El látigo… detrás de Sama

Él siempre lograba milagrosamente sumar a sus amigos en aquellos empeños que de la noche a la mañana pasaban por su cabeza. Por suerte tenía muchos y muy buenos amigos. Algunos comentaban que Nemo, como se llamaba el sujeto, abusaba un tanto de sus camaradas y siempre estaba debiendo favores que él nunca retribuía (no por mala intención sino porque sus amigos pocas veces lo necesitaban). Por eso quizás él trataba de no hacer muchas solicitudes a las mismas personas, pero siempre había momentos en que inevitablemente tenía que reincidir.

Ese era el caso de Yuset Sama, “el flaco”, como cariosamente Nemo le decía. Sama se había graduado en el Instituto Superior de Diseño Industrial hacía tres años y con tan mala suerte, ahora trabajaba a solo unas oficinas de Nemo. Se habían hecho amigos por la fuerza de la costumbre (además de que ambos eran tipos simpatiquísimos) y por los favores que el primero le había hecho al segundo.

Luego de todo un tiempo de amistad ocurrió un suceso que cambiaría la rutina de ambos. La revista en la que Nemo trabajaba necesitaba un ilustrador para la sección humorística que Nemo compartía con otro joven periodista, de apellido Romero. Entonces Nemo le llevó la solicitud a Sama y, después del papeleo, el diseñador se convirtió en el ilustrador oficial de la sección.

La primera caricatura tuvo gran aceptación entre los lectores y tanto a Nemo como al otro muchacho les pareció acertada. La segunda igualmente cumplió con las expectativas pero demoró unos días en llegar a la redacción. Y así sucedió en repetidas ocasiones: el trabajo tenía buena calidad, pero las tardanzas aumentaban.

Nemo estaba muy preocupado pues si la caricatura no entraba en tiempo, el texto que él escribía, pendería de un hilo. Entonces pasaba en repetidas ocasiones por la oficina para recordarle a su amigo y pedirle, de mil formas distintas, que por favor ese mes entregara la ilustración en tiempo.

Lo más curioso de los reclamos eran las respuestas que daba Yuset. Sus justificaciones iban desde: “he tenido mucho trabajo”, “ayer no estaba inspirado” y “es que el texto no está tan cómico”… hasta “se fue la luz en mi casa”, “me quedé anoche en casa de mi novia en Santiago de Las Vegas” o “te lo juro que se me olvidó”.

Lo mejor sin dudas de todo este proceso eran las propuestas Sama hacía después de las justificaciones: “ven mañana que yo te lo termino”, “ahora mismo me pongo a trabajar en eso” y “llámame cada vez que puedas para que me lo recuerdes”.

Cuántas veces Nemo no había escuchado hablar de personas talentosas pero informales, amigos pero caraduras… De hecho, muchas veces él había pecado de lo mismo que Sama; pero, después de dos años, aquello parecía un exceso por parte del joven diseñador.

Por culpa de él en una ocasión el trabajo salió acompañado de una “figurita fea” bajada de internet. Por culpa del flaco, Nemo gastaba sus zapatos por el pasillo que separaba ambas oficinas y también por su culpa el joven periodista tuvo aquella pesadilla.

En una de aquellas semanas en que se acercaba la fecha de entrega y el texto escrito con un mes de antelación amenazaba con salir sin ilustración, Nemo había pasado cuatro veces al día por la oficina de los diseñadores, le había rezado a las mil vírgenes y había gastado cinco sms al celular de Yuset. Era tanta la tensión que apenas podía dormir y precisamente la noche que logró pegar un ojo, tuvo la terrible pesadilla que pone fin a este relato.

Soñó, muy a tono con el nombre de esta sección, que un monstruo verde caminaba por los tenebrosos pasillos de un edificio del Vedado con una linterna en una mano y un látigo en la otra. En su cuello colgaban cascabeles que, a cada paso suyo por las escaleras, estremecían la tranquilidad reinante en la noche. El monstruo entró en la habitación del flaco ilustrador que dormía placenteramente y que se despertó horrorizado cuando sintió el estruendo de los cascabeles. Al ver al monstruo con el látigo en posición de ataque, preguntó aterrado: ¿Por qué?

El monstruo balbuceó unas pocas palabras: “Este será tu castigo por lo que le has hecho a Nemo”.

Entonces el rostro de Sama volvió a la normalidad. Relajado y como si no le importara nada en absoluto, le dijo: “¿Por lo qué le hecho? Na, en todo caso será por lo que NO le he hecho”; y aclarando el supuesto mal entendido, acomodó su almohada y siguió durmiendo con la cara… tan dura como siempre.

 

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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4 respuestas a El látigo… detrás de Sama

  1. ay, Dios, dile a Nemo que prometo cumplir a tiempo con todo. Pobre Yuset Sama, (aunque no le hizo mucho caso al monstruo, siguió durmiendo..jaja)
    Bueno, yo por sí o por no, mejor completo a tiempo, antes de que se acabe el 2012, mi cuota de comentarios… no quiero luego bichos verdes buscándome por las noches, látigo en mano.
    Pero en verdad estoy algo confundida: si no comento me saldrá un bicho verde, ¿y si comento es acoso? uf…Entonces… ¿cómo quedo yo?

  2. (no entiendo) o sea: ¿puedo pedir que, por primera vez no me apruebes un comentario..o sea, este comentario? No lo publiques, ya sabes que hay cosas que no diría ni bajo tortura, pero… ¿cómo vas a extrañarme si no he faltado a tus letras? ¿si he pedido un deseo en mi blog? Y si, además, no me has respondido el comentario anterior…este que sí está aprobado ya en El látigo… detrás de Sama…
    muchacho malo.

    • Puedes pedir, puedes decir, puedes soñar, incluso puedes hacer cosas prohibidas; te dejaría hasta torturarme. Te atreverías? No soy tan malo, y creo en los deseos que pides. Un beso.

  3. bueno, bueno, ahora me toca entrar a defender. Ya que lo conozco -bueno, a los dos los conozco por estas vías digitales- pero, Rodo, puedes dejar de mandar bichos verdes a Sama??? él es un buen muchacho… además, piénsalo, si le provocas pesadillas, quién te va a hacer diseños lindos para El látigo… jajaja este post quedó muy bueno!!

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