Latigazo (26)

Por Amaury Hechavarría Nistal

Mi primera vez

Junio 2005

Era la playa de una Isla deshabitada. Sandra estaba sentada en la orilla. Me abalancé sobre ella y caímos en el agua. Al principio se resistió y forcejeamos un poco. Yo era más fuerte, y como estábamos solos, nadie podía socorrerla. Se calmó y con voz de súplica me dijo: —Por favor, no me hagas daño— Resignada y sumisa se entrego a mis pasiones.

Por la mañana, otra vez, amanecí mojado. El recuerdo de mi sueño hacia más insoportable el vacío. La cama era un océano de soledad. Aquello no podía continuar. Me levanté para ir a la escuela y mientras desayunaba tomé la resolución de enamorar a Sandra esa misma semana.Por el camino comprendí lo difícil de la resolución. Aparte de mis sueños, no tenía ninguna experiencia. Además Sandra iba el sábado con el grupo de Espeleología a explorar una cueva.

Cualquier otro hubiese desistido, pero yo no. Pase la tarde en la Biblioteca entre libros de Espeleología. Luego fui a ver al jefe del grupo y le conté mi amor desde pequeño por las cuevas y mis amplios conocimientos de estalagmitas y estalactitas

El haberme incluido, no sorprendió a Sandra. Era natural que gente nueva participara en expediciones de poco riesgo.

Toda la mañana del sábado, caminamos sin parar, hasta llegar a la cueva. La entrada exhalaba un aliento húmedo-refrescante y se imponía con toda su grandeza. Nos sentamos un rato a descansar y se animó una conversación.

Creo que la cosa giraba en torno a la ciencia ficción: Bóvedas cubiertas de murciélagos, trampas térmicas… Contemplaba a Sandra mientras escuchaba las complicaciones del Paso del Chivo y la necesidad de haber traído cuerdas… Para amarrar al chivo, supuse yo, que seguía concentrado en aquella belleza de labios carnosos, humedecidos de vitalidad…

Nos vamos por la gatera, dijo el Jefe, señalando hacia una oscura galería.  Pensé en una manada de gatos monteses. Yo nunca había visto ninguno y mientras avanzamos estaba atento con mi linterna. Escudriñé entre las rocas, fijé la vista en cuanto hueco pudiera esconder… ¡Ay!… Un fuerte golpe de estalactita en la cabeza. —Gracias casco, sentenció un espeleólogo detrás de mi.

La galería se estrechaba y tuve que olvidarme de los gatos. Caminamos primero encorvados, luego agachados, después a gatas y por ultimo no quedo más remedio que arrastrarse.

Apenas podía avanzar. Mis brazos impulsaban el cuerpo apoyados con los codos. Las rodillas y los pies hacían también lo suyo. Parecía que estaba en  un curso de majá.

De repente la galería se abrió en un inmenso salón. Comenzaba lo bueno. Para continuar había que bajar una pared, de casi diez metros de alto. Lancé la mochila, puse los pies en un saliente, me agarré de las rocas, abracé la pared, miré hacia abajo y comencé a temblar. —Pon el pie ahí, Pon el pie ahí, repetía el jefe desde abajo.

Puse el pie en el segundo saliente, pero me sentía más seguro en el primero y lo regrese.  Estaba aterrado. No quería moverme. Para que me habré metido yo en este lío con lo lindo que es el cielo azul y los pajaritos, pensé.

Respiré profundo. Apreté los dientes. Pensé que si me caía al menos le pondrían mi nombre al grupo. —Pon el pie ahí… agarra aquella estalagmita… ahora baja la mano… ¡Esa no!, la otra… estira el pie izquierdo… baja el escalón… ya está. Mis botas por fin tocaron el piso.

—Aquí tienes, —me viro y veo unos ojos que se cierran molestos por el haz de luz de mi linterna—Acompáñame a recorrer el salón, agregó Sandra, mientras me devolvía la mochila.

Los demás ayudaban a los que faltaban. Poco a poco nos alejamos del grupo. El piso estaba alfombrado con cristales de carbonato de calcio, el techo desbordado de estalactitas. Hermosas columnas complementaban el salón. Todo se iluminaba ante el reflejo de la luz.

Era el momento, esperado.  —Sandra, tengo que decirte una cosa. Yo te lo iba a decir en la fiesta, pero… el problema es que… tu sabes… yo quería decirte que… este yo no sé cómo empezar… es que tú sabes… yo quería decirte… que… —Vamos no se demoren más, interrumpió el jefe. Un suspiro de alivio salió de mi alma.

Nos reunimos todos donde nacía un gran hueco. El jefe lanzó una piedra que luego de unos segundos se estrelló contra las rocas. —El paso del chivo, comentó uno de los espeleólogos. Con los pies apoyados en unos salientes había que abrazar la pared por encima del abismo para pasar al otro lado. Parecía cosa de locos, pero ya casi estaba acostumbrado y con valor inusitado supere el paso.

Pasaron los que faltaban y continuamos la exploración. A medida que avanzamos el aire se tornaba caliente. Un olor que me hacia recordar…, en efecto. Pronto comenzaron a aparecer. Las paredes y el piso se cubrieron de Periplaneta americana, como ellos las llamaban, cucarachas como las conocía yo.

De repente nos detuvimos. Un murmullo extraño, se acercaba. Detenernos incentivó el cariño de las cucarachas que subían por las botas. Excelente combinación de oscuridad sonido y bichos. El murmullo fue en aumento hasta que una bandada de murciélagos, pasó sobre nuestras cabezas.

Habíamos llegado a la Trampa Térmica. El grupo se puso a trabajar. Brindé mi ayuda para medir la temperatura y la humedad relativa. Otros anillaban murciélagos, clasificaban insectos o tomaban muestras de suelo.

El calor era intenso y las labores se apresuraron. Empapados en sudor emprendimos la retirada por una galería auxiliar. Mientras salíamos un sentimiento extraño invadió mi cuerpo. Era, como una angustia. Sandra iba delante y conversaba con el jefe. La exploración había terminado.

Después de aquella primera vez, Sandra cambió de escuela y dejó el grupo. Yo me enamoré de las cuevas, me hice espeleólogo y nunca más soñé con ella.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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