¿Preparados para «la concreta»?

Por Rodolfo Romero Reyes

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Han dado la orden de detener el tráfico en la capitalina y céntrica 5ta. Avenida. Rara vez se logra semejante autorización pues se trata de una vía expedita que transitan los principales dirigentes del país. En esta ocasión es imprescindible. Se termina de construir un inmueble de oficinas y no existe un desagüe eficiente. Es la oportunidad de, no solo resolver la problemática de la institución que pronto allí tendrá su sede, sino también la de decenas de vecinos que llevan años quejándose de la situación con las aguas albañales.

Salí de mi casa unos minutos después del mediodía. Justo antes, anunciaron por el noticiario vespertino el desvío del tránsito en esa zona por espacio de 24 horas. Se trabajará toda la noche, como en los países del primer mundo. Apuro mis pasos porque quiero llegar justo antes de que comience todo. Cámara en mano, tomo la foto de las personas que evalúan y corrigen las medidas necesarias antes de empezar a romper y ubicar las tuberías. La mayoría son hombres. Entonces descubro en la multitud a una joven que, a lo sumo, tendrá 25 años, pequeña, rubia, anda con un walkie en la mano. Da indicaciones a todos con los que se cruza a su paso. «Se llama Jessica», me dice uno que nota mis ojos indagadores, justo cuando pasa por nuestro lado.

—Jessica Mesa, que tengo apellido— responde con una sonrisa la ingeniera civil que en unos instantes se convierte en entrevistada.

Estudió en la CUJAE cinco años. Me confiesa que cuando llegó el momento de la ubicación no tenía idea de para donde quería ir. «Quizás por no tener un plan bien definido, cuando llegaron los compañeros del Ministerio del Interior haciendo captaciones acepté irme con ellos. Ahora me doy cuenta que fue la mejor opción».

En un primer momento Jessica se vinculó a un edificio que construía el Ministerio en la propia CUJAE. Un edificio con tecnología de primera. «En materia de construcción se utilizan elementos que en muy raras ocasiones ves aquí en Cuba. Eso, y estar a pie de obra, fueron oportunidades excepcionales. Interactuar no solo con los constructores, con los proyectistas, los arquitectos, los eléctricos… Un edificio es el resultado de un inmenso trabajo colectivo. Entonces, yo allí, con veintitrés años dando indicaciones y aprendiendo; a veces me parece mentira», me cuenta durante un breve receso.

Jessica se siente afortunada. Me cuenta de dos de sus compañeros de aula: uno está en una brigada del Ministerio de la Construcción en reparaciones parciales de unos edificios de microbrigadas. «Pero ese, aunque se queja de lo poco que le exigen y del tiempo que se pierde, por lo menos está a pie de obra y algo aprende. A Lucía, en cambio, la tienen en una oficina haciendo papeles».

Este es su tercer proyecto. Es un momento muy importante porque es una de las acciones finales para dejar listo el inmueble. «Atravesar la calle 5ta. Avenida no es nada fácil», me dice. Una vez que rompes no sabes qué te puedes encontrar. «Tenemos que trabajar con mucha precisión. Lo siento, pero no puedo perder un minuto más contigo». Se para y deja la entrevista a medio hacer. No lo tomo como una descortesía, todo lo contrario; le agradezco su tiempo. De ahí en adelante solo me queda observar su faena y ver cómo le va.

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Cinco años atrás

Ser buenos profesionales no se logra en un día. Los aprendizajes compartidos en el aula, los valores personales y las aptitudes individuales, se mezclan con la práctica, el oficio y el quehacer cotidiano para dar forma a esas cualidades o atributos que conforman lo que socialmente entendemos como profesión. ¿Existe una fórmula para lograrlo de forma exitosa?

Algunos universitarios sienten que a veces la carrera no los prepara lo suficiente. Y aunque el periodo de práctica laboral existe y se cumple con sus tiempos, no siempre es riguroso o efectivo.

«Yo estudié cinco años en Psicología, hice práctica en muchos lugares, pero no fue hasta que en quinto año me vinculé a un proyecto de transformación social y pasé quince días becada en una escuela de conducta, trabajando con adolescentes, que pude tener una idea real de lo que la práctica me demandaba», dice Mabel Quintana.

Para lo joven psicóloga, no basta con buenos profesores y amplias lecturas. «Se necesita una formación integral que te prepare mejor para lo que te vas a encontrar en la calle. Las prácticas no deben ser una obligación curricular, ni tampoco el único espacio que nos vincule a la realidad».

«En el caso de la carrera de Medicina, desde el primer año los estudiantes vinculan la teoría con la práctica, pues se ubican en un área de salud para cumplir con la asignatura Educación en el Trabajo. A través de la asignatura MGI se orientan tareas que constituyen habilidades que el estudiante debe realizar en el área de salud donde se encuentra ubicado y este desarrolla con la guía, orientación y asesoramiento de un tutor,  las cuales pueden tener un corte investigativo, de profundización cultural de la comunidad o historia de la familia que debe caracterizar, pues desde el primer año deben enfocarse en analizar a los pacientes como un ser biosicosocial», así nos cuenta Iliana Fernández Peña, quien en ha ejercido durante la última década como profesora en la Universidad de Ciencias Médicas en Holguín.

Antonio Gómez es ingeniero, se graduó recientemente en la CUJAE y también comparte con Alma Mater su experiencia pues, en su opinión, el programa debería reestructurarse. «Me preocupa mucho la cantidad de tiempo que uno invierte en estudiar asignaturas que no tienen que ver directamente con la profesión que uno eligió. Me pasa con Historia de Cuba, Filosofía… fíjate, no digo que no sean importantes. Pero es algo que venimos estudiando desde la primaria, secundaria y preuniversitario. Deberíamos centrarnos más en las asignaturas propias de la carrera».

El criterio de Antonio se contradice con la intención, compartida por la mayoría, de la academia de formar alumnos integrales. Sin embargo, tiene razón en señalar que a veces existe poca especialización, y las asignaturas principales se dejan en un segundo plano.

En el ámbito de la comunicación, en la carrera de Periodismo, encontramos una buena concepción de sus prácticas laborales, al menos en el plan actual. Cada semestre sus estudiantes trabajan al menos tres semanas en un medio de prensa. De esta forma, Arlette Vasallo García, en solo tres años de estudio, ha pasado por cinco medios de prensa. La experiencia le ha servido, no solo para conocer el mundo profesional, sino para despertar nuevas ansiedades y expectativas.

«Desde el primer año de la carrera somos insertados en los medios de comunicación. Esto nos  permite enfrentarnos rápidamente a las dinámicas productivas y ver, de primera mano, cómo funcionan y se aplican las teorías explicadas en clases. Gracias a esta modalidad he conocido el funcionamiento interno de los medios y también el trabajo que hacen muchos periodistas, lo cual me ha ayudado a perfilar mi gusto profesional», nos cuenta Arlette.

En primer año pudo ser parte de las rutinas productivas de Granma, la Agencia Cubana de Noticias, Habana Radio y el Sistema Informativo, específicamente en Cubavisión Internacional. A principios de este año, se vinculó al diario Juventud Rebelde.

«Allí las prácticas fueron en la redacción digital. Me dieron espacio para aportar mis ideas y producir trabajos hipermediales que se incorporaron a la página». Estar en tercer año, y que uno de sus trabajos obtuviese mención en un concurso de Periodismo en Holguín, para ella es resultado de lo bien que la prepararon determinadas asignaturas.

Entonces, el aula o «la concreta»

Dayron Roque Lazo fue uno de aquellos muchachos que se incorporó —como ocurrió de manera casi masiva en la época— a una escuela de formación emergente de maestros, en plena Batalla de ideas. Tras laborar cuatro cursos en la educación primaria, se desempeñó durante doce años en la preparación de maestros en los niveles medio superior y universitario.

En su opinión: «La primera tentación es decir —como en los Expedientes X— que “la verdad está allá afuera”… afuera del Pedagógico; porque hay pocas dudas de que (casi) ningún proceso formativo puede abarcar la riqueza y singularidades de los salones de cualquier nivel de educación. En mi caso, mi primer barniz fue apenas tres meses de formación y de ahí me soltaron en un aula de la primaria donde descubrí —dos mil años después—que no sabía nada… de cómo educar a 18 niños. Porque la escuela no me había preparado para eso y tampoco creo que hoy lo haga. La universidad me había dado algunas técnicas, cierto entrenamiento, mucha bibliografía y —eso sí, y creo que fue lo fundamental— me habían insuflado el compromiso con enseñar y educar; lo cual salvaba cualquier insuficiencia».

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo lograr que el enfrentamiento academia versus realidad sea más bien una ecuación dialógica? Continúo conversando con el profe. Sus palabras no son recetas, pero ofrecen claridades.

«La universidad de hoy —y ello incluye las pedagógicas, pero no únicamente— no pueden ya trasmitir o compartir todo el contenido —cultural, en general; pedagógico-didáctico, en particular— necesario para enfrentar la enseñanza, pues esos contenidos han crecido a una velocidad extraordinaria en los últimos cincuenta años, sin contar que la sociedad quiere que cada nuevo descubrimiento de la ciencia se convierta, ipso facto, en contenido de la enseñanza. Es la eterna lucha entre la escuela y la vida, en la cual la vida lleva varias pistas de distancia; por razones disímiles», explica Roque.

Con independencia de las riquezas que luego se acumularan en el ejercicio práctico de la formación, no se puede descuidar el aula, allí se siembran las raíces. Sin ella, no habrá fruto posible.

«La tiene la ventaja que el propio proceso formativo resulta ser mejor escuela, por aquello de que las personas aprenden más a hacer lo que hacen, que lo que les digan que hagan; lo cual redunda en que el primer —y a veces permanente— estilo de trabajo del magisterio/profesorado es el que ha “aprendido” viviéndolo mientras estuvieron en el rol de estudiante. Los estudios y reflexiones posteriores mueven en mayor o menor medida ese estilo, pero la base está allí… en ese aprendizaje que lleva el nombre artístico de «currículo oculto» y que resulta ser —la mayor parte de las veces— lo más parecido a la vida misma», aseveró.

La ubicación laboral de Diana y Arley

¿Cuánto se parece entonces el mundo laboral a lo que bocetamos durante cinco o seis años en un aula?

Según lo establecido por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social la ubicación laboral, además de un derecho que tienen universitarias y universitarios cubanos, responde también a una necesidad real de plazas que tiene el país.

La cantidad de posibles ubicaciones se hace de acuerdo a la información que suministran ministerios y entidades estatales, pero ese número nunca es exacto. Puede pasar que una entidad reestructure su plantilla y en el momento de la ubicación ya no esté disponible, que la plaza en sí no sea de interés para el adiestrado o que el calificador de cargo no se ajuste al perfil profesional.

Vanesa Cabrera se graduó como socióloga. Casualmente su ubicación fue en una de las direcciones municipales del MTSS en La Habana. Lleva dos años allí. Su contenido laboral se divide en dos: por una parte, aplica encuestas, y por otra, imparte clases en un tecnológico. ¿Mala suerte o mala estrategia?

«Por eso muchos sociólogos nos sentimos subutilizados en los primeros años de graduados. Todavía los que se quedan como profesores en la Facultad se mantienen vinculados a la docencia o a la investigación. A mí me tienen parte del tiempo aplicando encuestas o haciendo descripciones de personas jubiladas o entrevistas relacionadas con el perfil de los trabajadores sociales. Pero todo es muy improvisado. No me enseñan cómo hacer las cosas ni me evalúan rigurosamente lo que hago», cuenta con cierta molestia.

Sobre las clases que imparte, ella reconoce que son necesarias y que aportan un grano de arena en la solución de las problemáticas que existen en el sistema educativo, pero no cree que sea el lugar donde puede ser más útil. «Es un convenio entre mi Ministerio y Educación. Allí imparto Historia de Cuba. No sé si mis estudiantes aprenden o no, lo que sí te puedo garantizar es que cuando termine el servicio social se me habrá olvidado la mitad de las cosas que estudié en los cinco años de carrera», me dice Vanessa.

La historia de Arley Vergara tampoco ha tenido el final esperado. Lo ubicaron en una de las mejores empresas de software del país. «Programaba a un nivel poco frecuente en Cuba, esa es la realidad. Además, buenísimas condiciones laborales, aire acondicionado, buena computadora, transporte colectivo… ».

¿Qué pasó entonces? Como en tantas otras profesiones los salarios están muy deprimidos. Él vive solo con la mamá que también trabaja para el sector estatal. Es joven, tiene novia, le gusta salir a bares y discotecas. Decenas de ofertas tentadoras pasaban a su lado todos los días. Pensó en una beca para ir a estudiar a otro país y también valoró la posibilidad de programar —por la izquierda— para una empresa de software «de afuera». Me dice en tono discreto: «Hay algunas que pagan 600 y 800 CUC al mes». Eligió entonces un camino más legal y que le ofrece la esencial para vivir y darse algunos gustos. Sacó su licencia por cuenta propia y montó su taller de celulares. «Actualmente esa es mi ubicación laboral, periodista», me dice con ironía.

La percepción que tienen muchos de los jóvenes que estudian hoy en nuestras universidades es que los tres o dos años de servicio social —además de su condición obligatoria— lejos de constituir un espacio para el aprendizaje, son un tiempo casi perdido. Algunos no tienen pelos en la lengua y te confiesan: «Yo estoy, esperando que pase el tiempo para irme a hacer algo que de verdad me guste, o donde gane más dinero». Ambas pretensiones, muchas veces insatisfechas.

Jessica otra vez

«En mi caso no fue una elección, como te dije antes; tuve suerte, lo que no quiere decir que el Ministerio o la entidad te garanticen una satisfacción profesional. Aquí mismo, un graduado de contabilidad puede estar en el área de Finanzas aburrido y perdiendo el tiempo haciendo el trabajo de oficina que nadie quiere hacer, o en el área de Auditoría cada mes asumiendo tareas nuevas y atractivas», retoma Jessica la conversación cuando han pasado más de ocho horas y la madrugada empieza sus estragos, al menos, sobre los que estábamos allí desde la tarde.

Los constructores parecen cargados con baterías de litio. Pican y apartan piedra como si fueran las nueve de la mañana. Los que manejan las grúas son también jóvenes y tienen una gran maestría. Me pregunto dónde habrán aprendido la habilidad, la destreza; o si tuvieron buenos tutores una vez que llegaron al ámbito laboral. Me pregunto por qué no siempre pasa así con nuestros universitarios que logran graduarse.

El Estado tiene ante sí muchos derroteros. En las historias de Diana y Arley solo se ven dos matices. Existen otros: los jóvenes que se van del país sin concluir la carrera, o incluso, se van recién graduados a riesgo de invalidar sus títulos. Cientos de entidades tienen sus plazas sin cubrir. Otras, no logran motivar a aquellos que recién llegan al mundo de los sindicatos y las jornadas de ocho horas.

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Envuelto en mis reflexiones, descubro que amanece. Las últimas dos horas las pasé dando cabezazos en una escalera del recién construido edificio. Salgo a caminar para hacer quizás las últimas fotos mientras un buldócer desparrama el concreto que vuelve a darle a la 5ta. Avenida su forma de calle. Descubro a Jessica y a su compañero de obra, desayunando. No han dormido, y sacan unas últimas fuerzas para sonreírle a la cámara. La noche ha sido dura, y aunque su salario no es muy alto y siempre hay cosas que criticar, al menos Jessica se sabe útil y siente que cada día aprende algo nuevo.

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Acerca de rodoguanabacoa

Periodista, educador popular, escaramujo... amante de la historia de mi país: Cuba.
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