Latigazo (55)

Látigo y Cascabel

Anónimo
Marzo 2005

Si les digo que soy una persona con un solo problema quizás puedan pensar que están a punto de conocer a alguien casi feliz. Pero no es así, no se engañen, pues esta situación me ha llevado más allá de los límites permisibles para la tranquilidad espiritual.

Para que me entiendan, voy a comenzar por el principio (que es la mejor forma de llegar a cualquier parte). Pues bien, resulta que mi familia es numerosísima y que está integrada mayoritariamente por mujeres. Las hay de todos los estilos, tipos y tamaños. Geniales, inteligentes y menos despiertas, pero siempre, y por sobre todas las cosas, mujeres. ¿Qué decirles? Por alguna razón que no alcanzo a comprender, la representación masculina es más bien escasa y siempre viene de otra parte, pues desde mi tatara-tatara-tararaabuela, la descendencia es femenina.

Hasta aquí, parecería que no hay problemas. Pero déjenme seguir. Estas mujeres, todas hijas, nietas, bisnietas y tataranietas de la primera, han utilizado un nombre básico, que combinan de las más diversas formas. De esta manera, tenemos a Ana María, Mariana, Ana Marta, Ana Elia, Ana Eva y así sucesivamente, y eso nunca ofreció dificultades. Pero un buen día de enero, cuando el invierno amenazaba con descargar un aguacero helado sobre el frágil cuerpo de mi futura mamá, llegó el que se convertiría en mi padre, ofreciéndole una botella en el carro de su empresa. Hasta ahí, todo iba bien (ya verán la que se arma después). El romance caminó como sobre ruedas- claro, si iban en automóvil- y dos meses más tarde, vestido blanco, cake, croqueticas de buffet, cerveza que no alcanzó, y luna de miel que tú conoces.

El amor. ¡Ah! El amor. Pasaron los meses y mi ya real mamá supo que estaba embarazada. Qué alegría tan grande saber que la población femenina aumentaría con otra niña. Todas fueron en tropel a ver la primera imagen de la bebé en el aparato de ultrasonido, pero entonces asomé yo mi nariz y todo cambió en la, hasta ese momento, monotemática familia. Sin creer en lo que sus ojos veían ni en lo que los médicos aseguraban, insistieron en mantener la tradición, y me impusieron su nombre, aunque con una ligera variante.

Nada me salvó de las burlas de los chiquitos del aula, quienes me llamaban por el sinónimo correspondiente, provocando que en el segundo día del curso ya yo me hubiera fajado con todos los varones de la escuela.

Así ha continuado mi vida hasta hoy. Aquellas gracias de primaria fueron subiendo de tono según avancé en mi vida profesional y personal, hasta que decidí firmar juntos mi nombre y apellido, como si fuera una sola palabra, para caer en nuevos chistecitos como el de que debiera de pedir derechos de autor sobre las frases que los verdaderos creadores no quieren firmar, o preguntarme si realmente me llamo así o lo hago para que me conozcan mejor en el mundo artístico. En honor a la verdad, a quienes me cuestionan así ni siquiera les contesto, pues hay que ser bien mal intencionado para no darse cuenta de mi inmensa tragedia, de este gran problema que no puedo resolver, y del cual, espero, sean ustedes solidarios cuando sepan que, dando vueltas por este mundo hay un ser que se llama “Ano Nimo”.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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