Latigazo (35)

Por Amalia Santos

El compañero de viaje

Octubre 2005

Ocupó su asiento que era, como de costumbre, el de la ventanilla inmediata a la puerta; reclinó  el respaldo y se dedicó a examinar a los viajeros que abordaban el vehículo. ¿Cuál de ellos se sentaría a su lado? Esto era de  la mayor importancia, pues abundaban los individuos molestos: algunos por charlatanes, otros porque se salían de los límites de su puesto, y los de más allá porque roncaban. Su idea de un viaje satisfactorio -rara vez disfrutado-, estaba  vinculada al silencio y la paz: admirar el paisaje, alguna siesta, ratos de abstracción y planes para el futuro.

Marcelino volvió a la realidad: habían subido todos los pasajeros y el asiento vecino continuaba desocupado. Entonces, al ser llamado el primero de la lista de espera, su interés se renovó; era un hombre alto y delgado, con ojos escrutadores, sin equipaje, que se acomodó  con toda discreción. Durante el trayecto no hubo preguntas ni comentarios, de modo que el viajante de comercio, satisfecho,  pensó que muy, pero muy pocas veces, había gozado  la dicha de tener a un compañero semejante.

Después de algunas horas, el ómnibus entró por una calle interior y parqueó junto a otros; se anunció un tiempo para el almuerzo y los pasajeros descendieron entre comentarios. Los primeros  fueron el vecino de asiento de Marcelino, seguido  por este, quienes  juntos en la cafetería, no se  dirigieron la palabra. Solo cuando tomó el café, el enigmático hombre se permitió el  gesto de levantar la taza como si brindara, en lo que fue imitado por el otro.

Ya en el ómnibus, el viajante sintió una grata somnolencia, reclinó algo más el respaldo y cayó en seguida en un plácido sopor. Abruptamente, fue despertado por el chirrido de los frenos y un fuerte batuqueo, justo a tiempo para ver el camión que embestía al vehículo precisamente por el lugar donde estaba sentado. Todo se oscureció, pero no sintió ni siquiera el gran estrépito que ocasionó el choque.

Un instante después, abrió los ojos que cerrara instintivamente. El espectáculo que contempló fue horrendo: su propio cuerpo destrozado yacía sin vida entre hierros deformes, mientras el resto de los pasajeros, algunos de ellos ensangrentados y entre quejidos, trataban de salir del ómnibus. Fue en ese momento que sintió una mano huesuda presionarle el hombro y la voz de alguien que, detrás de él, lo conminaba:

—Vámonos. Ya es hora.

Se volvió y, dócilmente, siguió a su vecino de asiento.

 

*Primer premio en el concurso literario provincial  «La pluma de la punta brava», 2003

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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