Los coritos de las «previas»

Tomado de Alma Mater

Por Rodolfo Romero Reyes

«Mijito, tú por Oriente… ¿y mi látigo? ¿Cómo hacemos? La necesito». Así decía el mensaje que enviaba la directora de esta revista a mi celular al percatarse de que, por mi culpa, estaba incompleto este número de Alma Mater. Más allá del doble y hasta triple sentido que le encontré al SMS –de hecho tuve la idea de continuar la saga de los tríos con otra que aborde el tema del sadomasoquismo– decidí escribir estas líneas desde Holguín. Pero la conexión y la agenda apretada de mis colegas holguineros (Johnny, Elizabeth, Chely, Abdiel, Liudmila, Karel, Yuniel y Armandito) hizo que se terminaran de escribir en Las Tunas, en casa de Itsván. ¿El tema? Los coritos de las «previas». ¿A razón de qué? Ninguna en particular, tenía ganas de escribir sobre eso hace ya un tiempo.

En las etapas previas al servicio militar, la mayoría de nosotros tuvo que pasar 45 días movilizados en alguna que otra unidad militar. Durante este periodo se hacen ejercicios de infantería, guardias, prácticas de tiro, ejercicios físicos, gimnasias matutinas… en fin, es una síntesis de lo que nos esperará luego en el servicio militar.

De todas estas cosas lo que más disfruté era la posibilidad de cantar «coritos» durante las marchas. Estos supuestos cantos de guerra, que tanto escuchamos en las películas norteamericanas que tratan de la guerra o de las tropas especiales, son peculiares y diferentes en Cuba. Y aun cuando podemos estar de acuerdo o no con sus contenidos, te ayudan a aliviar tensiones. Uno grita y repite lo que dice el superior, y así descarga toda la ira que produce el peso del AKM, las largas marchas, el ancho uniforme y el aguacero casual que alguna vez te sorprende.

Los primeros coros que recuerdo tenían relación con temas patrióticos y revolucionarios: «En la loma del Jobito/, donde el roble se forjó/, Antonio Maceo gritó/: ¡machete, que son poquitos!». Y aquello funcionaba porque nos creíamos mambises y rebeldes, armados y corajudos, prestos a cualquier emboscada. Otros temas, no eran muy ideológicos que digamos, pero también nos entretenían: «La manzana se pasea/, de la sala al comedor/, no la pinches con cuchillo/, pínchala con tenedor». Y en las provincias más alejadas de la capital, tiempo después, descubrí otros que nos tocaría criticar desde nuestra perspectiva feminista: «La mujer, como la flor/, se riega de mil maneras/, si tú quieres que te quieran/, manguera la noche entera».

Debo admitir que yo fui un afortunado, cuando aquella tarde de mayo le propuse al entonces Teniente Corrales, que me autorizara a improvisar los coros que repetiría mi compañía. Empecé con dos o tres coros patrióticos, pues íbamos marchando hasta el Cacahual, pero enseguida inserté algunas innovaciones: «El Teniente Corrales/, tiene flojas las rodillas/, por eso a sus soldados/, los castiga con cuclillas». La consigna, repetida a coro por mi compañía –la inolvidable 52 dirigida por Pechote–, causó la risa de todo el Batallón y, por suerte, también la de Corrales.

Después que gané un poquito de confianza, empecé con otras: «Hoy cuando me desperté/, yo sudaba a raudales/, es que por culpa del PETTI/, hasta sueño con Corrales». A veces, nos burlábamos, incluso, de cadetes como nosotros, pero que eran de otras compañías: «El político de la tres,/ es tremendo “chivatiente”/, y cuando le damos chucho/: “Capitán, mira a esta gente”».

El coro más arriesgado fue aquel que improvisé cuando el Tte., de una patada, mató a un gato que se había colado a dormir en una de nuestras camas recién tendidas, justo en el instante que empezaba la inspección. La indignación que sintió «la tropa» hizo que de mi garganta brotaran los versos que mi compañía repitió: «El Teniente Corrales/, es injusto a cada rato/, él maltrata a los soldados/, y pa´ colmos, mata gatos».

Inmediatamente me llamó y me indicó con señas que debía hacer 100 planchas como castigo al terminar la marcha. Aproveché que aún nos quedaban 200 metros de la polivalente a los dormitorios e improvisé mi contrarréplica que, como siempre, fue coreada por mis amigos. «Por hacerme el gracioso/, con lo del gato también/, ahora Corrales me dijo/: “Ven y tírate con cien”. / Pero seguiré cantando, / no porque yo sea un guapo/, pero no le tengo miedo/, y tampoco mato gatos».

Entonces, el castigo fue el doble, pero la «previa» terminó y hoy el Capitán Corrales –o Mayor, en dependencia del atraso con salga esta revista– es hoy un gran amigo, al que respeto, quiero y admiro.

Para terminar estas líneas, cuento lo que le ocurrió a un grupito de muchachos habaneros que pasaban el servicio en Guantánamo. En una de aquellas unidades tenían un coro: «–¿Quién tiene miedo aquí? –Nadie. –Y el que tenga miedo –Que se llene de valor y defienda las conquistas de la Patria Socialista». Los pobres infelices habaneros, respondieron al llamado de aquel capitán, de la forma en que habían aprendido aquí en la Habana, donde el lema es un tanto diferente. Empieza igual pero termina: «–Y el que tenga miedo –Que se compre un perro». Obviamente, también fueron castigados. La moraleja de estos últimos coritos es que los gatos y los perros, parecen que no son muy queridos entre los oficiales que dirigen el Servicio Militar.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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4 respuestas a Los coritos de las «previas»

  1. KAZ dijo:

    romero: susper, super cómico, me he reido como una boba yo sola mirando la pantalla. solo una cosa yo no sabía que podias hacer 200 planchas:P

  2. Froilan dijo:

    Romero, me has hecho recordar aquellas tardes de “marcha cantada” en la Escuela Nacional de Sargentos Instructores, en Matanzas. ¡Qué tiempos!

  3. Genial, no cabe dudas, la juventud es divino tesoro……

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