La FEU ¿soy yo?

Por Rodolfo Romero Reyes
Tomado de Alma Mater

Pocas personas entienden por qué después de haber cumplido 25 años, mi correo sigue siendo rrrfeu@yahoo.es.

La mayoría de mis amigos desaprueba que use como nick las siglas de una organización. Lo que ocurre es que, aunque para algunos pueda resultar extraño, de todas las organizaciones que he integrado, con la FEU tengo mayor sentido de pertenencia.

En la universidad crecí en todos las acepciones de la palabra. Fui al campo, gané una medalla de oro en los juegos deportivos —aunque debo admitir que fue en dominó—, ayudé a organizar varios festivales de cultura, desfilé con antorchas, robé besos en la escalinata, escribí para una publicación estudiantil, clasifiqué para algún FEU-TUR, hice trabajos voluntarios, amé en rincones oscuros y prohibidos de mi Facultad, leí revistas Alma Mater con meses de atraso, en fin, hice muchas cosas, pero sobre todo, discutí.

Discutí primero con profesores que indiscriminadamente criticaban a la Revolución y terminé discutiendo con otros que no aceptaban las críticas que yo le hacía a la Revolución. Discutí hasta el cansancio con mis compañeros de aula que se querían ir del país, y también pasé largas horas en un café, rodeado de amigos, soñando un proyecto de país, de futuro; intentando vernos dentro de 10 años, felices y realizados en Cuba. Recuerdo, incluso, las ganas que le pusimos al 7mo. Congreso de la FEU, al que asistimos, como dijera Silvio, «en busca de un sueño que no hay todavía».

Debo admitir que no todo era color de rosa. Muchas veces tuve la idea de que la autonomía universitaria era, o es, una utopía. Los dirigentes de la FEU figuraban autónomos para la cultura y para el deporte, pero no para algunas decisiones políticas.

En incontables ocasiones sentí que para tomar una decisión estudiantil tenían más peso voces ajenas a la organización; la FEU se tornaba pasiva y obediente. Si a esto sumamos que varios de estos dirigentes se proyectan como perfectos burócratas, dicen superfluos discursos en asambleas y visitan brigadas solo para poder justificar su «apego a las masas», obtienes como resultado que cada día los universitarios se sienten más distantes de los jóvenes que los dirigen.

La falta de identificación es mucho más grave cuando se trata de una organización como la FEU, que históricamente se asocia a la sonrisa de Trejo, al ímpetu de Mella, o a la valentía a prueba de balas de Guiteras y José Antonio.

Si se quiere, por un momento, olvidemos las lecciones históricas y pensemos en la FEU de la Revolución.

Allí también hay ejemplos de movilizaciones masivas para el café, para dar clases en los campos de Cuba o para ejercer un intrincado servicio social en las montañas. La única vez que me sentí a esa altura, fue cuando repartí bombillos en casas que a duras penas tenían electricidad. Sentí que la gente nos quería, que las personas a las que tocamos las puertas sentían orgullo de sus hijos universitarios.

Después de aquello nunca más he sentido nada igual. ¿Por qué solo esa vez tuvimos tal impacto? La respuesta parece un tanto obvia: aquella vez fuimos a los barrios convocados por Fidel. Tal parece que ahora hemos perdido la vocación de hacer, de emprender o de transformar lo que debe ser cambiado.

¡Ah! Debo contarles otro momento especial. Yo estaba esa noche cuando el Comandante anunció que la Revolución podría derrumbarse desde adentro.

Por ese entonces, yo no era dirigente y no estuve entre los escogidos que presenciaron su discurso en el Aula Magna. Yo estaba afuera, ¡qué orgullo!, porque afuera estaba un grupo de jóvenes fidelistas, que lo esperamos hasta bien tarde, para verlo de cerca, darle la mano y comprometernos con él.

Ahora pienso que no fueron casuales sus palabras en la universidad que lo vio hacerse revolucionario.

¿Por qué nos soltó a nosotros la papa caliente? Lo hizo en primer lugar, porque él sabía que nosotros también sabíamos. Sabíamos de los problemas, de las «juventudes soñando desvíos», de los hijos de papá y de los cubanos de a pie. En segundo lugar, porque Fidel estaba seguro de que éramos nosotros, los universitarios cubanos, los que podíamos evitar el fin de la Revolución.

¿Y qué hicimos con tamaña responsabilidad?

A veces pienso con tristeza que no hemos hecho nada. Otras veces, más optimista, pienso que no hacemos lo suficiente.

¿Por qué después de siete congresos seguimos hablando de hacer atractivas las reuniones en la brigada mientras seguimos amarrados a esquemas que exigen reuniones mensuales y actas que dejen constancia?

¿Por qué proclamamos una organización horizontal cuando hasta los procesos más elementales se orientan desde arriba?

¿Por qué si no nos sentimos representados, no nos representamos nosotros mismos? ¿Por qué permitimos decanos autoritarios, profesores inhumanos o compañeros de aula indiferentes? Entre tantos por qué, se me ocurre hacerme uno a mí mismo ¿por qué entonces no te cambias el nick del correo electrónico? Ummm…. Excelente pregunta. ¿Saben cuál fue el día más feliz de aquellos cinco años? El 7 de mayo de 2009, cuando mi Facultad recuperó la Copa de Cultura.

Y no es solo por eso que creo en la FEU. Creo porque vi un reportaje, que denunciaba las pésimas condiciones de una beca en Camagüey, vencer la censura y salir publicado airoso en las páginas de la revista Alma Mater; porque sé de brigadas que se han plantado en tres y dos para que no sancionen a un compañero de su aula y porque supe de otros que asumieron posiciones firmes y cerraron filas, con tal de defender a su Decano amigo.

Escribo todo esto porque se aproxima el 90 cumpleaños de esta organización. No me gustaría que gastemos tiempo ni esfuerzo hablando de conquistas, ni de temas absurdos del funcionamiento.

Discutamos, discutamos otra vez, sobre Cuba, su futuro, nosotros en ella, tomando parte en ella. ¿Y después? Bueno, después celebremos en grande, porque 90 años no se cumplen todos los días.

Hay una gran parte de esta Revolución que pertenece a la FEU, a las universidades. Ese pedazo de esencias y de convicciones no nos lo puede quitar nadie. También hay una parte de la FEU que me pertenece a mí, que te pertenece a ti, que le pertenece a él y a ella.

Aferrémonos a ese pedazo de sueño, aferrémonos a pesar de los sinsabores y de los malentendidos. Y si eres joven universitario aférrate más fuerte; quizás ya la FEU no sea yo, como reza el título de este artículo, pero estoy seguro de que puedes ser tú.

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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3 respuestas a La FEU ¿soy yo?

  1. camarero dijo:

    leyéndote pensé en algo que pasó cuando era estudiante… dos veces mi grupo se plantó ante un escalafón que consideramos injusto… empezamos ante partido, decanato, ujc y terminamos solos porque no pudieron con nosotros y tuvieron que admitir que volviésemos a hacer el escalafón… eso fue a finales de 4to… a principios de 5to esas organizaciones se cagaron literalmente en nuestra decisión y pusieron el anterior escalafón en secretaría, lo supimos y volvimos a tumbarlo y poner el nuestro que fue el que finalmente quedó como expresión de mayoría y democracia… lo triste del cuento?… jamás lo hicimos en nombre de la feu, jamás usamos la feu como arma, a nadie le pasó por la cabeza… creo que eso tiene relación con lo que expresas…

  2. Lester dijo:

    Buena esa Rodo, lo que tu dices tienes razón, y desde ahora te digo que el que lea esto y no le llegue al corazón, ese paso por la FEU, pero la FEU no paso por el, en otras palabras, pasó por su vida, sin saber que pasó, y el que no lo disfrutó como tu o como yo, simplemente, no sabe todo le que se perdió.

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