El mensaje

-Soy yo, Lianet. Esperaba poder hablar contigo, pero bueno, en otro momento será.

Así decía el mensaje del contestador. Lianet, Lianet… sin dudas aquel nombre le sonaba pero no tenía idea de dónde. Pensó en novias, amigas, conocidas de la Universidad y en sus amistades de provincia. Buscó en su directorio telefónico, pero ninguna L con esas letras. Borró el mensaje como por inercia, pero no aceptaba la idea que fuera una equivocada.

Tres días después, de repente recordó. La muchacha de la boca gigante y los labios embaucadores, la de la cintura estrecha y la piel diluida. La había conocido en Matanzas y había recibido el NO del siglo cuando le confesó sus sentimientos. Ahora ese mensaje, a casi un año de aquello, no tenía ninguna lógica.

Tal vez se encontró su número por accidente, recapacitó y se dio cuenta de su error o simplemente llamaba a todas sus amistades para saludar. Alguno de los amigos que fueron con él seguro se quedó con su teléfono, pero… no, no valía la pena, una vez jugó con él y ahora podría pasar lo mismo. De qué valdría alimentar esperanzas que más de una vez quedan en miradas “adjetivos”, que sólo sirven para adornar.

Con ese pensamiento se fue a dormir y olvidó para siempre aquel mensaje. A cientos de kilómetros de su almohada unos ojos llorosos esperaban el sonido de un timbre para poder conversar.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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