La primera guerra de las tribus urbanas (segunda parte)

La actriz cubana Patry White encarnará el papel de Penélope cuando este texto sea llevado al cine

Rodolfo Romero Reyes

Para los que no leyeron la primera parte de esta serie, debemos explicar que, “previamente, en el Látigo…”, se habían enfrentado dos de las más grandes tribus urbanas: los “repas” griegos y los “mikis” de Troya. Después de diez años de una lucha encarnada, la muerte de Héctor Villar y Aquiles el Yonqui, la idea brillante de Odiseo el chacal y la entrada del caballo rosado al interior de la muralla, la tribu urbana de los “mikis” había llegado a su fin.

Todos habían regresado a Grecia, excepto una nave que, por una maldición de los dioses, había sido condenada a vagar indefinidamente por los mares de la tierra. Fueron muchas las peripecias de Odiseo, pero solo nos referiremos a tres de las más importantes.

Inmediatamente después de defecarse en la progenitora de Poseidón, en un ataque estúpido y arrogante, la nave del chacal fue a parar a una isla donde habitaban Djs de un solo ojo, conocidos por Cíclopes.

Para salir de la isla, los reparteros, veteranos de Troya, debían participar en la fiesta anual convocada por otro Héctor, el de PMM. A eso de las diez de la noche, empezó el “party”. Los cíclopes ponían la música y los reparteros debían bailar, quienes se agotaran primero perdían y permanecerían en la Isla por toda la eternidad. Entendiendo lo absurdo del desafío, Odiseo retó públicamente a uno de los cíclopes, el famoso Polifemo. Ambos salieron para el centro de la pista y empezaron a bailar al ritmo de la danza de la lluvia: “¿Qué es lo que tú quieres? Agua, agua. Que yo voy a darte, agua, agua. Chofer acelera la guagua, que le duele la cabeza a los jimaguas”.

Por supuesto, que ante este canto ancestral empezó a llover. Si a eso sumamos que Hermes, el mensajero del Olimpo, empezó a rociar detergente encima de la pista, obtenemos la mayor “fiesta de la espuma” que se hubiera organizado en la historia de la humanidad. Tan buena suerte tuvo el chacal, que a Polifemo le cayó en su único ojo un poco de detergente y, ciego como estaba, decidió abandonar la competencia con lo cual la tribu de “repas” pudo continuar camino.

Su próxima parada sería en el Parque de G. Allí 24 horas representaban un año. Esto último era desconocido para Odiseo. Y, como G te atrapa, nuestros héroes pasaron tres o cuatro días entre hombres lobos y vampiros, rodeados de hippies con piercin en todos lados, tatuajes con cualquier significado, tomando ron de 60 pesos, fumando incluso marihuana, tocando guitarra con dos o tres adolescentes medio intelectuales, conversando con Fernando Bécquer y Adrián Berazaín… Hasta que Odiseo se dio cuenta del tiempo perdido y decidió continuar camino.

Ya después de 10 años, a Poseidón se le había olvidado la maldición y lo dejó llegar a su casa. Odiseo llegó viejo y cansado, justo en el instante en que a su Penélope, su mangón de Ítaca, la obligaban a escoger marido entre un grupo de hippies recién instalados en la cuadra. Cómo última prueba, él no podía revelarle a ella su identidad hasta que no matase a todos los posibles pretendientes.

Pero Penélope, al identificar el caminado inconfundible de su amado, encorvado y con los brazos dislocados en profundo homenaje al dios El Micha, se le tiró al cuello y se le comió a besos. Para quitársela de encima Odiseo no tuvo otra alternativa que improvisarle una canción: “Tuuuuuuú, me estás confundiendo con otro, nena yo no soy el de la foto” y después agregó: “lo que tengo es papeles de loco, loco sexual, y ando buscando una loca, loca sexual”. Con semejante vocabulario, Penélope entendió que ese era otro repartero más y decidió ignorarlo.

Entonces Odiseo buscó a su hijo Telémaco y se presentó ante él, con un estilo inconfundible para la Gente de Zona de Ítaca: “Soy yo, tu papá el inmortal”. Telémaco corrió a los brazos de su padre. Minutos después ya estaban planeando la venganza.

Tomaron arcos, flechas, lanzas, chavetas, punzones, percutores, pistolas hechas en casas particulares de San Miguel del Padrón, botellas picadas, y les fueron pa’rriba a esos sucios hippies impostores.

La matanza fue tal que no quedó ni un dreadlock vivo. Collares por todos lados, estampas con el símbolo de la paz, una bandera blanca, un pulóver de Lennon… ruinas, solo ruinas dejó a su paso la unión incontenible de Telémaco y Odiseo. “¡Padre e hijo reparteros!”, exclamó con emoción Penélope, quien al fin pudo besar a su amado. “Viste cariño, eras tú, el de la foto”. Y sonriendo fueron los tres a su casa, donde vivieron felices y bailaron mucho reguetón.

FIN

Nota: ¿Y cómo supimos esta historia? Pues sencillo, la primera guerra de las tribus urbanas fue narrada de forma oral por juglares y poetas. Uno de ellos, fue quien la contó tal cual la hemos transcrito en esta sección de la revista Alma Mater. Su nombre era Homero y era Emo, usaba como peinado un “bistec” que le tapaba uno de los ojos, y por eso la historia lo describe como un ciego cantor.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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4 respuestas a La primera guerra de las tribus urbanas (segunda parte)

  1. Yinima dijo:

    jajaajajaja Rodo como siempre tan ocurrente, disfrute mucho la segunda parte pero la primera me encantó, quizás fue que la primera no me la esperaba y esta si, de igual modo Rodo bien por ti. 100 likes

  2. Damian dijo:

    Muy buena mi hermano esperemos no confundirnos nosotros en medio de estas guerras.

  3. Pingback: Cómo ser miki y no morir en el intento | Letra joven

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