Carta náutica para el capitán Nemo

atado por ellaNota introductoria: esta carta la envía una lectora de Letra Joven en respuesta a un post “supuestamente machista” que publiqué la semana pasada.

Querido Nemo:
Más allá de mis consideraciones femeninas y de la pequeña decepción que he tenido leyendo un manifiesto tan machista y cínico que dice tan poco de tus grandes cualidades masculinas, debo reconocer que, sin imaginarlo tal vez, has encontrado un nicho en el mercado de las relaciones personales. Te propongo que tengas en cuenta además de las mujeres casadas, en uniones consensuadas o comprometidas, a todas las demás que, sin involucrarse en este tipo de relaciones “estables, formales, a largo plazo”, tienen también necesidades que satisfacer…
En aras de contribuir a tu estudio de mercado, balances, matriz DAFO y todos esos pequeños aspectos empresariales y de marketing que tan de moda están últimamente, te propongo echarle un vistazo al otro lado, con perspectiva de género incluida:
a) Fidelidad: para qué detenerse en lo evidente cuando hablamos de una relación con una mujer casada, por supuesto que el tercero no espera ni puede aspirar a su fidelidad, eso por descontado. Pero para el resto, con un amante, amigo cariñoso o como se le pueda llamar de acuerdo a los usos, una mujer refuerza su fidelidad en cada ocasión… su fidelidad a sí misma, sus deseos, necesidades y ritmo interior. Sí, en estos casos la fidelidad se consolida… indudablemente.
b) Promiscuidad permitida: el término más acertado sería el de “no exclusividad”, que trae consigo otros beneficios, pues al romper con esta ilusión de “pertenecer” a un solo hombre y de conformarse con la idea de ser “propiedad privada” de alguno, una mujer protagoniza hasta una revolución social; así, llega incluso a ser mucho más democrática y justa, a través de una “distribución” más equitativa y horizontal de la riqueza. Es decir, de la riqueza de su compañía, encantos, sensualidades…
c) Tiempo libre: de esto no es necesario hablar mucho, es evidente cuánto tiempo ganamos las mujeres cuando renunciamos al “honor” de asumir aquello que todos aceptamos como “horarios de atención matrimonial” que por lo general incluyen necesidades no vinculadas precisamente con la satisfacción sexual o la intensidad del romance y los sentimientos. Léase por ejemplo cocinar, limpiar, atender a la suegra, organizar los papeles del trabajo, las gavetas, la cabeza del novio, marido, esposo… o tal vez perder el tiempo y la paciencia ante el televisor cuando transmiten tediosos partidos de béisbol, fútbol, en fin todo deporte que incluya una pelota y hombres corriendo detrás de ella como posesos.
d) Aprendizajes: las mujeres aprenden mucho, muchísimo. Aprenden en especial a reírse sutil y discretamente –o no, mejor abiertamente- de las frases hechas, de los clichés cursilones que muchos hombres recitan con la vana ilusión de hacerlas “caer” en unas redes que, por cierto, han sido ellas quienes han ido tejiendo con paciencia e inteligencia –sobre todo mucha inteligencia natural-, así: con premeditación y alevosía.
e) Cero responsabilidades: ¿Planificación de aniversarios, salidas, comidas? Si estas son simplemente el pretexto, la oportunidad que buscan muchos hombres para compartir esa “riqueza acumulada” -remitirse por favor al inciso b)- que poseen en amplia diversidad las mujeres, y por las que en general ellos se ven obligados a pagar un precio, calculado en tiempo, dedicación e interés, que se muestran por ejemplo en el grado de creatividad con que eligen las salidas de celebración, las propuestas culturales o los regalos, sean de índole material o espiritual –válida la aclaración para evitar encasillar a las mujeres en esa categoría de mercancía en que por siglos nos han querido encerrar.
f) Evasión de espacios familiares: y volvemos a las suegras: una mujer garantiza no tener que lidiar con los cuentos de la infancia del niño, la prepotencia de quien no las encuentra lo suficientemente buenas para su nene, o las compara constantemente con la imagen helada que algún día le devolvió el espejo. No vale la pena detenerse en cuánto gana una mujer cuando no tiene que compartir con esos amigos inadaptados, desagradables y “creyentes” que, por alguna razón todavía inexplicable, se han convertido en los “hermanos” de toda la vida, la “mano derecha e izquierda”, “el sabelotodo non plus ultra” que filtra todas, o casi todas las opiniones de la supuesta media naranja, y que, curiosamente acompañan invariablemente a todo nuevo intento de relación que una mujer puede encontrar en el camino.

Claro, no es necesario aclarar -¿o acaso sí?- que esto funciona a las mil maravillas mientras una mujer asume las relaciones con hombres que le “cuadran”, “gustan” o “atraen”… y nada más. Porque cuando te enamoras, enganchas, sujetas… en fin, cuando una mujer encuentra a un hombre con quien no solo quiere pasar buenos momentos sino construir una vida, entonces todos los incisos referidos se van “al carajo” ante la posibilidad, tan solo la posibilidad de encontrar algo realmente auténtico… esa es, querido Nemo, la mayor amenaza en tu matriz DAFO, la fase terminal en el ciclo de vida de tu servicio por cuenta propia; pero cuídate sobre todo, porque como mismo le sucede a las mujeres, también te puede pasar que, prestando servicios tan agradables a la sociedad, te encuentres tú ante esa “posibilidad”… y entonces sea ella quien no la perciba.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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2 respuestas a Carta náutica para el capitán Nemo

  1. Pingback: Carta náutica para el capitán Nemo | Sin_Censura

  2. Darii dijo:

    solo una acotación reivindicadora, el cuento de Nemo no era “supuestamente” machista, es “abiertamente” machista… desde la jarana claro, como resolvemos todo los cubanos.

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