Latigazo (23)

Por Eduardo del Llano

Sin título [1]

Octubre 2003

Fue un esfuerzo bastante arduo el que implicó decidir cuáles son mis tres deseos. Pero tenía que hacerlo; llegado el caso de que aparezca el duende y me pregunte, ya sé lo que debo pedirle, con las palabras exactas. Supongo que el buen dador esté demasiado ocupado y no tolere la ambigüedad.

En primer lugar, cien millones de dólares. Me parece una cifra apropiada y algo más que mínima para garantizar la felicidad de alguien. Sería tonto que uno desaprovechara semejante coyuntura tirando por lo bajo. Noventa y nueve millones estarían a mi nombre en un banco suizo, y el millón restante, a guisa de calderilla, solventaría mis necesidades más acuciantes. Es el deseo apropiado para empezar, porque si uno quiere, digamos, un video, un estéreo, un auto, buena ropa, buena comida, viajes, mujeres espléndidas, puede obtenerlo todo sin malgastar las dos oportunidades restantes. Un millón basta para pasear un poco y recalar finalmente en Helvecia a vivir como un rajah.

En segundo lugar, ser un escritor laureado con el Nobel del próximo año. Así debe formularse la petición y no de otra forma. Decir, por ejemplo, que uno quiere convertirse en un escritor famoso es imperfecto, porque se puede ser famoso escribiendo malos thrillers o novelitas rosa. El Nobel garantiza la fama, si no previa, al menos posterior a su adjudicación, y es una especie de garantía de calidad. Alguien podría pensar que con cien millones de dólares se puede llegar a ser un escritor eterno. Tal vez, pero no estoy seguro. Con solo dos deseos, garantizo bienestar y realización personal. Y aún queda uno.

Esa fue la elección decisiva. ¿El amor? No, es malgastar el tercer chance. Con cien millones de dólares puedes decir, como el personaje de Fontanarrosa, «prefiero que me amen por mi dinero y no por mis virtudes, porque virtudes tengo pocas, y en cambio el dinero no se me va a acabar nunca». Además, el amor eterno es una falacia, y no voy a perder tiempo demostrándolo. Ahora bien, gozar de buena salud hasta los cien años, ese es un buen deseo. Estar enfermo es horrible. Morir joven es peor, especialmente cuando uno es famoso y dispone de semejante capital. Larga vida, éxito y dinero, he ahí todo. Hace mucho que lo decidí: esos son mis tres deseos. Ya he ensayado incluso el tono al enunciarlos. Si el duende dispone de unos minutos, puedo hacer aclaraciones colaterales. El dinero podría estar invertido en un negocio seguro, digamos en turismo o el petróleo. Es bueno puntualizar cada detalle, porque el gnomo no tiene por qué ser un experto en economía. Respecto a mi carrera de escritor, quisiera diez libros publicados; más, luciría poco serio, menos, me harían tal vez clásico, pero no —popular— muchas ediciones en lenguas extranjeras, giras de conferencias y varias adaptaciones a CD-ROM, o por lo menos al cine. Y, en lo tocante a la salud, exijo morir a los cien años, vivaz y lúcido, de un paro súbito e indoloro. No transigiré respecto a ese punto.

No pretendo acuñar una receta. Se trata de lo que cada uno espera de la vida, y para mí, basta lo expuesto. Cuando aparezca el duende, me escuchará formular serenamente las tres demandas enunciadas. Porque no me cabe duda de que el gnomo se revelará alguna vez. Hay que mantener la pureza de espíritu.


[1] No tenía título el original.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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Una respuesta a Latigazo (23)

  1. ernestoglez dijo:

    Me too!

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