Latigazo (18)

Por José León

Rúbrica

Julio 2004

Después de una larga ausencia, siempre es emocionante regresar al país donde uno nació, creció, se reprodujo y… Vaya, la patria, la familia, las palmas y todo eso que cuando uno está ausente lo hace sentir más nostálgico que un camello sacado del desierto.

Como es natural, en el aeropuerto me esperaban familiares y amigos. Y luego de los trámites aduanales, pude al fin, estrecharlos -y estrecharme- en abrazos. Alegría.

—¿Y esa firma en tu safari? —pregunté a mi mejor amigo.

—Oh, es la firma del sastre.

Claro, pero si estoy cansado de ver marcas y firmas de fabricantes allá, afuera. Siguió la conversación; distraído, apenas reparaba en detalles. ¡Tan envuelto de saludos estaba! Al cabo, mi amigo se ofreció a llevarme hasta mi casa en su carro estatal y así, de paso, darme una vuelta por la ciudad. Un poco cohibido, acepté.

Polvorienta y despintada, con sus baches planificados y los transeúntes caminando siempre por las calles, con la alegría de los pioneros y de toda la gente, La Habana hubiera sido la misma a no ser por un detalle que se repetía por todas partes hasta herir mi vista. No pude contenerme:

—Oye, ¿qué es esto? ¿Una explosión del graffiti en Cuba?

—¿Cómo?

—Las firmas, compadre, ¿por qué todo está firmado?

—Eso fue por un decreto.

—Explícame, que yo no estaba.

—Nada, resulta que en muchas reuniones de trabajadores se decidió que ya era hora de acabar con el privilegio de otras ramas —pausa, se disponía a acentuar lo que venía detrás. ¿Qué razón había para que cualquier luminotécnico, utilero, asistente, auxiliar o correveidile de la televisión, viera todos los días su nombre en los créditos de los programas? ¿Por qué largas listas de nombres de artistas y escritores; y en cambio, ellos, los trabajadores, los que sudaban y hacían este país, tenían que pudrirse en el anonimato?

—Bueno, me parece que ambos…

—Nada, ante la justeza de ese planteamiento, los trabajadores decidieron que todo aquel que quisiera ser reconocido por su obra, quien se estimara y creyera que su participación en la sociedad era importante, pues que firmara, que dejara para la posteridad constancia de su participación.

—Es absurdo.

—No tergiverses las cosas. Cada ladrillo, cada bache zurcido, cada tramo de cable eléctrico instalado, el sitio donde trabaja cada cual, en fin, todo y todos merecen ese reconocimiento. No importa la profusión de tarjas, firmas, memoriales, lo importante es que la trayectoria de todas las vidas se refleje para las generaciones futuras, que todos se sientan reconocidos sea cual sea su ocupación.

—Pero, ¿nadie se ha opuesto?

—Sí, algunos intelectuales y eso. Ahora publican sus libros sin firmarlos. Como protesta, en el cine y la televisión ya no se ven créditos. Las exposiciones de artes plásticas son anónimas… Por cierto —tomó aire mi amigo, luego de evitar un accidente de tránsito—,tú no te negarás a firmar el forro del asiento. Eres mi amigo y viajaste en el carro. Vamos, reconócete a ti mismo, que luego puedan decir:«Aquí viajó…»

Con maquinal resignación rasgué mi nombre junto al de Cusy, Rosy, Mary la dulce, Roger… En ese instante el pensamiento que me pasó por la cabeza fue: «Ahorita hay que rubricar hasta los estrechones de mano.» No sé por qué se me ocurrió una palabra tan poco usual como rubricar.

Entré a mi casa con el propósito de descansar mis merecidas vacaciones, después de tanto viaje y ajetreo por tierras lejanas. Así hubiera sido, pero el bodeguero firmaba todos los cartuchos en que envolvía mis compras, el pan ya salía del horno rotulado por el panadero, en el agromercado cada una de las papas tenía inscrito el nombre de su productor, hasta mi esposa servía los platos con sus delicadas iniciales en los bordes.

Y mis amigos, cada vez que me visitaban, llenaban con sus nombres o motes la puerta, las paredes y muebles; y si necesitaban pasar al baño, allí también dejaban constancia de que así lo habían hecho. Era el colmo. Acabé por botarlos a todos y junto con ellos a mi esposa.

Me encerré, no compraba nada y ya el hambre estaba haciendo de las suyas. Tenía que tomar una decisión: salir a la calle y sobrevivir al mar de graffitis, o morir de inanición. En eso estaba cuando llamaron a la puerta. Era el cartero. Cogí el telegrama y fui a abrirlo, pero el hombre me atajó:

—Oiga, espere, firme aquí para probar que usted recibió mis servicios.

La furia me golpeó en el rostro e impidió que comprendiera que esta era quizás la única firma necesaria de cuantas había tenido que regalar desde mi regreso. Sin contener hice trizas el telegrama, al tiempo que unos créditos indecisos aparecían al final de este cuento.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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