Soy un hijo de mi tiempo

Eusebio LealPor Eusebio Leal Spengler

Soy un hijo de mi tiempo, he sido un defensor, en nombre de mi humilde cubanía, de la singularidad dentro de la igualdad y he creído en la unidad como el resultado de una suma de individualidades.

Me habría encantado poder disfrutar de la vanidad; debe ser algo delicioso sentir una gran egolatría, verse en el espejo con una gran conformidad con uno mismo, pensar como el personaje de Manuel Mujica Láinez, en Bomarzo, que es inmortal, y solamente disfrutar hasta el momento en que se revela el misterio de lo efímero. Pero no puedo disfrutar de eso.

Cuando los escuchaba a ellos, mis amigos, pensaba informarme muy bien de ahora en lo adelante, cuando se trate de organizar actos similares, para evitarlos, no porque rechace yo el cariño, es más, diría hoy que lo necesito. Se trata quizás de una confabulación de los amigos, que han venido a reunirse como un escudo protector y de manera pública, cuando quizás en algún serpentario se trata de lanzar una paloma para goce y disfrute.

Lo que ocurre es que “hace muchos años volé de aquí a otra esfera, y no podrán alcanzarme.” Esas palabras las leo siempre porque están escritas en un aeropuerto en Europa, donde mi amigo Oswaldo Guayasamín realizó un espléndido mural en que muestra el sacrificio de Rumiñahui, el gran héroe ecuatoriano de aquellos años de gesta, de resistencia y lucha: “No les alcanzará la cuerda para atarnos.” Y efectivamente, no les va a alcanzar la cuerda, porque podría regresar al estado natural y primigenio que Eduardo (Torres Cuevas) –y empezaré por él– ha evocado.

Nunca uno debe olvidar sus orígenes; los orígenes son muy importantes. Mi origen está en mi ciudad, está en mi madre, Silvia Spengler, en lo que aprendí de ella; está en la memoria de los que me quisieron, de mi familia, y está en su terca voluntad: “Estudia, para que no pases lo que yo pasé.”

Me alegra pensar que en el libro Fiñes describo, con gozo más que con pena, que los niños de la casa del doctor a la cual mi mamá iba a limpiar durante el período de vacaciones, fueron clementes y buenos conmigo, de tal manera que no vacilaron en enseñar al pequeño Sana –como me decían– qué había detrás del “chiforrover”, extraño nombre para un escaparatico que estaba en el cuarto de los niños, colocado en la esquina, y detrás de esa esquina se formaba una especie de pequeño cuarto que poseía lo más precioso: un león de cartón, un arco, una flecha y otros juguetes.

Pero un día descubrí que los niños reservaban un tesoro más importante: había un cuarto donde existía una biblioteca infantil. Y allí estaban los maravillosos tomitos que disfruté leyendo sobre el frío del suelo, antes de ir a la biblioteca pública de la Sociedad Económica de Amigos del País, no sin antes pasar por el misterioso portón, cubierto por el florido jazmín de cinco hojas, en la casa de Alfredo Ornedo, a quien esperábamos todas las tardes los fiñes para pedirle aquella especie de tributo que el que fue pobre alguna vez quería dar a los niños del barrio. Se abría el portón, pasaba aquel hombre de tez trigueña y pelo blanco, traje gris listado, y nos iba entregando los medios (cinco centavos) republicanos, envueltos en un paquetico que todavía recuerdo.

Esas son memorias importantes, porque es lo que queda en nosotros, cuando se olvida lo que una vez se leyó en los libros.

“No guardo rencor al pasado; al contrario, he creído en la necesidad de ir al futuro desde el pasado.”

Después, necesariamente, me voy a María del Carmen Barcia, quien evoca el momento de mi arribo a la Universidad. Fue un proceso, porque el que llegaba era hijo de una época a la cual la Revolución dio la sorpresa de su triunfo, y al mismo tiempo el enorme derrumbe, como el de una catedral en un terremoto, de la sociedad para la cual fieramente nos preparábamos para vivir, habitar en ella.

Recuerdo aquella época. Solía llegar un carruaje lustroso, y al fondo del carro venía el coronel, con su sombrero blanco colocado, vestido elegantísimamente. Y llevaban al niño para presentarle a aquel alto caballero, y le hacía la pregunta: ¿Qué vas a ser tú cuando seas grande?, que era una especie de lugar común. Ya tenía en su mano una moneda de un peso de plata para colocarla en el bolsillito del niño. Quizás se sintió sorprendido con una respuesta que no venía de mí, sino de la lectura de la vida del leñador Abraham Lincoln. Le respondí: “¿Yo?, Presidente de la República.” Subió el cristal y me dejó a correr mi suerte.

Y luego, a acompañar a Silvia a llevar las guayaberas blancas y las sayas plisadas a las casas de los doctores y los vecinos.

Por tanto, el colegio fue un camino difícil: hablaba mucho en clases, me levantaba con cualquier pretexto. Y la buena letra, que se hizo en el papel pautado, con la pluma de cabo y la tinta china, que las maestras Blanquita, o Silvia, o Isolina trataron de conservar para siempre, fue aniquilada con aquel juicio perenne de otra maestra que no quiero recordar: “¡Cállate!” Mil líneas, dos mil, tres mil, cuatro mil… hasta caer exhausto. Entonces la letra se hizo muy difícil: “No debo hablar en clase, no debo hablar en clases, no debo hablar en clases…” Todavía hoy quizás, si estoy insomne, puedo recordar el castigo.

Luego en la adultez, pienso en mi entrada a la Universidad. Allí fue muy importante el tribunal, porque recuerdo que el que lo presidía, en el lugar en el que fui citado, me dijo: “¿Qué buscas en la Universidad?” Y yo recordaba las frases rituales del bautismo: la fe te da la vida eterna. Y yo respondí: “Busco la sabiduría.”

Y aquí en el público hay por lo menos tres que, como fui viejo a la Universidad, recuerdan mi comportamiento allí.

Recordaré siempre a la Dra. Graciela Franchi Alfaro, que me suspendió en Materialismo Histórico. Claro, yo me acerqué y le dije algo tremendo. Ella se preparó, con su perfil de águila, para rechazar cualquier reclamación a aquel suspenso. Y le dije: “No, doctora, yo no vengo a pedirle que me enmiende la nota; yo vengo a que me ayude a razonar las categorías. Mi formación es otra, yo nunca me he creído sujeto-objeto, sino sujeto.” Ella estaba muy sorprendida. Y me dijo: “No, yo lo voy a ayudar.” Después saqué 4. Y me alegro porque ese era quizás el tope de la excelencia que se podía esperar de aquella “medievalista” que después fue mi amiga.

Es por eso que me alegra mucho que Carmen esté aquí. Recuerdo aquellos años en la Universidad con mucha gratitud, sobre todo los compañeros que estaban en el banco conmigo, que fueron una miríada. Después se fue disminuyendo a un pequeño contingente, entre los cuales estaban mi querido y siempre recordado Panchito Pérez Guzmán y Raida Mara Suárez, mi gran colaboradora, que hacía los resúmenes para mí cuando faltaba, y que me permitió hacer mucho hasta hoy. Y desde luego, otros compañeros también que llegaban; algunas muchachas que estaban embarazadas iban a dar clases, y nosotros subíamos a estudiar de noche después de haber terminado una obra de construcción.

La misma que ustedes han evocado –Aracely y Carmen–, que era como eso que vemos ahora, el Palacio del Segundo Cabo, que está en obras; pero no existían grúas grandes ni medios algunos. Éramos de verdad en aquellos años, entre 1967 y 1979, solemnemente pobres para buscar dónde almorzar, a dónde ir. Y fueron los tiempos de esa carreta de dos ruedas que tú has evocado, que se conserva todavía, y que me vio con ella buscar piedras en el muelle para el vestíbulo del Palacio, o cargar aquel famoso mueble, desde el Ministerio de Comercio Interior, por la calle Empedrado, y que premió Alejo Carpentier con su comentario, que Lilia, que era mujer adusta y noble — a quien le debo mucho por su amistad y afecto–, me recordó un día, después de muchos años, y me alegró muchísimo saberlo.

Porque en realidad traté poco a Alejo Carpentier, menos de lo que habría deseado; pero sí mucho a Lilia.

Sin embargo, en medio de esta historia está el año 1959, el mes de agosto. Recuerdo llegar a este lugar, y después ser remitido a la oficina de Emilio Roig de Leuchsenring, en la Plaza de la Catedral. Ni él ni yo sabíamos entonces el destino inmediato.

Allí encontré a María y a Gladys Monteagudo, su joven secretaria –a quien deseo hoy una recuperación posible en su salud–, que tanto me ayudaron. Y sobre todo, el carácter de Emilito que, ya enfermo y debilitado por el trabajo de los años, estaba perdiendo sus facultades para poder hablar. Él sí fue un gran orador de barricada, un temible contendiente de múltiples batallas, un escritor apasionado y tranquilo, que tenía sobre mí una ventaja –es lo único que podría usar como evocación de algo de él que desgraciadamente no tengo–: no asistía a reuniones, no tenía que ir a nada; terminaba a la una de la tarde su trabajo, salía caminando hasta su casa en la calle Tejadillo, y se ponía a estudiar y a escribir sus trabajos para Carteles o los libros que revisaba.

Allí, sobre su mesa, lo conocí con María, su fiel compañera y amanuense, incomprendida mujer en aquel entonces, que se había unido a un hombre que le llevaba 36 años de edad, al cual se dedicó con amor romano, y del cual cuidaba. Y fue la que se atravesó en mi camino: “¿Para qué quiere ver usted al Historiador?”

María sería mi gran amiga durante largos años. Sus restos los deposité personalmente, junto a los de él, en el Jardín de San Francisco. Esos nombres no me sirvieron como escalinata para ascender. No hay un solo momento de mi vida en que no le agradezca a él por su obra, por su plenitud de vida, por su vocación tan cubana, tan martiana, tan antiimperialista, tan resuelta a dedicarse a una cuestión mayor, que es Cuba.

Y escuchando a Aracely, a Eduardo y a María, pensaba yo que lo más importante es Cuba. Y como lo dije recientemente: todo cuanto he hecho se encamina hacia ese objetivo mayor que es, a mi juicio, lo más importante.

Este es un país de grandes olvidos, es un país en el cual se requieren sacerdotes cultores de los templos porque, de lo contrario, pronto se quedan desiertos. ¿Quién se acuerda de Enrique Gay Calvó, quién se acuerda con más fuerza que la habitual de aquellos hombres que conocí aquí en la oficina de Emilito, a Pedro Cañas Abril, a Sara Isalgué, a Salvador Massip, por ejemplo, o aquellos otros historiadores, que ahora son a veces referencias.
Tú mencionaste a la Dra. Hortensia Pichardo. Yo iba a visitarla a su casa en Juan Bruno Zayas, cuando ya ninguna lupa le era útil, cuando sus ojos azules se habrían quedado ya sin vida. En cuanto entraba yo en el salón, ella decía: “¿Es Leal?” Llegamos a tener una gran afinidad. ¿Quién recuerda a su esposo, Fernando Portuondo, un hombre tan bueno y generoso, un maestro de escuela como ella?

A veces nos damos cuenta de que es necesario –y quizás ha sido la razón del trabajo– buscar la memoria de los cubanos, y hablar, como se decía recientemente, y creo que lo decías tú, Eduardo, lo recordabas hace unos días, evocando a Luz y Caballero: “El que tenga al maestro tendrá a Cuba.” La importancia de la escuela en que tanto ha insistido Graziella Pogollotti, la importancia de la educación, de luchar contra toda forma memorística, de buscar la escuela creativa, que considera la emergencia como una circunstancia pasajera, que obliga a la búsqueda de la vocación. Lo que me llevó a este trabajo en definitiva fue la vocación. Fue muy difícil porque –como decía antes–, cuando se enciende una luz, inmediatamente las sombras se apartan, pero un poco más allá continúan.

He perdonado a todos los que de una forma terrible, en aquellos primeros años, se opusieron o no comprendieron.
Cuando se cerró el féretro de Emilito, en 1964, alguien le dijo a María: “Todo ha terminado, tú vas para tu casa ahora porque esto tomará otro camino.”

Fue muy difícil reunir su colección facticia, la que Aracely recordaba; fue muy difícil recoger los libros de su biblioteca “Francisco González del Valle”, nadie sabe quién fue prácticamente aquel gran amigo y hombre de la cultura cubana.
Tuvimos la satisfacción de encontrar personas buenas, cuando nada se vendía, sino todo era un dono. Vinieron los nobles, en tránsito de partir, a entregar un cuadro antes que cerraran la casa, para que fuese directo al Museo, o aquella persona que entregó sus papeles, o la emoción con que “Clara del Claro Valle”, (pseudónimo que utilizaba José de la Luz León), dejó aquel sobre, después de nuestras largas conversaciones en que nunca me dijo que tenía el diario de Céspedes, ni las cartas calumniosas contra Ana de Quesada, escritas por cierto por algunos hombres ilustres. El sobre decía: “Estos papeles son de mi Patria” y una petición que no pude cumplir: “Diga usted a Jorge Enrique Mendoza que, por favor, publique una nota en el periódico diciendo que José de la Luz León ha muerto en su Patria.” El concepto de Patria estaba por encima, era lo más importante para él.

“A veces nos damos cuenta de que es necesario –y quizás ha sido la razón del trabajo– buscar la memoria de los cubanos”

Una viejita, que llegó a la barbería de Gilberto, cuando ya comenzaba a ser asediado por personas que me detenían, como ahora, en las esquinas, entró y le dijo: “¿Leal está aquí?” Y yo me levanté un poco molesto, porque ya ni allí me dejaban tranquilo. Y acudí. Y entonces la señora me dijo: “No, no, yo no vengo a nada; yo vengo a entregarle esta cajita. Son recibos que voy a quemar y cosas de familia que pensé que a usted le podrían ser útiles.”

Venían dentro unos recibos de una tienda en La Habana Vieja, con un grabado que me permitió restaurar La Marquesita, y otro recibo de otra tienda más. Y finalmente, al final, había una carta doblada. Esa carta, dirigida a José Dolores Poyo, y que José Luciano Franco abrió con emoción, decía: “No hay uno solo de nuestros viejos compañeros de armas que no sueñe en los días de gloria que darán a su Patria al desenvainar su espada junto al vencedor de Las Guásimas y de El Naranjo.”

Y poco después decía: “Quien intente apropiarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo…” Me sentí aterrorizado.
Nunca más volví a ver a la anciana; pero me di cuenta de que no podía salir como una fiera, ni responder así a aquel que viene, sino que debía tener paciencia y mirar con amor a todo el mundo, porque cualquiera era importante, cualquiera podía traer la rosa más preciosa, el diamante –hablo metafóricamente– más apreciado.

Quise conocer a don Fernando Ortiz, quise llegar a las ruinas del Ateneo de La Habana para saludar a José María Chacón y Calvo; quise hablar con Gay Calvó con su voz queda, historiador de las banderas, de los símbolos nacionales; aquel maestro grande, con los más altos títulos de la masonería cubana. Él mismo era un misterio, era un símbolo del supremo grado 33. Conversar con todos y cada uno de ellos.

También aprendí la necesidad de diferenciar en cada caso. Sabía que debía tratar con respeto y con diferencia a las personas; que ofendería a Dulce María Loynaz si le llamaba compañera, al mismo tiempo que ella le respondía a Ana Viñas, cuando le preguntó: “¿Y usted por qué razón no se ha ido de Cuba?”, aquella respuesta tajante: “Porque soy la hija del General del Ejército Libertador que escribió el Himno Invasor.”

Aprendí todas esas cosas, que me permitieron ser flexible y ser uno más en la multitud de mi país, de mi Patria.
No guardo rencor al pasado; al contrario, he creído en la necesidad de ir al futuro desde el pasado. Sí tengo mucho cuidado en separar, como hombre de la historia, lo perecedero y caduco de lo perdurable y eterno.

He creído siempre que hay que entrar en la historia sin sombrero; porque, como he conocido a los grandes héroes contemporáneos, me imagino, en tan poco espacio de tiempo, cómo fue la vida, cómo fueron las confrontaciones, las dificultades y hasta los errores de los grandes hombres de la Historia.

No he creído en la infalibilidad de los hombres ilustres. Creo que se le hace un pésimo favor a la sociedad y a la historia cuando se les considera infalibles. Creo que fue un acto demencial de Pío IX proclamarse infalible, cuando estaba a punto de concluir el Concilio Vaticano I. Nadie sobre la tierra lo es. Por eso escribí, en el prólogo o ensayo que precede al Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes, que las figuras más grandes – las que más luz perciben – son las que más grandes sombras proyectan, pero que solamente puede entrar en las sombras el que ha visto la luz; de lo contrario, que ni entre, porque será siempre un profano, o más bien un profanador.

Soy un hijo de mi tiempo, con todos los defectos personales que he tenido. Todavía recuerdo el rigor con que debí aprender la ortografía castellana; todavía siento todas las ausencias que la buena educación, por el tiempo requerido, obliga a los más jóvenes a estar subvencionados en la Universidad, o en la escuela, desde la Primaria hasta la más alta.

No me avergüenza decir que soy, fui y seré un autodidacta, a quien simple y sencillamente le tocó vender café a domicilio, con gran elocuencia ejercitada para vencer la resistencia de mis iguales, las sirvientas de las casas señoriles, que decían: “La señora no está, aquí no compramos nada”, etcétera.

Fui vendedor de pollos. Y recuerdo que, muchos años después, llegó un anciano al núcleo del Partido Comunista en el Palacio de los Capitanes Generales –no voy a mencionar el nombre–, pero resultó ser el dueño de la pollería, que me explotaba, que ahora estaba transformado, gracias a esa capacidad de regeneración que tenemos los seres humanos.

Trabajé en el Hospital Calixto García como mensajero de una farmacia. Allí aprendí el dolor infinito de los que no podían comprar medicinas.
Fui un hombre de fe, y lo soy; nunca me avergoncé de ello. Pienso que me sirvió no tanto para tener confianza en una vida venidera cuando esta ya casi se acaba, sino me sirvió para defender la libertad de creer o no creer de cada persona.

He sido un defensor, en nombre de mi humilde cubanía, de la singularidad dentro de la igualdad. Y he creído en la unidad como el resultado de una suma de individualidades. El pueblo hace la historia, pero es una suma de individuos. El pueblo en sí, como tal, no piensa; pensamos todos.

Creo también que esta obra no es mía. A fines del año pasado, y previendo lo inexorable, decidí hacer un listado, para que nadie lo olvide, de todos mis compañeros y colaboradores que ya no están, encabezado por Emilito, María, Victoria, mi portero Gabriel, mi carpintero Luis; pero mi secretaria se equivocó y, después que vio el listado, me dijo: “Bueno, pero tiene que darnos usted la dirección para poderles remitir la carta que usted quiere.” Y digo:

“No, esa carta ya no podré enviarla, esa carta está en un buzón invisible y les pertenece a ellos, les pertenece solamente a ellos.”
Puede el pintor hacer una obra magistral ante un lienzo vacío, puede el poeta escribir un verso, o puede un gran literato escribir una obra maravillosa; pero para hacer lo que yo he tratado de hacer, o en lo que me he aplicado, hacen falta muchas personas, y hace falta también una época.
A mí me tocó una época. Emilito no pudo salvar el hospital de Paula, a duras penas salvó el templo de Paula frente a la geofagia de la empresa que se iba a proponer ampliar el tranvía eléctrico de La Habana; Emilito no pudo impedir, ni sus compañeros, la demolición de los grandes muros de la cárcel; solamente quedó un fragmento de la pared donde fueron ejecutados dos de los estudiantes de medicina en 1871; solamente Emilito y Gonzalo de Quesada, lograron enfrentarse y conservar los peñones de la Fragua Martiana, que iban a caer bajo la especulación inmobiliaria. Y Gonzalito, a quien conocí también, con su capacidad irónica inconcebible, me explicó la historia verdadera de cómo se salvó aquel templo para el conocimiento de Martí.

Agradezco mucho a las personas que están en este público; les agradezco por el día, por la hora y por el momento; les agradezco porque todo tiene su tiempo y su momento. Y como decía al comienzo, y ya termino, no he podido disfrutar de eso que algunos gozan, que es de la vanidad.

Quiero agradecer también al gran hombre de esta época, el cual creyó en mi palabra y en mi trabajo después de Emilito: a Fidel. Sería de una cobardía y una mezquindad imperdonables que ahora, que está anciano como Sócrates, junto a la roca de pensar y lejos ya de la vida pública, no agradecerle por su confianza y por las veces que estuve junto a él y aprendí y escuché de su palabra como dirigente político, como hombre también, como ser humano en todas sus facetas.

Más que comunista, fui fidelista, y lo soy. Estoy como confesándome ante la historia. ¿Por qué? Porque era yo absolutamente el más impreparado. De tal manera que la noche de aquel Congreso en Santiago de Cuba, bajo el barrunto de que vendría la hecatombe terrible, en medio de una lluvia que hizo temblar a los que estábamos para salir ante el público que aguardaba allí, a pie firme, la salida de los que habían sido nominados como miembros del Comité Central y electos por los comunistas, resultó que él fue saludando a los distintos recién llegados. A Abel Prieto –lo recuerdo–, lo fue a saludar:

“¿Cómo estás, cómo te sientes?” Y fue a mí: “¿Cómo te sientes tú?” Y le dije: “Bien, sabía que llegaría a Obispo por la Iglesia o por el Partido.”
Y, bueno, heme aquí; no soy el mejor, pero creo ser el más original. ¿Que me visto de gris? Bueno, le diré a Eduardo la verdad: en aquella época era el uniforme no de los que combaten ahora a un mosquito que espantaría a Finlay por su capacidad de hacer estragos masivos en la sociedad cubana (1), cuando ya se creía dominado para siempre –el cantor de Egipto ha regresado; ese no es el tema; el tema es que era el traje de los médicos que iban al campo y era el traje de los cortadores de caña.

Y como esta fue una obra de construcción que duró tanto tiempo, pues entonces me vestí para siempre con la ropa de los trabajadores. Pero no me dieron trabajadores para adelantar las obras del Palacio de los Capitanes Generales; me traían presos. Y los presos venían, y cuando entraban aquí al Palacio y los recogían por la tarde, se quedaban conmigo. Primero venían estos hombres a regañadientes, porque  se trataba de algo que no conocían; después los enamoré con la fantasía de una arqueología que para ellos resultaba maravillosa: se buscaban túneles y subterráneos en que en cierta medida aparecieron.

Entonces me vestía como ellos, y ellos empezaron a tratarme con mucha tranquilidad, con mucha amabilidad. Y algunos me dijeron: “El día que terminemos de cumplir nuestras condenas nos iremos a trabajar con usted. ¿Nos aceptaría?” “Claro que sí” les dije. Y un día volvieron algunos de ellos, algunos están todavía, y me acompañan con mucha lealtad. La única diferencia entre ellos y yo es que ahora el uniforme lo uso yo. No soy un preso en uniforme; sólo me siento prisionero de mi ciudad y de la obra. Quise hacer, como dijo Simón Rodríguez, un paraíso para todos, y en cierta medida construí un infierno para mí.

Alguien dijo –creo que fue Aracely– que también fui empresario. Bueno, en realidad es lo que más dolores de cabeza me ha causado. Porque lo peor que le puede pasar a un intelectual es que le den tareas administrativas. La única ventaja que he tenido es que puedo decidir las cosas.
Aprendí en la Iglesia maravillosa de Milán, Santa María de la Gracia, donde está salvada de un bombardeo La última cena, de Leonardo Da Vinci – ante el cuadro maravilloso -, que en la última cena estaba también Judas, aunque, como un acontecimiento providencial, tendría que preguntarse hoy el filósofo, casi al borde del agnosticismo: si Dios está en todas partes, ¿por qué permitió aquella traición?

Muchas gracias

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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