Latigazo (46)

Por Antonio Berazaín (Bera)

Piratas del siglo XIX

Noviembre 2008

¡La época de piratas y corsarios! Confieso que mi infancia transcurrió entre lecturas de Emilio Salgari y viendo El cisne negro por la TV, con la cabeza llena de abordajes, garfios, babores y estribores, añorando no haber estado presente en aquel año 1555 y enfrentar, espada en mano, a Jacques de Sores en su saqueo a la Villa de San Cristóbal.

Pero, ¿es que ya no hay filibusteros por estos lares? Eché a andar mi imaginación y le pregunté al mismísimo Henry Morgan, a quien localicé en “La popa del perro”, un  cafetín de 7ma categoría cerca del puerto.

¡Truenos de Hamburgo! Sí, sí, quedamos algunos de la vieja guardia y otros más jóvenes que en algunos aspectos nos han superado. Y tenemos planes: vamos a comprar carros y navegar por las calles de La Habana.

Aquella revelación me dejó estupeabierto, o sea, entre boquiabierto y estupefacto.

-Por ejemplo, ya yo tengo medio comprado un Pontiac azul metálico del 54. Y para identificarme, en vez de la calavera con las tibias cruzadas, le pondré un letrero que dice TAXI, y ya tú sabes ¡a botear sin licencia! Nada de ONAT, ni declaración jurada. Y déjame decirte que hay tremendo embullo. El Corsario Negro va a conseguir un Cadillac oscuro y le va a poner “El Rayo” en un guardafangos. Francis Drake ya tiene un Lada sin traspaso para hacer bodas y quince. Y si antes dejábamos a los inocentes en medio del mar, con los tiburones, ahora los dejaremos botados en las paradas, a sol y sereno. ¡Por las barbas de Lucifer!

No salía de mi asombro cuando el capitán Blood se incorporó a la conversación.

-También estamos rescatando, y valga la redundancia, el comercio de rescate, el contrabando. Queremos controlar varias tarimas de agromercados para este fin. He visto algunos precios que, por menos que eso, salían a relucir los sables en el mercado agropecuario de la Isla Tortuga. ¡Diantre!

Pero es que no he visto a nadie con indumentaria pirata – dije. Quiero decir, un parche en un ojo, un pañuelo en la cabeza, algo así como la imagen que está en la lata de la cerveza Bucanero.

Se acercó un hombre alto. Llevaba un desmangado, short a cuadros, tenis deportivos y una gruesa cadena de oro. ¿Sabes quien soy? –me dijo sonriendo, al tiempo que dejaba ver una tenue cicatriz en la cara. En la mano portaba un teléfono celular.

Solo el haberme leído varias veces “La isla del tesoro” me hizo reconocer al instante al mítico Long John Silver.

-Somos los piratas del siglo XIX, ¡Por el tridente de Neptuno! –decía, al tiempo que daba saltitos en el lugar. Evidentemente, había sustituido la pata de palo por una moderna prótesis.

Entonces, comprendí que había llegado una nueva oportunidad de enfrentar a los piratas que atacan la Ciudad. Incluso, espada en mano.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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