Harry Potter botado en la autopista

Harry AutopistaPor Rodolfo Romero Reyes

(Basado en hechos reales)

Hermione, Ron y Harry Potter fueron de vacaciones a casa de la muggle Yanet, quien vivía en la «zona industrializada» de San Andrés, en Pinar del Río. Realmente su casa se ubicaba a uno de los bordes de la única carretera que tiene aquel poblado, un recóndito lugar del municipio La Palma.

Después de pasar tres días maravillosos en casa de su amiga, los tres ilustres aprendices de magos, decidieron regresar a la capital. Como no tenían pasajes de regreso, escogieron la vía aparentemente más fácil: «pedir botella» en la autopista.

Vamos, no debe ser difícil — animó Harry.

—Seguramente nos vamos rápido— pensó Hermione.

Solamente Ron se mostró indeciso. Eso de andar botados en la carretera le daba un poco de mala espina. Lo peor era que Dumbledore les había prohibido utilizar magia durante los meses de julio y agosto.

Una vez en la autopista, comenzaron a sufrir diferentes padecimientos clínicos, conocidos como «síntomas de carretera»: aquellos que son producidos por la mezcla de asfalto con rayos pinareños de sol. Los síntomas están estrechamente vinculados al tiempo de espera, tienen modos distintos de manifestarse y solo los sienten los jóvenes magos.

Durante los primeros 30 minutos padecieron de Optimismus Ignorius. Como consecuencia Ron se reía de los choferes que no paraban, Hermione le hacía seña a cuanto camión o rastra pasara por allí y Harry repetía cuando veía una silueta a lo lejos: —Tú verás que ese sí nos va a parar.

Durante la segunda media hora, los jóvenes magos empezaron a sentir Preocupacione Disimulati: Ron se acercó a otros que esperaban también y les preguntó si normalmente se pasaba mucho tiempo en la autopista; Hermione se justificaba diciendo: —Es que somos tres, a lo mejor, si yo estuviera sola, algún carro me pararía. Harry solo tenía en mente una interrogante: ¿Qué hacer si les sorprendía allí la hora del almuerzo?

Pasaron 60 minutos más y alrededor de 49 vehículos, según la cuenta de Harry.

—Esto no puede estar pasando— afirmó Ron mientras era el primero de los tres amigos en sentir Reflexionus Preofundis. Mientras Hermione desistía de hacer señas según ella para: «guardar fuerzas por si la espera se extendía».

Después de dos horas los chicos padecían Tristesis Irremediblis. Ron andaba cabizbajo, Hermione apenas pronunciaba palabras y Harry solo sabía lamentarse: —Mira que tenemos mala suerte, la único que falta es que empiece a llover, tú verás, mira, ya se está nublando el cielo.

Justo cuando llevaban dos horas con 50 minutos empezaron a sentir Desisperaciones Apingantis. Hermione, en pie y otra vez activa, le recordaba a gritos la progenitora a todos los choferes que pasaban vacíos y ni siquiera la miraban; Ron maldecía en muy mala forma al clima, al sol y al bloqueo norteamericano; Harry solo repetía: —Es la última vez que vengo a Pinar del Río, la úuuuuuuultiiiiiiiiiima.

De repente, una guagua frenó a unos metros de los muchachos. Como legendarios atletas atenienses corrieron hacia ella con los 20 pesos en la mano. Subieron y automáticamente se sumieron en el Olvidus Supreme, último de los síntomas que anunciaba la cura de la temible enfermedad. La alegría era tanta que inmediatamente olvidaron todo el mal rato, la eterna espera, los choferes indolentes.

Una vez sentados —por supuesto, en el pasillo de la guagua— a Hermione se le aguaron los ojos de la emoción, Ron sacó un pomo con las últimas gotas de agua que ya ahora las podía tomar y Harry entonces comentó: —Para la otra traemos las varitas y hacemos magia.

A su lado, un joven pinareño, quien había subido junto a los primerizos magos, escuchó las palabras de Potter y le preguntó, sin ni siquiera conocerlo: —Y que hacemos los que no somos magos.

Los muchachos hicieron silencio. El pinareño volvió la espalda y se tomó una dosis de Resignation Totale, un brebaje que preparaba su abuelo y que por más de tres años que el chico llevaba estudiando en La Habana, le había evitado sufrir los «síntomas de carretera».

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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2 respuestas a Harry Potter botado en la autopista

  1. Alejandro dijo:

    Hacía rato que no venía, pero qué bien que no has perdido el sentido del humor.

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