Latigazo (56)

Eva sin sombrero

Por Armantina Fernández
Noviembre 2005

La noticia galopó entre el elemento masculino de la ciudad: había aparecido el cuerpo de una mujer sin cabeza, y ¡qué cuerpo! Rotundo, bien formado, pujante. Por si fuera poco, era desinhibido y deseoso de entrar en contacto con personas del sexo opuesto. Carente de la mayoría de los sentidos, todos los hombres le venían bien: agraciados o feos, limpios o sucios, jóvenes o viejos, letrados o analfabetos.

Pronto fue preciso organizarse; del grupo surgieron voluntarios para ordenar la cola de las inscripciones, quienes se encargaron de preparar las cartulinas de los turnos y distribuirlas. Asimismo, redactaron un breve reglamento que todos debían aceptar, para comprometerse a dormir solo una noche con el cuerpo -si bien la noche completa-, y a usar preservativos.

La fila de aspirantes crecía con rapidez, pues cuantos resultaban beneficiados se convertían en divulgadores de los acontecimientos provocando la envidia general. Corrían historias fabulosas que exacerbaban la imaginación masculina, mientras el cuerpo, al sentir una ausencia indefinible, se empeñaba en dar más placer. Recíprocamente, los satisfechos usuarios con posibilidades quisieron hacerle regalos que se negó a aceptar, pues además de su impedimento para apreciarlos, tampoco podría hacer uso de ellos, pues nadie deseaba verlo con algo puesto.

Después de la agitación inicial, la cabeza comenzó a ser buscada con ahínco; era ella quien podría dar las explicaciones pedidas por todos. La gente comenzó a especular sobre el caso y se dividió en dos bandos: los que pensaban en el hecho como consecuencia de un esposo engañado, y quienes lo creían obra de una mujer celosa. Pero algo era seguro: el cuerpo no podía prestar declaración, y la otra parte estaba desaparecida.

Un considerable grupo de damas, fundadoras de cierta «Liga de la decencia contra las mujeres descocadas» (LIDECOMUDES), se reconocía autor de la tesis del marido burlado. Órganos partidarios del feminismo entrevistaron a la presidenta, quien pidió un escarmiento para el cuerpo, ante el temor de que otras mujeres siguieran su ejemplo. (Le habían llegado noticias inquietantes acerca de las intenciones de algunas afiliadas sobre decapitarse para ganar popularidad y galanteos).

La Liga se reunía en las proximidades de la cola masculina con la finalidad de observar a quienes se anotaban; no pocas señoras encontraron allí a sus esposos. Las miembro de LIDECOMUDES solían exhibir pancartas que proclamaban: NO QUEREMOS DESCABEZADAS;  ¡ABAJO EL CUERPO!, y ¡MUERAN LAS ACÉFALAS!

Hubo también algunos hombres adinerados aspirantes al monopolio del cuerpo, por considerar  un desperdicio el que este se fuera con cualquier fulano respetando el orden de la cola, en tanto ellos solo tenían la opción —como cualquiera—, a una noche. Al ser mayoría los infelices —que además, se sentían muy resueltos gracias a su paridad de derechos—, la pretensión de los solventes no se abrió paso, y estos, después de cumplir la finalidad copulativa, manifestaron su desprecio. De aquí que dichos personajes fueran conocidos en lo adelante como los «están verdes».

Mientras, las mujeres se sentían cada vez más envidiosas; perdón, quise decir, preocupadas por la moralidad ciudadana. Un corrillo de los que se formaban a diario en plena calle, daba calor a algunos comentarios:

—No sé qué ven en ella; ni siquiera le pueden dar un beso en la boca —argumentaba una de las damas.

—Tampoco acariciar su cabello —intervenía aquella muchacha de frondosa melena.

—¡Ni es capaz de practicar el sexo oral! —concluía la más joven de las congregadas, ante el furibundo gesto de censura de la mayoría.

Cierta noche, registrando un contenedor de basura, alguien vio una cabeza. Esta se deslizó para ocultarse y el individuo gritó pidiendo ayuda; pronto varios noctámbulos se unieron a la búsqueda. En poco tiempo la atraparon por el cabello, sucia y maloliente, para ser entregada a un policía. En la estación, luego de limpiarla un poco, fue contemplada con sorpresa. Era una faz grotesca nada armonizante con el delicioso cuerpo que traía locos a los varones: orejas enormes, nariz y boca como las de un chimpancé, párpados caídos y escaso pelo.

Al interrogatorio dio una explicación simple: el cuerpo la aborrecía por su fealdad que hacía despreciable al conjunto. Aquel, anhelante de amor y admiración, a los que no podría aspirar con tal rostro, decidió separarse y que cada cual continuara por su lado. A ella no le gustaba la idea, pero comprendía las razones aunque la perjudicaran. Nunca  pensó en hacer acusación alguna ni comprendía por qué la habían detenido. ¿Acaso se había cometido algún crimen? Tampoco suicidio. Permaneció oculta por vergüenza de su deformidad y salía solo de noche a alimentarse en los basureros.

Al concluir la historia se sintió mejor y los hombres que habían sido fascinados por el cuerpo, sintieron ahora respeto ante la inteligencia y los buenos sentimientos guardados por el cerebro.

Después de ser puesta en libertad, estudió y llegó a convertirse en una exitosa asesora de empresarios. En tal desempeño, la admiración de quienes la rodeaban —muchos pertenecían al grupo de los «están verdes»—, los llevó a olvidar su monstruosidad.

Pasó el tiempo. El cuerpo, manoseado y sujeto a una vida disipada, envejeció; la piel perdió la tersura, várices y celulitis hicieron su aparición, y los senos, cansados, se recostaron a las costillas. Comenzó a decaer el interés, y la fila fue disminuyendo hasta extinguirse. Tras tanto asedio, nada hubo sino soledad y desamparo. La cabeza, cuando lo supo, fue en su busca; al fin y al cabo estaba deseosa de tener manos para rascarse. Concertaron el reacople y vivieron en armonía sus últimos años.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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