Latigazo (30)

Por Amaury Hechavarría Nistal

La mujer adultera

Marzo 2006

La mujer estaba cansada de que el esposo la engañara. «Hoy, otra vez con el cuento, que tiene mucho trabajo y se queda en la oficina». Seleccionó un alumno de su clase y se ofreció para repasarle Filosofía en horas extra. El muchacho sospechó enseguida las intenciones de la señora y aceptó con agrado. Después de la clase lo llevó para su casa.

En la mesa del comedor ella comenzó a explicar el primer tema, y él a prestar la más esmerada atención. Tenía los músculos duros y voluminosos de gastar el tiempo libre en el gimnasio. No podía decirse que fuese bonito, ni tampoco inteligente, pero lo peor, es que era tímido. Pocas oportunidades tenía con las muchachas de la universidad y tampoco con las del barrio.

Cuando ya iban por el octavo tema, ella decidió no esperar más. Menos mal, porque él, aunque lleno de deseos, nunca hubiese tomado la iniciativa.

Con el pretexto de ir a tomar agua, se levantó de la mesa. Cuando regresó se paró detrás de él. Puso la mano fina sobre su pecho inflamado. Él se quedó como paralizado. Desde el pecho deslizó la mano por el estómago hasta llegar a la cintura.

Toda la energía de él, no gastada hoy en gimnasio alguno, se elevó sumada a los años de pasiones contenidas. Y ella hizo más. Acercó su boca a la suya y sin besarlo le dijo—Acompáñame.

En el cuarto, lo desnudó al instante. Contempló su figura digna de cualquier escultura y comenzó acariciarlo de arriba hacia abajo. Como he perdido tiempo, pensaba mientras recordaba su pasado de fidelidad y lo comparaba con la posibilidad casi diaria de traer un muchacho de estos hasta su casa.

Se tumbaron en la cama. De inmediato ella se sintió penetrada por su juventud vigorosa. Fue como un dolor que pronto se transmutaría en desbordante pasión. Cerró los ojos para sentirlo mejor, pero él no supo aguantar el deseo y rápido apareció el fluido y todo vino abajo.

Ella quedó con los ojos desorbitados, en medio del éxtasis, sin esperanza de recuperarlo. Él pronto perdió interés y se apartó a un lado. Aquella piel madura, con sus abundancias y algunas arrugas, lejos de despertarle nuevos apetitos, le ocasionaban ahora cierto arrepentimiento. Ella, por su parte, recordaba a su esposo que nunca la dejaba así.

En eso andaba, cuando escucharon un ruido que venía de la cocina. «¡Mi esposo!», dijo ella espantada. El muchacho la miró con miedo. «Escóndete en el armario y no hagas ninguna tontería él siempre está armado…».

«Por hoy es suficiente», se dijo el escritor y ejecutó las operaciones para apagar la computadora. Se levantó del asiento y se puso el abrigo. Miró al sofá: la muchacha que traía poemas para que él los revisara, no había venido hoy. Salió de la oficina y cerró con llave. Se montó en el auto y fue para su casa. La noche estaba fría y él se sentía deprimido.

Entró en la casa. Sobre la mesa del comedor, el reguero de papeles. Fue hasta la cocina para tomar agua. Encendió la luz y vio un caldero tirado por el piso. La ventana estaba abierta. Bien podía haber sido un gato, pero enseguida él pensó lo peor.

Sacó el revólver. Buscó en la sala, el comedor y la cocina. Con mucho cuidado subió las escaleras que lo llevaban hasta la habitación. Se paró cerca de la puerta recostado con la espalda en la pared. Dudó un momento antes de entrar.

Con una patada abrió la puerta y entró al cuarto apuntando.Sobre la cama destendida estaba La Mujer Adúltera. Miró rápido debajo de la cama y claro, no encontró a nadie.

Bajó el arma y comenzó a relajarse. Todo era obra de su imaginación. Se sintió ridículo y cobarde. Miró hacia el escaparate. De súbito otra vez alzó el arma. No recordaba haberlo dejado cerrado. Dudó un segundo antes de abrir y casi zafa la puerta de un halón. Apuntó hacia adentro. Con el cañón de la pistola apartó con cuidado las ropas. Buscó bien, pero no había nadie.

Se sentó en la cama y comenzó a reír: «que paranoico soy, la soledad no es buena compañía» —se dijo. Tomó el libro en las manos. La novela era buena y ya le había aportado ideas para escribir dos cuentos. Lo que no le gustaba era el título, eso de La mujer adúltera le parecía muy simple.

Esta noche no leyó. Cansado como estaba se acostó hasta con el abrigo puesto. «La soledad no es buena compañía». Hacía quince días que no tendía la cama.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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