Previously… al servicio militar en Cuba

La-emboscadaPor Nemo

El primer día nunca cuenta porque es el de las presentaciones. Todos son extraños que compartirán juntos por más de un mes experiencias de todo tipo. En horas de la tarde recibirán el uniforme ancho y las inmensas botas; ninguna talla quedará a la medida. Esa primera noche siempre habrá quien se acueste pasadas las doce, tratando de ajustar lo inajustable con el hilo y la aguja que los precavidos papás y mamás aconsejaron llevar.

Por fin un silencio reina y pasadas unas horas, los «jóvenes rebeldes» asumirán «grandes responsabilidades» tras el primer DE-PIE. Desde ese día una única voz estará imantada a sus uniformes, y cuando aquella voz diga: «Ciiiiiiiiiincuuuuuueeeennnnta y dos!!!!!», deberán ir corriendo a formar un cuadro casi perfecto. Sí, ese es el número de la compañía: 52. Aún cuando pasen 10 años, ninguno de los entonces reclutas podrá olvidarlo.

La respuesta ante la voz líder funcionará como el silencio en la formación. Es algo perfecto, limado con 20 cuclillas y 30 planchas. Comenzarán las marchas, las clases teóricas y los jóvenes cambiarán sus nombres para convertirse en apellidos. Pronto tendrán jefe de compañía, uno de ellos mismos, pero más alto y más fuerte que la mayoría. Quizás le apoden: Pechote.

Llegarán al comedor y no se sentarán o tomarán la cuchara entre sus manos hasta que la voz no indique: ¡Efectúen!

Los coritos en las marchas serán uno de los rituales, así como los «pases de revista». Todos tendrán lemas, consignas que repetirán hasta que escuchen la frase más importante del día: ¡Rompan filas!

De vez en cuando habrá recreación. ¡Tiempo divino! Sólo similar a los recesos después de almuerzo y de comida. Es el momento de compartir ideas, chistes y meriendas (más chistes que meriendas).

Comenzarán entonces las preguntas tontas y las justificaciones por problemas de salud. Los dolores en el «coseno del pie» y las «contracciones trigonométricas» en la espalda, se sumarán a las alergias a la tierra, al aire, al agua y hasta a la tela verde.

Pero todos los rostros se volverán expresiones de incertidumbre cuando les anuncien el destino de las próximas jornadas. Se irán a dormir con preocupación, cuando sepan que mañana se irán al monte, a emboscarse entre matorrales, a caminar kilómetros bajo la noche o a imaginarse que están en la guerra. Llegarán al campamento y con el AK-M al hombro comenzarán a marchar. En breves minutos empezará el mayor aguacero del mes de mayo. El agua invadirá cada uno de los territorios más íntimos de sus cuerpos. Pobres carnés y billeteras, pobres medias y cigarros.

De regreso al campamento descubrirán que desaparecieron los pozos de tiradores; en su lugar pequeños lagos color naranja los invitarán a un chapuzón. El suboficial los detendrá justo enfrente de los huecos anaranjados y pronunciará una frase a la que los jóvenes desde hace mucho responden de manera automática: ¡Tenderse!

Entonces si no habrá salvación, lo que no se había mojado, se empapará sin avisar… Así terminará la primera «misión combativa».

Con el transcurso de los días conocerán nuevas formas de imponer disciplina militar. «El canguro», «la pantera», «el cangrejo» y un sin número de animales se sumarán al más temido de los ejercicios: «el llamado del Diablo». Ninguno antes lo habrá oído mentar, pero ese nombre nunca se les olvidará. En el «llamado del Diablo», el castigado deberá ponerse en posición de planchas, pero usando los codos en vez de las manos, estará varios minutos mientras supuestamente y en alta voz conversa con el tal Diablo y le cuenta por qué lo castigaron y le promete que nunca más lo volverá hacer.

Bienaventurados aquellos pocos que nunca se toparán con tan peculiar castigo.

En las noches se interrumpirán los sueños de estar en casa almorzando lo que cocinan las abuelas, por la pesadilla de una campana que indicará la Alarma de Combate. Pronto nadie criticará a los que prefieren dormir con el uniforme y serán más frecuentes las llegadas tarde a la formación.

También disfrutarán las jornadas de tiro, -¡con balas de verdad!-, como exclamará el más incrédulo de los muchachos. Los cuentos de aquellos militares que estuvieron en Angola y Etiopía, que integraron batallones y comandos antiterroristas, los acompañarán en cada receso. Se volverán cómplices de sus anécdotas, de sueños nunca antes confesados y de sus silencios sin interpretación. Se sentirán parte de esa gran familia de militares que odian y admiran al mismo tiempo, sin poder explicarlo.

Por fin llegará el último día. ¡Sobrevivimos!, dirán sin creerlo del todo. Las cuclillas, las marchas y los castigos solo serán la materia prima de los heroicos cuentos que les narrarán a sus novias durante los años de universidad. Al final, es verdad que la «previa» no mata a nadie, pero es una tortura de la que casi nadie logrará escapar.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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