Ocurrencias (poema largo para leer corrido)

De Alexis Díaz Pimienta y no se llama Ocurrencia;
así le puse yo.

De mi casa entran y salen más fantasmas cada vez:
Borges, Cortázar, Rantés, Mozart, Vallejo, Woody Allen…

Querido Cortázar: Hoy

estuve viendo un video

(decir “vídeo” no deseo,

porque yo español no soy,

ni jamás a serlo voy)

que grabó por los setenta…

principios de los ochenta…

Televisión Española.

Blanco y negro. Ni una sola

publicidad. Charla lenta

entre un tremendo escritor

y un lúcido periodista.

Y yo, simple repentista

con vicios de narrador

me pegué al televisor

durante dos largas horas

y junté fuerzas lectoras

para buscar en tu cara

algo que me delatara

tus técnicas narradoras.

Fumabas. Estabas serio

y con un traje anticuado.

Estabas algo barbado

y flaco y en cautiverio,

pero con el magisterio

que te caracterizaba.

El presentador fumaba

tus restos de humo argentino.

El decorado era “fino”,

pero no escandalizaba.

Mi esposa y yo nos sentamos

en el sofá a contemplarte,

a escucharte y a estudiarte,

y cuando nos levantamos,

Cortázar, nos contemplamos…

no te sabría decir

si con ganas de reír

o de llorar… Sorprendidos.

Teníamos los oídos

que podían escribir.

Teníamos las pupilas

que si les dan un teclado

te hubieran homenajeado.

Y las manos intranquilas,

con extrañas retahílas

verbales en la memoria.

Nos reinventamos tu historia.

Te volvimos personaje,

cronopio, niño salvaje

que se ha subido a la noria

de la Gran Literatura

y no se quiere bajar.

Nos pusimos a jugar

a adivinar tu estatura.

Ella tomó tu cintura.

Yo me coloqué a tu lado

y me noté duplicado

en tamaño. Tú reías,

fumabas y repetías

tu español afrancesado

lleno de giros porteños

e influencia morelliana.

—¿Cuándo vuelves a La Habana,

cuándo ves a tus pequeños?

—No sé —respondí entre sueños—,

posiblemente en agosto.

—Has pagado un alto costo…

—¡Por amor! —te interrumpí.

—Lo mismo de siempre… Y

tu rostro largo y angosto

se puso serio otra vez,

como si te molestara

que viéramos en tu cara

las marcas de la vejez.

Natalia con rapidez

te brindó un trago de fino.

—No gracias, prefiero vino

tinto, si no, una cerveza.

Me di cuenta: qué torpeza

no tener mate argentino.

—Podemos hacer un té,

intenté arreglarlo. —Deja,

si ya me voy… ¿Sos pareja?

—Claro, ¿es que no se nos ve?

—Oh, sí, perdoname, che,

es que la Televisión

me engarrota la visión…

—Julio… ¿y La Maga? —¿La Maga?

—Sí, Córtazar, no se haga,

aproveché la ocasión

para hacerle un guiño. —Bueno,

La Maga era… diferente…

como el agua bajo el puente…

La Maga era un cuento ajeno.

—¿Existió? —Era un ser tan lleno

de vida…—¿Existió? —¿Y qué importa?

—Es que mi esposo se corta,

Julio, pero él escribió

un texto en el que incluyó

a La Maga, y no soporta

(esto se lo juro yo)

verla triste, envejecida,

sola en París, tan dolida

con lo que usted publicó.

—Qué es, ¿una novela? —No,

un capítulo, un fragmento.

—También sirve como cuento,

me atreví a decir. —Qué bien.

Me puso un dedo en la sien

y me leyó el pensamiento:

—¿Es que no puede inventarse

personaje tan real?

Piensas bien, pero haces mal,

pues no debe preguntarse.

—Perdone, puede olvidarse

del asunto. Fue mi esposa…

—Bien, pero dime una cosa:

¿qué sucede con Lucía

en tu cuento? —Usted podría

hablarme sobre otra cosa.

Y no sé si te enfadaste,

Julio, con esta advertencia,

pero me asombró la urgencia

con que después te marchaste.

De pronto, te levantaste,

entraste al televisor,

pediste al presentador

que despidiera el programa

y me quedé como un Fama

hundido en mi propio.

Por eso te escribo ahora,

para que te justifiques

o por lo menos me expliques

(la que insiste es mi señora)

tu enfado de última hora.

Hemos intentado ver

“el vídeo” de mi mujer,

(“mi video”) nuevamente

y es imposible, es silente,

te niegas a responder.

El pobre presentador

no deja de preguntar

y no haces más que fumar.

Ya el programa es en color.

El decorado es peor.

La publicidad abunda.

El periodista redunda

en lo que va preguntando,

se le ve incluso sudando,

pero una mudez profunda

envuelve tu afrancesada

voz de güije parisino.

Largo gabacho argentino,

¿por qué no nos dices nada?

Porteño con la mirada

redonda y tan largas manos,

perdona a estos ciudadanos

de a pie en la Literatura.

Habla, escribe, sé… procura

calmarnos. Somos humanos.

Somos pequeños lectores.

¡Si al menos nos contestaras

esta carta y demostraras

tu indulto a nuestros errores!

Yo nunca pido favores,

pero te pido un favor:

si no eres buen escritor

de cartas, si esto te altera,

por lo menos recupera

voz en el televisor.

Ya tenemos vino tinto.

Ya hemos conseguido mate.

Yo sé que fue un disparate,

que eres, no sé, distinto,

que nos traicionó el instinto

lector… Sí, nos damos cuenta…

¡Pero, por favor, inventa…!

Mi Maga es, seguramente,

hija de la tuya y siente

lo mismo por mí,

Pimienta

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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