clases dirigentes de nuestros países; y desde la universidad abrir el debate a toda la sociedad. La Cátedra realizara funciones de investigación, docencia y difusión que se proyecten a las universidades asociadas. Concretamente, deberá reunir los documentos significativos elaborados en toda América Latina que traten los problemas de desarrollo humano. Luego procesará esos documentos para ofrecerlos como materia prima de talleres y seminarios. En la sede de la Cátedra se convocará a los más influyentes especialistas y personalidades de la región a debatir sobre los temas seleccionados, lo que dará origen a publicaciones de alto nivel. Los talleres y seminarios de la Cátedra serán replicados en las universidades asociadas.

La Cátedra pondrá especial énfasis en hacerse presente en dos áreas de la actividad universitaria, aquellas que por su naturaleza propia están llamadas a tener mayor impacto en la formación ciudadana y la opinión pública. Estas son: las facultades de educación y las escuelas de periodismo y comunicación social. Para ello se pretende establecer contactos con las redes regionales que las agrupan. Por ejemplo, ya existen conversaciones con la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación (FELAFACS) que contempla articular sus unidades académicas a las actividades de la Cátedra.

El principal problema que tuvo que abordar el diseño de la Cátedra fue la delimitación del tema o los temas que deberían constituir su objeto de estudio. Lo dicho más arriba sobre los problemas de conceptualización del desarrollo humano explica, las dificultades que se enfrentan a la hora de definirlo de un modo operacional, habida cuenta de sus dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales. La decisión que se tomó fue no partir de las áreas del conocimiento (economía, sociología, ciencia política, filosofía), sino hacerlo de los problemas más urgentes que enfrentan los seres humanos concretos y que ponen en juego el principio del desarrollo humano. Estos problemas son los cinco siguientes:

– El Trabajo, como mecanismo central de incorporación a la sociedad;
– La Mujer y su lucha por la igualdad y dignidad,
– La Juventud, sector discriminado y expresión de la crisis de sentido:
– Las Etnias y Culturas con su derecho a la igualdad y a la diferencia;
– El Medio Ambiente y la lucha por una relación armónica y sostenible con la naturaleza..

En concordancia con lo que se ha sostenido más arriba, el trabajo de la Cátedra estará centrado en los sujetos o movimientos sociales de mayor relevancia y proyección para la construcción de la sociedad más humana del futuro. Por ello, se invitará a dirigentes de estos movimientos a participar en los foros, talleres y seminarios de la Cátedra. Desde su visión y el encuentro con especialistas de temas afines, se podrá interrogar a las políticas económicas, las políticas sociales, las políticas culturales y a la actividad política misma.

Al introducir estos temas en la universidad, se pretende abordarlos teniendo en cuenta, tanto una fidelidad a la realidad, los problemas concretos y las experiencias de los actores y movimientos, como una mirada a los valores que inspiran las soluciones. Los temas de la ética estarán en el corazón del análisis, aparte de los seminarios que se organizarán para tratarlos en sí mismos. Se espera que a la reflexión que se pondrá en marcha desde la Cátedra se sumen todas las personas y organismos que se preocupen de los temas que se someterán a debate. Serán especialmente invitados los centros que se ocupan de las áreas que serán privilegiadas: la educación y las comunicaciones sociales.

Discursos Inaugurales y Conferencias Magistrales, VIII Simposium de Educación – Indice
URL:http://www.gdl.iteso.mx/event/simpeduc/index.htm
©1996-2000 ITESO – Web ITESO

Anuncios

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
Esta entrada fue publicada en Textos académicos y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s