Don de lengua

LENGUASun cuento de Ángeles Mastretta

[…]

Al terminar el ajetreado año de 1991, Catalina me preguntó una tarde:

-Mami, ¿de dónde sale la lengua?

Tenía en los ojos las alas de un pájaro ávido y extendía su risa con la certidumbre de que yo sabría contestarle. A veces sus intrépidos siete años confían en mí como yo en la sabiduría de los boleros, entonces me avergüenza su entrega y quisiera tener respuestas para todo, como los boleros.

-¿La lengua?- pregunté moviendo la mía para ver si podía yo sentir desde dónde me la jalaban, a qué precisa parte de mi garganta, mi faringe, mi corazón, mi estómago, mis piernas, mis talones, estaba sujeta la tira de carne inquieta y suave que tantas dichas provoca.

-¿La lengua? No sé.

Cuando bostezo la lengua me sale de un cansancio que hace meses acarreo de un lado para otro y que tal vez sea la edad y ya no vaya a desaparecer jamás. Puedo dormir cinco horas o siete, nueve o diez un día de suerte, pero la lengua que meneo mientras bostezo, me sale de un cansancio que no sé cuándo empezó a quedarse entre mis huesos.

Cuando toso, la lengua me sale de un catarro constipado por el que nunca guardé cama y que sigue paseándose conmigo. De tanto acompañarme ha perdido el pudor y ya no pide disculpas, ni siquiera piensa que al pasear va contagiando parroquianos con la misma desvergüenza de aquella que anidaba en quienes me la contagiaron.

Cuando converso, la lengua me sale de herencia. Mi padre era un gran conversador, mi madre es una conversadora agazapada que le tiene miedo a su lengua porque sabe que es una lengua memoriosa y fatal que cuando se suelta puede poner sobre la mesa historias de horror y barbarie que todo el mundo ha pretendido olvidar en la ciudad que habita. Mi abuelo tenía una lengua exacta como navaja y alegre como una victoria. Recordaba lo necesario cuando era necesario y olvidaba lo desagradable cuando era innecesario. Mi tía Alicia sólo necesitaba mirar de reojo para describir con fervor y precisión desde los ojos hasta las medias flojas de una señora a la que no había visto jamás, a su lengua le gustaba tanto conversar que en el velorio de un señor que había muerto de modo inesperado y horrible, se dio a la tarea de llenar el incómodo silencio que provoca la cercanía de un muerto ajeno y, tras hablar toda la noche, se despidió de la viuda diciéndole:

-Señora, muchas gracias, estuvimos muy contentos.

Pero también la lengua conversadora es de contagio y uno siempre anda buscando con quién compartirla: la lengua de mi amiga Lilia Rossbach no le da tiempo ni de respirar entre asunto y asunto. En general, mis amigas son de lengua conversadora, hablar con ellas es siempre un entrenamiento y al mismo tiempo una permanente olimpiada, la que obedece la voluntad de tregua que una lengua pide de vez en cuando, pierde irremediablemente su oportunidad de sacarse del entrepecho los disgustos, pesares y júbilos que le aprietan.

[…]

A veces la lengua sale del silencio. Entonces dice unas cosas en vez de otras y acompaña nuestros labios en la risa que debía ser mutismo. Esas veces, la pobre lengua anochece llena de mordidas.

[…]

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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