La primera guerra de las tribus urbanas (primera parte)

Paris, hijo de Príamo, había nacido en el seno de una familia acomodada. Desde pequeño decía que escuchaba voces y, alegando que aquello que oía eran peticiones de los Dioses, hacía que sus padres le cumplieran todos sus deseos.
En su última rabieta se le metió entre ceja y ceja la idea de tener una novia que no fuese de los alrededores acomodados de Troya, su ciudad natal. Fue así que, siguiendo los consejos de Afrodita (la diosa del confort), llegó a Grecia y conoció a la esposa de Menelao, quien por aquel entonces era el reguetonero más popular de Esparta. Enamorado perdidamente de aquella muchacha, conocida en el barrio por Helena la salvaje, decidió secuestrarla después de haberle hecho el amor en repetidas ocasiones, posiciones y lugares de Esparta.
Si bien Menelao era un tipo duro y repartero, su hermano Agamenón, Dj de Micenas, era el más grande «repa» que había conocido Grecia. Andaba con sus inmensas cadenas colgando del cuello, su gorra al estilo Daddy Yanquee y se la pasaba escuchando a Wisin y Yandel. Para vengar la afrenta, Agamenón reunió cerca de 100 mil hombres entre reguetoneros, charangueros y vanvaneros; y partió rumbo a
Troya, donde vivían sus nuevos y eternos rivales: los «mikis».
Entre el piquete bullero y pachanguero que desembarcó en las cercanías de la ciudad amurallada había uno que sobresalía por su extravagante peinado: Aquiles, quien tenía hecho el «yonqui».
El combate entre «repas» y «mikis» duró alrededor de 10 años que son imposibles de describir en tan breve espacio, así que mencionaremos solo los hechos más importantes. En un momento de la intensa guerra, Aquiles, diciendo aquella frase legendaria «todo está fresa», decidió retirarse a su cabaña. Ante la ausencia del Yonqui, los «mikis» quisieron aprovecharse de eso y atacaron con más fuerza. Entonces un repa, Patrocolo el Magnífico, se hizo el peinado de su colega y salió, al campo de batalla, y fue asesinado por la lanza de Héctor Villar, hermano «miki» del autor del secuestro.
Para vengar la muerte de su amigo predilecto, calificada por algunos como un «asesinato lirical», Aquiles regresó al combate. Con su temido grito de guerra: «Tú eres un perro, papi», persiguió a Héctor hasta las inmediaciones de la muralla. Allí, literalmente entre la espada y la pared, Aquiles lo «trabó a lo cortico» y le propinó una jugada perfecta directa al corazón del troyano. Antes de morir, Héctor le suplicó: «Yo lo que quiero es un cachito pa’ vivir», pero su enemigo nunca le concedió su último deseo.
Aquiles entonces regresó  al pun-pun de los griegos y se puso a  «perrear» toda la noche. Al día siguiente con tremenda resaca salió al combate. Para su sorpresa, allí lo esperaba Paris, el secuestrador, quien llevaba como arma una lanza de plástico con fragmentos envenados de uñas de acrílico en la punta. El Yonqui ignoraba el poder del acrílico y, observando fijamente las cejas recién sacadas de Paris, le dijo delante de todos:
«Con nosotros no se baila en pullas».
Tal ofensa era imperdonable, entonces en un gesto al estilo Lady Gaga, Paris lanzó la lanza directamente al talón descubierto de Aquiles. El resto, es sabido por todos: el Yonqui murió y los «mikis» pensaron que habían vencido la primera guerra de las tribus urbanas.
No imaginan los troyanos que entre los «repas» había vida inteligente. Sin embargo, allí estaba Odiseo, conocido también como el Chacal. Justo cuando llegó el último mes del último de los 10 años que duró la guerra, y siguiendo un astuto plan, los invasores se retiraron al compás de una triste marcha fúnebre «Me pongo triste cuando llega diciembre…».
Al partir, dejaron a las puertas de Troya, un gigantesco caballo de madera rosada, marca D&G.
Los «mikis» vieron todos sus sueños realizados: había terminado la guerra, no escucharían nunca más el reguetón, no verían jamás los pantalones con costuras ni los zapatos charangueros y, además, recibían como premio un caballo rosado.
Esa noche, a ritmo de discoteca, en Troya hubo tremenda fiesta. Paris, incluso, fumó hasta el cansancio. Todo iba bien hasta que desde el interior del caballo empezaron a salir miles y miles de griegos cantando su nuevo himno de guerra: «Es que yo tengo… la valentía subía… subía, subía, subía».
Abrieron las puertas de la muralla para que entrara el resto de la tropa. Esa noche llegó a su fin la cultura plástica más legendaria que haya conocido la historia, los «mikis» de Troya. Helena, ahora bautizada como «la dictadora», volvía a Esparta con su novio Menelao, el repartero más tarrú de todos los tiempos.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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3 respuestas a La primera guerra de las tribus urbanas (primera parte)

  1. Yinima dijo:

    Rodo me encantó y me divertí muchísimo.

  2. Damian dijo:

    muy original mi hermano, la verdad que te la comiste

  3. Pingback: Cómo ser miki y no morir en el intento | Letra joven

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