El dilema de los diez pesos cubanos

10 pesosPor Rodolfo Romero Reyes

Iba apurado. La reunión empezaría en 10 minutos y yo todavía estaba como a 6 paradas del lugar. No había señales de la guagua. Recién había cobrado pero tengo una máxima que intento cumplir: nunca montarme en un almendrón a no ser que sea estrictamente necesario. Cuando quedan solo 5 minutos, tomo la billetera y estiro la mano. Monto con cara de sufrimiento. Diez pesos por solo unas cuadras ¡vaya estafa!

Justo en el momento que el chofer acelera observo por el retrovisor que viene la guagua. Pienso en bajar, decir que olvidé algo, pero me da pena con el chofer del almendrón, con mi jefe que me espera puntual y hasta conmigo mismo y con el amor que le tengo a un billete de diez pesos cubanos.

Bajo del carro, me despido de Máximo Gómez y camino por la acerca a toda velocidad. Miro hacia adelante y esta ella, que viene con todo su glamour, tomando un refresco que imagino de limón. La miro de arriba abajo como hacía meses no tenía el placer. Ella me saluda y sonríe. Sonríe porque sabe que está sexy y que es bonita, y porque tiene la falsa creencia de que todos los hombres que conoce se enamoran de ella o sencillamente son unos idiotas.

La miro fijamente a los ojos para no hacerlo indiscretamente hacia otra parte. Mi mente ahora mismo teje fantasías con el espejo que -me contaron- tiene frente a la cama y me imagino en su cuarto, devorando uno de esos potes de helado de chocolate que abre siempre en momentos de depresión. Sin embargo, el autocontrol es más fuerte y termino haciéndole la pregunta más usual de todos los que estamos en quinto año: ¿Cómo te va con la tesis?

Y ella me habla, y me explica, y yo me imagino sus piernas, esa boca en la mía, la lengua. “Es que la gente no está pa´ eso”, dice en algún momento. Y yo le respondo: “Es verdad”. Yo soy el primero que no lo estoy. Pero me mantengo firme, sin quitarle la vista de los ojos. Es puro deseo, lo sé, pero no me importa. También sé que en medio minuto no podré llevarla a la cama; por eso hago finalmente algo sensato: me despido. “Ando apurado”, le digo. Mentira. Si me invitara a su cuarto, a su espejo, a su espalda… dejaría hasta la reunión con mi jefe. Pero no dice nada, yo tampoco y le beso la mejilla, antes de salir a todo caminar.

No volteo. Me muero de ganas por virarme para, masculina y descaradamente, observar si ha bajado o subido de peso, si el jeans le queda justo o es de los que deja espacio para fantasear. Pero no. No viro el rostro por temor a que ella haga lo mismo, se percate de mis ganas y me saque para siempre del bando de los idiotas.

Camino y ahora casi corro para no llegar tan tarde. “Disculpen”, digo. “Tuve incluso que coger un carro”, me justifico. “Pero valió la pena ¿no?”, enfatizo, y todos en la reunión, como si la imaginaran, asienten con la cabeza.

Abril 2010

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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2 respuestas a El dilema de los diez pesos cubanos

  1. jajaja que cómico este articulo. pero eso benditos 10 pesos que uno le regala al chófer de la maquina por no pasar 1 hora esperando la guagua

  2. Mary dijo:

    Seguro que vale la pena leer este post 🙂

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