Cinco cuentos del tío Lin (primera parte)

tío linYo… vendí mi bicicleta

(Tomado de revista Alma Mater)

La recopilación de cuentos narrada a continuación es protagonizada por Roger Antonio Chiong Molina. Es hijo del chino Antonio (nombre que adoptó al llegar de Cantón) y de Isabel, una cubana nacida en Remedios. Este singular chino, que mide 1,77 y calza el 43 en sus zapatos, tiene muchas historias que contar.

Sus compañeros de trabajo le dicen «Chiong». Sus viejos amigos y sus compañeros del Partido Provincial lo conocen por «El Chino». Por ser el más pequeño de sus hermanos, Isabel lo llamaba «Rogelín», sus sobrinos «tío Lin» y los más allegados, Roger.

Lo conocí hace unos años. Yo jugaba pelota dentro de la oficina de mi mamá con un compañero de su trabajo. Él entró y con mi corta edad no entendí por qué nos detuvimos. Recuerdo que Fernando me dijo: —Ahora no podemos seguir jugando; el tipo ese es del Partido.

Años después, el «tipo del Partido», se convirtió en uno de mis mejores amigos, a pesar de la diferencia de edad. Los hechos más simpáticos y risibles que le han ocurrido, con el permiso de los lectores de Alma Mater, los compartiré en los próximos números. Espero los disfruten.

Cuento 1

— ¡Rogelín!, ¿cuándo acabarás de armar la bicicleta?— decía incómoda Isabel cada vez que limpiaba el cuarto y tropezaba con las piezas de «aquel traste». Mientras, los días pasaban, el óxido y las telarañas cubrían los metales y le daban un toque medieval a ese rincón de la casa. Los muchachos a esa edad prefieren no hacer nada, pero si se lo proponen logran cosas inimaginables. Así que, un buen día, Rogelín despertó y fue directo para el balcón con las piezas e instrumentos necesarios. Engrasó la cadena y los frenos, apretó cada uno de los tornillos, enderezó el manubrio, lustró con cuidado los guardafangos y en un momento dejó la bicicleta como nueva.

Minutos después salió a la calle para que todos lo vieran pedaleando. Justo en la esquina de su barrio un hombre lo detuvo:

—Te doy 70 pesos si me vendes tu bicicleta— la respuesta fue inmediata:

—No la vendo, señor— y siguió su camino.

En la próxima esquina dobló muy rápido y en ese instante divisó a un muchachito de siete años cruzando la calle a todo correr. El accidente fue inevitable. Rodaron loma abajo, chino, muchachito y bicicleta.

Rogelín se puso de pie, lo vio ileso, su bicicleta destruida y sintió un dolor intenso en la rodilla que desapareció cuando vio venir hacia él, «hecha una fiera», a la madre del pequeño.

—Muchacho e’mierda, siempre estás en lo mismo.

Rogelín comprendió que la gritería no era con él y le volvieron los dolores al momento. La madre se le acercó:

—Revísate a ver si estás bien y no te preocupes por este niño, que es elástico— y se llevó al pequeño.

Nervioso como estaba, salió a todo pedalear. Cuando dobló por el Parque de la Normal, se sintió incómodo y notó que el asiento estaba al revés. Esto lo hizo reír y entonces observó que tenía el guardafango delantero abollado y dos rayos partidos. Caminó adolorido y cabizbajo a casa, con la bicicleta cogida por el manubrio.

Cerca de su hogar encontró al hombre y le preguntó si seguía interesado en comprarle la bicicleta. El hombre respondió afirmativamente, pero Rogelín insistió:

—¿Al mismo precio?, mire, le faltan dos rayos. El hombre sonrió:

—Toma el dinero antes de que me arrepienta.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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