Latigazo (32)

Por Amaury Hechavarría Nistal

Pueblo chiquito

Mayo 2006

Hace 50 años Pueblo Chiquito era muy diferente a lo que es hoy. La gente criaba ganado y a no ser por los lobos que de vez en cuando se comían algún ternero, vivía tranquila.

Aquella mañana, la señora Luisa, ataviada como siempre con collares y vestidos elegantes se dirigió a la botica de Horacio. El doctor Menéndez y Horacio tenían un acuerdo. A no ser que las recetas llevaran la señal indicada, las pastillas eran de maíz y los jarabes, agua con azúcar aromatizada con plantas extrañas. Como eran recetas especiales Horacio las vendía a muy buen precio que luego compartía con su amigo el doctor Menéndez.

La señora Luisa quedaba siempre complacida y a la semana ya se sentía mejor. Pero por suerte para el doctor Menéndez y el boticario Horacio, a los quince días, algún otro malestar, requería nuevas recetas y nuevos jarabes.

Aquel día, justo antes de entrar a la botica, un encapuchado le arrebató los collares. Enseguida la señora comenzó a chillar, pero el encapuchado no perdió tiempo, saltó sobre el caballo del alcalde Lorenzo y huyó del lugar. Pronto se enteró el pueblo completo y todos los hombres, apremiados por los insoportables gritos de la señora Luisa, salieron a perseguir al encapuchado.

El nutrido grupo de jinetes, galopó un buen rato, pero el caballo del alcalde Lorenzo, que era el mejor de todos, se veía cada vez más lejos. Por su parte los gritos de la señora Luisa se dejaron de escuchar y la persecución perdió interés.

«Señores es imposible alcanzar al caballo de Lorenzo —dijo por fin el Sheriff —, lo mejor será regresar al pueblo y comenzar de inmediato la investigación». Cuando la cabalgata regresó, la señora Luisa yacía en la cama aquejada de un fuerte dolor de garganta. Por su parte doña Crecencia en cuanto vio los caballos se acercó nerviosa.

«Fueron dos y también estaban encapuchados —dijo llorando, ante la mirada atónita de los hombres que la escuchaban—, entraron con pistolas, amordazaron a los empleados del banco y cogieron todo el dinero. Antes de irse uno se acercó a mi hija Crecencita y el muy miserable la besó en los labios. «No se asuste señorita —le dijo—, las pistolas son de juguete».

Un mes después, no se hablaba de otra cosa en Pueblo Chiquito. Crecencita iba todos los días dos o tres veces al banco, a ver si tenía suerte y lo volvían a robar. También la señora Luisa iba a la comisaría dos o tres veces al día para increpar al «inepto sheriff». Por su parte Rufino el dueño de la tienda se quejaba de la nueva medida que le prohibía vender armas de juguete.

Sucedió entonces que una mañana la señora Luisa encontró sobre la mesa del comedor de su casa, los collares robados y una bonificación en efectivo. Varios días estuvo indecisa. Arregló el cuarto de baño, compró muebles para toda la casa y una docena de nuevos vestidos. Por fin se decidió y llevó los collares a la comisaría «porque una persona tan distinguida como ella, quería contribuir a la captura de los malhechores».

Con los collares se aceleró la investigación. Aparecieron las huellas de Horacito, el hijo del boticario y comenzó el interrogatorio. Para estos fines, el único dispuesto en todo el pueblo era el policía Macundo. Macundo poco tiempo utilizó las buenas y pasó rápido a las malas. Con las malas tampoco resolvió y abusó entonces de la violencia. A pesar de todo Horacito no hablaba y antes de que lo mataran a golpes, se presentaron en la comisaría Joaquinito, el hijo del tabernero y Juan Carlitos, el hijo del sheriff.

La noticia conmocionó al pueblo. El sheriff estaba indignado y propuso la pena capital para uno de los tres implicados. La elección sería por sorteo, se ahorcaría al elegido con la capucha puesta y los otros dos serían desterrados.

Por su parte la investigación continuaba. El sheriff mandó al policía Macundo con los collares para la ciudad: «A ver si con pruebas más exactas descubrimos al cuarto implicado, que fue quien escondió el dinero».

El alcalde Lorenzo estuvo de acuerdo con todo. La ejecución se efectuó en la plaza pública, en medio del vitoreo de unos y la repulsa de otros. El sorteo había recaído en Juan Carlitos. Fue también la última vez que se vio a Crecencita, los testigos afirman que la vieron irse llorando y que «seguro algún lobo se la comió». Pasaron varias semanas y el policía Macundo tampoco apareció. «Parece ser que vendió los collares y se quedó en la ciudad». Fue la declaración del sheriff.

Con el tiempo, la vida en Pueblo Chiquito recuperó la tranquilidad. Los años pasaron y llegó la electricidad, se construyeron escuelas y se hicieron caminos. El alcalde Lorenzo por dos veces fue reelegido. Solo Rufinito se quejaba, de vez en cuando, de la vieja medida que le prohibía vender armas de juguete.

Y así termina la historia del robo del banco de Pueblo Chiquito, como hace años me la contó Juan Carlitos. Él y Crecencita vinieron juntos para la ciudad. El sheriff les deseó buena suerte y se quedó con todo el dinero que luego compartió con su buen amigo el alcalde Lorenzo. Nunca nadie sospechó, que el ahorcado había sido Macundo.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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