El Principito y la rosa

Esta mañana desperté como loco buscando un libro que me acompaña desde pequeño y que he leído un montón de veces. Quería consultarlo para utilizar algunas citas en un informe que debía escribir, pero no se trataba de un informe cualquiera, sino de mi primer informe de tutoría.

Hace un año y medio me acerqué a una muchacha o ella se acercó a mí -todavía no nos ponemos de acuerdo ni recordamos bien como fue- y surgió la idea de hacer una tesis sobre empoderamiento ciudadano en la web. Aunque ahora se dice fácil, llegar a esta síntesis fue algo bien complejo. Desde los primero días pasábamos horas y horas pensando en cómo organizar los talleres, hacer la convocatoria y escribir una tesis distinta a las que le habían antecedido en la facultad.

Hoy debo escribir un informe en el que cuente todo eso. No… ella no defiende hoy. Presentó la tesis dos semanas atrás y allí leímos el informe oficial, el que no llevaba citas del Principito. En aquel texto, Elaine, la otra tutora, y yo, dijimos cosas más “serías y científicas”. Hablamos de los aportes teóricos y de lo acertado de construir una nueva categoría apenas anunciada en las ciencias sociales desde Cuba: empoderamiento ciudadano en la web. Después aplaudimos la metodología alocada, flexible y prudente que coló el contenido de un capítulo metodológico en la introducción, que concibió los resultados en dos partes -una por cada etapa del proyecto- y que, al final de los finales, puso a disposición de los muchachos los resultados, conclusiones y recomendaciones para que ellos hicieran cambios y propusieran elementos nuevos. Ahora sí se cumplía aquello que dicen los libros de IAP: los protagonistas pasan de ser objetos a sujetos de la investigación.

Claro, disculpen, no les he dicho de que iba la tesis. En síntesis el objetivo era diseñar un taller, desde la Educación Popular, que permitiera a un grupo de universitarios desarrollar un proceso de empoderamiento ciudadano en la web. Pero bueno, de eso ya hablamos en el informe oficial. Ahora mi interés es otro, es escribir el otro informe, el que yo como tutor hubiese querido regalarle, pero lamentablemente esta mañana no encontré el cuaderno de Exupéry.

Quería encontrar el libro para releer el pasaje del Principito y la rosa, porque esa historia tiene muchas cosas en común con la mía y la de Yohana. Recuerdo que ella se ponía celosa de otras rosas, aún cuando él le juraba que ella había sido la primera y que para él siempre sería única. Y es que cuando uno es joven, sabe que hay cosas inolvidables: la primera clase, la primera publicación, la primera rosa, y por supuesto, la primera tesis tutorada, sobre todo si es una tesis como esta.

Me puse muy contento cuando escuché una oponencia como la que le hicieron a Yohana, donde los méritos iban y venían como si hablase otra tutora más, o cuando uno de los miembros de tribunal, probablemente el más experimentado, aseguró que esa tesis marcaba la consolidación de la educación popular en el espacio académico. En ese momento, admito que me sentí la persona más orgullosa del mundo, porque aunque la tesis no era mía, me alegré por Yohana, mi diplomante, mi amiga, y le agradecí profundamente la oportunidad de haber transitado con ella por ese camino.

En este tipo de ejercicios y durante los meses que dura la marcha, tutor y diplomante se unen en una extraña relación, como el Principito y la rosa. No es extraño que alguien dijera que parecíamos novios cuando pasábamos horas sentados en un rincón de la facultad o en un banco de la Plaza Cadenas, inventando técnicas, repensando ejercicios y convidando a muchachas, como Maylén y Gabriela, a compartir la aventura con nosotros.

Es cierto que nada es color de “rosa”, y al igual que el Principito soportaba las malcriadeces de su flor y ella perdonaba las tonterías propias de su inmadurez, Yohana y yo supimos aguantarnos y comprendernos.

La semana pasada la invitaron a exponer su tesis nuevamente ante un grupo de periodistas y amigos hipermediales mientras sus palabras fueron transmitidas on line por justin.tv. Aunque para ella fue una exposición más, los dos sabíamos que aquello era el resultado de muchos meses de trabajo, de sus largas horas sin dormir, de las visibles marcas de su estrés y de esas ganas contagiosas de transformar, de querer y de soñar que siempre la han caracterizado.

Por todo esto es que le quería escribir un nuevo informe de tutoría, para poder decirle que estoy muy orgulloso de ella, de su empeño, de su tesis y de la excelente periodista que ya es y seguirá siendo.

Claro que, por otra parte, en ese informe también debería incluir algunas cosas que hasta este instante no he querido admitir. Si lo escribo, diré, por ejemplo, que no fui un buen tutor y me explico: yo no la defendí a capa y espada, ni la ayudé a perfeccionar sus objetivos de tesis, tampoco le escribí parte de sus conclusiones y mucho menos le pasé una plantilla para que hiciera su powerpoint. Fui un mal tutor y lo reconozco; pero aclaro que toda la culpa la tuvo Yohana, que no necesitó a nadie que la defendiera, que escribió cada una de las líneas de su tesis y que me sorprendió con unas diapositivas creativas y sintéticas.

Lamentablemente ese informe nunca lo podré escribir porque no encontré el libro del Principito y no recuerdo como termina la historia. Sé que al final se separan, porque los libros y las tesis siempre tienen fin. Pero estoy seguro que cada vez que el Principito pasa por un jardín, descubre trazos digitales en el cielo o siente el olor de aromas exóticas, recuerda siempre aquella flor, su rosa, la primera, la más especial. Como también estoy seguro que cada noche cuando la rosa mira al cielo, ese cielo oscuro que cubre las playas del este, descubre que sonríen para ella, “… como millones de cascabeles, todas las estrellas”.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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3 respuestas a El Principito y la rosa

  1. oye, qué haces poniendo una foto tuya en el post!

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