Latigazo (61)

Esbozo

Por Alejandro Delgado Castro
Junio 2007

Death lies in the eyes of the beholder. Jadeos. Pie que golpea al próximo pie, sentidos en alerta, continuidad de la respiración, falta del aire, pastoso y malquistado con el respirar. Esquema de carrera, hombre en movimiento, bólido. Las calles, sucesión de paisajes que sustentan rostros. Barro, muladar, callejas, semicalles, cuasicalles, calles sucias, calles, grandes calles, calles nítidas, interrupción de las calles con la interrupción del tiempo. Rostros, dignos de cada calle. Un hombre con una necesidad. Hombre falto, desgajado, desgarrado. Hombre incomunicado. Hombre con la temible necesidad de decir que ama a una mujer.

En particular, necesidad, no por ello menos importante, de decírselo a una mujer. Mujer al final de los rostros. O de las calles. Ella que piensa irse así sin más, como si no tuviera yo el coraje de pedirle que se quede. Y todavía me dicen que pedirle que se quede es una gran pendejada. Pero aquí no hay miedo. Yo llego antes de que ese tren salga como que es seguro que salió esta mañana el sol. Es solo esta maldita ciudad, que alguien hizo tan grande.

Pasos. Orden en los pasos que se suceden. Caminata pausada, pesada, pasada, paseada. Tendidos eléctricos. Postes. Crónica sucesión de postes. Postes de concreto, que imitan los antiguos soportes de las paletas de helado, o las figuras plásticas de construcción, juguetes infantiles que imitan a los postes de concreto. Postes antiguos, de la madera parda, madera de monte recio, que se ha tornado blanca, plateada por las sales y las estrías salvajes de la lluvia ácida. Postes de remate metálico, donde el aislante corona, como estatua de Rapa Nui, al gigante gris con el tocado rojo, rojo vino, cerámico, como barrio de la vieja Atenas. Un hombre con una decisión. Hombre entero, íntegro, redundante en su totalidad, monolítico. Hombre armado, hombre desamado. Hombre con un cuchillo. Mujer en el remoto final de la punta del cuchillo escondido. O después de los postes.

Ella piensa irse así sin más, como si yo no tuviera el coraje de hacerla quedarse. Pero ahora se va a enterar. A mí nadie me deja, ni por otro hombre ni por otra ciudad. No tengo miedo. Si tengo que usarlo, lo uso. El tren sale en media hora, tengo tiempo. Es solo esta endiablada ciudad, con tanto poste.

Empedrado. Adoquín tras adoquín, en una rigurosidad aplastante. Charcos, sí. Oquedades húmedas en la piel del dragón de adoquines. Agua barrosa, agua sucia, agua libre de larvas de mosquito, agua-paraíso de los estafilococos. Sombras a los lados, largas sombras que cobijan, atractivas. Adoquines en orden transversal, intersección de adoquines, encuentro de calles. Sombra repentina, repulsiva. Accidente. Este hombre observó con detenimiento la caída de las hojas a su alrededor, la expresión de espanto inevitable que le rodeaba y en un momento de angustia infinita, temió lo peor… Muerte instantánea.

He sido tan estúpido como para no decirle nada. He perdido la oportunidad de no sangrar por la herida que no tuvo que abrirse. Pero aún tengo tiempo. El tren sale en media hora, más o menos. Tengo que apurarme. Teng… [Sangre en los charcos, sí.] Árboles. Grandes hojas, con tallos gruesos y texturas de lino y algodón. Pequeñas hojas, quebradizas, con formas de ornatos y fractales. Coníferas, salvia reluciente, chorreante, y de nuevo grandes hojas, fronda. Alboroto. Multitud que se congrega alrededor del cadáver de un pobre tipo que ha muerto en un accidente. El cuchillo, casi resbala bajo la ropa. Ya está de nuevo en su lugar. El camino a la estación de trenes, adoquinado. La estación, muy cerca. Mujer al final del camino. O casi muerta, por accidente.

El otro apartó el papel de sí, suspiró de contento y para hacer más burda la escena, sonrió y dijo:

—Venga, y por qué no lo escribe si ya tienes todo el argumento del cuento. Solo faltan los detalles—.

El hombre asintió brevemente, por pura formalidad literaria. Luego la brisa que entraba por la ventana trajo el sonido, cada vez más grave, de un tren que se alejaba. El hombre miró e imaginó las calles, más allá de los postes y los árboles y se acomodó el maldito cuchillo.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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