Latigazo (57)

La cena

Sin autor
Diciembre 2005

Parado frente a la ventana aspiró el aire fresco del décimo piso. Satisfecho de la cena, se disponía a partir. Por última vez la contempló. Con los muslos desnudos yacía muerta sobre el sofá.

Se habían conocido en una parada la noche anterior. Estaban distanciados uno del otro. Ella lo miraba, su forma enigmática y sensual le provocaron fantasías sexuales: historias de despojos y forcejeos en la que ella llevaba la peor parte y era poseída sin remedio.

Con pasos seguros se acercó a ella. La miró fijo a los ojos. —Tienes unos ojos hermosos y tu boca…  cualquiera diría que quiere comerme. Su voz la derritió aún más. Bajó la cabeza. «¡Qué hombre!» Pensó mientras se recuperaba de la impresión. Levantó la cabeza y sonrió. La conversación continuó. Ambos se animaron. —Yo vivo sola en un apartamento lleno de cosas lindas. ¿Me invitas a cenar mañana? —Preguntó él.

La pregunta la sorprendió. Titubeó y dudó un poco. «Por qué no hoy mismo», pensó. Su ómnibus había llegado y tenía que decidir rápido. —Está bien, te espero mañana a las nueve.

Esa noche casi no pudo dormir. Se levantó al amanecer, limpió y recogió todo a pesar de que todo estaba limpio y recogido. Al mediodía salió hasta el mercado. Compró todo lo que necesitaba para preparar la cena, además velas, inciensos y seis botellas de champagne para crear el ambiente adecuado. Por último compró a un yerbero un preparado a base de raíz de garañón, hierba Luisa, semillas de Macagua, carapacho de carey, cresta de gallo y tarro de toro. —Con dos goticas se garantiza potencia para toda la noche, explicó el vendedor.

Regresó a la casa y puso manos a la obra. Cocinó su especialidad de pollo con almendras. Agregó tres chorritos del preparado que le vendió el yerbero. Lo pensó mejor y agregó tres más. Puso la mesa con mantel y copas de la boda de su abuela. Colocó las velas y los inciensos en lugares adecuados, un disco de Kenny G en el equipo de música y entre los cojines del sofá dos paquetes de preservativo. «Por si no da tiempo a llegar al cuarto».

Con todo  listo se bañó y lavó la cabeza. Salió  envuelta en una toalla que dejaba desnudos sus muslos. Parada frente al espejo contempló su figura. El atuendo  le parecía ideal. Luego analizó otras posibilidades y entonces escogió un vestido. No cubría más que la toalla pero tenía la ventaja de que era casi transparente.

En los trajines del peinado y el maquillaje consumió su última hora. Ya eran las nueve menos diez. Se puso un par de zapatos altos y fue hasta el comedor. Encendió las velas y los inciensos y conectó el equipo de música. Fue hasta el sofá y se sentó a esperar.

A las once ya no sabía cómo acomodarse. La depresión se apoderó de ella y rompió a llorar. —Por qué me pasan estas cosas a mí—, decía entre sollozos. Pensó en las pastillas para dormir. «Con quince o veinte resuelvo y luego que le quede el cargo de conciencia».

A las doce llegó. Tocó el timbre y ella rápido abrió. El llanto le había arruinado el peinado y el maquillaje, pero tenía hinchados los labios y esto le daba un aire de sensualidad. —Disculpa la demora, fue todo lo que él dijo.

Verlo parado ahí, justo frente a ella, la llenó de alegría y casi salta como una colegiala. Lo tomó del brazo y lo llevó hasta el comedor. Las velas aún ardían y el humo de los inciensos no se había disipado del todo.

—Voy a poner la música. —No hace falta—, respondió él, sosteniéndola por el hombro. Miró de soslayo la mesa y sonrió irónico. Con la otra mano él le agarró el cuello. Ella ya excitada por su trato enérgico, cerró los ojos y acercó sus labios a los de él…

Un extraño gruñido la hizo reaccionar. Abrió los ojos de inmediato y vio los terribles colmillos. Paralizada por el miedo y bien agarrada por él, apenas pudo moverse. Lanzó un grito de terror. Los colmillos se clavaron en su vena yugular. El dolor fue inmenso. Sintió cómo chupaban su sangre y perdió el conocimiento.

A la luz de las velas y el aroma de los inciensos, él chupó un rato más. Cuando terminó la cogió en sus brazos y la acomodó en el sofá. Tardó  un tiempo antes de transformarse  y decidirse a volar. Ya no tenía apuro. Había sido su tercera cena de la noche.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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