El venado brujo

Venado brujoPor Rodolfo Romero Reyes

A Pepe Cubilla,
a quien la muerte le llegó demasiado pronto.

(Un cuento que escribí en 9no grado).

Allá por 1947, en la costa norte de Pinar del Río la brisa campestre movía con su suavidad característica las hojas de las plantas, que mojadas por el rocío, aguardaban la salida del Sol. De repente, esta música natural fue interrumpida por los ruidos de un Willy descapotado; se detuvo y de él salió el General Cabrera, acompañado de su escolta personal, y como cada fin de semana se dispuso a cazar. En la costa abundaban buenas piezas.

Emprendieron marcha y llegando a un claro del monte pudieron divisar entre los arbustos, la cabeza de un venado con seis cuernos.

-Debe ser el rey- pensó el General.

Se acercó procurando no hacer ruido, alzó su rifle apuntándole, pero en el momento en que iba a apretar el gatillo, el hermoso animal dio un salto y desapareció como por arte de magia.

El sol se ponía, la tarde se iba tornando oscura y el General y su escolta regresaron, pensando en el extraordinario ejemplar que habían perdido de vista ¿Tal vez para siempre?

Se dirigieron hacia la casa de Cheo Cubilla, que vivía cerca y donde se alojaba el General cuando iba de cacería. Durante la comida hizo alusión a su importante hallazgo:

– Encontramos un animal tan bello que debería estar junto con mis trofeos, se nos escapó entre las manos como si fuera un brujo.

Cheo no respondió al comentario pero su hijo Pepe, de pocos años, grabó para siempre estas palabras.

Al día siguiente volvieron acompañados por Cheo, que les serviría de guía. Pensaban adentrarse en el monte. Después de caminar mucho divisaron un venado pastando bajo la sombra de un árbol y a pesar de no ser El Brujo, el General no dudó en dispararle.

La semana transcurrió sin ninguna novedad. Cheo y su familia hacían las labores del campo. No se habló más del Brujo hasta el próximo sábado. El General llegó con unos perros de caza. Estaba encaprichado en aquel animal que osó escapársele. No habló de otra cosa en todo el día.

Al amanecer, Cabrera alertó la jauría. Nuevamente los acompañaría Cheo. Ya en el monte sintieron un ruido en los matorrales cercanos, soltaron los sabuesos y comenzó la carrera. Era el Brujo que corría seguido por los perros. En el río perdieron el rastro. Por segunda vez el General fue burlado.

Tenía importantes problemas que resolver en la capital, por lo que ese mismo día decidió regresar; prometió volver. El Brujo comenzaba a convertirse en su obsesión.

Días después llegó Tabernilla, un cazador de larga experiencia, quería lograr algunas piezas de caza que luego pudiera vender. Cheo lo recibió como era costumbre, con una taza de café bien fuerte. Estuvieron largo rato conversando, Tabernilla quedó estupefacto cuando escuchó aquella historia del venado, pensó que si era tan grande como decía le pagarían mucho por él. Se quedó a dormir en casa de Cheo y bien temprano estaba en pie.

Tomó su rifle y salió camino al monte. Buscó todo el día, arbusto por arbusto, pero no encontró nada. Regresó al hogar de Cheo pensando que este le había jugado una broma pesada y que no existía tal venado. Ante la desconfianza del cazador Cheo le respondió:

-Le juro compadre, por mi madrecita, que no es una falsa historia y que sí existe el venado brujo.

Tabernilla entonces entró en razón, Cheo no decía mentiras, además no era muy bromista que digamos. Convencido de que ese era un mal día prefirió ir horas mas tarde. Esta vez se hizo acompañar de Vigilante, uno de los tres perros de Cheo, que al igual que sus compañeros tenía instintos de rastreador.

Había recorrido un buen trecho cuando Vigilante empezó a ladrar. Tabernilla vio levantarse entre la hierba el venado de que tanto le había hablado su amigo. Alzó rápidamente su rifle, pero el tiro falló. El Brujo salió corriendo por la sabana, Tabernilla lo siguió junto a Vigilante. Pasado largo rato encontraron huellas frescas, a unos doscientos metros estaba El Brujo. El cazador apuntó, pero esta vez, con el apuro, olvidó cargar el arma, y el venado nuevamente se burló de su enemigo.

Lo siguieron todo el día, perdieron el rastro en una ocasión, pero cerca de la costa, Vigilante volvió a encontrar las huellas. Tabernilla lo soltó y emprendió una gran carrera. Ahora lo seguían de cerca, para su sorpresa el rastro terminaba en el mar. El cazador estaba molesto, confuso ¿cómo sería posible que se le escapara y justamente en el mar? Tenía una idea en mente que no quería creer… tal vez, si el venado era tan brujo, podía sumergirse.

Llegó tarde y cansado, contó a Cheo el mal día que pasó, éste no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Era aquel venado brujo en realidad? ¿No lo podría cazar nadie?. Tabernilla regresó a Matanzas sin llevar nada que vender en el mercado.

Los amigos del General Cabrera pasaban horas y horas escuchando las historias del venado brujo. Tan entusiasmados estaban que prepararon una cacería para ver quien de ellos capturaba al bello animal. Llegaron el viernes al mediodía y prepararon un rústico y pequeño campamento a unos metros de la casa de Cheo.

El General propuso cazar aves y dejar al Brujo para el día siguiente, todos estuvieron de acuerdo. Cheo debía adentrarse en el monte y con una escopeta y abundantes cartuchos espantar a las aves de sus nidos; luego los ricachones desde la sabana las cazarían en pleno vuelo. El momento era aprovechado por Cheo para quedarse con algunos cartuchos que facilitaran su humilde existencia.

La cacería resultó satisfactoria. El General obtuvo cinco vistosos pájaros y una graciosa cotorra.

El sábado fue uno de los días más calurosos del verano, se organizó una partida que fue en busca del venado. La trayectoria resultó muy trabajosa; los sabuesos comenzaron a ladrar y vieron aparecer al misterioso animal. Chucho, uno de las escoltas del General, fue el primero en disparar pero falló. El Brujo percatándose del peligro y a una velocidad increíble se puso fuera del alcance de sus perseguidores. Se soltó la jauría, pero estaba lejos. No lo volvieron a ver.

Por aquellos días visitó a Cheo un gran amigo suyo, el Coronel Cruz. Al enterarse de lo que allí acontecía decidió ir al monte esa misma tarde. Fue solo, caminó mucho, pero nada de aquel misterio ambulante. De regreso escuchó un ruido en un barzal cercano, no estaba seguro si aquello era un sueño: allí estaba El Brujo que también lo miraba, receloso de las continuas persecuciones de que era objeto. Tenía un cuerno prisionero en una enredadera, por más que intentaba no podía zafarse. Cruz levantó su rifle, mas cuando lo tenía en la mirilla… bajo el arma, sacó un machete, cortó las enredaderas, y viendo al Brujo alejarse libre por las sabanas exclamó:

– ¡Corre Brujo, tu no naciste para morir, tu naciste para ser el misterio del monte!

Regresó a casa de su amigo sin decir nada de lo ocurrido, como única explicación expresó:

-Hoy no ha sido mi día de suerte.

Se marchó enseguida, pensando que ese venado podía ser brujo, pues su penetrante mirada había logrado que se compadeciera y lo soltara. Aquello parecía un encantamiento.

Del mito creado se hicieron eco los mejores cazadores del país y no sólo esto, de fronteras tan distantes como Italia llegó Josephe Caibusari, un hombre de unos 40 años, que en su tierra natal era conocido por todos gracias a su talento para obtener piezas de caza. La mayoría de estos hombres que eran atraídos por la codicia o por la belleza fabulada del Brujo, se alojaban en casa de Cheo. Muchos quedaban admirados cuando tenían la oportunidad de observar el enigmático animal sin poder capturarlo. Otros alardeaban de poder hacerlo. En una ocasión el anfitrión escuchó decir a Josephe:

– “Cuesto maledetto venado me lo llevo ío para mio hogare, eco.”

Muchos regresaban molestos por el fracaso, algunos lo daban por imposible, como aquellos que decían:

-Me voy, ese venado es un brujo de verdad.

Esos días Cheo conoció más sobre el mundo, gracias a los visitantes que le contaban historias, aunque algunas exageradas. Pudo ver desarmar y armar un fusil con mirilla telescópica que llevó un cazador oriundo de Estados Unidos. Pero ni esta moderna arma pudo poner fin a aquella fantástica historia.

A principios de 1948, Robaina, un cazador amigo de Cheo, llegó a la zona, tal vez para vivir la experiencia más emocionante de su vida.

Despuntaba el alba y Robaina se encaminó loma arriba, después de buscar mucho vio al Brujo, este no dio tiempo a que el hombre reaccionara, de un salto se metió en la espesura del monte. Robaina, a quien Cheo le había prestado un perro, echó a correr y a determinada distancia soltó al can. Corrió y corrió, cada vez se veía más cerca del Brujo. En el río se acababan las huellas, Robaina calculó que El Brujo no le guardaba tanta distancia porque si hubiera corrido río abajo estaría al alcance de sus ojos, ni aún siendo el más veloz de los venados podía correr tan rápido, “debió haber cruzado el río”, pensó.

Atravesó el cauce y quedó asombrado. Perpendicularmente a donde se acababan los pasos del Brujo había huellas de conejos. Las siguió hasta una cueva, hizo un disparo al aire y salieron, como flechas, aproximadamente media docena de conejos. Robaina regresó a la casa pensando si era cierto lo que había visto. Le contó a Cheo la fantástica historia y éste quedó convencido de que el Brujo era enviado por los dioses. Su captura se daba por imposible.

El tiempo pasaba, muchos aventureros que pretendían capturar al Brujo sólo hablaban de él como un fantasma o algo así, en sus cabezas no figuraba la idea de tenerlo como premio, sino de haber podido presenciar como habían sido burlados por un animal tan famoso en aquel entonces. A muchos se les oía decir con orgullo:

-Yo tuve al Brujo en mis manos, luego escapó, pero lo tuve frente a mí.

A principios del año 1949 los cazadores concentraron su atención en aquella zona donde merodeaba el animal convertido en leyenda. Precisamente por esos días visitó a Cheo su compadre Moreno.

En vistas de que la comida escaseaba, Cheo invitó a Moreno para ir a cazar. Este aceptó, le gustaba mucho la caza y su puntería era envidiada por muchos..

Faltaban pocas horas para la puesta del sol, ahora los amigos se preparaban para la faena del día siguiente. Cheo, como era su costumbre, montó en su caballo y fue a mudar los bueyes, acompañado de sus tres perros y de Moreno; ambos llevaban sus rifles, por si en el camino se encontraban algún que otro conejo.

Al llegar al lugar conocido como La Guinea, donde estaban los bueyes, un perro comenzó a dar saltos inusuales. Cheo pensó que por allí cerca podía estar algún venado. Moreno, quizás atraído por el peso de la mirada, giró la cabeza y observó entre unos juncos la fastuosa figura del Brujo.

Era la primera vez que lo veía. El Brujo rápidamente se escabulló entre la maleza. Entonces los dos compadres trazaron un plan: Cheo se quedaría con los perros amarrados, el otro, en un caballo más veloz se trasladaría por la vereda de Palo Quemao.

Moreno comenzaba a impacientarse, era hora de que Cheo soltara los perros… Efectivamente, en ese instante vio venir hacia él – desde el monte a la sabana – al animal que era historia no sólo en aquellos alrededores. Cuando estaba aproximadamente a unos 80 metros gritó:

-¿Adónde vas, Brujo? Caerás en mis manos.

Y acto seguido le disparó. El Brujo estuvo inmóvil por unos segundos y luego… dio un salto y echó a correr. La bala parecía haberse perdido entre los arbustos.

Moreno estaba molesto, había fallado. Esto le hizo recordar la promesa que le había hecho semanas antes a su compadre:

-El día que yo le dispare al Brujo, allí termina su historia.

El Brujo regresó al monte mientras Moreno se dirigía en otra dirección. El animal ahuyentado por los perros volvió nuevamente a la sabana, esta vez Moreno lo esperó con el ojo en la mirilla y se preparó a cumplir su promesa. Lo vio venir y dijo a modo de murmullo:

-Ahora si se acabó El Brujo.

Y aguantando la respiración apretó el gatillo. Del sonido del disparo se hizo eco todo el monte. El Brujo quedó quieto, echó la que fuera su última mirada al mundo y cayó inmóvil.

Durante unos segundos todo quedó en silencio.

Nunca más se volvió a hablar del Brujo, nunca nadie lo vio; unos decían que se había muerto de viejo o que había entrado en el mar para siempre, otros que aún estaba en esa zona y que vivía disfrazado en el cuerpo de otro animal. Lo cierto es que la cabeza del Brujo se encuentra hoy en casa de Pepe, aquel pequeño muchacho que grabó esta historia en su memoria y que hoy cuenta para nosotros.

El Brujo vive todavía en el recuerdo de algunos, en la fantasía de otros. Su espíritu aún corre por la costa norte de Pinar del Río, acompañando a la suave brisa.

***

¿Existió realmente el Brujo? ¿Era un animal enviado por los dioses? Estas preguntas tal vez te las formules al finalizar la lectura de esta historia. Pero sí, el Brujo existió. No se convertía en otro animal. No era enviado por los dioses. No se adentraba en el mar. El Brujo sólo fue un animal muy inteligente, con un instinto de supervivencia muy desarrollado, que logró burlar al hombre y que al final murió entre sus manos.

Si esta explicación algo científica ha “matado” la fantasía que creó en ti El Brujo, olvida estas líneas y sigue pensando, como yo, que El Brujo es un personaje fantástico.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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