Cuento I “Visiones paralelas”

Todos están allí: los borrachos, los improvisados voleibolistas, las “mikis” en calenticos, los niños con flotantes salvavidas y las latas vacías. En el borde de la piscina está Beatriz. No es tan linda ni está tan buena; pero en cambio es muy sexy, un “sexy” diferente y especial, tan especial que también es linda y está buena. Ahora fuma… es una chimenea andante y yo, que soy alérgico a la penicilina y a los cigarros, no puedo acercármele. La parte de arriba de un bikini estampado anuncia sus deseos por el agua mientras un pareo indiscreto esconde los encantos de sus piernas. Yo estoy lejos, pensando en mi tesis de licenciatura para disimular mis deseos por ella. A su lado sus amigos juegan con una pelota inflable, otra hojea un libro de Freud, pero ella se mantiene indiferente. Son solo tres: el cigarro, el agua y ella. Espera. Termina la última bocanada de humo, deja caer el pareo, echa a un lado dos chancletas y se lanza en un clavado perfecto hasta perderse entre niños, borrachos y latas vacías que enturbian el agua.

-¿Quieres un té o un café?- me pregunta mientras camina rumbo a la cocina. Definitivamente la amo. Llevamos tres horas en este cuarto, también ocho meses y quizás pasemos aquí toda la vida. Yo sentado en esta cama del subdesarrollo escribiendo notas sobre páginas impresas de mi último proyecto editorial. Ella teclea desde hace horas frente a la computadora y de vez en cuando consulta algún libro. Fue la mejor graduada de su año en la facultad de Psicología… como le brillaban los ojos aquella tarde. Yo que estaba medio loco y encontré la cura perfecta. Ahora disfruto verla con sus pacientes o en el aula impartiendo clases dos veces por semana. Pero el éxtasis es ahora cuando estamos solos entre estas cuatro paredes, cada uno en su mundo sin salir del nuestro; cuando va para la cocina y me pregunta lo mismo cada tarde aunque hace semanas que el té se acabó. El éxtasis es ahora, cuando camina así, con ese calentico para dormir y esa blusa transparente. Sí, porque a Betty nunca le ha gustado usar ajustadores en casa. Creo que así sus perfectas tetas se sienten más libres, igual que me siento yo cuando ella regresa con el café, y me besa en los labios, discretamente, como todas las tardes. Termino y pongo la taza encima de la mesita de noche para seguir escribiendo. Sí, porque ahora escribo, retomé la costumbre hace meses, piensa ella. Ignora que lo hago solo para estar así, a unos metros mientras mueve sus dedos sobre el teclado: los mismos dedos que anoche arañaron mi espalda con un desenfreno insospechado.

B. está muy nerviosa. Siempre salir al escenario es un nuevo reto para ella. Se sabe la coreografía de memoria, pero el corazón se le agita inevitablemente. Sube el telón y todo cambia. Va al centro para que sus pies guíen al resto de las muchachas. Erguida, sonríe. La piel se eriza con la vibración de las bocinas mientras que las gotas de sudor brillan por las luces. El ritmo cambia y entonces ríe a carcajadas, ahora es un son, después un reguetón y por último una samba brasileña. Cinco, quizás seis minutos y la música se detiene. Las bailarinas se congelan y su risa sigue intacta, desafiante, agresiva. Me pongo de pie y conmigo todo el teatro. El telón se cierra y con él un sueño. Detrás, camina B. hacia el camerino y se quita el maquillaje.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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