«Suspence» en la línea del tren

latigo_0Era el año 1999, quizás el 2000 o mejor, 2001. Con el ánimo imberbe, el riesgo de la adolescencia y el ambiente natural que se respira en las calles de Guanabacoa, estos cinco amigos salían semana tras semana a buscar materia prima para ganar el chequeo de emulación.

La escuela secundaria podría llamarse por ejemplo, Víctor Muñoz. Sí, porque no siempre las escuelas se llaman como los mártires más populares. Y ellos, que quizás solo sabían que él había tenido la iniciativa de celebrar el día de las madres en Cuba, sentían un orgullo muy grande por pertenecer a aquel centro de «referencia municipal».

Digamos que el chequeo de emulación era solo un pretexto para ganar más puntos y hacer que aquel 9no 14 fuese el mejor grupo de la escuela. Digamos también que recoger latas era solo una justificación para salir todos en bicicleta, con sacos vacíos en las manos, por toda la avenida «Corral falso» hacia abajo y pasar la tarde visitando los rumbos, el CUPET o cualquiera de las cerveceras del municipio, en cuyos cestos de basura pudieran encontrar laticas de cerveza, pomos plásticos o botellas de cristal.

Con sus 14 o 15 años recién cumplidos, aquel grupo de amigos, pioneros todos, no reparaban en lo mal visto que podía resultar para los transeúntes ver a un grupo de niños registrando la basura. Lo importante era la emulación, la rivalidad, las latas y desandar Guanabacoa en bicicleta.

Pero un día en el que apenas encontraron latas, las bicicletas estaban ponchadas y los ánimos andaban por el suelo; los cinco amigos decidieron buscar un nuevo sendero para sus aventuras adolescentes y marcharon rumbo a la línea del tren, donde alguno de ellos auguró encontrar grandes depósitos de materias primas.

Después de caminar unos 200 metros y tras llenar un saco y medio de latas, uno de los niños encontró un pomito lleno de refresco de Cola. Tras anunciar el hallazgo los otros muchachos se acercaron, dudosos. El más atrevido abrió la pequeña tapa y todos escucharon el potente pssssss, que produce el gas de la refrescante bebida.

¿Qué hacía un pomo de refresco gaseado en medio del ferrocarril? Seguramente algún niño lo había lanzado por accidente desde la ventanilla de un tren. Sin pensarlo dos veces, los niños «refrescaron» su sed como premio de aquella jornada pioneril.
Con las fuerzas renovadas siguieron camino. De repente otro de los muchachos se lanzó a correr y tres metros más adelante alzó su mano en señal de triunfo. En ella apretaba otro pomo, también de Cola. Los adolescentes saltaban de alegría y compartían el líquido, sorbo a sorbo.

Ahora, además de las latas, los niños tenían otra motivación, ya que en cualquier lugar aparecería de un momento a otro el preciado líquido que calmaría su sed. Entonces, el más alto de los muchachos divisó entre la yerba, el tercero y último pomo de refresco de aquella jornada vespertina. Esta vez, era de naranja. Corrió más que el resto de sus compañeros, quizás porque era su sabor preferido.

Abrió la tapa, alzó el pomo y echó un inmenso buche de líquido en su boca. Pasó el pomo, como quien pasa el balón, a su compañero más cercano. Este último intentó llevárselo a la boca, cuando un grito lo hizo detener su impulso: -¡¡¡Esto es meao, coño!!! Dijo el primero escupiendo el líquido que, por fortuna, no había tragado del todo.

Los demás estuvieron dos horas desternillados de la risa. Aquel pomo de «naranjita» sería el martirio del pobre desdichado, a quien el chucho acompañaría incluso en los años que estudió en la CUJAE. Aunque él pidió que nunca se contase tal incidente, tuvo la mala suerte de que uno de aquellos amigos estudió periodismo, y un día de esos en que no bajaban las musas y se acercaba la fecha de entrega, escribió aquella historia para la sección de una revista estudiantil. Pero su amigo lo perdonó. De todas formas, ya habían pasado 12 años y el suceso no había dejado traumas o consecuencias, con excepción de un detalle: cada vez que ese amigo necesita una bebida para acompañar el almuerzo, pide limón o cola porque, según él, el refresco de naranja le deja un sabor raro en la boca.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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