Latigazo (39)

Por Amalia Santos

Madre

Febrero 2007

Incrédula, lo contempla con ternura. Intuye que debe luchar, le es imposible permanecer con los brazos cruzados y se acuesta sobre él intentando darle calor. Fue un parto difícil y doloroso que le dio la mayor felicidad de su vida.

—¡Un varón!

Abraza el cuerpo inanimado y lo acuna como puede. ¡Qué niño tan lindo! Sus enormes ojos parecían mirarlo todo con gran atención. Bueno, hasta el punto de que solo lloraba cuando tenía hambre. Saca un seno flácido y trata de amamantarlo. «Con esta leche te crié dos años para hacer de ti un hombre fuerte», piensa. Ahora tendría que servir de algo. Lo arrulla suavemente con viejas canciones de cuna, pasando después a recordar balbuceos y palabras iniciales.

Advierte alarmada que el cuerpo comienza a enfriarse y frota brazos y pecho mientras sus recuerdos la llevan al momento de los primeros pasos. Mueve con trabajo las piernas del hombre y después cuenta en voz alta y monótona hasta diez. Más tarde, serían las tablas, las conjugaciones, tareas escolares…

Lo que hace no es suficiente. Junta su pecho al de él y también une esa arteria que late en la muñeca a aquella inactiva. En sus pensamientos, el momento del abandono, cuando Pedro se marchó. Ella había hecho todo lo posible por evitar que el niño escuchara las discusiones. Tapa los oídos de la cabeza exánime y enseguida evoca la tarde en que le partieron la frente de una pedrada. Busca el lugar y besa dulcemente la cicatriz.

—No fue nada, mi cielo. Pronto se te pasará, no llores.

Y cubre con besos el rostro desencajado. Más tarde había…

Comprende que el cuerpo no reacciona, y nerviosa, pone todo el empeño en friccionarlo; el tiempo es esencial y se le está escapando. Con las manos en el corazón atrapa el ritmo de sus latidos y lo traslada al pecho del hombre. ¡Cuánto ardor deposita en tal faena! Repite la acción una y otra vez, y torna al enérgico masaje; besa los ojos. Entonces, muy cansada ya, cree notar un temblor en párpados y labios.

Debe percatarse y suspende las maniobras: hay un hálito, leve, muy leve. Es preciso continuar, imponerse a la fatiga. Sus manos renuevan el vigor en los movimientos, comunican el palpitar, los pulmones se vacían mientras un inmenso agotamiento la gana.

El joven abre los ojos, mira en derredor y, asqueado, se aleja del cuerpo de su madre que empieza a descomponerse.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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