Latigazo (7)

Por Héctor Zumbado

Consuelo

Noviembre 2001

Estábamos ahí sentados casi uno frente al otro. Ahí quiere decir la fiestecita. Una fiestecita en este pueblo de Pinar del Río. La casa. Ah, sí, la casa. Bueno, casa de madera de pueblo cubano. Típica. Su portal con sillones sabrosones de rejilla, de aquellos que arreglaban antes los chinos. Y fresco, mucho fresco que se cuela por el portal y las ventanas. Domingo, sí, era domingo, y la casa estaba llena con veinte mil gentes. El ir y venir, el barullo. Ella estaba sentada frente a mí y yo, apochinchao en uno de esos sillones sabrosones. Pero en realidad estaba aburrido, desubicado, un poco o bastante fuera de lugar. No conocía  muy bien a la gente. Y estaba, vaya, fuera. Fuera de ambiente. Aburrido. Y ella también. Pero no nos hablábamos. Porque no nos conocíamos. Y era un poco esa pena mutua, el querer empezar a hablar y no hacerlo. Por pena, por pudor, por esa bobería que tiene uno. Y entonces empezamos a mirarnos, a encontrarnos las miradas, que eran inevitables, porque, claro, como estábamos sentados uno frente…

Bueno, ya, ya dije eso. Y claro, era la mirada. Y así empezó la cosa. La identificación, la sonrisita esa con pena. Y con deseos de empezar a hablar. La cosa, la bobería esa, la identificación, la comunicación, ¿no? Eso. Empezamos a establecer una corriente mutua. Afecto, comprensión, solidaridad, simpatía, ¡qué sé yo! Es una mezcla de todo eso. Y como decía, empezaron las miraditas y la sonrisita y eso… Y los dos nos dábamos cuenta de que estábamos entrando en ambiente, que la tarde se estaba salvando. Y empezamos a reírnos con más confianza. Y todo eso sin hablarnos. Pero ya identificados, riéndonos y sonriendo. Y empezamos entonces a burlarnos un poco de la gente. Del tipo del bigote, de la gorda del vestido de colorines. Y ella estaba sentada frente a mí y se reííía… sabroso, alegremente. Y eso me hacía sentir bien, pero requetebien. Y los ojos. Los ojos que tenía. Castaños. Brillaban. Muy vivos. Y hablaba con los ojos y los movía de un lado para otro y jugaba con ellos. Con una deliciosa coquetería. Y al lado de la sonrisa, en las mejillas, los hoyitos. Pero los ojos. Eran los ojos los que más decían. Y yo me di cuenta de que le caía bien. Era la forma en que me miraba. Con aquellos grandes y bellísimos e increíbles ojos castaños. Y entonces me decidí a hablarle.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Consuelo

—Ah, Consuelo. ¿Y tú eres de aquí de la casa?

—¡Sí, claro, la gorda es mi mamá!

Y entonces nos reímos a la vez y era esa risa sabrosa, sana, abierta. Risa en la que había el secreto entre dos. La identificación. La comunicación. Éramos ella y yo y nadie más, aunque hubiera veinte mil en la fiesta. Y nos seguimos mirando y seguimos riéndonos. Y ella con sus grandes ojos que tenían una mezcla maravillosa de picardía y ternura. A la vez. Y entonces me sorprendió con una pregunta que raramente hace una mujer.

—¿A que no adivinas la edad que yo tengo?

—¿Tú? Pues no sé, vaya…

Y entonces me volvió a mirar con la misma mezcla de cariño y malicia. Y me dijo la edad. Y creo que no me mintió. No, no creo que se quitara la edad porque lo dijo hablando con aquellos grandes, bellísimos e increíbles ojos castaños que no podían mentir. Seis años. Eso fue lo que dijo.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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