Latigazo (51)

Napoleón y Josefina

Por Juan Ángel Cardi
Abril 2002

NAPOLEON, que tuvo la originalidad de ser el primer tipo que dijo que él era Napoleón, resultó ser un corso que tenía el complejo de que le iban a robar el reloj del chaleco. Además, a pesar de ser un hombre bajito, tenía la ambición de ser un hombre grande, para conseguirlo hizo dos cosas de lo más ingeniosas: usar tacones de tres pulgadas de alto y meterse a general, que era un oficio que prometía bastante por entonces. Como quiera que los generales solteros eran muy mal vistos por las personas sensatas, Napoleón se encaramó una tarde en una silla con la deliberada estrategia de enamorarse a primera vista de Josefina de Beauharnais, bastante natural de la Martinica, quien tenía la ventaja -ventaja para el difunto marido- de ser una viuda de lo más alegre. Esa fue la primera conquista de Napoleón y la segunda de Josefina, por lo cual la anotación se puso dos a una apenas comenzaron el juego. Napoleón, que tenía un concepto muy respetable de la guerra y sus derivados, pasó la luna de miel a caballo rumbo a Italia, en tanto Josefina la pasaba mirando con ojos de Josefina a un apuesto y marcial húsar denominado Hippolyte Charles y lanzando unos suspiros tan profundos que provocaron una lamentable epidemia de resfriados en París y sus bucólicos alrededores.

Aquí, como se ve, la historia nos presenta una pareja de amantes célebres que fueron célebres cada uno por su lado. Napoleón, atareadísimo en las labores propias de sus charreteras, conquistó Italia y conquistó a una tal Silvana Loren, que hacía en las calles de Roma una película neo-realista bajo la dirección de un ancianito llamado Vittorio de Sica. Entretanto, Josefina, en la intimidad tibia y voluptuosa de la Maimaisón, le cosía al apuesto Hippolyte los botones de la guerrera y de lo que no era la guerrera, todo lo cual no sería muy edificante, pero nadie pondrá en duda de que era entretenidísimo y, por otra parte, muy remunerativo para esos escritores de novelas y de guiones de cine que agarran la historia y se ponen a justificar, con el pretexto de la psicología, todas las porquerías que encuentran en las biografías de los personajes famosos.

Como es de suponer, por poco inteligente que uno sea, aquella situación no podía durar demasiado y no porque Napoleón fuera celoso, sino porque lucía feo que un conquistador de la talla de Bonaparte no tuviera un hijo que llevarse al imperio. Y como se sospecha con bastante fundamento que el esbelto húsar Hippolyte tampoco servía para eso, Josefina tuvo que darse por vencida y dejar libre la alcoba imperial a una señora llamada María Luisa de Austria, la cual tuvo la sabia precaución de llegar a Francia con un huevo debajo del brazo y no tardó en ampollar a un niño que iba a ser nada menos que el rey de Roma, de quien se hablaría mucho para que él se entretuviera en asomar la corona llegado el caso de que en cualquier parte se estuviera hablando de él. En resumen: los amores de Napoleón y Josefina vinieron a demostrar dos cosas: a) la importancia de la inseminación artificial y b) que emperador que se duerme, hippolyte que se aprovecha.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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