Crónicas de un chino en La Habana

junioMurió con las botas puestas

Las películas de Erol Flinn se hacían cada vez más populares. El  famoso actor que en una ocasión «murió con las botas puestas», y en otra interpretó al temido Capitán Blood, estaba de moda. Las largas colas en los cines eran  costumbre y la gente disfrutaba de las emocionantes aventuras.

Entretanto, «el Chino» trabajaba como Segundo Secretario del Partido Municipal del Cerro. En aquel momento las reservas de las MTT no eran a nivel provincial,  y se hacía necesario que en las sedes municipales existieran personas responsables de cuidar el armamento.

En el Cerro, uno de los oficiales encargados era un hombre alto, algo viejo, mal parecido pero muy carismático, y con quien el Chino tenía un trato muy especial. Había una cosa que para aquel señor se convirtió en un ritual: todos los días de cobro invitaba a comer a alguna mujer para enamorarla y pasar con ella la noche. Casi siempre recibía una negativa y, en consecuencia, las burlas del Chino:

—Viejo, a ti no te quieren ya ni pa’ leña de fogón.

—Yo las enamoro a todas; la que me dice que no, en el fondo, me lo agradece.

Pero la suerte llega de vez en cuando, y un buen día, después de cobrar su salario, encontró a una jovencita dispuesta a compartir buenos momentos. Rápidamente la llevó para una posada que quedaba frente a su trabajo.

Dentro de la habitación se quitó la camisa, se bajó los pantalones y saltó a la cama. De pronto su rostro palideció y dejó de respirar. Los gritos de aquella mujer asustada hicieron venir a toda una comitiva en su ayuda. La pobre, no podía ni quitárselo de encima. Al parecer, el corazón de aquel hombre no pudo resistir  tanta emoción, ni siquiera se quitó las botas ni los pantalones.

Desde ese día todos comentan la historia de este personaje, que es recordado en la sede municipal como el Capitán Blood, ya que, literalmente, murió con las botas puestas.

ilustracion-de-yaimel_4Chocó con un tren

Antes de partir para Rumania, Roger recibió una preparación previa durante algún tiempo con sus compañeros en la Facultad Preparatoria Máximo Gómez que estaba en 1ra, y 20, en Playa. Este periodo incluía unas semanas en la zafra. Era el año 1969.

El Chino entonces alardeaba el poder cortar caña como los millonarios de la zafra azucarera. Y por ese alarde precisamente conoció al técnico. Reunió un grupo de cañas y como: «el que mucho abarca poco aprieta, el Chino en el brazo se hizo una grieta». Se dio un machetazo cerca del codo izquierdo y tuvo que ir corriendo para la enfermería. Al llegar la enfermera lo empezó a atender, pero tuvo que interrumpir su labor.

—Espérate un momento, que llegó una urgencia.

El Chino asintió con la cabeza y quedó impactado cuando vio entrar a un hombre de mediana estatura, en hombros de sus compañeros, con el rostro todo lleno de sangre. ¡Ojalá se salve!, pensó el Chino. Después supo que le llamaban «el técnico» y que lo habían encontrado inconsciente cerca, en la línea del tren.

Un rato después escuchó al herido contar su accidente: como cada mañana, había ido a merendar a la cafetería de enfrente, donde una diosa trigueña, muy popular entre los muchachos, atendía los pedidos. «El técnico» hace algún tiempo venía coqueteando con ella. Y esa mañana, a la hora de marcharse, ella también salió, pero en otra dirección. «El técnico» entonces caminaba para el Central, pero sus ojos fijamente se ahogaban en el mar de caderas y senos de aquella mujer. Fue entonces que chocó con el tren.

Unos minutos después entró el accidentado en la habitación del Chino, con una heridita en la frente. Roger le dijo:

—Oiga, usted es un suertudo, después de un choque como ese, solo tuvo esa heridita.

—Yo lo que soy es un comemierda, porque el tren estaba para’o.

Chiang

Roger  trabajaba en Emprestur, pero ante el llamado para formar parte de la campaña masiva contra el mosquito Aedes Aegypti, se le encomendó fumigar algunas manzanas de relativa importancia.

Comenzó su trabajo temprano y, cerca del mediodía, llegó a una casa situada frente a la Embajada china. Como único guardián de aquel recinto estaba un chino. Es menester explicar que Roger desconocía que aquel lugar había sido adquirido por la diplomacia asiática. El chino se mantuvo indiferente ante la intención de los fumigadores.

No sabía nada de español, y como los chinos, de por sí, son desconfiados, les negó la entrada. Roger trató de explicarle haciendo mil muecas con las manos, pero su interlocutor no entraba en razones. Haciendo un último esfuerzo, dibujó unos extraños caracteres, que conocía de pequeño, en un pedazo de cartón. El rostro del hombre se transformó hasta mostrar una sonrisa; entonces exclamó: —¡CHIANG!— y abrió la reja lleno de alegría.

Esa tarde Roger, al llegar a la casa, contó a su hermano Fito como el haber dibujado su apellido lo había librado airoso de un momento singular. Además le habló sobre el aparente error de pronunciación. Fito le explicó que un mismo carácter se pronuncia distinto en cantonés que en pekinés, tal es el caso de Pekín y Beijíng respectivamente.

A la mañana siguiente Roger recibió una delegación integrada por algunos empresarios de Pekín que visitaban La Habana. En el momento de la presentación, inconscientemente, dijo: «Mi nombre es Roger Chiang, y estoy aquí para servirles».

La «capatcina»

 Uno de los amigos del Chino se llamaba David y, en la época en que estudiaban en la antigua URSS, enamoraba a cuanta rumana le cruzara por delante. A una de ellas, le llamaban «la capatcina». Era viuda y madre de un niño de siete años. David fue a vivir para su casa y para gozar de plenas libertades sexuales, les mintieron a los padres de ella y les dijeron que él padecía de disfunción eréctil y debería volver a Cuba para atenderse con un especialista. A ellos les dio lástima y lo acogieron como a un hijo, incluso, pese a los tabúes de la época, le permitían dormir junto a la capatcina. Así que mientras la madre cocinaba y el padre podaba el jardín, ellos hacían el amor debajo de la «plaploma».

Un día visitaron al «impotente» David, sus amigos el Chino, el Chopo y Rafael. Comenzaron a beber y fue tal la borrachera colectiva que el Chopo, un blanco de 1.83m, miembro del equipo nacional juvenil de básquet, terminó durmiendo en la cuna del niñito. Rafael se acostó en el piso y el Chino en la cama central junto a David y la rumana. Pero en plena borrachera, David comenzó a tener sexo con la capatcina, sin cubrirse con la plaploma. Fue sorprendido en plena faena por la madre que, insultada, comenzó a dar gritos y a llamar a todos los hermanos. David, percatándose de su error solo supo decir:

—Vieja, este ron es milagroso, al fin «se me paró».

Tuvieron que salir de allí corriendo, con todos los hermanos de la capatcina tras sus pasos. ¿Conclusiones? Parece que los rumanos no creen en milagros.

Anuncios

Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
Esta entrada fue publicada en de Rodolfo Romero Reyes, Humor y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s