Pensando el socialismo (V)

Socialismo autogestionario y planificación democrática (fragmentos tomados de “Pensando la emancipación en clave autogestionaria”).

 Por Humberto Miranda

 ¿Dejó Marx cerrado el camino de los cambios al socialismo dentro del sistema? ¿Qué rol tendría la autogestión para el cambio social? ¿Han sido capaces los diversos proyectos de socialismo que han existido de generar un “socialismo económico” desde el poder realmente superador del capitalismo? ¿Han resuelto los diversos proyectos de socialismo el tema del poder de los trabajadores? ¿Han resuelto el tema del trabajo más allá del empleo?

¿Cómo entender, pues, la autogestión? Existen muy diversas aproximaciones:

Un concepto crucial en la reflexión autogestionaria lo constituye la autonomía, entendida esta en tres acepciones principales:

Autonomía obrera frente al capital. Se refiere a la capacidad de los trabajadores para gestionar la producción autónomamente, con independencia del poder de los capitalistas en el lugar de trabajo y, en una dimensión amplia, como clase. En un sentido más acotado se vincula a la autogestión de los trabajadores, a su capacidad para hacerse cargo de la producción sin la existencia de patrones, no importa el régimen social bajo el que producen. Soy autónomo del capital, continúa Thwaites, pues este no me impone su regla de la ganancia para producir los bienes sociales. […]

Autonomía con referencia al Estado. Supone la organización de las clases subalternas de modo independiente de las estructuras estatales dominantes, es decir, no subordinada a la dinámica impuesta por esas instituciones. En algunas versiones implica el rechazo a todo tipo de ‘contaminación’ de las organizaciones populares por parte del Estado burgués, para preservar su capacidad de lucha y autogobierno y su carácter disruptivo. En otras, supone el rechazo de plano a cualquier instancia de construcción estatal (sea transicional o definitiva) no capitalista. […]

Autonomía en relación a los partidos políticos (y sindicatos). Al rechazar el poder del estado, esta perspectiva apuesta a la existencia de organizaciones de la sociedad que no se someten a la mediación de los partidos y operan de manera independiente para organizar sus propios intereses. Conlleva la noción de auto-organización (soy autónomo de los partidos porque estos no enajenan mi representación: decido yo cada vez). Ante el desgaste de partidos, organizaciones tradicionales, sindicatos, etc., se fortalece la noción de prácticas autónomas, al margen de los modos de organización conocidos y tradicionales, lo cual no necesariamente tiene que implicar “marginalismo”, o modos marginales de organización […]

 

En segundo lugar, en un plano teórico distinto hay que distinguir, a su vez, varias posturas.

1- La autogestión y el auto-gobierno popular como forma de organización social superadora del capitalismo, como forma de expresión del socialismo al que se aspira llegar como meta, una vez alcanzado el poder del Estado. Se contrapone a las nociones de ‘socialismo de Estado’, poniendo el énfasis en la idea de asociaciones libres de trabajadores que se articulan en un espacio común. 2- La ampliación de formas autonómicas como anticipatorias del socialismo, como formas de construcción ‘ya desde ahora’ de relaciones anti-capitalistas en el seno mismo del capitalismo, pero que solo podrán florecer plenamente cuando se de un paso político decisivo al socialismo, a partir de la conquista o la asunción del poder del Estado. Esta podría ser la línea ‘gramsciana’, y remite a la recuperación de las experiencias de auto-organización obrera y popular.

3- La escisión completa, y ya desde ahora, de las formas de organización de la producción social y de la sociedad misma respecto a las formas capitalistas, sean de producción o de organización política -propiedad privada y democracia burguesa-. Es decir, se descarta completamente la conquista del Estado, por considerarlo irreductible y por entenderse que la lucha por el poder del Estado, en sí misma, es una forma de reproducir el poder. Se postula el anti-poder. Se glorifica la potencia autonómica de las masas populares y se concibe que el cambio radical se hará por fuera, autónomamente de las estructuras del estado. Aquí se engloban las posturas tributarias del anarquismo, el comunismo libertario y el ‘consejismo’, en sus variantes de autonomismo, situacionismo, ‘marxismo abierto’, zapatismo, etc. (Negri, Holloway, Bonefeld, etc.).

Aunque entre las distintas propuestas de modelos autogestionarios subyacen importantes diferencias, existe entre ellas un nexo común que es el de la participación de la población trabajadora en la toma de decisiones económicas. Una idea básica que se traduce en respuestas diferentes según el grado de intensidad de esta participación. Las mismas pueden agruparse en tres variantes básicas: control pleno de la actividad de la empresa por parte de los trabajadores (autogestión) participación en plano de igualdad con la empresa (co-gestión o capitalismo participado), y derecho de propuesta y veto por parte de los trabajadores sin participación directa en la gestión (control obrero). Sólo la primera de las fórmulas está claramente asociada a una alternativa al capitalismo, en el sentido de la eliminación de la propiedad capitalista de los medios de producción, o cuando menos de la eliminación de la prerrogativa de los propietarios de estos medios de controlar el proceso productivo. […] tanto la cogestión como el control obrero entrañan el mantenimiento de la propiedad capitalista tradicional aunque introducen limitaciones a la misma.

Aquí el gran problema continúa siendo la separación de la Economía y la Política. La autogestión vista sólo en los marcos del proceso económico y de propiedad, sin una dimensión política queda en terreno de “nunca jamás”, cayéndose en una discusión bizantina acerca de si puede o no ser efectiva, y siempre estará limitada. La autogestión tiene un doble carácter económico y político. La decisión colectiva a nivel de la producción de base, no es, no puede ser una circunstancia meramente económica, es, desde el inicio, un proceso político, de empoderamiento, de control. La política se sigue viendo solo en su lado “grande” a escala social, del gobierno, la ciudadanía etc., cuando cada simple acto de nuestras vidas implica un proceso de toma de decisión, de manifestación de relaciones de poder, de control, es un proceso político. […] Ese es uno de los grandes problemas que ha enfrentado el socialismo conocido históricamente, los procesos de toma de decisiones a escala social han estado en manos de sujetos los cuales no ven afectadas sus vidas cotidianas, ni las de sus familias, por las consecuencias de las decisiones que toman. Entonces, un proceso de toma de decisiones que parta de la base y de las necesidades reales de las personas reales tendrá como ventaja que las personas que deciden son conscientes del impacto que tendrá en sus vidas cada decisión que tomen. Eso hará más activo y participativo el proceso.

El otro problema, además de la reducción de la autogestión al terreno económico, es el del trabajo. Se supone que un modelo de sociedad autogestionaria, sería una sociedad construida desde la base por los trabajadores. Con las nociones que hoy operamos con respecto al trabajo, reducidas en su mayoría al empleo, y este medido como gasto de energía (física o mental), en primera instancia se sigue menospreciando el lado humano y creativo del trabajo, su carácter de actividad transformadora. Por otro lado, y consecuentemente, se deja fuera del análisis toda la actividad humana no “medible” a través de la noción actual de trabajo. De nuevo, el capital nos centró en la economía, nos convirtió en seres productivos, entonces, ¿seguiremos su lógica, o perseguiremos una sociedad realmente humano? […]

El socialismo tiene que ser una especie de cáncer del capitalismo, tiene que minarlo desde dentro y esparcirse como metástasis incurable del sistema. Los golpes políticos y el tema del poder reproduciendo el productivismo, las relaciones capitalistas “controladas en beneficio de la clase trabajadora y los humildes” y toda la historia conocida del siglo pasado no parecen ser la vía para extinguir el capitalismo.[…]

En sus trabajos Albert Recio plantea retos indiscutibles que debe resolver la alternativa en clave autogestionaria. La organización de la democracia económica, la organización de la producción con arreglo a un plan, la proyección de estrategias sociales de largo alcance son tareas que se perciben difíciles de remontar a la hora de proponerlas como fruto de la discusión de las bases, las personas comunes en sus respectivos nichos de vida. La tan llevada y traída relación entre lo “macro” y lo “micro”.

Parte de estos desafíos se plantean de la siguiente manera:

“En primer lugar la lentitud de todo el proceso. Si pensamos en una planificación desde la base debemos pensar en un proceso que empieza por abajo, determinando de forma detallada necesidades y discutiendo a una escala cada vez mayor las prioridades, las formas de satisfacerlas etc. Aunque fuera posible establecer este tipo de planes, habría después que hacerlos efectivos lo que supone otro farragoso proceso para determinar la parte que llevará a cabo cada unidad productiva y como se relacionan las distintas unidades entre si, etc. En esto los análisis de los críticos de la experiencia soviética resultan aleccionadores al respecto y no pueden ser pasadas por alto. Considero que esta dificultad proviene básicamente de los problemas de dimensión: una planificación centralizada de cualquier nación (a menos que se trate de un territorio poblacionalmente diminuto) requiere tal variedad de decisiones y afecta a un tamaño tan grande de personas que su elaboración, si se quiere verdaderamente participativa, requiere un enorme esfuerzo de movilización y participación”.

Aquí está latente el problema del tiempo en su visión desde la época en que vivimos. Época signada por la inmediatez, la velocidad, “fast food”, “fast track”…, como refleja el famoso grafitty “No sé lo que quiero, pero lo quiero ahora”. […]La cultura occidental es reductora de los tiempos, simplificadora de la vida.[…]

La eficiencia es un concepto que tiene como una de sus variables más importantes, el tiempo: producir más, cada vez a más bajo costo y cada vez en menor tiempo, y ya que estamos insertos en una realidad económica, ya que somos “homo económicus”, sólo nos queda la aceleración, la rapidez.

Este es un triunfo casi rotundo de la lógica del capital. Pasamos ya de la construcción lenta y sólida, del diálogo, del tiempo para mirarse las caras, del desacuerdo, tiempo de creación de consensos. Suele escucharse, aún en movimientos anticapitalistas, el criterio de que la lucha zapatista está condenada al fracaso por el tiempo que consumen los indígenas en ponerse de acuerdo, en el diálogo. Con esa noción de la velocidad y la rapidez, por supuesto, no se puede construir ningún consenso, no se puede construir un poder revolucionario y contrahegemónico real. Nunca tendremos tiempo. Sólo podrá avanzarse a partir del paso que marquen las vanguardias iluminadas, o los consensos construidos por el poder del capital a través de la artillería pesada de los medios de comunicación. Las nuevas armas de «distracción» masiva. El factor tiempo, como variable para que los seres humanos se conozcan, conozcan las propuestas y tomen decisiones informadas, no puede continuar siendo el “problema de la solución” alternativa. Es posible una dinamización de los procesos de toma de decisión. Un aprovechamiento más humano de las tecnologías de comunicación hoy habilitadas a escala global fácilmente lo permite. Lo que no es posible es seguir negando a las masas la posibilidad de construcción del poder a causa del factor tiempo si de veras se piensa en soluciones antisistema.

Otro tema es la confusión de la planificación con planificación central y esta con planificación burocrática. Aunque la práctica de los modelos basados en el socialismo soviético solo corrobora tal identificación, la renuncia a la posibilidad de un modelo de planificación social democrática, es cuando menos, la renuncia a la capacidad del ser humano de organizar sus sociedades a gran escala. Es, al final, dejar todo en manos del individualismo y la mano invisible del mercado, asistir como observadores al espectáculo de la serpiente que se come a sí misma. […]

Nos hemos dejado engañar por esa vieja idea, que no por vieja es eterna. Un grupo de “sabios”, “expertos”, alguien siempre por encima del resto del grupo, “pensando” y decidiendo por los demás. Las experiencias anticapitalistas conocidas no rebasaron esos límites. De ahí que la discusión sobre la democracia económica siempre termine en la tautología, en el círculo vicioso del “referéndum permanente” como modelo de imposibilidad. Las personas pueden perfectamente organizarse en el diario de sus vidas, como individualidades, como colectivos humanos, como complejo social articulado. A referéndum habría que llevar las decisiones sobre el Programa Social en general, las estrategias que afecten a todo el entramado social, de corto, mediano y largo alcance.

El verdadero problema, incluso, el temor real de quienes gozan hoy de la manera en que está construido el poder, con arreglo a la lógica de la modernidad, a la lógica del capital, es a que las personas se organicen en sus vidas de manera autónoma y entonces la función de los “policy makers”, de los “expertos”, los caudillos, los líderes, se vuelva superflua, o cuando menos, completamente subordinada a esa “masa desorganizada” que sabrá (que sabe) cómo organizarse, que los ponga y los quite según cumplan la función para la que han sido designados, y no como sucede hoy, completamente a la inversa.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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