Latigazo (53)

El conejo y su posición moral ante el mundo

Por Évora Tamayo
Noviembre 2002

Siempre nos resultará sospechoso aquel señor que señaló al perro como el mejor amigo del hombre: o pecó de convencional o reflexionó con muy mala intención. Ningún perro, por sato que sea o prosapia que tenga, resiste la menor comparación con ese benefactor de la humanidad que es el conejo, ya sea estofado, en fricasé o asado en su propio jugo. Fue convencional y hasta superficial, digo, porque desatendió el valor del resto de los mamíferos en beneficio del perro, y su mala fe no tiene discusión, por cuanto atribuyó en perjuicio del conejo supuestas bondades al perro, cuando en realidad la humanidad debía quitarse el sombrero ante quien realmente le brinda la posibilidad no solo de la subsistencia, sino además, el regocijo espiritual que provoca un excelente conejo frito.

Creo, sinceramente, que existe toda una campaña para demeritar los valores del conejo ante los ojos del mundo. En primer lugar, han sido los escritores de fábulas quienes más han colaborado en esta campaña para desacreditar al conejo. ¿Quién no recuerda la calumniosa fábula de la carrera entre el conejo y la tortuga, y cómo esta última burla al óptimo velocista de caminos? Patrañas semejantes han funcionado de generación en generación, resultando vencedora, no la tortuga, sino… una vez más, la mala fe.

Ante los desaprensivos ataques de que son víctimas los conejos, pienso en la enorme cantidad de conejillos de indias, valientes colaboradores de la ciencia, que aceptan resignados que los sometan a los más increíbles experimentos de laboratorios en aras de salvar luego valiosas vidas humanas. ¡Qué otro animal ha contribuido más desinteresadamente al desarrollo de la ciencia que el conejillo de la india! Ninguno. Y menos que ninguno, el perro.

Consideremos, por ejemplo, algunos aspectos que confirman nuestras sabias opiniones. La piel de ambos es muy semejante en suavidad, en textura, en color… Cualquiera de nosotros sería capaz de usar pantuflas de piel de conejo, sin que por ello nos saliera al paso alguna sociedad de amigos de los animales a acusarnos de crueldad. Al contrario, la industria nacional se beneficia con la venta de bonitos bolsos de piel de conejos y hasta encontramos épocas en las cuales era un distintivo de orgullo traer colgado al cuello una pata de conejo como amuleto protector. Nadie se horrorizaría al ver pasar ante sus ojos a una joven que lleva resguardadas sus manos en un manguito de piel de conejo. Nada mejor para calentarnos las manos en los días invernales. Bien. Si algunos de ustedes tienen el valor de imaginar a una señora de bondadoso semblante sacando en la guagua un monedero de piel de perro, probablemente la calificarían de inhumana. Sería una señora cruel. Y menos aún podríamos aceptar que un amigo nuestro trajera colgado al cuello una pata de perro, ni como amuleto, ni como adorno, ni como nada. Resultaría tan chocante como quienes no tienen escrúpulos en exhibir sobre el pecho -casi siempre velludo-, un diente de jabalí. Hasta se aceptaría un diente de cotorra (si es de verdad que vamos a ser excéntricos), si las cotorras tuvieran dientes. Hace rato que los amuletos quedaron atrás, y cuando en la calle encontramos alguno, nos parece oír el eco del chillido de los dinosaurios.

En simpatía, es indudable, que tanto el perro como el conejo ejercen una peculiar atracción sobre los seres humanos y las señoras solitarias. En fin, es preciso reconocer que, tanto el uno como el otro, despiertan simpatía. Pero un conejo siempre despierta algo más. No se conoce un solo caso en la historia del mundo en que un conejo haya atacado al hombre, ya sea para devorarlo o hacerle correr asustado… como un conejo. Sin embargo, es absolutamente imposible afirmar lo contrario acerca del perro.

Un perro, en cuanto sorprende o descubre a alguna persona a su alrededor, reacciona de inmediato de dos maneras: o le muestra los dientes en forma amenazadora, o lo que es peor y más humillante, nos empieza a oler de una manera descarada, casi siempre ante testigos y dejando que su húmedo olfato rastree invisibles caminos en las partes de nuestro cuerpo que en otros tiempos llamaban «pudebundas». Y que ahora suelen llamarlas por su nombre y apellidos y hasta ubican su dirección. Nada sabe el perro de estas desgraciadas circunstancias, pero debía saberlas, si de verdad quiere hacerse pasar por inteligente. Te huele o te muerde, en estas palabras se resumen las relaciones perro hombre. No se sabe qué cosa es preferible. Contra una mordida de perro, viene en nuestro auxilio la vacuna… Pero en cuanto a olernos, qué defensa cabe. ¿No se siente usted empequeñecido, ultrajado, avergonzado, cuando un perro le olfatea como si usted fuera el autor del crimen de la calle Morgue?

Un conejo jamás haría daño a nadie, ni siquiera cuando se le ingiere cargado de cebolla, perfumado con ajo, cernido de pimienta, y regado de generoso vino, que es como mejor demuestra el conejo su eterna amistad por el hombre.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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