Estremecido

Muchacha desconocida

Llego apurado -como siempre- a la redacción de Alma Mater. Me preguntan que si puedo escribir un texto para el mes de marzo. “Estoy complicadísimo”, pienso; y pregunto:

– ¿Cuántas líneas?
– 90- dice el director.
– ¿Sobre qué?
– Las mujeres
– … Sí, sí, te las envío antes de que termine la semana- digo convencido de que siempre se puede sacar un tiempito, mucho más si es para hablar de las mujeres.

Cuando a un hombre le preguntan por mujeres las primeras que aparecen son las novias. Esas que nos roban besos, pedazos de alma, nuestro tiempo libre y un poco de nuestros traviesos y locos detalles. Pero ellas no son tan malas: después de su “robo a mano enamorada” te dejan ocupado una parte de tu corazón, llena de recuerdos imborrables.

Por una parte están las novias formales que te hacen querer a sus padres, al abuelo, al vecinito de su cuadra y hasta a un gato que puede llevar por nombre Iñaki. Por otra, las mujeres “aventureras” que nos dejan su sello inconfundible: romances de unos pocos días, destinados a morir por geografías distantes o tontos pretextos, en los que uno se entrega de buena fe a un manojo de hechizos femeninos. ¿Y qué de aquellas mujeres prohibidas –casadas, comprometidas o sencillamente discretas- a las que amamos en la oscuridad de la noche, los secretos de un cuarto, las parques desolados y los papelitos intercambiados durante el cruce de un pasillo?

Una amiga diría que todas ellas son “mujeres del pasado” a las que uno debe olvidar; pero al menos para mí eso es totalmente imposible. ¿Cómo olvidar a aquella que una vez devoró tus labios sin permiso o a la que te entregó su virginidad sin saber a ciencia cierta que eras tú el indicado? ¿Cómo dejar a un lado a la mujer madura con la que compartiste sueños, aspiraciones profesionales y anhelos antes incomprendidos? ¿O a la que te enseñó a disfrutar del sexo en plenitud y te alejó de egoísmos machistas que te hacían creerte rey del mundo?

De todas esas “mujeres del pasado” vamos aprendiendo. Y así los hombres vivimos rodeados de mujeres intermitentes, que se van y se vienen de nuestras vidas para hacernos vivir momentos únicos de felicidad; mujeres imposibles a las que amamos sin importar las gratificaciones; mujeres inciertas que nos retan con sonrisas, acertijos y misterios; mujeres ideales que seguramente serán las madres de nuestros hijos; mujeres secretas a las que nadie nunca sabrá que amamos, mujeres… y tantas mujeres.

Pero ojo, que aunque las novias, esposas y amantes sean un punto importante de este texto, no voy a olvidar a las suegras que nos miman, nos reprochan, nos celan y nos extrañan cuando nos vamos (aunque no lo digan por despecho). ¿O a las amigas? Uno siempre hace amigas (aunque algunos todavía se cuestionen una amistad entre hombre y mujer sin segundas intensiones). Yo tuve y tengo grandes amigas. Por eso cuando escriba ese artículo sobre las mujeres, no dejaré de mencionar a las pequeñitas de mi escuela “Raúl Marcuello”, cuando todavía se respiraba infancia en las escuelas primarias; a las muchachas de mi secundaria que se volvieron mujeres escuchando a los Back Street Boys y unos temas de “Pesadilla”; y a los “mangones” de la vocacional (La Lenin), aquellas muchachas azules con monograma rojo que soñaban con trova, se fugaban semiborrachas para fiestas en las azoteas y se ausentaban del dormitorio para celebrarnos un inventado y ficticio “Día del Hombre”, a los varones de su aula.

En la universidad… en la universidad la historia es diferente. Aquí las amigas serán para toda la vida. Entonces con cada amiga viene una familia, un novio de esa amiga que tiene otras amigas, y entre tanto trabalenguas conoces infinidad de mujeres con encantos, virtudes y defectos (pero estos últimos no son importantes, porque ya lo dijo Martí: es preferible morir de su mordida).

Por eso uno va por la vida conociendo y descubriendo mujeres. Incapaz de entenderlas pero haciendo el máximo de esfuerzo por comprenderlas y, como diría un amigo, convencerlas de cualquier cosa.

Existen otras, desconocidas; a las que observas tímidamente en la guagua y quienes, con un cuerpo despampanante, te hacen olvidar por unos minutos lo malo que está el transporte en Cuba; o las otras, con quienes después de una fiesta intercambias teléfonos y se pierde el papelito y nunca más se vuelven a encontrar.

También están las mujeres solitarias, esas que van a las peñas literarias buscando… nadie sabe qué. O las extremadamente hermosas –tanto que intimidan-, esas que nadie enamora por temor al fracaso y que muchas veces se desviven esperando un piropo que no sea vulgar.

Y aunque sigamos defendiéndonos de ellas cuando nos acusan bajo el pretexto de que “todos los hombres somos iguales”, criticando el feminismo cuando este nos ataca por tantos siglos machistas de historia o discutiendo a cada momento por cosas sin importancia, en el fondo sabemos que sin ellas la vida no tendría sentido; porque aunque lo digamos pocas veces, amamos a las mujeres con toda la fuerza que encierra la palabra amar.

Por eso las buscamos en el chat de Facebook, les damos el asiento en la guagua, las ayudamos a bajar de un P-15… porque cuando sonríen y dicen “Gracias”, muchos hombres volamos, subimos al cielo y les pintamos un deseo con las nubes.

A las mujeres algunos les hemos dedicado canciones, poemas, fiestas sorpresas, corazones en los muros, carteles en las calles, tardes en la costa, noches en Boca Ciega y hasta “potes de helado”. Otros les han bajado un montón de estrellas, han dado la vida por vencer el miedo de besarlas o han luchado por enamorarlas lo mismo “con dinero”, que “pasmao”.

Cuando me siente frente al teclado, también estarán presentes las mujeres más importantes de mi vida: mi abuela y mi mamá; y también mi tía querida, mis primas bellas y cariñosas, las hijas que tendré algún día, en fin, todas aquellas que han estado presente y que el 8 de marzo celebran su día.

Para terminar solo me queda felicitarlas a todas, muy especialmente a las que leerán estas líneas. Claro, no puede faltar otra felicitación para los hombres; con énfasis en aquellos que al igual que yo, y que Silvio, sienten que los han estremecido “un montón de mujeres”.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
Esta entrada fue publicada en de Rodolfo Romero Reyes y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Estremecido

  1. Alejandro dijo:

    Para seguir comentando y no perder la costumbre, respecto a las despampanantemente hermosas hay que decir que, como se pasan la vida “esperando un piropo que no sea vulgar”, el día en que se lo dices se quedan en las nubes. Y si tienes un poco más de valentía, las invitas a un helado, a una fiesta del instituto, a cualquier cosa… y cuando vienes a ver, vas de la mano por la calle con un “cañonazo” que ninguno de tus amigos se explica cómo un tipo feo y flaco como tú se la llevó. Lo otro es que, si además de hermosas son inteligentes (que las hay, no son una utopía), puede que cuando la relación acabe y yo no haya metido la pata monumentalmente, la tenga de amiga para toda la vida. Es el caso. Por otro lado, asere, ¿en serio no sabes quién es la muchacha de la foto? A esa sí que vale la pena soltarle un piropo.

  2. Alejandro dijo:

    Por cierto, ya me suscribí para recibir los posts por correo, en caso de que no me dé tiempo a abrir Internet cada vez que me conecte. Un abrazo.

  3. Damian dijo:

    Bien que lo decia Arjona:
    Mujeres, lo que nos pidan podemos,
    si no podemos, no existe y si no existe lo inventamos por ustedes, mujeres…

  4. Amelia dijo:

    Me encantó!!!

  5. Lorena dijo:

    Me encanta….un bello escrito, gracias……

  6. izmatopia dijo:

    muy lindo… gracias!

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