Una noche con el Che

ImagenRodolfo Romero Reyes

Un grupo de amigos estábamos sentados, a la luz de las velas y de pequeños faroles hechos de papel, cuando el Che llegó sin avisar. Era una noche calurosa del verano de 2013, en La Habana, Cuba.

Nos habíamos reunido para escuchar música. Recorreríamos la historia de Cuba contada por sus compositores más ilustres. Probablemente las primeras melodías indagarían en amores clandestinos de la década del 50, la nueva trova resurgiría para gusto de las Yolandas y, con suerte, alguna canción de Buena Fe pondría fin a la noche. La única pista que teníamos en aquel entonces de que el Che podría aparecer, era la imagen estampada en el pulóver de Julio César, el Koka, que nos recordaba la «querida presencia», del Comandante Guevara.

La culpa fue de Silvio. En el justo momento en que podía haberse escuchado Ojalá o Historia de las sillas, las bocinas de la pequeña grabadora dejaron escapar la inconfundible letra: «Se perdió el hombre de este siglo allí, su nombre y apellido son: ¡Fusil contra fusil!».

El primero en hablar fue un joven bloguero conocido por Camarero quien, como todo santaclareño, vive marcado por la imagen del Che. Con sus apenas treinta y tantos años de edad, él no recordaba la comparecencia de Fidel ante las cámaras de televisión cuando informaba que la noticia debía ser cierta y tampoco vivió la velada solemne que en octubre de 1967 le rindió tributo apenas unos días después de su asesinato en Vallegrande. Por eso, cuando escuchó la canción de Silvio, revivió cada detalle del momento que le tocó vivir cuando los restos del inmortal guerrillero fueron depositados en el Mausoleo de Santa Clara. «Todo era silencio. Miles de personas y ni una voz. Desde la multitud no se veía a Fidel encendiendo la llama eterna que arde en el Mausoleo, pero afuera todos estábamos callados. Rindiéndole al Che el máximo de los honores».

Inmediatamente después Leydi, una joven periodista también santaclareña, contó lo que a ella le pasó cuando tenía ocho años y se enteró, por vez primera, que el héroe más vivo de su ciudad natal, estaba muerto. «Lloré. Lloré mucho. No supe que había muerto hasta ese día. Ni siquiera cuando me pusieron la pañoleta azul, y juré ser como él, ni siquiera entonces me lo dijeron. Fue el 8 de octubre de mis ocho años. Yo estaba viendo el noticiero de televisión cuando escuché algo que tal vez fuera una crónica. Ahí lo decía, el Che estaba muerto. Las imágenes lo mostraban con vida, pero las palabras no podían ser más necrológicas. Me encerré a llorar. No podía creerlo. De verdad quería conocer a aquel hombre.  Mi abuela, como consuelo, me dijo: “Pero si eso fue hace muchos años”, pero para mí era como si lo hubiesen acabado de matar».

También habló Rafael. Él sí recordaba la velada y la carta de despedida que leyó Fidel cuando se conformó el Comité Central del Partido en 1965 y el Che no estaba entre los elegidos porque andaba por otras tierras, luchando por lograr la independencia de otros pueblos. Rafael habló con tristeza, con sentimiento: «Aquella carta marcó a toda una generación».

Entonces yo también quise decir algo. Contarles a aquellos nuevos amigos que mi mamá se sabe la carta de memoria y que casi nunca puede recitarla completa porque se le nublan los ojos y empieza a llorar. O que yo, que no soy fácil de lágrimas, sentí el corazón apretado cuando entré por única vez a su despacho o cuando estuve unos minutos delante de sus restos y sentí una ganas tremendas de haberlo conocido o de integrar su guerrilla en Bolivia. Pero no dije nada. No estaba preparado para hablar. La mística de la noche nos hacía una trampa a todos. El Che había llegado sin avisar. «Después supimos que era cierto», que cada vez que escucharemos esa canción, o La era, o tantas otras, el Che volvería porque lo llevamos dentro, porque crecimos con él y porque juramos en más de una ocasión seguir su ejemplo.

Minutos más tarde, cuando solo quedaba el pulóver de Julio César y faltaba poco para llegar a la música del nuevo milenio, sonó, en las mismas bocinas cómplices, la voz inconfundible de Gerardo Alfonso. Esta vez no hubo tristezas, los amigos cruzamos miradas y cantamos para no llorar. Cantamos después de tanto tiempo y tanta tempestad, para seguir juntos y para siempre ese camino largo e inhóspito por donde el Che aún marcha. Cantamos «porque el dolor no ha matado a la utopía, porque el amor es eterno y la gente que lo ama no lo olvida».

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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2 respuestas a Una noche con el Che

  1. camarero dijo:

    hay cosas que son premonitorias… guillén escribió: “y no porque te quemen, porque te disimulen bajo tierra, porque te escondan en cementerios, bosques, páramos, van a impedir que te encontremos…”, esos versos se hicieron realidad material aunque el poeta se refería, obviamente, al espíritu…

  2. Camilo Santiesteban Torres dijo:

    Mira bicho, el Che fue un tipo impresionantemente íntegro, de pueblo y esa es para mí su mayor virtud , haber estado siempre junto a las masas. No como la pila de descarados que hay por ahí halando de Revolución, pueblo y verdad y no son más que la antítesis de sus palabras. Ay Rodo! qué diría el Che si viera y preguntara al pueblo cómo va su revolución? O quizás tan solo caminaría por las calles de cualquier ciudad y se daría cuenta de todo. No se sentaría a llorar, lucharía como muchos queremos hacer, aunque siempre haya alguien protegiendo su status (tronchando futuros) tras la fachada de revolucionario. Nada Rodo el Che debemos ser todos como lo querria Raúl. hay que ayudarlo coño!. Chao bro

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