La mentira más grande del mundo

Los cuatro niños venían sentados en los penúltimos asientos del ómnibus. Venían de jugar futbol, estaban visiblemente cansados pero no dejaban de hablar y atormentar a todos los que los rodeaban. Después de 20 minutos cuando ya parecía que habían agotado todo tema de conversación, uno de ellos sugirió:

-Vamos a jugar a ver quién dice la mentira más grande del mundo.

-Dale, dale, empiezo yo.

Los otros tres miraron a Jorgito que evidentemente sería el primero de todos en romper el hielo y darle riendas sueltas a su imaginación.

-Mira, mira, un día estaba yo en la parada esperando la guagua cuando pasó una que iba súper llena. Era la tercera que pasaba y no paraba. La gente estaba furiosa pero al chofer no le importó. Por suerte mi papá reconoció al conductor, sí, porque cuando eso habían conductores en las guaguas y le gritó su nombre. La guagua frenó una cuadra después pero mi papá y yo corrimos cantidad y la alcanzamos.

-Mijo, pero y donde está la mentira- interrumpió él más impaciente.

-Voy, voy… Detrás de nosotros corrió una “pila” de gente y se armó tremendo “molote”. La puerta de adelante pudo cerrar pero la de atrás no. Los que estaban en la puerta no quería subir, los de abajo no querían quedarse y el chofer no se movía si no cerraba la puerta. Entonces, el conductor le pidió a los pasajeros que iban sentados en la fila izquierda de la guagua que inclinaran un poco sus cabezas y entonces aquel hombre gordo empezó a caminar por encima de los espaldares de los asientos, aguantado de los tubos y, como un monito, fue hasta el fondo de la guagua, organizó la cola y la puerta se pudo cerrar. Después regresó por donde mismo, con mucho cuidado de no pisar la cabeza de ningún pasajero.

-¿Por encima de los asientos? Eso es una bicoca- dijo Ariel y empezó a contar.

-Una vez yo iba en un ómnibus, tranquilito, y habían también dos hombres con dos mujeres que venían súper borrachos. Entonces uno de los hombres se acercó al chofer y le dijo algo, bajito. Dos paradas después, en la Villa Panamericana, la guagua se apagó y aquel hombre gritó a los cuatro vientos. “¡Caballero! Esto se rompió”. Después de unos minutos todos se bajaron, menos las dos parejas y yo que me escondí en el último asiento. La guagua entonces giró en la avenida Monumental y desvió su rumbo hasta las presas del Parque Lenin. Allí las dos parejas se dieron un chapuzón mientras el chofer contaba el dinero recibido y yo esperaba, tranquilo, a que retornaran rumbo al Paradero.

-Eso es una bobería al lado de lo que le pasó a mi papá que una noche estaba en el parque del Quijote, en el Vedado, y la cola se perdió, eran como las tres de la madrugada y se formó tremenda bronca para subir. Vinieron seis policías y tres tipos de esos, de la brigada especial. Nadie podía controlar aquella gente. Entonces llegó un pastor…

-¿Un religioso?

-No chico, un policía con un perro pastor alemán, le quitó el bozal y lo puso a ladrar de frente para la cola. Remedio santo. Aquello se organizó y todo el mundo subió en una hilerita formada por el miedo aterrador que producían los colmillos del bicho ese. Pero el cuento no termina allí. Diez minutos después la guagua perdió el cloche y el chofer, para que no se le apagara, tuvo que llevarse tres paradas, dos luces rojas y solo dejaba que la gente se bajara cuando estaba en una pendiente inclinada hacia abajo. El viaje completo fue tremenda locura- terminó de contar Paquito.

Fue entonces que Raúl, quien a decir verdad había propuesto el juego, les dijo:

-Yo una vez vi a un conductor sacar una mocha para que la gente caminara por el pasillo. Sí, así como les cuento. El tipo llevaba 5 minutos sin poder mover la guagua y la gente no quería caminar. Al parecer, él llevaba escondida una mocha (nota del editor: algo común en quienes trabajan a bordo de ómnibus que transitan en La Habana por zonas conflictivas o lo hacen durante horarios peligrosos) en la cajuela que cubre el mecanismo de la puerta de adelante.  Empezó diciendo: “Caminen, por favor, que hay espacio. Arriba que el pasillo está vacío… ¿ah, no van a caminar? Mira, que yo si me acomplejo, oye, caminen… tú verás…”, y con un gesto rapidísimo blandeó el machetín en su mano derecha y gritó: “¡Caminen, coj…!”.

-Y entonces…

-El pasillo se quedó vacío, nada, el hombre demostró que había espacio, que se podía caminar.

-Está bien, está bien, ganaste, ese cuento de la mocha está duro- dijo Paquito.

Los demás estuvieron de acuerdo y Raúl fue el vencedor.

Detrás de los niños  viajaba un señor mayor con un pañuelo presillado al cuello de la camisa. Iba atento a cada frase de los muchachos y sonreía con malicia. Él, que había sido chofer de la ruta 195 del paradero de Guanabacoa sabía que ninguno de los niños tenía posibilidad de ganar aquel juego, porque todos, absolutamente todos, habían dicho la verdad.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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4 respuestas a La mentira más grande del mundo

  1. karinamarron dijo:

    Ya era hora de que escribieras las historias de la 195. Un abrazo

  2. Te pasaste con el post. Tal vez en el trabajo hubieses sido más irónico y dejar caer que los niños o eran suizos o vivían días de la Antigua Unión Soviética,jajajaj. Felicidades!

  3. Yeri dijo:

    La realidad mejor narrada imposible. Te ha quedado genial!!. Siempre leo lo que publicas y reconozco que eres un buen narrador, cronista… Ansiosa por el proximo escrito

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