Por caerle a tiros a la policía

Por Rodolfo Romero Reyes

Las cosas que ocurren en el Pre deben quedar en el Pre. Son como secretos de una cofradía que nunca deben revelarse al mundo exterior. «Lo que pasa en La Lenin… se queda en la Lenin», así decíamos en nuestra graduación ¿te acuerdas? Pero hoy romperé aquella regla de oro porque hay anécdotas que merecen ser contadas. Por ejemplo, ¿cómo alguien de un preuniversitario puede ser detenido por la policía y acusado de, prácticamente, iniciar un tiroteo?

Para eso en primer lugar debías ser de la graduación 31 de esa escuela vocacional y haber estudiado en el grupo 5. Sí, era obligado que estuvieras en el 5, no solo porque el autor de este texto también haya sido del Alto Rendimiento en Matemáticas, sino porque solo si estabas en ese grupo podías ser compañero de Osiel y, un domingo o un sábado en que estuvieran de guardia, él podía traer de su casa una pistola de calamina.

En todos los preuniversitarios hay ametralladoras AKM de calamina que son utilizadas en las clases de Preparación Militar (PMI), pero en muy pocos hay pistolas. Por eso, si te llamas Carlitos (sí, debías llamarte Carlitos porque de esa forma serías hijo de la profesora más exigente que haya sido jefa del Área de Internado de la Unidad 5 y cuando cometieras una indisciplina tu castigo sería el doble que el de los demás), seguramente una pistola llama mucho tu atención. La puedes llevar en la cintura y sacarla como hacían los pistoleros en el oeste.

Claro que, si estás de guardia, seguramente quieres fugarte para «El Vaquerito», el centro recreativo más cercano de tu escuela. Pero si te llamas Carlos, seguro invitas a tus amigos Arley, Octavio y Rodolfo a fugarse también. De más está decir que aventurarse contigo era más peligroso que hacerlo solos. Pero nada, te acompañamos porque somos tus amigos y porque el profesor que está de guardia en el Bloque Central no es nadie conocido.

Salimos por un trillo y cruzamos la carretera Central. Atravesamos la callejuela que nos separa del bar, dispuestos a tomarnos unas cervecitas. Pasa un carro patrullero; policías que andaban de ronda seguramente. Pasan por nuestro lado y ni nos miran porque vestimos de ropa de calle y podemos ser jóvenes fiesteros del municipio de Arroyo Naranjo. Pero ¡ah!, maldita tentación. Tuviste la genial idea de sacar de tu cintura la pistola de calamina que todavía llevabas contigo, apuntar al auto por detrás y gritar como un niño de 5 años de edad: ¡Páguata, páguata, páguata!

Enseguida guardaste el arma pero ya el chofer había frenado en seco. El resto del cuento se hace rápido: nos pidieron el carné y solo teníamos la tarjeta de pase, nos acusaron de querer asaltar el bar con una pistola de calamina intimidando al cantinero, nos querían llevar para la escuela y nosotros explicando que tú eras el hijo de Maritza, tú diciendo que aquello era solo una broma y ellos que te querían esposar, nosotros inventando argumentos y dudando de la capacidad de razonamiento de los policías… en fin.

¿Cómo terminó la discusión? Te metieron preso en la patrulla y nos dijeron: Expliquen en la escuela que nos lo llevamos para la unidad.

Entonces viene una parte del cuento que yo al menos desconozco. El momento en el que, cuando viste que el carro enfiló hacia la derecha y la escuela quedaba hacia la izquierda, pataleaste, suplicaste, imploraste y los convenciste de que te llevaran para la Lenin. Cualquiera de nosotros hubiera hecho lo mismo. Siempre tu mamá era mejor opción que el calabozo.

Vimos esperanzados como entrabas triunfal pero esposado por la garita de la entrada. Ya en el Bloque Central te quitaron las esposas. Las autoridades informaron el incidente al maestro que estaba de guardia y aseguraron que confiscarían la pistola.
El profesor nos dio un fuerte regaño que soportamos con dignidad a cambio de que nos guardara el secreto con tu mamá, y de que nos permitiera regresar a El Vaquerito para comer algo porque teníamos tremenda hambre y el comedor había cerrado temprano.

Ya sentados en el bar, tomamos dos cervezas cada uno y nos reímos del tonto incidente, de las fabulescas teorías de los policías y del susto tan grande que los cuatro habíamos pasado. Solamente obviamos un detalle.

A nuestro regreso al albergue, bien entrada la noche, tuvimos que aguantar un interrogatorio más brutal que el de cualquier calabozo. Osiel nos hizo mil preguntas, quería revisarnos los maletines y las taquillas porque él, un tipo duro de Alamar, que había estado becado en Ho Chi Min, no iba a permitir que le estafáramos su pistola de calamina, y mucho menos, inventando un cuento tan tonto y ridículo. Quién se iba a creer que nos habían confiscado el arma por “caerle a tiros” a la policía.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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5 respuestas a Por caerle a tiros a la policía

  1. Arianna Rodriguez (Grupo 4, Unidad 5) dijo:

    Yo creo que yo conozco a Carlitos (o Carlos, el hijo de Maritza), a Arley y tambien a Rodlofo!!!, y la historia???…., pues tambien me la se de arriba a bajo… 🙂

  2. osiel dijo:

    jejeje quien se iba a acordar de ese cuento un abrazo mi hermano de parte de uno de los protagonistas el negro jejeje

  3. Mabe dijo:

    Y siguiendo con los personajes singulares del grupo 5, faltaría el cuento de los misteriosos números que fueron apareciendo en la pared de la escalera de los varones… espero por esa historia… jajajajajaja… besitos grandes

  4. adrian dijo:

    jajaja buena buena

  5. Esa no me la sabía…interesante jaja.

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